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Recursos naturales y medio ambiente

Por George Reisman
Traducido por Mariano Bas Uribe

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Parte B. El asalto ecologista al progreso económico

2. Las afirmaciones del movimiento ecologista y su patología del miedo y el odio

La toxicidad del ecologismo y el supuesto valor intrínseco de la naturaleza

La ceguera del movimiento ecologista acerca de los valores de la civilización industrial sólo es comparable a la de la opinión pública acerca de la naturaleza de los valores reales del propio movimiento ecologista. Esos valores explican la hostilidad del movimiento a la civilización industrial, incluyendo su perversión del concepto de eficiencia. No son conocidas por la mayor parte de la gente, porque el movimiento ecologista ha tenido éxito en centrar la atención de la opinión pública en peligros absolutamente triviales, y de hecho inexistentes, y lejos de los enormes peligros reales que él mismo representa.

Así, no hace mucho, como consecuencia de la influencia del movimiento ecologista, una popular marca de agua mineral importada fue retirada del mercado porque determinados tests probaron que algunas muestras contenían treinta y cinco partes por milmillonésima de benceno. Aunque ésta era una cantidad tan pequeña que no hace muchos años hubiera sido imposible incluso de detectar, se determinó que razones de salud pública obligaban a retirar el producto.

Por supuesto, un caso como éste no es raro hoy día. La presencia de milmillonésimas de una sustancia tóxica se extrapola usualmente como si se considerara causa de muertes humanas. Y siempre que el número de muertes previsto exceda de una por millón (o menos), los ecologistas reclaman que el gobierno retire el pesticida, conservante o cualquier otro supuesto responsable de intoxicaciones en el mercado. Lo hacen incluso cuando un nivel de riesgo de uno en un millón es un tercio superior al de que un avión caiga desde el cielo sobre su casa.

Aunque no sea necesario cuestionar las buenas intenciones y sinceridad de la abrumadora mayoría de los militantes de los movimientos ecologistas o medioambientalistas, es fundamental que la gente se dé cuenta de que en ese mismo movimiento, que generalmente se considera como noble y elevado, pueden encontrarse más que pequeñas evidencias de la más profunda toxicidad—evidencias que ofrecen los propios líderes del movimiento y en los términos más claros. Consideremos, por ejemplo, la siguiente cita de David M. Graber, un biólogo investigador del Servicio de Parques Nacionales (National Park Service), en su destacada revisión en Los Angeles Times del libro de Hill McKibben, The End of Nature:

Esto [el hombre “rehaciendo progresivamente la tierra”] hace que lo que está ocurriendo no sea menos trágico para aquéllos que valoramos la naturaleza en estado salvaje por sí misma, no por el valor que tiene para la humanidad. Yo en particular, no puedo desear para mis hijos ni para el resto de los seres vivos de la tierra un planeta domesticado, sea monstruoso o—no lo creo—benigno. McKibben es un biocentrista y yo también. No nos interesa la utilidad para la humanidad de una especie en particular o de un río que fluye o de un ecosistema. Tienen un valor intrínseco, más valor—para mí—que una vida humana o miles de ellas.

La felicidad humana, y sin duda la fecundidad humana, no son tan importantes como un planeta salvaje y saludable. Sé que hay científicos sociales que me recordarán que la gente es parte de la naturaleza, pero no es verdad. En algún momento en el tiempo—hace unos mil millones de años, quizá quinientos—rompimos el contrato y nos convertimos en un cáncer. Nos hemos convertido en una plaga contra nosotros mismos y contra la Tierra.

Es cósmicamente improbable que el mundo desarrollado elija acabar su orgía de consumo de energías fósiles y el Tercer Mundo su consumo suicida de paisajes. Hasta es momento en que el Homo sapiens decida volver a la naturaleza, algunos de nosotros sólo podemos esperar que aparezca el virus apropiado.[1]

Mientras que el Sr. Graber desea abiertamente la muerte de mil millones de personas, el Sr. McKibben, el autor revisado, cita aprobatoriamente la bendición de John Muir a los caimanes, describiéndola como un “buen epigrama” para su propia y “humilde aproximación”: “Honorables representantes de los grandes saurios de la vieja creación, ¡ojalá podáis disfrutar por mucho tiempo de vuestros lirios y juncos y veros bendecidos de vez en cuando con un bocado de hombre aterrorizado como exquisitez!”[2].

Esas frases representan veneno puro, no adulterado. Expresan ideas y deseos que, si fueran realidad, significarían el terror y la muerte para un enorme número de seres humanos.

Estas frases, y otras parecidas, las realizan miembros eminentes del movimiento ecologista.[3] El significado de esas frases no puede minimizarse adscribiéndolas a una pequeña porción del movimiento ecologista. De hecho, aunque esos puntos de vista fueran indicativos del pensamiento de sólo el 5 o el 10 por ciento del miembros del movimiento ecologista—la rama “radicalmente ecologista” de Earth First!—representarían una toxicidad en la totalidad del medioambientalismo no al nivel de milmillonésimas, ni siquiera de millonésimas, sino al nivel de centésimas, lo que es, evidentemente, un nivel de toxicidad enormemente más elevado de lo que se estima constituye un peligro para la vida humana y prácticamente cualquier otro caso en el que aparece un veneno mortal.

