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Globalización: ¿camisa de fuerza dorada o mina de oro?

Por Johan Norberg
Traducido por Mariano Bas Uribe

Conferencia en la Progress Foundation, Zurich, Suiza, 1 de diciembre de 2004.
 
¿Qué es la globalización? He aquí una descripción del presidente francés, Jacques Chirac:
“Globalización significa que el “efecto mariposa” opera en todas partes. Los errores de un corredor de bolsa en Singapur o la caída del baht en Bangkok, las decisiones que competen a un industrial finlandés o lo que el Gobernador de Minas Gerais decida hacer con la deuda de su Estado, han tenido consecuencias en todo el mundo”.
Chirac entiende por efecto mariposa una popularización de la teoría del caos, que dice que “el batir de alas de una mariposa en el Amazonas podría desencadenar un huracán en Texas”. Esta es una forma de hacer confuso el proceso de globalización, haciendo que parezca incompresible y caótico, como si la globalización fuera extremadamente sensible y cualquier ligero cambio pudiera bloquear todo el sistema. Y ése es un concepto erróneo ya que la globalización ha incrementado las oportunidades de distribuir los riesgos y ha descentralizado las decisiones de forma que cada decisión individual es menos importante para los resultados. Y sin duda podría parecer caótico, pero sólo porque ninguna persona controla individualmente todo el sistema. En su lugar, las decisiones de millones de personas todos los días, hacen que el sistema funcione.
 
Pero en realidad el efecto mariposa es una metáfora adecuada para esta perspectiva de la globalización, porque resulta ser un mito. Como pueden decirnos los meteorólogos, ninguna mariposa es capaz de producir un huracán, haga lo que haga y en cualquier circunstancia. Por supuesto, lo que ocurra en un lugar tiene efectos en otros si hay conexión, como demostró la crisis del Oriente Asiático. Pero, como ha apuntado el meteorólogo irlandés Brendan Williams, el efecto mariposa funciona al revés. Las mariposas se ven más afectadas por el tiempo, que el tiempo por las mariposas: “Las mariposas necesitan luz solar para moverse. Son criaturas de sangre fría y necesitan sol para mover sus alas y volar”.
 
Creo que éste es el mejor lugar para empezar a hablar sobre globalización. Sobre cómo crea un ambiente más liberal e internacional en el puedan prosperar los trabajadores y emprendedores. Para mí, la globalización es el hecho de que los trabajadores vietnamitas, que tardaban horas en ir andando a las fábricas hace diez años e iban en bicicleta hace cinco, hoy día conduzcan motocicletas al ir a su trabajo. Trabajadores vietnamitas llenando las calles de Saigón con motocicletas chinas, ésa es la expresión más concreta de la globalización que he experimentado.
 
Porque pueden permitirse esos medios de transporte porque los consumidores suecos y suizos compran ropa y zapatos a la compañía estadounidense que les contrató: Nike.
 
Cuando visité al proveedor de Nike en Saigón, el líder sindical local me dijo que incluso los dirigentes del Partido Comunista utilizaban las fábricas como ejemplo positivo de buen negocio, donde los trabajadores obtienen salarios mucho más altos y un puesto de trabajo bueno y próspero. La pregunta que oían más a menudo los directivos a los trabajadores era si habría pronto ampliaciones para que sus familiares pudieran ocupar también esos trabajos. A nosotros, esos trabajos nos parecen lúgubres y horribles (algo que los antiglobalización explotan al máximo) puesto que nos contemplan 100 años de productividad creciente, pero para los vietnamitas son el primer paso para alejarse de la pobreza y la miseria. Asimismo, la pobreza absoluta en Vietnam ha disminuido a la mitad en diez años y, a causa de los ingresos más altos, 2,2 millones de niños han abandonado el trabajo infantil para ir a la escuela.
 
En realidad, la gente que trabaja para una compañía estadounidense en países de bajos ingresos gana 8 veces el salario medio del país. No es por generosidad, es por la globalización. Las inversiones extranjeras traen ideas de gestión, capital, formación y tecnología. Esto incrementa la productividad, y si un trabajador produce más, resulta más útil a la compañía, por lo que puede recibir un salario mayor.
 
Por lo general, en los debates a esto se le llama explotación, pero si mejores salarios es explotación entonces el problema de nuestro mundo es que los países pobres no están suficientemente explotados.
 
Y cuando los bienes que requieren un trabajo intensivo pueden producirse en otros países, Suecia y Suiza pueden comprarlos allí y permitir que el capital y el trabajo se dirijan a sectores en los que son más eficientes. Los consumidores adquieren mayor poder de compra y pueden comprar más bienes y servicios, lo que significa que los desempleados encontrarán empleo allí.
 
