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Los transgénicos (II): vieja guerra comercial

Por Alberto Illán Oviedo

Temo ser un poco agorero pero creo que el conflicto entre Europa y Estados Unidos a propósito de los transgénicos lo tenemos más que perdido en el viejo continente. Vamos, que si la estrategia no cambia, por mucho que le echemos la culpa al sistema capitalista, al egoísmo de las empresas o la política imperial del fascista gobierno yanqui estaremos más vendidos que el todopoderoso ejército iraquí en la madre de todas las batallas. Y lo que es peor, los que realmente saldremos perdiendo seremos todos los contribuyentes (damnificados colaterales), porque quienes apoyan a Bruselas se irán de rositas y con el dinero de todos, que para algo está el sistema público de ayudas.

Y es que estamos en el antepenúltimo capítulo de la guerra que hay entre la extremadamente subvencionada agricultura europea y la algo menos subvencionada agricultura norteamericana.


Descripción de la situación

Si algo ha diferenciado a la ¿joven? democracia americana de la vieja ¿democracia? europea es el dinamismo de la primera frente a la pasividad y la burocracia de la segunda. No es que toda Europa sea pasiva y burocrática, pero dominan estos atributos, de la misma manera, en EEUU no todo es dinamismo y eficiencia, pero se adaptan mejor a los cambios y no temen experimentar y equivocarse. El desarrollo y comercialización de los transgénicos es un ejemplo de todo esto. La mayor iniciativa privada, tanto empresarial como personal y un menor intervensionismo público, ha permitido que estos productos estén listos para ser comercializados en los mercados mundiales. Además, las ventajas de los productos transgénicos pueden a la larga desplazar del mercado productos más tradicionales. La vieja Europa debe protegerse, que de otra manera de actuar no sabemos.

Actualmente casi el 45% de la producción mundial de soja, el 20% del algodón y el 11% del maíz está genéticamente modificada. En EEUU alrededor del 75% de la soja que se produce es de estas características, y alrededor del 30% en el caso del maíz. El 66% de la superficie cultivada en este país se dedica a organismos genéticamente modificados (OGM), en Argentina el 23%, Canadá, 6% y China el 4%. En el resto del mundo el 1% de la superficie es dedicada a los transgénicos. Para finalizar diré que en todo el mundo, durante el año 2002, se cultivaron 58.700.000 millones de hectáreas de OGM, un 12% más que en 2001. Con estos datos nos hacemos una idea de la dimensión que los OGM están tomando a escala mundial. Negarse a ver esto es un suicidio económico. No se puede poner puertas al campo, nunca mejor dicho, pero nos empeñamos en ello.

El conflicto se originó en 1998 cuando la UE estableció una moratoria para la comercialización de OGM. Hasta entonces se habían comercializado 18, pero su inclusión en alimentos elaborados había generado alrededor de 30.000 productos alimentarios que los contenían. En ese momento, Bruselas estaba entre dos fuegos, las protestas de los productores de OGM ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) y por otra parte el daño político que nuestros ‘afectados’, votantes ellos, podían desencadenar. Así que los burócratas de Bruselas se estrujaran las meninges y para solucionar el trance cuadraron el círculo y encontraron que la seguridad de sus ciudadanos era la excusa ideal para protegerlos.

Así pues, los productos de los agricultores de países como EEUU, Argentina, Canadá encontraron de la noche a la mañana que ciertos mercados antes abiertos se habían cerrado porque organizaciones de usuarios, grupos de ecologistas y colectivos de agricultores habían gritado en alto ante tamaña invasión de mutantes. Pero no perdamos la perspectiva: cada uno siguió su propio interés.

El conflicto ha seguido su curso y en el verano de 2003, la UE ha aprobado el nuevo reglamento que permite la comercialización de los transgénicos, poniendo fin a la moratoria. Primero, establece un procedimiento comunitario uniforme e independiente que realiza la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (AESA) que debe probar que los productos son inocuos para el hombre, los animales y el medio ambiente. Segundo, prevé un etiquetado en que se indicará la presencia del OGM cuando esta sea superior al 0,9%, además de la posibilidad de que se pueda rastrear el producto desde ‘el campo al tenedor’.

