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La economía de mercado y la doctrina de la Iglesia católica

Por Rafael Termes

Revista Empresa y Humanismo nº 2/00.
Instituto Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra
Julio 2000


El profesor Carlos Rodríguez Braun ha elaborado un interesante trabajo que, bajo el título "Tensión económica en la Centesimus Annus", publica este número de Empresa y Humanismo y en el que reiteradamente me cita. Por eso, no es extraño que el director de la Revista haya tenido la idea de acompañar el artículo de Carlos con algunos comentarios míos que, amablemente, me ha invitado a redactar.

Conozco al profesor Rodríguez Braun desde hace tiempo y con frecuencia hemos dialogado sobre el tema que en esta ocasión aborda y, de hecho, así ha sucedido con ocasión del artículo en cuestión, diversos borradores del cual he tenido el privilegio de conocer y comentar con el autor. De aquí que me sienta cómodo al redactar estas líneas, que no descubrirán nada nuevo a Carlos pero que, tal vez, puedan servir para que los lectores de Empresa y Humanismo, perciban una interpretación distinta de la que él hace de la Centesimus Annus y puedan así sacar sus propias conclusiones al respecto.

Advierto, de entrada, que no me propongo contestar, una a una, las críticas de mi amigo a la Centesimus Annus. Mi intención es, más bien, afirmar que, por las razones que diré, estas críticas no han logrado apartarme del convencimiento, que profundamente abrigo, de la compatibilidad entre la doctrina de la Iglesia y el liberalismo económico; máxime tratándose, como es mi caso, del liberalismo iusnaturalista1.

Mi convencimiento sobre la compatibilidad entre la Doctrina Social de la Iglesia y el sistema de economía de libre mercado que, sin duda con poca fortuna, llamamos capitalismo, ha sido sometido a intenso ataque tanto desde el lado socialista como desde el lado liberal. Los unos me dicen que no puedo ser católico puesto que soy liberal, los otros afirman que no puedo ser liberal puesto que soy católico. Con una interpretación forzada del aforismo "in medio, virtus", podría decir que esta oposición desde ambos extremos del pensamiento económico me garantiza la posesión de la verdad. Ya sé que no es así, pero, en cierto sentido, me refuerza en mi postura.

Viniendo al tema, recordaré que cuando, hace ya nueve años, en los cursos de verano de la Universidad Complutense, pronuncié una conferencia con el título "La Doctrina social y el espíritu del capitalismo: crónica de un malentendido"2, me apoyé en la Centesimus Annus de Juan Pablo II, y en la doctrina de los Papas que le precedieron, para demostrar que nada hay en el Magisterio de la Iglesia que se oponga a la defensa de los tres pilares básicos en que se asienta el capitalismo: la propiedad privada, incluso de los bienes de producción; la utilización del mecanismo de los precios como instrumento óptimo para la eficiente asignación de recursos; y la libertad de las personas para que todas ellas, responsables de su futuro, puedan decidir las actividades que deseen emprender, asumiendo el riesgo del fracaso a cambio de la expectativa de apropiarse el beneficio si se produce.

Añadí entonces, y lo mantengo, que en el modelo capitalista, el Estado no debe interferir en la mecánica del mercado, ni intervenir, salvo para el ejercicio de un reducido papel subsidiario, en aquellas actividades de los ciudadanos que el propio mercado encauza. Lo cual no quiere decir negar el papel del Estado, sino más bien afirmar que al lado de sus primigenias funciones como guardián del orden y administrador de la justicia, compete al Estado, como servidor que debe ser de la sociedad, velar por la pureza del funcionamiento del mercado, creando y manteniendo un marco legal para que la actividad económica encuentre sus propios objetivos y solvente por ella misma los conflictos que puedan existir.

