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Diccionario políticamente incorrecto Fragmento
Diccionario políticamente incorrecto

Carlos Rodríguez Braun
LID Editorial, Madrid, 2004
158 páginas

Una entrevista incorrecta

Por Crítica

Reproducido por cortesía de Carlos Rodríguez Braun y de LID Editorial. Recomendamos comprar el libro, repleto de definiciones desternillantes y tan ajustadas como la de "salario justo", descrito como "más alto que el actual".

A principios de 2003 fui objeto de una entrevista que no fue publicada porque la revista española en cuestión la consideró políticamente incorrecta. ¡Y eso que la revista se llama Crítica! Les ofrezco esta entrevista como digno colofón a una obra políticamente incorrecta:

El profesor Velarde Fuertes, comentando un libro de R. Puigbó, transcribe la siguiente cita de Vintila Horia en Reconquista del Descubrimiento: «Las dos Américas son dos razas, dos paisajes, dos idiomas, dos culturas, dos historias y dos religiones antagónicas desde el principio». Y con esto apoya en cierta medida la tesis de que el modelo económico del norte no funciona en el sur.

Ambas Américas son, sin duda, distintas, pero no antagónicas. Históricamente, América Latina profesó hacia EE.UU. amistad y admiración. Hay que observar que la independencia de América se produce de norte a sur. En el siglo XIX, Iberoamérica mira hacia el norte y no por casualidad: era el primer país independiente, empezaba a ser próspero y tenía una Constitución. Muchas constituciones del sur la tomaron como modelo. Por ejemplo, una que conozco, por razones obvias, es la argentina y comienza casi exactamente igual: «Nos, los representantes del pueblo de la nación Argentina». Los líderes latinoamericanos viajaban a EE.UU. y cantaban sus alabanzas, fueran socialistas, como Juan B. Justo, o más conservadores, como Sarmiento, que en una de sus cartas comenta que ha visto las universidades norteamericanas ¡y que había que cerrar las argentinas! Incluso el primer nacionalismo latinoamericano se opuso más a Europa (Inglaterra y, claro, España) que a EE.UU. Sólo más tarde el nacionalismo, de derechas e izquierdas, se hará antinorteamericano. Pero antes era un modelo claramente a imitar y no sólo en lo económico sino también en lo político y social: recuerde que Buenos Aires se parecía a Nueva York, entre otras cosas por recibir a torrentes de inmigrantes.

¿Qué causa, entonces, el actual antagonismo?

La amistad norte-sur se frustra a lo largo del siglo XX por muchos factores, desde el nacionalismo y el intervencionismo exacerbados hasta los errores del propio EE.UU. Pero probablemente el mayor veneno fue la Guerra Fría, porque está nítidamente asociada con la pérdida de la democracia y los golpes militares, y éstos fueron apoyados por EE.UU.

¿Un tremendo error histórico?

¡La Guerra Fría no la inició EE.UU.! No fueron americanos los que edificaron el Muro de Berlín. Es muy simplista catalogar a EE.UU. como el malo. La Guerra Fría fue una guerra de verdad, que casi llega al enfrentamiento nuclear: recuerde los misiles instalados en Cuba, recuerde la expansión del comunismo. Fue sin duda una guerra rara –como la que estamos librando ahora contra el terrorismo–, pero existió, y, como todas las guerras, trastocó la política de alianzas. Recuerde las guerrillas comunistas en América Latina: no fueron un mito ni una leyenda amable y robinhoodesca. Al Ché lo matan en Bolivia en 1967, apenas ocho años después de la victoria castrista en Cuba. Y ¿qué cree usted que estaba haciendo el Ché en Bolivia, deporte de alta montaña? Fue gravísimo el terrorismo en toda América Latina, y eso necesariamente alteró la política exterior norteamericana.

No sólo allí...

En efecto, el que un país presunto adalid de la democracia empezara a apoyar regímenes militares indicaba que la situación era diferente, y no sólo allí. 154 Es notable que mucha gente no lo comprenda desde España, que es un caso espectacular, porque habiendo sido un país enemigo de los aliados –Franco no fue a Hendaya a saludar precisamente a Winston Churchill– diez años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial se convirtió en un país amigo, recibió a Eisenhower, se instalaron bases en nuestro territorio, etc. ¿Qué había pasado? Pues la Guerra Fría, claro. España podía ser un país con un pasado filonazi, pero en los años cincuenta era evidentemente para EE.UU. un mejor aliado que la URSS. Igual sucede ahora con los países islámicos moderados: Marruecos o Arabia Saudí no son democracias modélicas, pero son vastamente mejores que las naciones islámicas más peligrosas. Volviendo a América Latina, es justamente el final de la Guerra Fría lo que marca el final de las dictaduras, y Ronald Reagan lo dijo explícitamente: EE.UU. no apoyará más golpes y defenderá la democracia en Iberoamérica.