Pero el nivel de toxicidad del movimiento ecologista en su conjunto es mucho mayor incluso de partes por centésima. Sin duda está al menos al nivel de bastantes partes por decena. Esto es evidente por el hecho de que la rama principal del movimiento ecologista no hace críticas significativas o en lo fundamental a las opiniones de los señores Graber y McKibben. De hecho, John Muir, cuyo deseo a los caimanes de que se vean “bendecidos de vez en cuando con un bocado de hombre aterrorizado como exquisitez” cita aprobadoramente McKibben fue el fundador del Sierra Club, que se enorgullece de ese hecho. Por supuesto, el Sierra Club es la principal organización medioambiental y se supone que la más respetable de todas ellas.

De todos modos, hay algo mucho más importante que la genealogía del Sierra Club—algo que ofrece una explicación en términos de principio básico de por qué la rama principal del movimiento ecologista no ataca a lo que podría pensarse que es sólo una porción. Es una premisa filosófica fundamental que la rama principal comparte con la supuesta porción y que lógicamente implica odio por el hombre y sus logros. Es la premisa de que la naturaleza tiene un valor intrínseco—esto es, que la naturaleza tiene valor por sí misma, aparte de cualquier contribución a la vida y el bienestar humano.

La premisa antihumana del valor intrínseco de la naturaleza se remonta, en el mundo occidental, tan atrás como a San Francisco de Asís, quien creía en la igualdad de todas las criaturas vivientes: hombre, ganado, pájaros, peces y reptiles. De hecho, precisamente en razón de esa afinidad filosófica y por deseo de la mayor parte del movimiento ecologista, San Francisco de Asís ha sido oficialmente declarado santo patrón del ecologismo por la Iglesia Católica.

La premisa del valor intrínseco de la naturaleza se extiende a un supuesto valor intrínseco de bosques, ríos, cañones y laderas—a todo lo que no sea el hombre. Su influencia se hace notar es el Congreso de los Estados Unidos, en afirmaciones como las del Representante Morris Udall, de Arizona: en general, que un desierto helado e inhóspito en el norte de de Alaska, donde parece haber grandes yacimientos de petróleo, es un “lugar sagrado” que nunca debería dedicarse a torres de perforación y oleoductos. Esta presente en la afirmación patrocinadora de un representante de la Wilderness Society de que “hay una necesidad de proteger la tierra no sólo para la vida salvaje y el disfrute de la gente, sino simplemente para tenerla ahí”[4]. Por supuesto, también está presente en el sacrificio de los intereses de los seres humanos a favor del snail darter* o del búho manchado.

La idea del valor intrínseco de la naturaleza implica inexorablemente un deseo de destruir al hombre y sus obras, puesto que implica una percepción del hombre como el destructor sistemático de lo bueno y por tanto el generador sistemático de maldad. Igual que el hombre percibe a coyotes, lobos y serpientes de cascabel como dañinos porque diezman habitualmente el ganado, que valora como fuente de alimento y vestido, siguiendo la premisa del valor intrínseco de la naturaleza, los ecologistas ven al hombre como dañino, porque, al perseguir su bienestar, diezma sistemáticamente la vida salvaje, selvas y formaciones rocosas que los ecologistas sostienen que tienen un valor intrínseco. De hecho, desde la perspectiva de esos supuestos valores intrínsecos de la naturaleza, el grado de supuesta destructividad y daño del hombre está en proporción directa a su lealtad a su naturaleza esencial. El hombre es el ser racional. Es la aplicación de su razón en forma de ciencia y tecnología y la civilización industrial lo que le permite actuar sobre la naturaleza en la enorme escala en la que lo hace hoy día. Por tanto es por su capacidad y uso de razón—manifestados en su tecnología e industria—por lo que se le odia.

De hecho, la doctrina del valor intrínseco implica que el hombre tiene que considerarse a si mismo como un profanador de la sacralidad de la naturaleza por culpa de su propia existencia, porque cada vez que respira y cada paso que da no puede ayudar sino alterar algo de un supuesto valor intrínseco. Por tanto si el hombre no se extingue por completo, está obligado por la doctrina del valor intrínseco a minimizar su existencia minimizando a su vez su impacto en el resto del mundo y a sentirse culpable por cada acto que realice para asegurarse la existencia.