Mi tesis fue, y sigue siendo, que entendido el capitalismo tal como, ni más ni menos, lo he definido, este sistema produce, tanto desde el punto de vista material como desde el punto de vista moral, mejores resultados que su contrario, el sistema socialista o de economía centralizada y planificada. Como sea que ésta es una cuestión que la Iglesia deja a la libre elección de sus fieles, ya que, como reiteradamente ha afirmado el Magisterio, no tiene competencia técnica para entrar en ello, yo entiendo que no estoy en contra, ni en lo más mínimo, de la doctrina social de la Iglesia, ya que ella me otorga plena libertad para defender y propagar, como lo hago, el liberalismo económico, al tiempo que insisto en que este sistema dará tanto mejores resultados cuanto más las personas que actúan en el marco del mismo se comporten de acuerdo con los valores morales congruentes con la dignidad de la naturaleza humana.

Mi opinión en favor de la solución liberal es compatible con el respeto que me merecen otros cristianos que piensan que la fórmula intervencionista es mejor, aunque este respeto no me impide decir que, a mi juicio, valdría la pena que consideraran que su opinión, tal vez válida técnicamente en un modelo de economía cerrada, de suma cero, en la cual lo que uno tiene lo ha quitado al otro, puede dejar de serlo en un sistema de economía abierta, de suma creciente, en la que la distribución del producto se produce en forma aumentada para todos.

Sin embargo, al final de aquella conferencia del año 1991, terminé reconociendo que mis reflexiones eran el resultado de la lectura de la Centesimus Annus que yo había hecho desde mi óptica liberal y que, desde luego, admitía que otros podrían extraer de la Encíclica conclusiones distintas de las que yo me había permitido aportar. La verdad es que, al decir esto, estaba pensando en los que se llaman, a sí mismos, católicos para el socialismo, para los cuales todo cristiano, de acuerdo con el Magisterio -interpretado por ellos- no tiene más remedio que ser socialista. La sorpresa para mí es que la lectura discrepante ha venido de un liberal tan eximio como Carlos Rodríguez Braun que, de esta forma, se ha constituido en una de las pocas excepciones dentro de los pensadores liberales que, en su gran mayoría, recibieron con gran regocijo la Centesimus Annus. Juan Velarde Fuertes, en el trabajo con que participó en el ciclo sobre la Encíclica, organizado por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas3, termina diciendo: En 1981, ante la Rerum novarum, el economista Anatole Leroy-Beaulieu declaró que esta Encíclica suponía "la vuelta al mundo de uno de los grandes actores de la historia, el papado". En 1991, es éste el que, situándolo en sus adecuadas perspectivas, hace volver al seno de un mundo importante siempre, el de la Iglesia católica, a la economía de libre mercado o, si se prefiere, al capitalismo. Se ha dicho que esta Encíclica (Centesimus Annus) "quizá sea el documento más sutil y mejor escrito de Juan Pablo II hasta hoy"4. Por supuesto, pero también el más revolucionario, porque abre la puerta a un capitalismo católico.


Entrando ya en el trabajo que debo comentar, quiero, en primer lugar, señalar el respeto, rayando en simpatía, que Carlos Rodríguez Braun siente por Juan Pablo II, puesto de manifiesto no sólo en el artículo que nos ocupa, sino en muchas otras ocasiones. También merecen anotarse las frases de elogio que el autor dedica a la "ejemplar, extraordinaria y abnegada labor de la Iglesia católica". Lo cual quiere decir que el profesor Rodríguez Braun critica la doctrina de la Iglesia por razones que no tienen nada que ver con los espurios motivos que inducen a los mal llamados progresistas a pronunciarse, casi siempre desde la ignorancia, en contra de la Iglesia católica. Su discrepancia es fruto de un trabajo serio, que merece todos mis respetos, aunque el resultado del mismo a mí me parezca erróneo.

