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Los nuevos clérigos Fragmento
Los nuevos clérigos

Enrique de Diego
Libros Libres, Madrid, 2004

No a la Constitución europea

Por Enrique de Diego

La falta de información sobre la Constitución europea, el intento de hacer pasar el referéndum como un plebiscito a favor de José Luis Rodríguez Zapatero, hace necesario abrir un debate sobre el sentido del voto de cara a dicha cita electoral. Publicamos el capítulo “No a la Constitución europea”, contenido en el libro “Los nuevos clérigos”, publicado por la Editorial Libros Libres, del que es autor Enrique de Diego.
 
Resulta difícil describir la admiración hacia Oriana Fallaci en la que nos iniciamos y con la que crecimos una generación de periodistas. El coraje para estar en el lugar de la noticia, por arriesgado que fuera, la capacidad para acceder al personaje clave y la fuerza de sus entrevistas, género que dignificó sobremanera. Referencia progresista incorruptible, comprometida en la lucha contra las dictaduras. Por todo ello, fue, más allá del simbolismo, una emoción de racionalidad cuando tras el 11 de septiembre hizo público su La rabia y el orgullo, defensa apasionada de los valores occidentales. Sonora ruptura de ofensiva sinceridad de esa ideología mediática por la que medios de todas las tendencias coinciden a la postre -como si extrema derecha y la extrema izquierda estuvieran más vivas y se tocarán más que nunca- en el antiamericanismo.
 
O como dice, en Eurabia “nuestros medios de comunicación encuentran siempre alguna justificación para los enemigos de Occidente”. Su última contribución a la causa de la libertad la hace herida de muerte, con un pie en el estribo. Cáncer, el europeo, “mucho más grave” que el suyo. Tiene la Fallaci la claridad de quien nada teme, de quien no precisa hacer ofrendas ni en los altares de tirios ni de troyanos. De quien no precisa patentes para desenmascarar a cuantos han hecho del progresismo una coartada de perversión moral.
 
“Allá –sentencia en La fuerza de la razón- donde hay antiamericanismo, hay antioccidentalismo, hay filoislamismo y antisemitismo”. El pacificismo es la nueva forma del colaboracionismo con el fascismo, proyectado en el islamismo, “la única derecha represora que hay en el mundo”. Frente al papanatismo de esta izquierda sin convicciones dada a idealizar la coyunda de corrupción y dictaduras que es la ONU, la gran periodista italiana señala que “sus posiciones son siempre favorables al Islam” y de Kofi Annan que “quizás sea un antiamericano que mira al Premio Nobel, que hoy está reservado a los antinorteamericanos”. Sobre Arafat, el viejo y pervertido terrorista, opina que “sus súbditos masacran a la gente con consciente cotidaneidad”, por lo que “el Estado de Israel tiene el derecho de proteger a sus ciudadanos”. ¿Por qué elaborado antisemitismo han de dejarse masacrar los judíos para satisfacer la mala conciencia de las naciones europea, quienes les contempla como el recordatorio de sus pecados e, incluida España, han financiado generosamente el terrorismo integrista, a través de la Autoridad Nacional? Una de las denuncias más claras de la moribunda y clarividente Oriana es contra la necrofilia islámica: ese apego a la muerte de los hijos de Alá que es la más directa requisitoria contra la inhumanidad de la religión musulmana.
 
Mas La fuerza de la razón es una llamada de atención para evitar el suicidio de Europa, estadio último de la decadencia de los espíritus. Es contra la huida hacia adelante de la Unión Europea donde la diatriba alcanza sus mejores y más duros registros. La Europa postmoderna es definida como “un club financiero deseado por los eternos patrones de este continente, es decir Francia y Alemania”. Como una “mentira para mantener en pie el maldito euro y sostener el antiamericanismo”, como “una excusa para pagar sueldos exagerados y libres de impuestos a los europarlamentarios y a los funcionarios de la Comisión Europa”. La Europa de los burócratas, la de los nuevos clérigos, busca su identidad en el antiamericanismo. He ahí la cuestión.
 
