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Los transgénicos (III): temor al mutante

Por Alberto Illán Oviedo

Cuento la anécdota de memoria pues lo leí hace mucho, pero que mucho tiempo, pero siempre me pareció divertida e ilustra muy bien cual es mi opinión sobre este tema. Cuando a principios del siglo XX se crean en Estados Unidos los primeros escuadrones de aviones para uso militar, no se hacen como cuerpo independiente sino que pasan a depender del Ejercito de Tierra. De esta manera los primeros generales y mandos que gestionaban y preparaban el cuerpo aéreo eran por supuesto del cuerpo de tierra. Pues cierto general ya bastante veterano pero aún en servicio, fue llamado por sus superiores a una reunión urgente en una base lejana a la que ejercía su mando. De esta manera se tuvo que desplazar en avión por primera vez en su vida. Así pues, el hombre un tanto asustado y antes de despegar se acercó al piloto y le dijo: ‘joven, vaya bajo y despacio’. Evidentemente el piloto no le hizo caso porque las posibilidades de ser pasto de los buitres hubieran sido muy altas. Cuanto más alto y más rápido va un avión más estable es y menos posibilidad de acccidente hay. Lo que demostró este entrañable general fue dos cosas: miedo y desconocimiento. Mucho me temo que sobre los transgénicos hay mucho de estos dos asuntos.

En 1.994 fue comercializado en Europa y en EEUU el primer transgénico. Nos cuenta Pere Puigdomènech, profesor del CSIC y miembro del comité de Organismos Genéticamente Modificados (OGM) de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, que era un tomate cuyo tratamiento le permitía madurar con retardo. Este cambio tenía dos ventajas, podía almacenarse durante más tiempo que el resto y su pulpa producía un puré más espeso que lo hacía más atractivo para el consumidor. En Gran Bretaña se comercializó de manera que el envase que lo contenía tenía una etiqueta donde se dejaba bastante claro que el contenido provenía de un OGM. Duró en el mercado unos dos años y durante ese periodo su comercialización fue exitosa hasta que las campañas institucionales desaconsejaron su uso y se retiró.

También nos cuenta el profesor Puigdomenèch que en el estado de Oregón y ante la avalancha de informaciones a favor y en contra de los OGMs, las autoridades preguntaron mediante referendum la posibilidad de que los alimentos con transgénicos pudieran llevar una etiqueta indicando su presencia. El 60% de los ciudadanos contestaron que no, mientras, en Europa más del 90% de los ciudadanos encuestados están a favor del etiquetado. De hecho como hemos visto es una de las medidas adoptadas por la nueva directiva sobre OGM.

Estaríamos, por tanto, ante una visión bipolar de un mismo hecho pero si atendemos el éxito relativo del primer transgénico comercializado, las preguntas que habríamos de plantearnos son, primero, por qué en pocos años en la vieja Europa hemos pasado de una aceptación casi general de los trasngénicos a un rechazo y, segundo, por qué en Estados Unidos la aceptación es mucho mayor.


Cuestión de conocimiento

Pocas personas de las que yo conozco me pueden explicar qué es exactamente un trasngénico en un sentido general. Pocas personas, yo incluido, somos capaces de explicar el desarrollo y los principios en los que están basados las técnicas que se usan en ingeniería genética. El conocimiento de las mismas sólo está al alcance de personas que hayan cursado carreras en las que la genética es una de las asignaturas, o de quienes hayan decidido por sí mismos adquirir estos conocimientos bien por necesidad laboral, bien por pura curiosidad. Sin embargo, prácticamente la totalidad de la población es capaz de opinar y aceptar (los que menos) o rechazar (los que más) estos productos. Y no es el único sector tecnológico donde los rechazos están a la orden del día. Las radiaciones no ionizantes de las antenas de móviles, las radiaciones electromagnéticas de los tendidos eléctricos, la energía nuclear de fisión y ahora de fusión son temas en los que la gran mayoría de la población tiene cuanto menos una opinión y en la mayoría de los casos negativa.

