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Los fallos del mercado y la fatal arrogancia

Por Juan Ramón Rallo Julián

En contra de las pretensiones de finiquitar la máquina de la coacción estatal se suele objetar que, en tal circunstancia, dejaríamos al mercado decidir.

Para los profetas de la burocracia, dejar que el mercado decida es algo insostenible y criminoso, entre otras razones, porque no se asienta sobre valores superiores tales como el altruismo, la fraternidad o la cooperación. El mercado, braman, sólo vence en eficiencia, pero, aún así, no debemos ser tan egoístas y materialistas; la eficiencia no lo es todo. Y aunque lo fuera, continúan, el mercado no es del todo infalible, tiene una gran cantidad de fallos, entre los que se encuentra la mala distribución de la renta.

Pocas consideraciones resumen con tanta precisión el odio a la libertad y la fatal arrogancia de algunas personas. Es necesario advertir, a modo de preámbulo, que el mercado, por mucho que lo repitan los antiliberales, no decide. Tras esa cándida afirmación se esconde o mucha ignorancia o mucha mala fe. El mercado, a diferencia del Estado, no es algo físico, sino que engloba miles de millones de interacciones individuales. La dicotomía de que existen dos organizaciones que practican la coacción, una de manera eficiente y la otra no, mercado y Estado, es disparatadamente incorrecta. El Estado puede ser eliminado, el mercado, mientras la raza humana perviva, nunca lo será, va ligado indefectiblemente con su naturaleza y con su necesidad de sobrevivir; allí donde se produzca un intercambio interpersonal voluntario aparecerá el mercado.

Por ello, no es correcto decir que el mercado en cuanto a tal decide; el mercado no actúa. Sólo los seres humanos tenemos esa capacidad, en ningún caso las colectividades o las instituciones sociales espontáneas. El mercado sólo indica la voluntariedad de una relación entre dos personas.

Se me objetará que el Estado, en cuanto a institución, tampoco actúa, ahora bien, a diferencia del mercado, aquél necesita ser accionado por una cabeza pensante que lo dirija y se asienta en la coacción. Los individuos libres actúan en el mercado, los represores a través del Estado. Nadie puede apoderarse del mercado, no se trata de una institución estática, sino en continua revolución y creación. Ciertos intercambios cesan y otros nuevos aparecen. Cualquier intento por controlar el mercado es inútil, incluso las dictaduras más represoras han fracasado.

En el mercado, por tanto, se reproduce la acción humana. Son los individuos quienes, atendiendo a su subjetiva escala valorativa, se relacionan voluntariamente, estableciendo unas relaciones históricas de intercambio llamadas precios, y quienes generan continuamente información que, por ser dispersa, da lugar a unos desajustes que sólo el espíritu empresarial, con su particular intuición, comprensión y perspicacia, puede intentar corregir. El éxito o fracaso de tal empresa lo determinará la rentabilidad de su negocio, si los costes superan a los ingresos (es decir, si retrae unos recursos de otras líneas de producción prioritarias) el empresario habrá fracasado y se retirará del mercado, ahora bien, si los ingresos superan a los costes, esto indicará que determinadas necesidades humanas se están satisfaciendo de manera adecuada.

Pero, por supuesto, la función empresarial no termina con satisfacer las necesidades en un determinado momento histórico. La dinámica de las voliciones humanas y de la creación de información obliga al empresario a buscar nuevas oportunidades y nuevos desajustes, el empresario deberá adaptarse forzosamente a las exigencias de los consumidores; nadie se perpetúa en el mercado si no satisface al consumidor, sino se rinde a su soberanía. Ni el empresario, que cosechará pérdidas, ni el capitalista que consumirá su capital si no lo invierte o lo mal invierte.

El Estado, en cambio, no puede conocer bajo ningún concepto cuáles son las necesidades de los individuos y, en consecuencia, será incapaz de satisfacerlas. No existe ningún mecanismo por el cuál pueda recopilar toda la información práctica para implementar, con recursos ajenos, sus propios servicios sociales. El cálculo económico se torna irrealizable: ni en un Estado socialista (donde la inexistencia de propiedad privada sobre los medios de producción impide fijar precios) ni en uno intervencionista (donde el Estado sustrae ex ante los ingresos necesarios para rentabilizar los proyectos que de manera arbitraria considera necesarios, impidiendo, por ello, la coordinación social y la creación de nueva información) Así el mercado aparece como el único coordinador social posible mediante el orden espontáneo.

Esto significa que las diversas acciones de los individuos en el mercado proporcionarán siempre el óptimo de la tan (mal) mentada satisfacción o utilidad social, pues nacen del resultado de sus propias y particulares decisiones. ¿Cómo podemos, en ese caso, afirmar que el mercado tiene fallos?

Resulta incorrecto imaginarse al mercado como una estampa en la cual el buen ojo del experto economista es capaz de descubrir ciertas taras y malformaciones. Para determinar que un proceso dinámico está errando en su camino es necesario, antes que nada, ser capaz de obtener la imagen fiel de ese fluir incesante de eventos, lo cual, es del todo irrealizable. Pretender aprisionar el cambio en una fotografía no tiene más que un mero interés arqueológico; aún siendo capaces de captar toda la información de la sociedad, se trataría sólo de una situación pretérita, absolutamente superada en el momento de procesar los datos.

No obstante, a efectos dialectos, supongamos que sí somos capaces de resumir en un informe la situación de un mercado en el que nadie actúa y, en el que, por tanto, nada cambia, todo permanece. Aquellos que se llenan la boca hablando de "fallos del mercado" deberían señalar en función de qué patrón esa situación del mercado es errónea.

Para el estatalista: el hecho de que en el mercado sólo se produzcan un millón de pares de zapatos(o determinada cantidad de educación o sanidad) demuestra que el mercado contiene fallos inerradicables dada su incapacidad para producir la cantidad óptima de dos millones

Pero esto nada prueba. Los empresarios producen en función de las necesidades de los consumidores. Quien afirma que la provisión óptima de zapatos es de dos millones, en lugar de uno, sólo está practicando un puro ejercicio especulativo. Normalmente, quien emite tales juicios infundados no se lanzará a producir el restante millón de zapatos que la sociedad, según él, necesita, muestra inequívoca de la escasa fe en sus palabras. No existe una situación monolítica, estática, inmutable y atemporal del óptimo de producción. No es posible objetivizar las mutantes necesidades humanas que provocan continuas adaptaciones en el mercado. Sólo desde la fatal arrogancia alguien puede suponer que conoce mejor las necesidades de las personas que ellas mismas.

Estos arrogantes sugieren, por ende, que un fallo de mercado es una apreciación subjetiva de la realidad que no se corresponde con sus imaginario modelo de la sociedad, y por tanto, de la producción y el consumo. Una perfecta intolerancia que no respeta las libres decisiones ajenas.

Más que de incapacidad del mercado para proveer determinados bienes y servicios deberíamos hablar de ausencia de voluntad por parte de los consumidores para que éstos sean ofertados. Los intolerantes y arrogantes no pueden soportar esta realidad y por eso hablan de supuestos fallos de un deformado mercado que nada tiene que ver con la realidad. De ahí que intenten recurrir a la represión estatal para corregir la "irracionalidad" del "capitalismo salvaje y desenfrenado". No entienden que no existe ninguna irracionalidad en el comportamiento perfectamente pautado, diseñado y, por ende, racional de otras personas. Sólo que no lo entienden y, por ello, tratan de eliminarlo. Vive y deja vivir, o como siempre hemos gritado los liberales: ¡Laissez faire!

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