La Europa en deconstrucción es el producto de dos complejos de culpa y dos sueños agostados de totalitarismo. Desde la revolución francesa, que abrió la espita de los genocidios modernos, y el nazismo, los males para la libertad han venido casi siempre de los aires de fronda de Francia y Alemania, dos naciones que han producido los peores asesinos –Robespierre, Napoleón, Hitler-, dos potencias que hace tiempo dejaron de serlo y rechazan reconocer la realidad. Europa viviría bajo la pesadilla totalitaria, en un paisaje de hornos crematorios, si Estados Unidos no hubiera estado dispuesta a pagar generoso tributo de sangre. Los agradecimientos de Jacques Chirac y Gerhard Schroeder al hito liberador de Normandía no superan el nivel de la retórica para llegar al ámbito de los compromisos reales, tras su apoyo, hasta el último momento, al tirano Sadam Husein. El precio de la libertad se sigue pagando en libra de carne de marine.
 
Construir una Europa enfrentada a los Estados Unidos no es sólo una injusticia histórica, es una peligrosa miopía, a la que los demócratas europeístas hemos de enfrentarnos sin medias tintas. Eso pasa por una cuestión bien concreta, por un reto inmediato: votar no a la Constitución europea. Frente a cualquier catastrofismo interesado, el dilema no es del tipo Europa sí o no. La Europa posible, la del libre cambio, no está en peligro. O mejor, sólo lo está por el intento de ir hacia una Europa imposible, proyecto de clases políticas desacreditadas, alejado del sentir de los ciudadanos.
 
El 23 de junio de 2004 tuvo lugar en el Congreso de los Diputados un debate ilustrativo de ello. El contenido era la información del presidente del Gobierno –un político dado a “convertir lo insustancial en admirable”, en acertada expresión de Mariano Rajoy- sobre el Consejo Europeo celebrado en Bruselas los días 17 y 18 de ese mismo mes. “Deberíamos –según el propósito de Zapatero- lograr que el debate sobre la Constitución sea interesante. Que interese a los ciudadanos. Que trate de sus intereses”. Mas, ¿se mueve en esa línea la introducción de las figuras del Presidente del Consejo Europeo y del Ministro de Asuntos Exteriores? La lógica política de la construcción europea se ha ido moviendo por la senda de la duplicidad de instituciones y el aumento de la burocracia. Establecer una presidencia europea sólo resulta coherente si desaparecen al tiempo las presidencias nacionales, pero al tiempo se reafirma la identidad de los estados miembros. Un ministro de Asuntos Exteriores común sólo tiene coherencia si, al tiempo, desaparecen los ministros del ramo de los estados miembros. Otra cosa es intensificar la Unión Europea como destino de políticos jubilados. Incluso ambas opciones son indeseables, pues con el reparto de poder establecido en el artículo 24 no se va hacia los Estados Unidos de Europa, sino hacia un esquema de comparsas de los dictados de Francia y Alemania. Dos fracasos nacionales que tratan de ocultarse proyectándose a una instancia superior y más amplia. Francia y Alemania son dos naciones atrapadas por su Estado, por su amor al Estado. En el caso francés derecha e izquierda coinciden en ese consenso básico del Estado providente e interventor. Francia declina. Tanto París como Berlín son dos locomotoras herrumbrosas y renqueantes, instaladas en ciclo recesivo, incapaces de salir del atolladero. Mientras el Tratado de Niza, ligado a la Declaración de Lisboa, se movía por una senda de liberalización, la Constitución europea da el cerrojazo a la vía de las soluciones, para consolidar los cimientos de los problemas.
 