Desde este respeto, intentaré indagar las causas que explican la crítica que Carlos Rodríguez Braun, desde su pensamiento liberal, dedica a la Centesimus Annus. A mi juicio, estas causas son por lo menos tres. La primera es que Rodríguez Braun, en vez de enjuiciar la Encíclica por su tenor global, realiza un despiece de la misma, poniendo de relieve las frases, incluidas en algunos párrafos, de las que parece que pueda deducirse una condena moral del liberalismo o una defensa de la necesidad del intervencionismo estatal. No niego que sea así. Pero ello es debido a que el Papa no habla como economista, sino como pastor de almas, y, a veces, esta preocupación por los fallos morales que se observan en las sociedades contemporáneas- que él mismo afirma que no son atribuibles al sistema económico, sino al sistema ético-cultural- le lleva a proponer soluciones que, técnicamente hablando, no son correctas, lo cual no tiene nada de extraño, puesto que, en repetidas ocasiones, el Magisterio ha afirmado que la Iglesia carece de competencia en el aspecto técnico.

El propio Juan Pablo II en la Encíclica Sollicitudo rei socialis, anterior a la Centesimus Annus, afirma que la Iglesia no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida. Ya sé que Rodríguez Braun dice que esto es lo que afirma la Iglesia, pero, en realidad, sí propone un sistema, al oponerse -según él- al libre mercado. No es así. Lo que pasa es que -como sigue diciendo Juan Pablo II- la Iglesia es experta en humanidad, y esto le mueve a extender necesariamente su misión religiosa a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades (...). Por esto la Iglesia tiene una palabra que decir (...) y a este fin utiliza como instrumento su doctrina social.

La doctrina social de la Iglesia -concluye el Pontífice- no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece -la doctrina social- al ámbito de la ideología, sino al de la teología, y especialmente de la teología moral"5.

No parece, pues, adecuado esperar que todas y cada una de las frases de la Centesimus Annus resistan el examen crítico, desde el punto de vista del pensamiento económico liberal, para que pueda afirmarse que esta Encíclica, que sintetiza y pone al día la centenaria doctrina social de la Iglesia, no se opone a que los católicos se adhieran al sistema capitalista de organización social, si estiman que éste es, como yo pienso, el que mejor y más rápidamente logra el bienestar de los pueblos. Basta, a mi entender, que el Documento lo diga, aunque en algunos párrafos, por defectos de expresión, parezca contradecirlo. Que esta postura es correcta, puede ayudar a verlo el razonamiento aportado, a contrario sensu, por Gabriel Zanotti, bien conocido del profesor Rodríguez Braun, cuando, para defender a Mises y Hayek, cuya "sola mención causa hoy, en ambientes eclesiales, más recelo que el anticristo", dice: "no les pidamos que compartan una cosmovisión cristiana en la cual, y no por mala voluntad, nunca estuvieron. Pidámosle, sí, sus aportes técnicos al análisis de la economía de mercado, y descubriremos (...) que el mercado es un proceso que, bajo determinadas condiciones institucionales -libre acceso; ausencia de privilegios y prebendas a los emprendimientos privados- conduce los recursos escasos hacia las necesidades de la demanda, conduciendo ello a la función social de la propiedad, la subsidiariedad del Estado y la primacía del bien común6, bien común que, añado yo, es precisamente el objetivo que dicen buscar los citados ambientes eclesiásticos hostiles. No pidamos tampoco al Papa que no cometa ningún error en economía; basta que nos diga que la economía de mercado, ajena al error antropológico -desaparición del concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral- que el Papa achaca al socialismo7, la economía de mercado, si la empleamos bien, es una vía que conduce al "verdadero progreso económico y civil"8.


Otra de las razones que, a mi juicio, explican la crítica negativa, desde la óptica liberal, que el profesor Rodríguez Braun dedica a la doctrina de la Iglesia católica es que se apoya en declaraciones de personajes eclesiásticos que,por prestigiosos que sean, no representan el magisterio Universal de la Iglesia que compete, en exclusiva, al Papa y al Concilio Ecuménico convocado y presidido por Él. Que el arzobispo François-Xavier Nguyen van Thuan, admirable víctima del comunismo vietnamita, hable del doble peligro del comunismo y el capitalismo, equiparando ambos "males", es un error a él sólo imputable, pero no compromete la doctrina de la Iglesia. Cuando monseñor Van Thuan, según nos relata Rodríguez Braun, afirma que el Papa no es liberal, dice, sin duda, una verdad, desde el punto de vista político-económico, porque el Papa, como Vicario de Cristo y Cabeza de Su Iglesia, no es, no puede ser, ni liberal ni socialista, ni socialdemócrata, ni partidario de la tercera vía, ni de ninguna otra forma de organización político-social. Su papel, como sucesor de Pedro, es "confirmar en la verdad", señalando a los fieles de la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad, aquello que en estos sistemas es o no es conforme a la dignidad de la persona y que, en consecuencia, les acerca o aleja de su último fin.