Las autoridades americanas junto al resto de los países productores se han dirigido a la OMC, indicando que las medidas tomadas por los europeos son, de nuevo, una barrera no arancelaria a la comercialización de sus productos y algo de razón parece que tienen, desde mi punto de vista.


Medidas proteccionistas

El etiquetado no deja de ser una medida entorpecedora que no aporta ninguna información al consumidor final, pues lo único que tiene claro es que el producto en sí posee un OGM pero que no sabe de qué tipo es ni qué supone para su salud. Indudablemente, dada su ‘mala prensa’, estaríamos ante una manera efectiva de discriminar el producto. Pero es que, además, existen otras maneras de manipulación genética de los organismos diferente de la bioingeniería y que se siguen utilizando, ¿se debería informar de estas manipulaciones también? ¿Debería informarse de todo lo que cualquier colectivo considera perjudicial para la salud humana, sea o no cierto?

La trazabilidad, es decir, el seguimiento del producto desde el campo hasta el tenedor supone que los agricultores deberán guardar información sobre sus OGM durante varios años además de cambiar los hábitos de ciertas actividades agrícolas. Un ejemplo válido sería que la mayoría de la soja se comercializa a granel y ello dificulta el etiquetado. No dejará de ser un coste añadido si un agricultor de Argentina quiere comercializar su producto en Francia. Coste del que no tengo demasiadas dudas que se librarán los OGM europeos ya que se podría subvencionar. No se nos escapa que un aumento de los costes es una especie de arancel en origen.

Las pruebas que realizará la AESA tienen dos lecturas, ambas englobadas en las medidas de protección comercial. La primera es la falsa sensación de que en EEUU y otros países los controles a los transgénicos brillan por su ausencia. Como se comentó en el anterior artículo, este tipo de alimentos es uno sobre los que más controles se realizan. En EEUU se encargan de las vigilancias alimentarías todos los siguientes organismos:

  • Comité Institucional de Bioseguridad
  • Servicio de Inspección de Sanidad Animal y Vegetal (APHIS) del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos de América (USDA)
  • Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA)
  • Agencia de Protección Ambiental (EPA)
Además, existen disposiciones estatales y acuerdos internacionales que por supuesto deben cumplir los agricultores y las empresas americanas. Así que no estamos en un país en el que haya una anarquía legal sino en uno bastante regulado.

La segunda hace referencias a los diferentes procedimientos y niveles de ‘seguridad’ que existen en cada uno de los países productores y receptores. Si la UE quiere poner problemas, basta con hacer lo que ya se ha hecho, obligar a hacer los controles en los laboratorios europeos. Además, se esconde la trampa del excesivo tiempo que lleva la petición desde que se solicita a un estado miembro hasta que este lo remite a dicha Agencia y autoriza el producto. De nuevo más proteccionismo. ¿Qué pasará cuando se empiecen a comercializar los OGM europeos, se les someterá a tan rigurosos controles, tendrán que pagarlos las empresas o recibirán una sustanciosa subvención que ayude a pasar el mal trago?


Daños colaterales

En toda guerra por muy limpia y poco cruenta que sea, siempre hay daños colaterales y esta batalla no va a ser menos. Pero cuando vayamos a contar las bajas, descubriremos que las nuestras han sido demasiadas. Tarde o temprano y aunque a algunos les parezca imposible, los organismos transgénicos serán aceptados, como lo fue en su día la máquina de vapor, la cadena de montaje o los restaurantes de comida rápida. De otra manera no se comprenden las declaraciones de la comisaria Wallström, responsable de medio ambiente, en las que reconoce que hay una lista de 20 productos esperando la autorización de la UE para ser comercializados. Objetivamente los beneficios son mayores que los posibles perjuicios, si es que existen.

