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Cómo la globalización conquista la pobreza

Por Johan Norberg
Traducido por Juan Carlos Hidalgo

Cortesía del Cato Institute
 
En 1870, Suecia era más pobre de lo que es el Congo hoy en día. La gente vivía veinte años menos de lo que se vive en la actualidad en los países en desarrollo, y la mortalidad infantil era el doble de la del país en desarrollo promedio. Mis ancestros estaban literalmente muriéndose de hambre.
 
Pero las reformas de liberalización doméstica y el libre comercio con otros países cambiaron todo eso. Un acuerdo comercial con Inglaterra y Francia en 1865 hizo posible que los suecos se especializaran. No podíamos producir bien comida, pero podíamos producir acero y madera, y venderlos en el extranjero. Con el dinero que ganábamos podíamos comprar comida.
 
En 1870 comenzó la revolución industrial en Suecia. Nuevas compañías exportaron a otros países alrededor del globo y la producción creció rápidamente. La competencia forzó a nuestras compañías a ser más eficientes, y viejas industrias fueron cerradas de tal forma que pudiéramos satisfacer nuevas demandas, tales como mejor vestimenta, servicios médicos y educación.
 
Para 1950—cuando el Estado Benefactor sueco no era más que un destello en los ojos de los socialdemócratas—la economía sueca se había cuadruplicado. La mortalidad infantil había sido reducida en un 85% y la expectativa de vida había aumentado milagrosamente por 25 años. Estábamos en camino a abolir la pobreza. Nos habíamos globalizado.
 
Aún más interesante es que Suecia creció a una tasa mucho más rápida que la de los países desarrollados con los que comerció. Los salarios en Suecia crecieron de un 33% del salario promedio en Estados Unidos en 1870 a un 56% a inicios del siglo XX, aún cuando los salarios estadounidenses habían aumentado considerablemente durante el mismo período.
 
Esto no debería sorprender a nadie. Los modelos económicos predicen que los países pobres deberían tener tasas de crecimiento más altas que los ricos. Los países en desarrollo tienen más recursos latentes que aprovechar, y se pueden beneficiar de la existencia de naciones más ricas a las cuales exportar bienes y de las cuales importar capital y tecnología más avanzada, mientras que los países más ricos ya han capturado muchas de esas ganancias.
 
Es un caso muy claro. Excepto por un pequeño problema. Esta relación no existe.
 
La mayoría de los países pobres crecen más despacio que las naciones industrializadas. La razón es simple: gran parte de los países en desarrollo no pueden hacer uso de estas oportunidades internacionales. Y las dos razones más significativas de que esto sea así son creadas por el hombre: obstáculos domésticos y externos. Las barreras domésticas como la carencia de un Estado de Derecho, un clima estable para la inversión, y la protección de los derechos de propiedad. Las barreras externas como el proteccionismo de los países ricos en bienes de particular importancia para el Tercer Mundo—textiles y agricultura—que (según la UNCTAD) priva a los países en desarrollo de cerca de $700.000 millones en ingresos producto de exportaciones al año—casi 14 veces lo que reciben en ayuda externa.
 
Pero cuando miramos a los países pobres con buenas instituciones y que están abiertos al comercio, vemos que están logrando un rápido progreso, más veloz que las naciones ricas. Un estudio clásico de Jeffrey Sachs y Andrew Warner de 117 países en los setenta y ochenta mostró que las naciones en desarrollo abiertas tenían una tasa de crecimiento anual del 4.5%, comparado con el 0.7% de los países en desarrollo cerrados y el 2.3% de las naciones industrializadas abiertas. Un reporte reciente del Banco Mundial concluye que 24 países con una población total de 3.000 millones de personas se están integrando a la economía global a una velocidad nunca antes vista. Su crecimiento per cápita también ha aumentado de un 1% en los sesenta a un 5% en los noventa (comparado con el crecimiento de un país rico de un 1.9%). Al ritmo actual, el ciudadano promedio en estas naciones en desarrollo verá su ingreso duplicado en menos de 15 años.
 
