Una introducción al razonamiento económicoPor David Gordon
1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 Capítulo 10. El patrón oroEl dinero, como hemos visto, empieza siendo una mercancía –en caso contrario, la gente no habría sabido su valor para emplearlo. Pero ¿qué mercancía? Como hemos mencionado en el capítulo anterior, no es algo que podamos determinar mediante un razonamiento a priori. Hay muchas cosas distintas que pueden servir como moneda –incluyendo vacas y cigarrillos. Pero, como estamos seguros de recodar, aunque no podemos adivinar que bien debe utilizar una sociedad como dinero, podemos establecer algunos principios que limitan las alternativas. Un bien puede convertirse en dinero sólo si es ampliamente aceptado por las personas de una sociedad. Más aún, la gente debe creer que será aceptado si se ofrece en un intercambio.
Una elección inusualEl grupo que eligió los cigarrillos estaba en una situación extraordinaria. Consistía en soldados en un campo de prisioneros de guerra. Puesto que todos se dieron cuenta de que (casi) todos deseaban cigarrillos, entonces, sin duda ante el horror de la Asociación Médica Americana, los cigarrillos eran un bien altamente demandado. Se convirtieron en dinero de la forma que indica el teorema de la regresión monetaria.
La elección usual¿Hemos sido capaces de adivinar la respuesta a la última pregunta? Recordemos que el teorema de la regresión dice que el valor de la mercancía monetaria no puede ser determinado por una decisión. Pero si la gente sabe que los cigarrillos serán de aceptación general y conocen, a través de intercambios, el precio de otros bienes en términos de cigarrillos, las cosas pueden moverse muy rápido. En la mayor parte de las sociedades, los cigarrillos no son el medio de intercambio. Como hemos mencionado antes de derivar hacia los cigarrillos, hay algunos principios generales que limitan el rango de bienes que pueden elegirse como moneda. Estos principios, como podemos recordar del capítulo anterior, han llevado a la mayor parte de las sociedades con acceso al oro o la plata a adoptar uno de estos metales, o los dos, como dinero.
A veces una sociedad utilizará al oro y la plata simultáneamente como moneda. Normalmente, la plata se utilizará para transacciones pequeñas y el oro para las mayores. Un sistema comentario con dos metales a la vez genera un problema. Tendremos algunos precios de bienes en oro y otros en plata.
La solución del mercadoLa clave para resolver nuestro primer problema es inmediata. El oro y la plata son mercancías, como las manzanas y las naranjas. Pueden intercambiarse entre sí. Por ejemplo el mercado puede establecer este precio: 1 onza de oro se intercambia por 16 onzas de plata. Supongamos que se fija este ratio, ¿permanecerá siempre constante? Esto es, ¿oro y plata se intercambiarán siempre de acuerdo con la fórmula que acabamos de dar? Esperamos habernos dado cuenta de que la respuesta es no. El ratio es un precio, y como los demás precios está determinado por la demanda y la oferta. Éstas, a su vez, dependen de las utilidades para compradores y vendedores. (Volver a los capítulos sobre demanda y oferta para una revisión. No podemos repetir estos principios básicos demasiadas veces. Para entender la economía, debemos conocer la demanda y la oferta). Asumamos que se produce más plata mientras que la cantidad de oro permaneces igual. A medida que más plata entra en el mercado, la utilidad marginal de la plata desciende. (¿Por qué?) ¿Cuál será el efecto en el ratio de intercambio de oro y plata? La gente tendrá ahora que entregar más plata que antes para obtener una onza de oro. Tendremos un nuevo ratio de intercambio, por ejemplo, 1 onza de oro se intercambia por 16,5 onzas de plata.
Otros bienesEl mercado ha establecido un ratio de intercambio, digamos 16 por 1, entre onzas de plata y oro. ¿Está ya todo bien? No, no necesariamente. Algunos bienes tendrán su precio en oro y otros en plata. Estos precios, por supuesto, se determinarán por la demanda y la oferta de esos bienes, relacionada con la demanda y la oferta de oro y plata, respectivamente. Por ejemplo, 1000 naranjas pueden intercambiarse por ½ onza de plata.