Cuando esto ocurra y si la actitud europea no cambia descubriremos con estupor que:
  • Las empresas americanas, canadienses y de otros países tendrán muy desarrolladas las tecnologías relacionadas con las biotecnologías, lo que supondría que nuestras menos desarrolladas empresas, deberán ‘comprar’ estas tecnologías, ser absorbidas por las extranjeras, dedicarse a otros menesteres o desaparecer. Y esto sienta muy mal a nuestro patriotismo europeo.
  • Que los mercados extranjeros puedan estar, en el peor de los casos, saturados de productos transgénicos y que no podamos o tengamos muchas dificultades en colocar los nuestros, sean o no OGM.
  • Que la necesidad política de mantener subsidiados a los agricultores afectados por el punto anterior, incremente el dinero público necesario para ello y de rebote el contribuyente europeo vea incrementada la presión recaudatoria o desviado el dinero de ‘otras necesidades sociales no menos necesarias’.
Existe otro importante efecto en esta guerra trasatlántica que estamos analizando y es el el que se ejerce sobre las primarias economías de terceros países generalmente del Tercer Mundo. No hace mucho algunos países africanos, Mozambique, Zambia y Zimbabwe rechazaron barcos con ayuda alimentaria de Estados Unidos porque en ella había productos transgénicos. Los responsables temían que los mercados de la UE se cerraran ante el temor de que una posible contaminación por el grano americano. Las medidas proteccionistas sobre el sector primario perjudican, una vez más, a países que comercializan productos agrícolas, en muchos casos casi lo único que tienen.

Si la UE presiona demasiado al Tercer Mundo no sería extraño que volvieran sus miradas a aquellos que si se lo permiten y decidan comerciar con el mercado americano. El perjuicio para los europeos es evidente, ya que los productos transgénicos pueden solucionar muchos de los problemas técnicos que existen en estas naciones, incapaces de investigar y solventarlos por sí solos. Es un mercado especialmente atractivo y Europa perderá el tren.

Esto nos lleva a otro importante aspecto de la confusa situación, las “empresas explotadoras de la pobreza mundial”. Según el director de la Asociación de Consumidores Orgánicos, Ronnie Cummins, el objetivo de los Estados Unidos es asustar a los países en desarrollo para que abran sus mercados a los OGM y para ello usa el argumento de la ayuda alimentaria. Todo este tipo de declaraciones es consecuencia del antiglobalizador argumento de que el comercio genera miseria y dependencia. Lo que genera miseria es que un puñado de burócratas pongan fuertes aranceles a la entrada de productos agrícolas en los países del primer mundo. Lo que genera dependencia es que una panda de gobernantes corruptos miren sus propios intereses y no tengan escrúpulos en negociar sus suculentas comisiones. Lo que no genera ni miseria ni dependencia es que un puñado de empresas intenten hacer más fácil la agricultura y la ganadería para todos aquellos que voluntariamente quieran comprar estos productos. Si les dejan.

Los productos transgénicos conllevan un aporte tecnológico de investigación y desarrollo como pocos sectores necesitan, es por tanto normal que sólo un puñado de empresas sean las que dominen estos productos. Si continuamos en Europa con las políticas proteccionistas, serán las empresas foráneas las más beneficiadas ya que mientras aquí nos peleamos por conseguir tal o cual subvención, examinamos cuáles son las políticas adecuadas o creamos comités para investigar sus posibles perjucios, allí se miran necesidades, se plantean objetivos y se ponen manos a la obra.

Si de verdad queremos competir con Monsanto y otras empresas líderes en la producción de los transgénicos deberemos facilitar a las empresas europeas la posibilidad de desarrollo de sus propios transgénicos. Además, la gran cantidad de problemas que hay en la agricultura y la ganadería hace que el desarrollo de plantas y animales transgénicos sea lo suficientemente amplio para que todos se puedan especializar en algún tipo en concreto. Pero escondiendo la cabeza y buscando falsos argumentos de seguridad y bien social no hacemos nada más que perjudicarnos.

Otro aspecto más subjetivo es la razón por la que los productos transgénicos generan tanta desconfianza entre la población europea. Y de esto trataré en el tercer y último artículo sobre estos productos.

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