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El impulso suicida de la comunidad empresarial

Por Milton Friedman
Traducido por Constantino Díaz-Durán

Milton Friedman es Premio Nobel en Economía y académico del Hoover Institution. Este ensayo se publicó en la edición de marzo/abril de 1999 del Cato Policy Report, Vol. XXI, No. 2. Se publica por cortesía del Cato Institute.

Es común que se piense, equivocadamente, que quienes están a favor del libre mercado también están a favor de todo lo que hacen las grandes empresas. Nada podría alejarse más de la verdad.

Como alguien que cree en la búsqueda del interés propio en un sistema capitalista competitivo, no puedo culpar a un empresario que va a Washington y trata de conseguir privilegios especiales para su compañía. Ha sido contratado por los accionistas para que haga tanto dinero como pueda dentro de las reglas del juego; y si éstas son que hay que ir a Washington a buscar privilegios, no lo culpo por hacerlo. Échennos la culpa al resto de nosotros por ser tan tontos como para dejar que se salga con la suya.

Sí culpo a los empresarios, individuales y organizaciones, cuando a través de sus actividades políticas toman posiciones que no son en su mejor interés propio y tienen más bien el efecto de minar el apoyo a las empresas libres privadas. En ese respecto, los empresarios tienden a ser esquizofrénicos. Cuando se trata de sus propios negocios, tienen visión de muy largo plazo, pensando en el negocio dentro de cinco o diez años; pero cuando se meten a la esfera pública y empiezan a enredarse en los problemas de la política, tienden a ser bastante miopes.

El ejemplo más obvio es el proteccionismo. ¿Puede usted nombrar una industria norteamericana que se haya beneficiado de los aranceles y del proteccionismo? Alexander Hamilton, en su famoso reporte sobre los industriales, alaba en forma vehemente a Adam Smith a la vez que argumentaba que Estados Unidos era un caso especial con industrias jóvenes, incluyendo la del acero, que necesitaban ser protegidas. Después de 200 años, el acero sigue siendo protegido.

La banca comercial es otro ejemplo. Al final de la Segunda Guerra Mundial la banca comercial abarcaba aproximadamente la mitad del mercado de capitales, mientras que hoy tan sólo cubre más o menos un quinto. ¿Por qué se ha deteriorado? ¿Por qué es Londres el mercado financiero internacional, y no Nueva York?

La razón es el efecto a largo plazo de la insistencia de la industria bancaria de pedir favores gubernamentales especiales. En los inicios, bajo lo que se conocía como Regulación Q, el gobierno ponía un límite a las tasas de interés que los bancos podían pagar, incluyendo una de cero interés sobre depósitos a la vista. Esta tasa impuesta por el gobierno motivó el surgimiento de fondos en el mercado de dinero, así como de otros substitutos y alternativas para los bancos. La industria bancaria apoyó consistentemente los tipos de cambio fijos. Cuando el dólar estuvo en problemas, el Presidente Johnson introdujo restricciones a los préstamos extranjeros y un impuesto para igualar los intereses. El resultado fue empujar la industria bancaria comercial hacia Londres. Ambas medidas hicieron que la industria pasara de ser el principal proveedor de crédito a ser un jugador menor. De nuevo, una política carente de visión.

Lo más obvio es el tipo de contribuciones por que optan las corporaciones. La industria petrolera contribuye a organizaciones conservacionistas que están tratando de reducir drásticamente el uso de petróleo; y la industria nuclear contribuye a organizaciones que apoyan alternativas a la energía nuclear. Hace poco, el Capital Research Center analizó las donaciones que hacen las grandes corporaciones a organizaciones de política pública, y encontró que las instituciones no lucrativas de izquierda reciben tres veces lo que reciben las instituciones no lucrativas de derecha.

¿Por qué no ha seguido el mundo corporativo el excelente ejemplo de Warren Buffet? Desde el inicio, al enviar los cheques de dividendos a sus accionistas, les decía que estaban preparados para distribuir X cantidad de dólares en su nombre por cada acción a la caridad, a alguna organización, pidiéndoles que indicaran a dónde deseaban que se enviara.

¿Por qué han de decidir las corporaciones los propósitos caritativos del ingreso de sus accionistas? ¿Por qué no son los accionistas quienes deciden? ¿Y por qué es que la comunidad empresarial, en general, insiste tanto en apoyar a sus propios enemigos?

Ahora consideremos la educación. Como es sabido, desde hace mucho tiempo he estado a favor de la privatización de este sector por medio de un sistema de notas de crédito. Un argumento fuerte a favor de la privatización tiene que ver con los valores inculcados por nuestro sistema de educación pública.

Cualquier institución tiende a expresar sus propios valores y sus propias ideas; nuestro sistema de educación pública es una institución socialista. Una institución socialista enseñará valores socialistas, no los principios de la empresa privada. Eso no era tan malo cuando la educación primaria y secundaria estaba más dispersa, de manera que había mayor control local. Cuando yo me gradué de secundaria había 150,000 distritos escolares en los Estados Unidos. Hoy hay menos de 15,000 y la población es dos veces más grande.