Lo que importa, al objeto que nos ocupa, es que del Magisterio del actual Papa, en concordancia con el de sus predecesores, se deduzca claramente el derecho que asiste a todos los católicos a optar por el sistema capitalista, sin traicionar por ello la doctrina de la Iglesia. Lo que importa es la compatibilidad entre catolicismo y capitalismo, que, sobre todo, en la Centesimus Annus, en mi opinión, está claramente declarada, siempre que el capitalismo se entienda en la forma que el Papa lo describe9 y que coincide con la definición del capitalismo tal como la di al principio y tal como, a mi juicio se practica al día de hoy.

Por otra parte, puestos a citar testimonios sobre el pensamiento económico de Juan Pablo II, podemos buscar otros autores y, entre ellos, el padre Robert Sirico, sacerdote católico norteamericano. En el III Simposium Internacional sobre Economía y Religión, organizado, en mayo de 1999, por la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Navarra y en el que tanto el profesor Rodríguez Braun como yo participamos, el profesor Sirico desarrolló una ponencia bajo el título: "La economía en el pensamiento de Juan Pablo II", que él mismo resumió diciendo que había resaltado la importancia del librecambio, de la libertad de asociación, de la empresa, de la propiedad privada, del sistema de precios y beneficios, de la caridad voluntaria y de la provisión del bienestar; así como del papel limitado del Estado, tanto según el pensamiento del Papa como según la tradición de la teoría económica en el ámbito general10. Como se ve, esto suena en forma muy distinta de lo que, citando a monseñor Van Thuan, nos aporta Rodríguez Braun.

Para no hacerme prolijo, diré simplemente que, en el capítulo de testimonios, difícilmente podemos obviar al de todos conocido profesor Michael Novak quien, en sus muy numerosas publicaciones, desde "The spirit of Democratic Capitalism" (1982)11 hasta "The catholic ethic and the spirit of capitalism" (1993)12, no ha cesado de demostrar la verdad de la misma tesis que yo sostengo, es decir, la compatibilidad y hasta coincidencia entre capitalismo y catolicismo. Coincidencia digo, porque de su conjunción salen los mejores resultados, tanto en términos económicos como en términos morales. Novak es el autor de lo que Rodríguez Braun, en el artículo que estoy comentando, llama la "cuestión tripartita". Y esta "cuestión" me lleva a la tercera explicación, y última que quiero comentar, de la crítica del profesor Rodríguez Braun a la Iglesia que, según él, "continua viendo al liberalismo como hostil o en el mejor de los casos ajeno a la moral, igual que lo ha visto siempre el intervencionismo de izquierdas y derechas".


Y esta tercera explicación es que Carlos Rodríguez Braun, a pesar de citar el sistema tripartito: económico-político-cultural, no profundiza en el sentido que atribuye Novak a lo que, desde 1982, llama "capitalismo democrático". Las características de este modelo, que su autor califica de uno y trino, vienen dadas por la conjunción de un sistema económico de libre mercado; un sistema político respetuoso con los derechos individuales a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad; y un sistema moral cultural pluralista y, en el más correcto sentido de la palabra, liberal. La razón última de esta configuración radica en que el capitalismo es un sistema económico que tiene sus leyes propias e invariantes, aunque esto no quiera decir que sea amoral, ya que el sistema, en sí mismo, no presupone ninguna necesaria vinculación con concepciones filosóficas rechazables desde una antropología correcta. Es más, el mercado, propio del sistema capitalista, tiene su moral, como resultado del propósito de descubrir y atender las necesidades de los demás, lo cual, en ausencia de violencia, fraude o dolo, y sin merma de la busca del legítimo interés propio, es una manifestación del espíritu de servicio inherente al capitalismo.