La Europa posible no está en peligro si se rechaza la Constitución, sino que se refuerza, obligando al necesario –y postergado- cambio de rumbo. La paz europea de las últimas décadas, presentada como el principal activo del proceso, no es en sí una conquista en exclusiva europea, sino fruto de la relación trasatlántica: de Normandía, Monte Casino y el plan Marshall. La caída del Muro de Berlín se mueve en esa misma estela. Si hoy no hemos de avergonzarnos de la consumación del genocidio bosnio y albano-kosovar se debe a la intervención norteamericana, tras el fracaso de Europa y de la ONU, cuyos cascos azules llegaron a la ignonimia de desarmar a los bosnios de Szebreznica, para ser masacrados –veinte mil- por los serbios.
 
Hay en el caso español un aditamento que hace el proceso especialmente ininteligible. Resulta incluso hiriente recibir de las mismas bocas el mensaje de que la Constitución de 1978 no debe ser sacralizada, como ninguna otra, salvo la europea, que dará acceso a la “ciudadanía europea”. Aquí todo está en cuestión, allí todo ha de ser aceptado. Para España se configura como una particular huida hacia adelante, pues mientras se sostiene, a duras penas, con sordina y cesiones, la existencia de la ciudadanía española, se nos va a dotar de otra genérica. O, como dijo Rajoy en el debate citado, “la Constitución europea importa mucho a los españoles porque va a clausurar algunas ensoñaciones separatistas”. ¿Es esto creíble? Nunca se resuelve un problema interno trasladándolo al exterior, aunque ello ha sido tentación permanente en el devenir humano.
 
La Constitución europea no es la de los ciudadanos sino la de los políticos. Los principales protagonistas del proceso están bajo serias sospechas de corrupción personal. Valery Giscard d’Estaing, coordinador de la Convención y ‘padre’ del texto, pudo estar a sueldo, bien que de diamantes, del esperpéntico tirano Bokassa. La inmunidad de la que se ha rodeado en la presidencia de la República ha evitado la comparecencia de Jaçques Chirac ante los tribunales, por la financiación irregular de su partido, relacionada con su gestión al frente de la alcaldía de París. Por ese escándalo ya han sido condenados varios de sus más directos colaboradores y hombres de confianza. La apatía de los electores en las elecciones al Parlamento europeo no es la consecuencia de una falla en la información, sino el rechazo a un proceso en el que políticos y funcionarios se han ido rodeando de onerosos privilegios. Esa idea despótica, y en el fondo antidemocrática, aletea en la misma idea del reférendum como concesión. Ante el Congreso, dijo Zatapero. “mi propósito, como ya figuraba en el programa electoral con que el Partido Socialista concurrió a las pasadas elecciones generales, es convocar un referéndum para que sea el conjunto de los ciudadanos el que se exprese sobre el nuevo texto constitucional”. ¿Mi propósito? ¿Es pensable una Constitución que no tenga el refrendo directo de la ciudadanía? ¿No es toda Constitución un pacto básico y explícito? “Habrá quien piense que es innecesario acudir a un referéndum; habrá quien sostenga que es un derroche; habrá quien opine que es una temeridad a la vista de la participación alcanzada en las últimas elecciones”. No, el referéndum no es condescendencia, ni mucho menos muestra de valor de Zapatero, sino imperativo categórico, derecho de ciudadanía. ¿O en qué quedarían la ciudadanía europea y la democracia participativa con una Constitución a la trágala, con mero refrendo indirecto de los representantes?
 
La arrogante negación a toda cita a la contribución del cristianismo en la configuración de Europa muestra -al margen de debates más enjundiosos- ese despotismo básico. Podía haberse obviado en el preámbulo referencia alguna a elementos de configuración, mas con arrogancia masónica se elude en exclusiva la mención al más influyente, para bien y para mal, del devenir europeo. Tampoco tiene sentido, ni como amnesia histórica, ni como relativismo cultural, situar a todas las religiones en el mismo saco, pues Europa como realidad, se configuró durante siglos, bajo el concepto de Cristiandad, en lucha contra las invasiones musulmanas. Europa es, en su humus, una mezcla de derecho romano y ética judeocristiana. Y el cristianismo fue también motor en la puesta en marcha mediata del proceso de construcción europea. Católicos practicantes eran De Gasperi, Monet, Schuman y Adenauer.
 