Estamos en la sociedad de la información y todas las personas sin importar su condición, ricos y pobres, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, listos y tontos son bombardeados por multitud de mensajes sobre diferentes materias y asuntos que nuestros abuelos ni siquiera hubieran imaginado. Sin embargo, la sociedad de la información ha dado paso a la sociedad de la opinión pero no a la del conocimiento. Para poder discriminar la opinión del experto de la del inexperto es necesario conocimiento sobre su materia. Sin embargo, y quizá porque nuestro nivel cultural general no es el adecuado en una sociedad tecnificada, no discriminamos en virtud del conocimiento sino en virtud de la simpatía o del ‘famoseo’. No es difícil ver alguna presentadora de televisión informándonos sobre las virtudes de tal o cual ácido graso cuando, salvo sorpresa mayúscula por mi parte, su último acercamiento a la bioquímica fue cuando cursaba bachillerato (en el supuesto de que haya hecho un bachillerato de ciencias).

La percepción de la ciencia y de la tecnología es casi religiosa, una cuestión de fe, cuando debería ser racional. Y en este sentido la ingeniería genética es entendida como esa parte de la ciencia que se está sumergiendo en los orígenes de la vida, en la humanidad del hombre, en la labor de Dios, y eso da miedo al que lo desconoce. Es el temor al mutante.

Pero ello solo no explica este rechazo ya que los habitantes de otros países reciben los mismo mensajes que los europeos. Existen otros factores que actúan acentuando el temor. Factores externos a los que los ciudadanos no son ajenos: los grupos de presión y, sobre todo, los medios de comunicación que pueden actuar como meros vectores de información o como autenticos creadores de opinión.


Presiones y discriminaciones

Lo natural está de moda. Los presentadores y las presentadoras aconsejan en sus programas de cotilleos, en virtud de un acuerdo comercial publicitario, que consumamos tal o cual producto, debido a que potencia sus valores o propiedades biológicas; nos animan a consumir productos ‘ecológicos’ mucho más caros que los ¿industriales? en los que no se ha usado en ningún momento fitosanitarios diferentes de los naturales o abonos que no provengan directamente de las boñigas del ganado; las leches tiene antioxidantes naturales; nos animan que olvidemos los pocos siglos de medicina moderna y nos pasemos a la medicina tradicional: china, asiática, aborigen australiana, india maya o india azteca; hay un resurgimiento de las pseudociencias como la astrología, la quiromancia y ‘adivinologías’ de todo tipo. La ciencia es complicada, requiere estudiar y no todo el mundo es capaz de entenderla. Lo natural es más fácil. Hay cuatro verdades no demasiado enmarañadas y fáciles de digerir. Ley del mínimo esfuerzo. En este panorama, ¿cómo nos extraña que los productos trasngénicos nos parezcan algo francamente diabólico?.

Existen una serie de grupos medioambientalistas, ecologistas o alternativos que promueven y defienden estos estilos de vida. Estilos que nos enseñan y nos advierten de los peligros de separase de la senda marcada por fuerzas naturales que llevan millones de años operando en la Tierra. Las sociedades actuales están ‘enfermas’, ‘han perdido los valores’ y con esta sencilla forma de comportarnos podemos aún salvar al planeta y de paso a nuestra sociedad decadente. Con tan buenas intenciones, ¿quién duda de la bondad de entidades como Greenpeace, WWF o Ecologistas en Acción? Es más fácil que nos indiquen cuáles son los peligros que los descubramos sólos. Buscamos seguridad, un trabajo seguro, una posición segura, una sanidad que nunca falle, una justicia que no se equivoque, un estado protector y a cambio entregamos nuestra libertad de elegir, de equivocarnos y de acertar. Los OGMs son malos porque lo dice Greenpeace y si esta organización busca el bien del mundo y de las personas, ¿cómo se va a equivocar?, con las pruebas que presentan basta, con las buenas intenciones basta.

Si en Oregón está a favor del etiquetado de productos sólo el 40% de la población es porque en Estados unidos existen otros grupos que, por su propio interés (lo mismo que los ambientalistas), promueven la producción, el desarrollo y la investigación de los OGMs: desde las empresas que los desarrollan hasta los agricultores que las plantan o intermediarios que las comercializan. Por lo menos en Oregón la gente tiene varias opciones donde elegir, sopesando entre sus propios intereses y el del del resto y por supuesto con su nivel de conocimiento sobre el tema. En Europa, en España, me temo que tenemos poco de esto.