Pero el capitalismo no se desarrolla en el vacío; vive en el entorno constituido por un determinado sistema ético-cultural y un concreto sistema político-jurisdiccional que, respectivamente, motiva y enmarca la actuación de los agentes del sistema económico. Por ello, distintas axiologías y distintas organizaciones político-jurídicas producirán resultados económicos y morales distintos, por la mera operación de las mismas leyes económicas generales. Entendidas las cosas de esta forma, me parece que resulta sencillo concluir que, sin intentar interferir en el núcleo invariante de las leyes económicas, es decir, renunciando a la intervención gubernamental de los mercados, podemos y debemos intentar mejorar, desde el punto de vista ético, los resultados del proceso económico de asignación de recursos, mejorando el sistema de valores y mejorando el sistema institucional.

Y esto es precisamente lo que quiere Juan Pablo II, y a lo que se dirigen sus advertencias, para que el capitalismo merezca la respuesta positiva que le otorga en el tan citado punto 42 de su Centesimus Annus. El Papa, hablando del capitalismo o, como él prefiere, de la economía libre o de mercado, no dice que sea necesario cambiar el sistema económico que constituye la primera "pata" del sistema tripartito. El Papa, simplemente apunta a la mejora de las otras dos "patas" del modelo y, refiriéndose a una de ellas, el sistema institucional, propugna un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico esté encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral13, afirmando que la actividad económica, en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político14. Y, por lo que respecta a la tercera "pata", el Papa después de censurar numerosos rasgos de comportamiento degradado que se observan en las sociedades occidentales, dominadas por la cultura del poseer y gozar, en vez de orientarse por la del ser y valer, aclara que estas críticas van dirigidas no tanto contra un sistema económico, cuanto contra un sistema ético-cultural15.

Por lo tanto, si queremos que nuestro sistema capitalista sea el capitalismo bien entendido a que se refiere el Papa, es necesario no precisamente cambiar el sistema económico liberal que lo sustenta, sino, visto el deterioro de los sistemas cultural e institucional que lo enmarcan, intentar regenerarlos. En esta necesaria regeneración moral de nuestras sociedades y sus instituciones, el principal recurso del hombre, dice Juan Pablo II, es el hombre mismo. El hombre, con sus creencias y con su comportamiento. Es su inteligencia la que descubre las potencialidades productivas de la tierra y las múltiples modalidades con que se pueden satisfacer las necesidades humanas. Es su trabajo disciplinado, en solidaria colaboración, el que permite la creación de comunidades de trabajo cada vez más amplias y seguras para llevar a cabo la transformación del ambiente natural y la del mismo ambiente humano. En este proceso están comprometidas importantes virtudes, como son la diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos razonables, la fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales, la resolución del ánimo en la ejecución de decisiones difíciles y dolorosas, pero necesarias para el trabajo común de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses de la fortuna16.

Siguiendo a Michael Novak, diré que creatividad y cooperación son los términos en que cabría sintetizar las virtudes enumeradas por el Papa. Pero creatividad y cooperación son, precisamente, las virtudes propias del capitalismo. La profunda justificación moral del sistema capitalista no radica tan sólo en que -imperfecto como es- sirva a la libertad mejor que cualquier otro conocido; ni siquiera en que sea la manera práctica de realizar la opción por los pobres, ya que eleva los niveles de vida de los pobres más que ningún otro sistema; ni en que mejore el estado de salud de los seres humanos y mantenga el balance entre los hombres y su entorno mejor que en las socialistas o tradicionales sociedades del tercer mundo. Todo esto es cierto, pero al verdadera fuerza moral del capitalismo -que es descubrimiento, innovación e inversión- radica en su capacidad para promover la creatividad humana mediante la cooperación.