¿Y los modelos económicos?

No estoy seguro de que se necesiten distintos modelos, y esto no quiere decir que el norteamericano sea perfecto ni mucho menos. En EE.UU. también tienen, como en Europa, impuestos, burocracias, controles y un voluminoso gasto público. Lo único que sucede es que su intervencionismo, por el momento, y sobre todo en el mercado laboral, es algo inferior al europeo, y por eso tienen menos paro. Además, obviamente el capitalismo es mejor que el anticapitalismo, y está asociado a la libertad y la prosperidad: no es casualidad que la gente emigre de La Habana a Miami, y no al revés. En cualquier caso, en América Latina hay historias muy diferentes, no son iguales Chile que la Argentina.

Pero el liberalismo no parece resolver todos los problemas.

¡Ni lo pretende! Los socialistas son los que plantean la utopía –y la riegan de pobreza y sangre–. El liberalismo jamás ha presumido de ser una receta mágica, automática y perfecta. Sí dice, más modestamente, que la libertad en todos los campos funciona relativamente mejor que la no libertad, y conecta con aspiraciones éticas y políticas de la gente. América Latina lo sabe, y en especial Argentina, que fue uno de los países más ricos del mundo cuando tuvo un marco de paz, justicia y libertad, que son los tres grandes ingredientes del liberalismo. Después perdió los tres. Y lo pagaron los argentinos, como los demás latinoamericanos que también 155 los perdieron. Europa y España siguieron un sendero distinto en la segunda mitad del siglo XX –no en la primera, cuando perpetraron monstruosidades de todo tipo ¡a pesar de que ahora pretendan enseñarles derechos humanos a los sudamericanos!–. Hoy, en muchos países de Iberoamérica existen realidades impensables en España y Europa: una vasta inseguridad jurídica y física, y enormes expropiaciones (como el corralito). Se comprende que habiendo violado tan abiertamente las condiciones del liberalismo, sea un subcontinente más atrasado.

Parece muy claro. Sin embargo, están surgiendo movimientos alternativos antiglobalizadores, que tiene bastante fuerza y que ven el neoliberalismo como una gran amenaza para los empobrecidos.

La libertad es una planta delicada y difícil de comprender. Se empieza a hablar de la globalización como peligro a partir de 1989. Había caído el sistema más criminal que ha conocido la humanidad, con cien millones de trabajadores asesinados por los comunistas, y en vez de dar un respiro de alivio se alzaron voces de alarma.

¿Cómo se entiende?

Entre otras cosas porque los enemigos de la libertad no estaban en China ni en Cuba ni en Corea del Norte –allí la ansían porque les falta–, sino en Occidente. Buena parte de la intelectualidad europea y norteamericana es anticapitalista y antioccidental, presa del miedo a la libertad y decidida a agitar otra vez viejos fantasmas, son los que nos dicen que, a pesar de todo ¡el mundo está ahora peor que antes! No cambió la ideología sino las banderas: ahora es la antiglobalización. Visto el horror del socialismo, no lo pueden defender como modelo, y entonces recurren a la vieja estratagema de la ficción: «otro mundo es posible», etc. apropiándose de cualquier consigna que les sirva para sus propósitos y permita ocultar el espanto en que se concretan sus propuestas en la práctica. Así, hoy los antiliberales son ecologistas, feministas, indigenistas, etc.

Pero los problemas que denuncian son reales.

¿Y eso qué tiene que ver? Claro que son reales, claro que hay pobreza en el mundo, pero el truco inaceptable es pasar de ahí a decir que la solución 156 es menos capitalismo, menos mercado, menos propiedad privada, menos empresas, menos comercio. También los comunistas decían que eran benéficos para la clase obrera y ya vimos lo que le hicieron. Lo mismo sucede ahora. Nadie se atreve, por ejemplo, a denunciar que los zapatistas perpetraron incontables actos de violencia contra los que dicen proteger: los indígenas.

¿Y qué propuestas concretas tiene la economía de mercado? ¿Tratados de libre comercio como el ALCA?

Recuerde que no hay recetas mágicas. Ahora bien, la experiencia del Tratado de Libre Comercio ha sido buena, desde luego para México. En América Latina parece que hay dos corrientes a ese respecto, la que apunta, en la línea del TLC, a un área de libre comercio, y la orientada por el Mercosur, que apunta a una integración más política, según el modelo de la Unión Europea.

El TLC está teniendo mucha contestación.