¿Cuál ha sido la actitud de la comunidad empresarial frente a la educación? Miembros de la comunicad empresarial han estado muy conscientes del hecho de que las escuelas inculcan valores antagónicos al sistema privado de libre empresa; también están conscientes de que es difícil encontrar empleados con las habilidades apropiadas; pero, ¿han tratado de promover una industria educativa privada? Para nada. Su principal actividad ha constado en asignar a algunos de sus empleados para que den clases en escuelas públicas y en contribuir computadoras y otros artículos a escuelas públicas. No puedo culpar a un individuo por lo que hace, pero puedo pensar que es trágico que Walter Annenberg contribuyera cientos de millones de dólares a escuelas gubernamentales; no a colegios privados, sino a escuelas públicas. No había visto un solo movimiento en la comunidad empresarial en general, sino hasta hace muy poco, para tratar de promover un sistema educacional bajo el cual el consumidor, es decir padre e hijo, tenga una verdadera opción acerca de la escolaridad que el hijo ha de recibir.

Ahora llegamos a Silicon Valley y Microsoft. No voy a escribir sobre los aspectos técnicos de si Microsoft es culpable o no bajo las leyes antimonopolio; mis propios puntos de vista hacia este tipo de leyes han cambiado bastante con el tiempo. Cuando me inicié en este negocio, como creyente en la competencia, apoyaba las leyes antimonopolio, pues pensaba que hacerlas cumplir era una de las pocas cosas deseables que el gobierno podía hacer para promover más competencia. Pero a medida que vi lo que ocurrió, observé que estas leyes tendían a hacer exactamente lo opuesto, porque tendían, como muchas otras actividades gubernamentales, a ser controladas por la gente que supuestamente debían regular y controlar. De modo que con el tiempo he llegado gradualmente a la conclusión de que las leyes antimonopolio hacen mucho más mal que bien, y que estaríamos mejor si no las tuviéramos, si pudiéramos deshacernos de ellas. Pero, las tenemos.

Bajo estas circunstancias, dado que tenemos leyes antimonopolio, ¿está realmente en el interés propio de Silicon Valley poner al gobierno en contra de Microsoft? Su industria, la industria de la computación se mueve tanto más rápido que el proceso legal, que quién sabe cómo será la industria para cuando se resuelva esta demanda. Esto sin mencionar que la energía humana y el dinero que se gastará contratando a mis colegas economistas, y de otras maneras, sería mucho mejor empleado productivamente, mejorando sus productos. ¡Es un desperdicio! Pero más allá de esto, se arrepentirán del día en que llamaron al gobierno. De ahora en adelante la industria de la informática, que hasta ahora había tenido la suerte de estar relativamente libre de la intromisión gubernamental, experimentará un continuo crecimiento de la regulación gubernamental. La legislación antimonopolio pronto se convierte en regulación. Este es otro caso que, para mí, ejemplifica el impulso suicida de la comunidad empresarial.

Ahora llego a la parte difícil: ¿Por qué existe este impulso suicida? ¿Por qué se comporta así la gente de negocios? Espero que ustedes piensen al respecto y traten de encontrar una respuesta. Yo les daré algunas sugerencias, pero ninguna de ellas me parece una explicación adecuada. Una de las razones la señaló hace más de un siglo un hombre ejemplar, el General Francis A. Walker, profesor de Yale y luego presidente de M.I.T. Él escribió:

Pocos son tan presuntuosos como para disputar a un químico o a un mecánico en temas relacionados con la disciplina de su vida, pero casi cualquier hombre que sabe leer y escribir se siente con la libertad de formar y mantener opiniones propias acerca del comercio y del dinero. (...) La literatura económica de todo año subsiguiente acepta obras concebidas en el verdadero espíritu científico, así como obras que exhiben la ignorancia más vulgar de la historia económica y el mayor desprecio por las condiciones de la investigación económica. Es muy similar a si se colocara la astrología a la par de la astronomía o a la alquimia al lado de la química.

Cuando se trata de economía, todo el mundo es un experto que casi siempre se equivoca—y los ejecutivos de negocios no son la excepción.

Schumpeter dio una explicación muy diferente para este fenómeno. Él arguyó que dentro de las grandes corporaciones , la gente que está a cargo desarrolla actitudes e instituciones esencialmente burocráticas y socialistas. La adherencia a la empresarialidad y a la empresa privada tiende a ser reemplazada por un acercamiento burocrático, llevando al surgimiento de un sistema socialista. Yo no creo que eso sea cierto; en una sociedad competitiva hay suficiente presión para evitar que eso suceda, pero podría ser una explicación.

El clima general de la opinión, que trata a la acción gubernamental como una cura de todo propósito para todo mal, es probablemente un factor más importante. Sin embargo, este clima ha estado cambiando a lo largo de los últimos 40 años. Ya no se da por sentado, como antes, que si había un problema la manera de resolverlo era involucrando al gobierno. Hemos estado ganando la guerra de las ideas, aunque hayamos estado perdiendo la guerra en la práctica. Los gobiernos de hoy son mucho más grandes que los de hace 40 ó 50 años, a la vez de que—en parte como efecto de esto—el clima de la opinión es mucho menos favorable al control gubernamental que entonces. Pero aún sigo sin pensar que ésta sea una explicación adecuada, por lo que confieso que no tengo una buena respuesta; no obstante, pienso que el fenómeno requiere una, y que está en su interés propio encontrarla y cambiar el esquema del comportamiento empresarial para deshacerse de ese impulso claramente suicida.

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