Siendo todo esto así, concluiré diciendo que la relectura de la Centesimus Annus de la mano crítica de Carlos Rodríguez Braun, no me ha descubierto en la Encíclica nada que me suponga la tensión que él acusa y, mucho menos, que me obligue a abdicar de mi liberalismo. No creo que la doctrina social de la Iglesia, reactualizada por el actual Pontífice, sea hostil al liberalismo económico. Respetando su postura, mi más ferviente deseo es que Carlos llegara a verlo también así. En cuanto a mí, siguiendo el dictado de nuestro común amigo Lucas Beltrán, me mantendré liberal impenitente, luchando, dentro de mis flaquezas, por comportarme como un buen católico. Precisamente esta condición es la que me hace pensar que el cristianismo tiene un papel decisivo en las economías de mercado. Ciertamente que el cristianismo no es un simple código de conducta. El cristianismo es esencialmente, y ante todo, la adhesión personal a Jesucristo, confesado como Dios y Hombre verdadero. Pero la fe entraña un compromiso de comportamiento, de seguimiento por un camino basado en las enseñanzas y las obras de Cristo. Los primeros cristianos, provenientes tanto del pueblo judío como de la gentilidad, dice también Juan Pablo II en su posterior Encíclica Veritatis Splendor, se diferenciaban de los paganos no sólo por su fe y su liturgia, sino también por el testimonio de su conducta moral, inspirada en la Ley Nueva. En efecto, la Iglesia es a la vez comunión de fe y de vida. Ninguna laceración debe atentar contra la armonía entre la fe y la vida: la unidad de la Iglesia es herida no sólo por los cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos que desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio. Los Apóstoles rechazaron con decisión toda disociación entre el compromiso del corazón y las acciones que lo expresan y demuestran17.

Por lo tanto, si los cristianos que operan en el sistema capitalista, cualquiera que sea el lugar que en él ocupen, viven, en el ejercicio de su respectiva actividad, las virtudes cristianas; si los no cristianos viven las virtudes morales de acuerdo con la ley natural, que a todos obliga y a todos los que con sinceridad la buscan les es dado conocer, en forma que no podrá diferir de la auténtica interpretación del Magisterio; entonces el tripartito sistema que hemos estado contemplando funcionará satisfactoriamente y producirá los mejores resultados, tanto económicos como morales, que cabe esperar en esta tierra.


1 En nota a pie de página, Rodríguez Braun se refiere a la frase de Lucas Beltrán -"moriré católico penitente y liberal impenitente"- que yo le recordaba para definir mi propia posición. A pesar de la ingeniosa pirueta interpretativa de Carlos, es evidente que Lucas quería decir que, si bien, como católico, se arrepentía de sus pecados, no se arrepentía de ser liberal, precisamente porque no lo consideraba pecado.

2 Los problemas sociales cien años después de la Rerum Novarum. Cursos de verano de la Universidad Complutense. 31 de julio de 1991.

3 Acerca de Centesimus Annus. AA.VV. Colección Austral. Espasa Calpe. Madrid. 1991.

4 La frase es de Richard N. Ostling en "Mopping up after Marx" en "Time" de 13 de mayo 1991.

5 Juan Pablo II. Sollicitudo rei socialis. (41).

6 Gabriel J. Zanotti. Doctrina Social de la Iglesia y Liberalismo: ¿Antagonismo o malentendido? Universidad Francisco Marroquín. Guatemala, 5 de agosto 1999.

7 Juan Pablo II. Centesimus Annus (13).

8 Idem. (42).

9 Cfr. Juan Pablo II. Centesimus Annus. (42).

10 Economía y Religión. VV.AA. Luis Ravina (ed). Eunsa. Pamplona. Marzo 2000. Pág. 246.

11 Michael Novak. El espíritu del capitalismo democrático. Traducción de Leandro Wolfson Ediciones Tres Tiempos. Buenos Aires. 1984.

12 Michael Novak. The catholic ethic and the spirit of capitalism. The free press. New York. 1993.

13 Juan Pablo II. Centesimus Annus. (42).

14 Idem. (48).

15 Idem. (39).

16 Juan Pablo II. Centesimus Annus. (32).

17 Juan Pablo II. Veritatis Splendor. 1993. (26).

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