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Recursos naturales y medio ambiente

Por George Reisman
Traducido por Mariano Bas Uribe

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Parte B. El asalto ecologista al progreso económico

1. La hostilidad al progreso económico

Desde hace mucho tiempo ha existido hostilidad al progreso económico. Antes de los años 60, la hostilidad se basaba en las doctrinas del ascetismo, el consumo inmoderado, el relativismo cultural y en una serie de falacias económicas a las que he agrupado bajo el nombre de consumismo. (Esto último viene representado por creencias como que la mecanización produce desempleo y que la guerra y la destrucción generan prosperidad. De acuerdo con el consumismo, el problema fundamental de la vida económica no es la creación de riqueza sino la necesidad o deseo de riqueza, que se piensa que está limitada naturalmente, límite que se supone se ha sobrepasado o se está a punto de sobrepasar por la producción de riquezas, generando por tanto un problema de “sobreproducción”, depresión y desempleo).

Las doctrinas del consumo inmoderado y el relativismo cultural las he tratado en el Capítulo 2 de Capitalism. El consumismo se trata en ese mismo libro, en la Parte A del Capítulo 13. En lo que se refiere al ascetismo, que encuentra que la propia negación es un valor en sí mismo, no hay nada que decir, excepto que la riqueza es el medio para una mejor salud y una vida más larga, así como para disfrutar más de la vida. Así, su valor se implica lógicamente en el concepto más amplio de los valores humanos, que presuponen la existencia de seres humanos que valoran sus vidas.[1] Más aún, como demostré en el Capítulo 2 de Capitalism, la riqueza sin límites prácticos es necesaria para conseguir valores del mundo físico a la escala requerida y hecha posible por la posesión humana de razón.[2] El ascetismo por tanto es sencillamente una doctrina de la negación de los valores y la vida humana.

En las últimas tres décadas se desarrollado una poderosa nueva oposición al progreso económico. Esta oposición deriva del llamado movimiento ecologista o medioambientalista. (En lo que sigue, usaré las expresiones “doctrina ecologista”, “ecologismo” y “medioambientalismo” y “ecologistas”, “ambientalistas” y “medioambientalistas” indistintamente). Este movimiento ha alcanzado tal grado de influencia que actualmente parece estar a punto de ser realmente capaz de detener cualquier progreso económico mediante la conversión de su programa en ley.

Esa amenaza no puede ignorarse. De hecho, no vale de nada explicar cómo la división del trabajo hace posible el progreso económico y la dependencia de la división del trabajo del capitalismo, cuando el valor del progreso económico por sí mismo se ha puesto en cuestión de esta manera. Por tanto, aunque se convierta en una digresión, las doctrinas del movimiento ecologista y su refutación deben ser el objeto del resto de este capítulo.


[1] Cf. Ayn Rand, Atlas Shrugged (New York: Random House, 1957), páginas 1012-1013; The Virtue of Selfishness (New York: New American Library, 1964, páginas 1-34.

[2] George Reisman, Capitalism, páginas 43-45.

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