Pero además existe otro factor esencial para que la sociedad de la información exista y son los medios de comunicación, importantes y necesarios para otorgar al ciudadano mayores grados de libertad. En algún momento se debería plantear el grado de responsabilidad que estos tienen a la hora de medir el grado de desinformación de la ciudadanía. Actúan como verdaderos cedazos discriminando información. Cuando algún grupo ecologista, generalmente Greenpeace, realiza algún acto de protesta y este suele ser violento (podíamos decir violento de baja intensidad) no es presentado como tal. Encadenamientos, interposición de pequeñas lanchas en la trayectorias de grandes buques, asaltos irresponsables a submarinos británicos (nunca antes ningún miembro de Greenpeace estuvo tan cerca de la muerte como en el abordaje del submarino en Gibraltar, salvo cuando los franceses hundieron en Rainbow Warrior) son mostrados como actos legítimos, reivindicaciones adecuadas a fines tan excelsos. ¿No es normal que las protestas contra los tránsgénicos de estos grupos sean percibidas como realistas pues buscan nuestro bien?

El planteamiento siempre es el mismo, la empresa, generalmente una americana como Monsanto, intenta comercializar unos productos transgénicos por oscuros intereses comerciales y el egoista intento de conseguir beneficios. Por ello es capaz de usar el engaño cuando no la extorsión, obligando al pobre agricultor a utilizar los OGMs sin importar el daño que éstos puedan hacer al medio ambiente, a sus vecinos o a la salud de las personas. En el extremo opuesto, los grupos antiOGMs tienen principio más elevados como el bien social, el cuidado del entorno y la vigilancia de la herencia y los métodos tradicionales. Quién no va a temer la llegada de los transgénicos cuando son siempre sus detractores los que dominan en los medios de comunicación.

Por otra parte, no deja de ser curioso que cuando los mismos productos se presentan con otro envoltorio la mayoría de los ciudadanos los acepten sin más. En multitud de revistas y publicaciones de ciencia y medicina se ha venido publicando artículos en los que se nos cuenta loas avances que ha habido a la hora de obtener productos de origen animal y vegetal con medicamentos incorporados u otro tipo de materias activas de interés médico o industrial. Y cuando al ciudadano medio se le solicita su opinión le parece maravilloso. Leches de origen diverso con insulina, vitaminas, medicamentos o incluso con proteinas superresistentes de origen arácnido para tejer chalecos antibalas son productos en los que se está trabajando en la actualidad. Y los animales de los que se obtienen han sido transformados con técnicas de ingeniería genética. Pero estos no tiene mala fama. Aunque, si se les deja, Greenpeace, Ecologistas en Acción y toda su camarilla internacional los terminará rechazando.

Y ya que estamos con sospechas y acusaciones de mayor o menor enjundia, permitanme que sea yo el que sospeche de la apuesta de los grupos ambientalistas por la agricultura biológica y ecológica. ¿No será que, quien más o quien menos, tiene algún interés comercial en las nuevas empresas y cooperativas que se están creando poco a poco y que los productos transgénicos puedan venir a fastidiarles el mercado que pretenden tener en monopolio? Al fin y al cabo, tanto los OGMs como los productos ecológicos pueden no necesitar ni abonos ni fitosanitarios. La diferencia en el resultado final es evidente y la rentabilidad de los primeros es mucho mayor que los segundos. ¿O quizá, que el éxito de los OGM frente a esta agricultura abra los ojos de los agricultores y ganaderos y vea que pueden sacar más rendimientos donde los productos ecológicos no pueden ni nacer? ¿No será que debido a esta clara inferioridad los grupos ecologistas y algunas organizaciones de agricultores no quieran y rechacen los transgénicos aprovechando su buena prensa y usen a los medios por fines tan egoistas como los de las empresas que tanto critican?


Conclusión

Hoy por hoy, el poder de estos grupos es grande, mucho más que hace unas décadas. Se han refinado y no han dudado en la comercialización de sus marcas con técnicas de marketing y publicidad propias del capitalismo que tan arduamente combaten. Es nuestro deber el conocerlos y poner en entredicho sus actos de la misma manera que lo hacemos de otros poderes fácticos como el Estado, las Iglesias o las Empresas. El conocimiento es la clave, no la información.

Uno, con riesgo de ser tildado de ingenuo o incluso de cándido, cree que al final lo pragmático del ser humano en sociedades ágiles, deseosas de progreso podrá superar el miedo al mutante, el miedo a lo nuevo, el miedo a conocer. Surgirán nuevas tecnologías que crearán nuevos miedos pero de la misma manera que la máquina de vapor y la sociedad industrial resistió a las algaradas de aquellos que se oponían a la industrialización, los OGMs, la ingeniería genética y las industrias que generan sobrevivirán, para bien de la humanidad.

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