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Queremos más impuestos

Por Juan Ramón Rallo Julián

Cada cual es dueño del dinero justamente percibido, esto es, nacido de relaciones voluntarias de intercambio; poco o nada debo apostillar sobre el gasto ajeno. Dado que me resulta imposible, tanto a mí como a cualquier otro mortal, conocer cuáles son las apetencias y valoraciones de cada sujeto, se debe suponer que cada unidad monetaria consumida o invertida le reportará a su propietario la máxima satisfacción personal posible, por muy irracional o incomprensible que tal acción pueda parecerme.

En cambio, obviando este principio, parece ser que el Estado, en su particular impostura, no ha conseguido entender que el robo tributario, los impuestos, aparte de inmorales, son ineficientes. La maquinaria burrocrática presupone conocer todas las voliciones subjetivas de los individuos de un territorio dado y, sobre esa endiablada abstracción, construye un aparato de gasto arbitrario con el que pretende satisfacer de manera más eficaz las necesidades "reales" de las personas.

Huelga decir que esto es un disparate ciclópeo, los impuestos son insostenibles tanto desde un punto de vista moral (no robarás) como utilitario (ninguna camarilla funcionarial puede conocer las preferencias valorativas de millones de ciudadanos)

Las tímidas reducciones del hurto tributario llevadas a cabo por diversos grupos políticos como el PP en España o el Partido Republicano en USA tienen la indudable virtud de soliviantar el volumen del expolio y de maquillar su flagrante torpeza redistributiva (redistribución desde la clase productiva hasta la clase parasitario-estatalista), pero mantienen incólume el núcleo moral del problema, esto es, la justeza moral del zalamero botín fiscal.

Los borregos y aduladores varios de la burocracia omnipotente suelen tildar taimadamente a los liberales de "egoístas", "explotadores", "insolidarios" y "materialistas" dada nuestra oposición al embargo impositivo y, como contrapartida, al virtuoso gasto público. Sin embargo, por lo general, los liberales no suelen criticar el destino del dinero, sino el método fraudulento por el cual se obtiene. Ningún liberal ataca los donativos voluntarios a asociaciones benéficas, sino las exacciones coactivas del aparato estatal. De la misma manera que resultaría inmoral exterminar a todos los pobres para erradicar la pobreza de un país, también lo es atracar a una parte de la sociedad y desparramar pródigas dádivas clientelares entre los anatematizados como "necesitados" (por otra parte, ¿necesitados de qué y en qué cuantía?).

Por todo ello, no deja de sorprender la creación de la plataforma yankee "Responsible Wealth", integrada por varios multimillonarios como Bill Gates, Jimmy Carter, Bill Clinton y diversas esferas empresariales, con el propósito de detener la reducción fiscal anunciada por Bush dado que "los ricos no necesitan tanto dinero y sí, en cambio, los pobres". Sin duda, una inteligente estrategia publicitaria para muchos de los firmantes. Con un poco de suerte el aumento de las ventas compensará la hasta ahora virtual rebaja fiscal. Esperemos que el espíritu altruista no se les evapore dentro de unos pocos meses y podamos contemplar a Bill Gates de misión humanitaria en Calculta en lugar de deslizándose por las laderas de una de las múltiples pistas de esquí que contiene su particular chocita.

Con todo, hay que dejar una cosa clara. Oponiéndose a la rebaja fiscal está gente no se está pronunciando solamente acerca del destino de su propio dinero, sino también del de millones de norteamericanos, ricos y no tan ricos, que están aguardando la devolución de una diminuta parte de la confiscación tributaria practicada compulsivamente por el Estado. ¿Con qué capacidad se subroga esta patulea de ricachones para decidir sobre el dinero de otras personas? Parece ser que la generosidad con el capital ajeno no conoce límites.

No hay que olvidar que si los miembros de esta plataforma juzgan innecesario el dinero que obtendrán merced a la rebaja fiscal (otra cuestión es cómo saben que el resto de ciudadanos estadounidenses también lo juzga innecesario), bien pueden donarlo a entidades benéficas donde los objetivos sociales están, por lo general, mucho más delimitados, facilitándose, asimismo, el seguimiento de los proyectos. Al fin y al cabo, los planes gubernamentales son mucho más oscuros, intrincados, manirrotos e innecesarios que los de la caridad privada; las partidas presupuestarias de un Gobierno pueden destinarse, por ejemplo, a financiar nuevas guerras o subir el sueldo de los políticos. Otra cosa es que a estos peces gordos sólo les interese comprar la etiqueta de bienhechores, denegada a priori por su status social. Ni generosidad, ni altruismo. Pura propaganda laudatoria y autocomplaciente.

No es que considere poco decoroso -más bien al contrario- que algunos empresarios o políticos perfeccionen una campaña populista apelando a la solidaridad universal con el propósito real de, por ejemplo, incrementar las ventas de determinados programas informáticos o aprehender un puñado de votos para cierto partido político en las próximas elecciones generales. Ganarse una buena imagen dando a conocer, no sólo a la mano derecha, sino a todas las manos del país, lo que está haciendo la mano izquierda, es un recurso tan viejo como lícito. Eso sí, que cada cual se pague la campaña con su dinero, sólo faltaría eso.

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