Otros bienes, continuaciónEn el mercado tendremos todo tipo de ratios, o precios, de intercambio distintos, algunos establecidos en términos de oro, algunos en términos de plata. Todos estos precios deben “ajustarse” al ratio de intercambio oro-plata. ¿Qué quiere decir esto? Supongamos que alguien quiere comprar naranjas, pero no tiene plata alguna. Pregunta al cultivador de naranjas, “¿Cuánto oro debo darte a cambio de tus 1000 naranjas?” (La gente que habla en los libros de texto suele expresarse con frases altisonantes). Nuestro naranjero no es tonto; replica “un octavo de onza de oro”. El propietario del oro, deseosos de obtener naranjas, acepta. ¿Vemos el problema que se nos presenta? Tenemos los siguientes ratios de intercambio: 16 onzas de plata se intercambian por 1 onza de oro Media onza de plata se intercambia por 1000 naranjas Un octavo de onza de oro se intercambia por 1000 naranjas Como dijo el gran poeta británico Lord Tennyson en “La carga de la brigada ligera”, “alguien ha cometido un desatino”. Podemos discernir fácilmente quién ha sido: es el despistado que entregó un octavo de onza de oro para obtener 1000 naranjas. El afortunado naranjero tiene ahora un octavo de onza de oro. Puede obtener ahora 2 onzas de plata por su oro. (¿Por qué?) Después de hacerlo, puede comprar 4000 naranjas. (Si es aún más afortunado, puede empezar el ciclo de nuevo, esta vez obteniendo media onza de oro del despistado a cambio de 4000 naranjas). Desafortunadamente para el naranjero, pero para fortuna del despistado, esta situación se terminará pronto. Otros naranjeros intentarán participar en el estupendo negocio. Quieren el oro para ellos: no van a actuar como Naranjeros Unidos. Pero el despistado sólo tiene una cantidad limitada de oro para ofrecer a cambio de las naranjas. ¿Cómo puede obtener cada naranjero lo más posible para sí mismo? Ofreciendo al despistado un mejor negocio. Ofrecerá, digamos, 2000 naranjas por un octavo de onza de oro.
El despistado se da cuentaSi no ofreciera más naranjas, ¿qué pasaría? Podría quedarse fuera del mercado. Todos sus colegas naranjeros estarían intentando obtener el oro y no hay suficiente para seguir en el negocio. Si ofrece 2000 naranjas, sus posibilidades de obtener oro se incrementan. El despistado preferirá obtener 2000 a 1000 naranjas por su ? de onza de oro. (No es un idota). El naranjero hará menos negocio, pero todavía le merece la pena subir su oferta.
El despistado se da cuenta, parte 2Más y más naranjeros verán la oportunidad para dar un pelotazo en el mercado. Y quizás otros, que no tienen naranjas, verán las ganancias que pueden obtenerse comprándolas. Una vez que tengan naranjas en sus manos, pueden intentar obtener oro del despistado. Entre tanto, el despistado ve que su oro tiene demanda. (Incluso la idiotez tiene un límite). Sospechará que ha estado ofreciendo demasiado oro y bajará su oferta. De esta forma, nuestro ratio de intercambio de ? de onza de oro por 1000 naranjas recibe presiones en dos frentes. Los naranjeros ofrecen más naranjas y el despistado ofrece menos onzas de oro. ¿Cuánto tiempo durará esto? Hasta que no puedan obtenerse beneficios de una serie de intercambios. Las ganancias a través de una serie de intercambios basadas en discrepancias en los precios, se denominan ganancias de arbitraje. Las hemos contemplado en un capítulo previo, donde tratábamos acerca de la ley del precio único. Aquí vemos que no hay nada de especial en el dinero. Oro y plata, al igual que las naranjas y las manzanas, obedecen a la ley del precio único.
Aparece el EstadoSupongamos de nuevo que el oro y la plata se intercambian a un ratio de 16 a 1.De la forma que acabamos de explicar, todos los precios en el mercado se “ajustan”: no habrá posibles ganancias mediante transacciones de arbitraje. “Todo en orden” dirán ciertos reformadores económicos, “pero el equilibro se pone el peligro fácilmente. Tan pronto como cambie la cantidad de oro o plata, el ratio de 16 por 1 estará desactualizado y debe alterarse. Pero eso toma tiempo. Entre tanto, sigue presente la posibilidad de arbitraje. ¿Por qué no hacer más sencillo el cálculo de los precios? Para ello, hagamos permanente el ratio 16 a 1. Así no tendremos que preocuparnos en lo sucesivo acerca del arbitraje en dinero”.
Digresión acerca de la éticaUno de los asuntos de este libro emerge aquí con claridad cristalina. Es muy fácil asumir que deberían adoptarse ciertas perspectivas éticas o “juicios de valor”, aunque un examen exhaustivo nos demuestra que dan son controvertidas y necesitan justificación. Nuestro reformador ha realizado dos de estas afirmaciones controvertidas. En primer lugar, advierte correctamente que los cambios en la oferta y la demanda necesitan tiempo antes de afectar a los precios. Aunque el ratio de 16 a 1 ya no se corresponda con las utilidades de los actores, se mantiene un tiempo antes de cambiar. ¿Pero por qué tenemos que pensar que hay algo incorrecto en ello? ¿Por qué deberían los ajustes de precios de acuerdo con los cambios en la demanda o la oferta ser instantáneos, o en todo caso, más rápidos de lo que el marcado los realiza por sí mismo? Tengamos cuidado de no realizar una suposición injustificada acerca de lo que estamos diciendo. No estamos en desacuerdo con que el ideal del ajuste instantáneo de precios sea equivocado. Por el contrario, esperamos que todos lo lectores adviertan que el reformador ha hecho una suposición ética. Si se mueve de (1) el ajuste de precios requiere tiempo, a (2) el ajuste de precios requiere demasiado tiempo, ha dado un paso que requiere argumentar en su favor. Y nuestro reformador ha dejado entrever otra suposición no analizada: los ajustes que se llevan a cabo mediante arbitraje son “malos”. ¿Qué tiene de malo el arbitraje? Nos lo debe decir nuestro reformador. De nuevo, no hemos asumido que el arbitraje sea moralmente correcto, simplemente hemos querido llamara la atención acerca de una carga de la prueba que suele olvidarse.