La misma doctrina del valor intrínseco, claro, sólo es una racionalización de un preexistente odio al hombre. No se invoca porque se dé algún valor real a lo que supuestamente tenga un valor intrínseco, sino que simplemente sirve como pretexto para denegar valores al hombre. Por ejemplo, el caribú se alimenta de vegetación, los lobos comen a los caribúes y los microbios atacan a los lobos. Cada uno de ellos, la vegetación, los caribúes, los lobos y los microbios tiene supuestamente, según los ecologistas, un valor intrínseco. Pero no hay ninguna forma de actuar adecuada para el hombre. ¿Debería el hombre actuar para proteger el valor intrínseco de la vegetación de la destrucción por el caribú? ¿Debería actuar para proteger el valor intrínseco del caribú de la destrucción por los lobos? ¿Debería actuar para proteger el valor intrínseco de los lobos de la destrucción por los microbios? Aunque está en juego cada uno de los supuestos valores intrínsecos, se obliga al hombre a no hacer nada. ¿Cuándo sirve la doctrina del valor intrínseco como guía para lo que el hombre debe hacer? Solamente cuando el hombre llega a dar valor a algo. Entonces se invoca para denegarle el valor que pretende. Por ejemplo, el valor intrínseco de la vegetación y las demás cosas se invoca como guía para la acción humana sólo cuando allí haya algo que quiera el hombre, como petróleo, y entonces, como en el caso del norte de Alaska, esta invocación sirve para privarle de obtenerlo. En otras palabras, la doctrina del valor intrínseco no es nada salvo una doctrina de la negación de los valores humanos. Es puro nihilismo.

Debe entenderse que está lógicamente implícito en lo que acaba de decirse que establecer una institución como la propuesta en California de “Defensor del Medio Ambiente”, sería equivalente a establecer un cargo de Negador del Valor Humano. El trabajo de una institución como ésa sería prohibir al hombre adquirir lo que valora por la única razón de que es hombre y desea adquirirlo.

Por supuesto, el movimiento ecologista no es un veneno puro. Muy pocas personas lo atenderían si lo fuera. Como he dicho, es venenoso sólo al nivel de varias partes por decena. Mezclado con el veneno y rodeándolo como una especie de capa endulzante hay una defensa de muchas medidas que tienen el declarado propósito de promover la vida y el bienestar humano, y entre ellas, algunas, consideradas aisladamente, podrían incluso alcanzar ese propósito. El problema es que la mezcla es venenosa. Y así, si uno bebe ecologismo, inevitablemente bebe veneno.

Dado el nihilismo subyacente en el movimiento, realmente no es posible aceptar a primera vista ninguna de las afirmaciones que hace de buscar la mejora en el bienestar y la vida humana, especialmente cuando seguir sus recomendaciones impondría en la gente grandes costes y privaciones. De hecho, nada puede ser más absurdo o peligroso que asesorarse sobre cómo mejorar en la vida y bienestar de uno mediante aquéllos que desean nuestra muerte y cuya satisfacción proviene del terror humano, que, por supuesto, como he demostrado, es precisamente lo que desea el movimiento ecologista—abierta o solapadamente. Esta conclusión, debemos advertir, aplica independientemente de las credenciales científicas o académicas de un individuo. Si un supuesto científico cree en el valor intrínseco de la naturaleza, entonces pedir su consejo es equivalente a pedir consejo a un médico que es partidario de los gérmenes y no del paciente, si es posible imaginar esto. Obviamente, los comités del Congreso que toman testimonio a supuestos testigos expertos acerca de propuestas legislativas medioambientales tienen que tener esto en cuenta y no olvidarlo nunca.

No es sorprendente que, prácticamente en todos los casos importantes, las afirmaciones hechas por los ecologistas han resultado ser falsas o simplemente absurdas.



[1] Los Angeles Times Book Review, 22 de octubre de 1989, página 9.

[2] Hill McKibben, The End of Nature (Nueva York: Random House, 1989), página 176.

[3] Otro ejemplo es el de Christopher Manes, el autor de Green Rage: Radical Environmentalism  and the Unmaking of Civilization (Boston: Little, Brown, 1990). Él y la organización Earth Fist!, a la que apoya, consideran el hambre en África y la expansión del SIDA como acontecimientos beneficiosos para el medio ambiente. El fundador de Erath First!, David Foreman, ha descrito a la humanidad como “un cáncer para la naturaleza” y ha dicho “yo soy el anticuerpo” (en New York Times Book Review, 29 de julio de 1990, página 22). Otro representante de Earth First! escribe: “Sólo unos pocos agentes patógenos humanos se comparten con otros miembros en nuestro planeta. Una guerra biológica no tendrá impacto en otras criaturas, grandes o pequeñas, si la diseñamos cuidadosamente” (en Forbes, 29 de octubre de 1990, páginas 96-97). Y Paul Ehrlich, uno de los más antiguos y prominentes líderes del movimiento ecologista, quien supuestamente es totalmente respetable, critica la “preocupación por controlar la muerte”, lo que para él quiere decir “preocupación por los problemas y enfermedades de la edad madura”. Desde su punto de vista, esa preocupación y la consiguiente prolongación de la esperanza de vida humana, “nos lleva al desastre”. (Ehrlich, La explosión demográfica [Barcelona: Salvat Editores, 1994]).

[4] New York Times, 30 de agosto de 1990, páginas A1 y C15.

* Pequeño pez protegido por el Gobierno de EEUU, que suspendió para ello la construcción de una presa en Tellico, en el valle de Tennesse (N. de T.).

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