Sí, en especial por los enemigos de la libertad. No fue casual que los zapatistas se levantaran en armas justo el día en que México se integraba al área. Observe que el obstáculo no es la globalización sino justo lo contrario. Es mucho más globalizado Canadá que Etiopía, y así les va a ambos. No hay que olvidar el mal del proteccionismo que defienden desgraciadamente los países ricos: EE.UU., la UE y Japón. Eso cierra las puertas sobre todo a la agricultura y los textiles, precisamente productos en los que Latinoamérica podría competir. Lo que los países pobres quieren no es menos globalización, sino más. Que les dejen vender.

Es lo que han pedido los jefes de Estado en la reciente Cumbre Iberoamericana. ¿Sirven para algo estas cumbres?

No para mucho, es verdad, pero van creando cierta sensibilidad y la petición de que cese el proteccionismo es muy justa. Me consta que a las autoridades españolas (porque me lo han confesado, aunque, claro, off the record) esto les provoca una gran incomodidad, porque España aspira a ser la voz de los latinoamericanos, pero al mismo tiempo es socia de Europa y aquí hay una enorme resistencia por parte de los grupos de presión 157 que tienen mecanismos muy fuertes para protestar y crear situaciones comprometidas a sus gobiernos. Cualquier político sensato comprende que los países menos desarrollados tienen razón, y que la libertad no es una amenaza generalizada para las naciones ricas. España no va a dejar de producir vino o aceite porque reúne las mejores condiciones para esos productos, pero de ahí a producir plátanos a cuatro veces el precio al que nos los podría vender Ecuador hay una gran distancia. La batalla, temo, va a ser prolongada, porque los productores de los países ricos no dicen «cerremos el mercado para llevárnoslo crudo», sino que hablan de dumping social y otras excusas más presentables.

¿Qué papel ha cumplido el Fondo Monetario?

Un papel muy cuestionable. Curiosamente es llamado liberal cuando sistemáticamente ha recomendado ¡qué subieran los impuestos! Desde 1971, cuando Nixon desvinculó el dólar del oro, no hay en realidad un sistema monetario mundial, sino sólo remedos, se habla mucho de la «arquitectura financiera internacional» pero no se la ve aún por ninguna parte. Y el papel concreto del FMI en sitios como Rusia, el Este asiático y América Latina es, como digo, y como mínimo, cuestionable.

¿Sería la solución condonar la deuda externa?

En muchos casos se la ha condonado y en otros ha habido una curiosa condonación ¡sobre la base de no pagarla! Hay voces que aconsejan la supresión de los préstamos y su reemplazo por ayudas directas a fondo perdido, y algo de razón tienen: no se puede montar un sistema de crédito sobre la base de que los préstamos no se paguen. En cualquier caso, no hay soluciones mágicas y el camino fundamental pasa, como apunté antes, por más apertura comercial y por el funcionamiento de las instituciones democráticas y liberales gravemente dañadas en América Latina incluso por gobiernos que se decían o eran llamados liberales y que no sólo no lo fueron en lo económico –porque hipertrofiaron gastos, impuestos y deuda– sino que tampoco lo fueron en lo político porque quebrantaron las instituciones e instalaron la arbitrariedad y la corrupción. Eso no es liberalismo, es exactamente lo contrario.

Sin embargo, hay un sentimiento bastante generalizado de haber sido explotados en toda su historia. ¿Ha leído Las venas abiertas de América Latina?

Es un libro notable, pura ficción vestida de ciencia. Su autor, el famoso escritor uruguayo Eduardo Galeano (que, por cierto, no ha dedicado ni un par de líneas a la dictadura cubana), se sumerge en una historia de victimismo secular. El libro ni refleja la realidad ni pondera las alternativas factibles para América Latina, pero su enorme éxito prueba lo atractivas que son las consignas que ven siempre a las personas como víctimas ¡pero sólo del capitalismo!

¿Y Las raíces torcidas de América Latina?

Nada que ver, es un caso muy diferente. El cubano Carlos Alberto Montaner entiende mucho mejor los problemas y trata con más respeto a las personas. Lo único que le criticaría es que carga demasiado la culpa en las raíces hispanas. Es una vieja tradición, sobre la que no estoy nada seguro; creo que habría que reflexionar con cuidado. El devenir histórico de los siglos XIX y XX como consecuencia de la conquista me parece dudoso. Y con esto volvemos al comienzo de esta charla…

Pero, en definitiva, ¿cuál es la raíz de los problemas?

Hay muchas, por supuesto, pero creo que la mayor maldad, lo que más daño ha hecho (y hace) a los pueblos, es sacrificar la libertad. En el comunismo se sacrifica la libertad a la clase social; en los fascismos, a la raza, la nación o el pueblo; en los fundamentalismos religiosos a la religión o a Dios. Esto sí es la maldad: subordinar la libertad y la dignidad de las personas concretas a alguna abstracción. Los liberales defendemos la centralidad de las personas, y el Estado de Derecho fundado en esa idea.

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