Esto nos lleva a concluir que la globalización, el aumento en el comercio internacional, las comunicaciones, y las inversiones, es la manera más eficiente en la historia para extender oportunidades internacionales. Los anti-globalizadores tienen razón cuando afirman que grandes partes del mundo están siendo rezagadas, especialmente el África Sub-sahariana. Pero también sucede que esa es la parte menos liberal del mundo, con la mayor cantidad de regulaciones y controles, y la tradición más débil de derechos de propiedad. Cuando los anti-globalizadores acusan a la globalización por la miseria africana, suena tan extraño como cuando las autoridades de Corea del Norte le explicaron a un político de Mongolia que los visitaba que el norcoreano promedio es infeliz y miserable porque está triste por el imperialismo estadounidense.
 
Las estadísticas oficiales de los gobiernos, las Naciones Unidas y el Banco Mundial, señalan todas en la dirección de que la humanidad nunca antes ha atestiguado una mejora tan dramática en la condición humana como la que hemos visto en las últimas tres décadas. Hemos oído la versión opuesta tantas veces que la damos por descontado sin siquiera examinar la evidencia.
 
Durante los últimos treinta años, el hambre crónica y la magnitud del trabajo infantil en los países en desarrollo han sido reducidos por la mitad. En las últimas cinco décadas, la expectativa de vida ha subido de 46 a 64 años, y la mortalidad infantil ha sido reducida del 18% al 8%. Estos indicadores son mucho mejores en la actualidad en los países en desarrollo de lo que fueron en las naciones más ricas hace cien años.
 
En una generación se ha duplicado el ingreso promedio en los países en desarrollo. Tal y como lo ha observado el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, en los últimos 50 años la pobreza global ha disminuido más que en los 500 años anteriores a eso. El número de pobres absolutos—gente que vive con menos de un dólar al día—ha sido reducido de acuerdo al Banco Mundial en 200 millones de personas en las últimas dos décadas, aún cuando la población mundial creció en 1.500 millones durante ese período.
 
Sin embargo, aún esos descubrimientos alentadores sobreestiman probablemente la pobreza mundial, ya que el Banco Mundial utiliza información de encuestas como base para sus evaluaciones. Estos datos tienen la mala reputación de no ser confiables. Por ejemplo, sugieren que los surcoreanos son más ricos que los suecos y británicos, y que Etiopía es más rica que la India.
 
Además, las encuestas capturan cada vez menos el ingreso de un individuo. La persona pobre promedio en el exacto mismo nivel de pobreza en encuestas de 1987 y 1998 había visto su ingreso aumentar en la realidad en un 17%. El ex economista del Banco Mundial, Surjit S. Bhalla publicó recientemente sus propios cálculos los cuales complementan los resultados de las encuestas con información de cuentas nacionales (en el libro Imagine There's No Country, Institute for International Economics, 2002). Bhalla encontró que la meta de la ONU de reducir la pobreza mundial por debajo del 15% para el año 2015 ya ha sido alcanzada y sobrepasada. La pobreza absoluta había de hecho caído de un nivel del 44% en 1980 al 13% en el 2000.
 
Bhalla también muestra que el PIB per cápita de los países en desarrollo tomados como un todo (y no como naciones individuales) creció un 3.1% entre 1980 y el 2000, comparado con un 1.6% para los países industrializados. Estas naciones están repitiendo ahora la experiencia sueca de finales del siglo XIX, pero de manera más rápida. De 1780, le tomó a Inglaterra 60 años el duplicar su riqueza. Cien años después, Suecia lo hizo en 40 años, y otro siglo después, le tomó a Corea del Sur poco más de 10 años.
 
El mundo nunca ha sido un mejor lugar donde vivir que en la actualidad. La pobreza nunca había sido tan baja y los niveles de vida tan altos como ahora. Y la era de la globalización ha creado el escenario para un crecimiento aún más rápido de las oportunidades y la creación de riqueza.

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