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¿Por qué somos una nación dividida?

Por Walter Williams
Traducido por Alfonso Colombano

Cortesía de En defensa del neoliberalismo.

Las recientes elecciones mostraron una profundización de las divisiones del pueblo americano, ¿pero alguien se ha puesto a pensar por qué? Tengo parte de la respuesta, que comienza con un simple ejemplo.

Diferentes americanos tienen diferentes e intensos gustos por automóviles, comida, ropa y entretenimiento. Por ejemplo, algunos americanos gustan de la ópera y detestan el rock and roll. Otros tienen gustos opuestos, les encanta el rock and roll y detestan la ópera. ¿Cuando fue la última vez que usted oyó a los amantes del rock and roll estar en conflicto con los amantes de la opera? Casi nunca sucede. ¿Por qué? Porque los que prefieren la ópera la pueden oír, y los que prefieren el rock and roll también lo pueden oír, y ambos pueden vivir en paz.

Suponga que en vez de libre mercado en la música, las decisiones sobre que tipo de música pudiera escuchar la gente fueran tomadas en la arena política. Sería escoger entre la ópera y el rock and roll. Los amantes del rock and roll estarían alineados en contra de los amantes de la ópera. ¿Por qué? Es simple. Si los amantes de la ópera ganaran, los amantes del rock and roll perderían, y lo contrario pasaría si ganaran los amantes del rock and roll. El conflicto surgiría sólo porque la decisión fue tomada en la arena política.

La característica principal de las decisiones políticas es que es un juego de suma cero. La victoria de un grupo es necesariamente la derrota del otro grupo. Como tal, la asignación política de recursos necesariamente promueve conflictos mientras que la asignación de recursos por el mercado reduce los conflictos. Cuanto mayor es el número de decisiones tomadas en la arena política, mayor es el potencial de conflicto.

Hay otras implicaciones de la toma política de decisiones. Durante la mayor parte de nuestra historia, hemos vivido en relativa armonía. Eso es notable dado que casi cada grupo religioso, racial y étnico del mundo está representado en nuestro país. Estos son los mismos grupos raciales, étnicos y religiosos que han tratado de matarse unos a otros durante siglos en sus países de origen, entre ellos: turcos y armenios, protestantes y católicos, musulmanes y judíos, croatas y serbios. Aunque no hemos sido una nación perfecta, no ha habido casos de genocidio ni de las guerras religiosas que han plagado otras partes del mundo. Lo más cercano que hemos llegado ha sido el conflicto entres los indios americanos y los europeos, que palidece por comparación.

La razón por la cual hemos podido vivir en relativa armonía es que en la mayor parte de nuestra historia el gobierno a sido pequeño. No había mucho pastel) que repartir políticamente.

Cuando es la arena política la que determina quien consigue que cosa, las coaliciones más exitosas son las que tienen un historial probado de ser las más divisivas, las basadas en la raza, la etnia, la religión o la región. De hecho, nuestro más terrible conflicto implicó una coalición regional, es decir la Guerra Civil de 1861-1865.

Muchos de los asuntos que nos dividen, aparte de la guerra de Irak, son aquellos mejor descritos como un juego de suma cero, donde la victoria de un grupo es necesariamente la derrota de otro. Los ejemplos son las preferencias raciales, la Seguridad Social, las políticas de impuestos, las restricciones comerciales, el estado de bienestar y otras políticas que benefician a un americano a costa de otro. Usted podría sentirse tentado a pensar que los brutales conflictos domésticos vistos en otros países no pueden suceder aquí. Eso es absurdo. Los americanos no son súper-humanos, poseemos las mismas debilidades de otros pueblos en otros tiempos. Si hubiera una grave calamidad económica, puedo imaginar a un agitador político explotando esas debilidades entre nosotros, igual que Adolfo Hitler lo hizo en Alemania, echándole la culpa a los judíos, los negros, la costa de Este, los católicos o el libre comercio.

Lo mejor que el presidente y el Congreso pueden hacer para curar a nuestro país es reducir el impacto del gobierno en nuestras vidas. El hacerlo no solamente producirá un país menos dividido y una mayor eficiencia económica sino que significaría mayor fe y mayor lealtad a la visión que querían nuestros padres fundadores, la de un gran país con un gobierno limitado.

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