La ley de GreshamDe momento, no llevaremos nuestra discusión sobre ética más allá. Ahora nos limitaremos a la economía “positiva”. (Recordar la distinción en afirmaciones positivas y normativas, comentada antes). Supongamos una vez más que el mercado ha establecido un ratio de 16 a 1. se descubren nuevas minas de oro en Patagonia y entra en el mercado una enorme cantidad de oro. Suponiendo que el resto de las demás utilidades permanezca invariable, el precio del oro bajará. Una onza de oro será capaz de conseguir sólo 15 onzas de plata en un intercambio, por ejemplo. Pero el estado ha impuesto un ratio de 16 a 1. Si tenemos una onza de oro, podremos obtener 16 onzas de plata en el mercado. No nos importaría, por hipótesis, ganar 15 onzas de plata por nuestro oro, pero ciertamente no vamos a poner pegas a obtener una onza más. Los comerciantes en plata se mostrarán más recalcitrantes. El ratio de 16 a 1 no refleja en adelante el precio de mercado. Si es obligatorio, los comerciantes de plata estarán menos deseosos que antes de ofrecer plata al mercado. El oro tenderá a convertirse en el medio de intercambio exclusivo. ¿Por qué se producirán estos resultados? Debemos, como siempre, volver al principio básico. El dinero es una mercancía.
Sobreabundancia y escasezEsperemos haber respondido a la pregunta haciendo mención a la sobreabundancia y la escasez. ¿Recordamos el efecto de un precio máximo por debajo del precio de mercado? Habrá un mayor cantidad del bien demandado al precio artificialmente más bajo que la ofrecida a la venta. En suma, habrá escasez. Esto es exactamente lo que ha ocurrido en nuestro ejemplo. El precio de la plata es artificialmente bajo. Su valor de mercado es de 1/15 de onza de oro, pero el precio obligatorio del Estado es sólo de 1/16 de onza de oro. De aquí la escasez. Visto desde el ángulo opuesto, el precio del oro es artificialmente alto. Hay una sobreabundancia de oro al ratio artificialmente obligatorio. Los compradores de oro demandan una menor cantidad de oro al ratio de 16 a 1 que la que los suministradores ofrecen a ese precio. En resumen, el dinero sobrevalorado por el Estado tenderá a empujar al dinero infravalorado por el Estado fuera del mercado. Este es la llamada Ley de Gresham, normalmente citada como “la moneda mala expulsa a la buena”. Nuestra formulación, que viene de Murray Rothbard, es preferible a la tradicional. Nos dice qué son moneda “mala” y “buena”. Un patrón de un solo metalComo hemos aprendido en este capítulo, el libre mercado puede ser capaz de manejarse en un sistema con oro y plata como dinero. Mientras el Estado no imponga controles de precios, ambos metales circularían como moneda. Pero las preferencias de la gente pueden cambiar. Pueden encontrar que un sistema con dos tipos de moneda, con frecuentes fluctuaciones en los tipos de cambio, puede no ser conveniente. En ese caso, el mercado está listo con una solución. Si hay suficiente gente que deja de utilizar uno de los metales como dinero, éste dejará de serlo. ¿Recordamos el teorema de la regresión monetaria? El proceso de desmonetización funciona exactamente al revés por el camino que hemos trazado. Una mercancía que aumente más y más su demanda como medio de intercambio obtiene un valor extra por este hecho. La plata, por ejemplo, se convierte en valiosa no sólo por su utilidad en anillos y dientes, sino por sus servicios en hacer los intercambios más sencillos. Si algunas personas dejan de aceptar plata en los intercambios, ésta perderá valor como medio de intercambio. A medida que pierde valor, se convierte en aún menos demandada por los actores del mercado. Ocurre un efecto en espiral que es precisamente el opuesto a aquél mediante el cual se crea el dinero.
Si una mercancía pierde todo (o casi todo) su valor como medio de intercambio, ha sido desmonetizada. Su valor ahora se determina como cualquier otro bien no monetario. Aunque esta no es una ley praxeológica, es seguro predecir que un mercado libre tenderá a suplantar una moneda de dos metales por un patrón de un metal único, por pura comodidad. El metal normalmente elegido es el oro.
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