¿Algo más chocante que este laicismo clericalizado que se nos vende de continuo como sucedáneo? El peligro de futuro, según Zapatero, “no sería otro que el que llegara a carecer de alma, el que llegara a conformarse con ser un mercado de intercambio, un espacio de libertad, pero sin un proyecto político, ciudadano, social, común y compartido”. Cuando los hombres han dejado de tener alma, han pasado a tenerla los colectivos; tosco antropomorfismo de las instituciones. “Esta Constitución –dice el pequeño sumo sacerdote de la progresía hispana- es nuestra alma europea. Esa es su virtud, ese es su alcance, ese es su valor”. Si no estuvieran acreditadas las credenciales democráticas de Zapatero, no nos quedaría más remedio que concluir que tal forma de expresarse es propia de totalitarios, dados a dar entonaciones religiosas a la política, para sustraerla ésta, opinable, al debate, mediante anatemas subliminales, del tipo ‘quien no está a favor de la Constitución europea, está contra Europa”, cuando, en propiedad, es todo lo contrario: construir una Europa imposible, indeseada por los ciudadanos, para satisfacer la megalomanía de la clase política más endeble desde la segunda guerra mundial, sólo llevará a intensificar las contradicciones internas y a hacer aflorar tensiones innecesarias. ¿Megalomanía, acusación excesiva? Escuchemos a Zapatero, al fin y al cabo, un advenedizo a la tenida, llegado en la última estación: “si los ciudadanos continúan encerrándose cada vez más estrechamente en el círculo de los pequeños intereses domésticos se puede temer que acaben por hacerse inaccesibles a esas grandes y poderosas emociones públicas que perturban a los pueblos, pero los desarrollan y renuevan”. ¿Estaría en su subconsciente al expresarse con tal grandilocuencia la infamia llevada a cabo por el PSOE –“el partido de los cobardes”, en decir del historiador Paul Johnson- entre los días 11 y 14 de marzo?
 
¿Cómo no percibir en el discurso de Mariano Rajoy, en ese mismo debate del 23 de junio, ese aroma de consenso de clase política, de representantes al margen del sentir de los representados? Porque el discurso del jefe del único partido de la oposición –pues España está gobernada por una amplia coalición antisistema y antinación- fue un demoledor parlamento contra la “irrelevante” aportación de Zapatero a la Constitución y contra el resultado final del artículo 24, el clave, el del reparto del poder. De cada una de las premisas de la intervención parlamentaria de Rajoy sólo cabe una conclusión lógica: votar no a la Constitución europea. ¿Cómo interpretar, si no, la consideración de que Zapatero “se resignó a escoger entre dos males y se ha quedado con el mal menor que –se ponga usted como se ponga- sigue siendo un mal? ¿O que ha habido “tres claros perdedores: Polonia, España y usted”? ¿Si España está entre los perdedores, obligada a la sumisión al eje París-Berlín, no es un deber patriótico votar que no? “A España –dice Rajoy- le corresponde un puesto bastante mejor que el que usted se ha traído. No tenemos el puesto que a España le corresponde, sino el que nos han dejado los demás y que a usted le pone muy contento”. A tenor de este juicio, ¿cómo puede llegarse a la conclusión de que “de lo que se trata ahora es de que España refrende esta Constitución con el mayor respaldo posible”? ¿Oblación al mito inconsistente y efímero del talante, temor a ser tachado de poco europeísta? Los ciudadanos europeos tenemos derechos antes de la Constitución, los logros –como el ámbito judicial y policial- son anteriores, sin que hayan faltado notorias renuencias y complicidades históricas galas con el terrorismo vasco.
 
Estar contra esta Constitución europea no es estar ni tan siquiera contra la idea de una Constitución común. Es, simplemente, rechazar la apuesta por una Europa intervencionista, es resistirse a la decadencia de Europa.

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