La globalización no es nada más que la economía de mercado (división del trabajo, fuerzas de la competencia y todo eso) a una escala mayor. Muchas cosas que solían ser de propiedad exclusiva de algunos países occidentales han empezado a extenderse por el mundo, como democracia, mercados, inversiones, corporaciones, ideas, medios de comunicación, ciencia, tecnología, etc.
 
Los datos y las cifras demuestran que funciona. Las Perspectivas Económicas Globales del Banco Mundial para 2005 muestran que el crecimiento económico de este año es el mayor de los últimos 30 años. En los países en desarrollo el pronóstico es de un 6,1% y de 5,4% y 5,1% para 2005 y 2006. Esto significa un crecimiento per cápita de más de un 4% anual. Lo que es más del doble de la tasa de crecimiento que tuvieron países como Suecia y Suiza cuando se industrializaron. Desde 1780, a Inglaterra le llevó 60 años doblar sus ingresos per cápita; 100 años más tarde, Suecia hizo lo mismo en sólo 40 años; otros cien años después, Taiwán lo consiguió en sólo diez años.
 
Las economías abiertas pobres crecen más aprisa que las abiertas ricas. Es lógico, porque disponen de más recursos latentes por aprovechar y pueden beneficiarse de la existencia de naciones más ricas a las que pueden exportar y de las que pueden importar capital y tecnología más avanzada, mientras que los países desarrollados no tienen esas ventajas. Pero los economistas no habían encontrando hasta ahora ninguna relación general de este tipo. La razón es sencilla: la economía de países proteccionistas en vías de desarrollo no pueden utilizar estas posibilidades internacionales y por tanto crecen menos rápidamente que los países desarrollados. Pero aquellos países que se han abierto al comercio y las inversiones, es decir, los más receptivos a la influencia de las naciones industrializadas, crecen más rápidamente que los países ricos abiertos.
 
En otras palabras, los ricos se vuelven más ricos y los pobres se vuelven más ricos. Pero los ricos no se vuelven más ricos tan rápidamente como los pobres.
 
El número de pobres absolutos (gente que gana menos de 1$ al día) se ha visto reducido, de acuerdo con el Banco Mundial, en más de 400 millones en las últimas dos décadas, a pesar de que la población mundial ha crecido en más de 1.500 millones en el mismo tiempo. Y hay algunos argumentos convincentes a favor de que la reducción de la pobreza ha sido mucho mayor que esta estimación.
 
Otros indicadores de calidad de vida de gobiernos, la ONU y el Banco Mundial apuntan en la dirección de que la humanidad no ha visto jamás un incremento tan drástico en las condiciones de vida como los que hemos visto en las últimas décadas, una era en la que la globalización empezó a ser realmente global. Durante los últimos 30 años las hambrunas crónicas y el porcentaje de trabajo infantil en los países en desarrollo han disminuido a la mitad. En el último medio siglo, la esperanza de vida ha pasado de 46 a 64 años, la mortalidad infantil ha disminuido a menos de la mitad y el analfabetismo ha bajado de un 70% a un 23%.
 
El mayor progreso se produce en los países globalizados, donde los mercados se han abierto y son bienvenidas las inversiones extranjeras.
 
Un reciente informe del Banco Mundial concluye que 24 países en vías de desarrollo con una población total de 3.000 millones se están integrando más que nunca en la economía global. Asimismo, su crecimiento per cápita se ha incrementado de órdenes del 1% en los 60 al 5% en los 90. Al ritmo actual, el ciudadano medio de estos países en desarrollo verá doblados sus ingresos en menos de 15 años.
 
Hay algo que se está haciendo correctamente hoy día en el mundo.
 
 
¿Política sin poder?
 
Esto ocurre tanto por los avances tecnológicos como por decisiones políticas. Y una conclusión popular es que ocurre porque la política ha perdido el poder, a la vista de las fuerzas tecnológicas, los inversores extranjeros y las instituciones globales.
 
Thomas Friedman, un astuto observador del proceso de globalización, ha dicho en el New York Times que las naciones hoy día se ven limitadas por una “camisa de fuerza dorada”, compuesta de restricciones fiscales y mercados abiertos. Y dice que: “La camisa de fuerza dorada es la prenda que define política y económicamente la globalización. Cuanto más ajustada se lleve, más oro produce”.
 
A Thomas Friedman le gusta esta camisa de fuerza. Después de todo, menciona el oro que produce. Yo mencionaría la libertad que da a la gente. A veces confundimos a los gobernantes con los gobernados. El hecho de que los gobernantes pierdan poder no tiene que significar que lo pierdan los gobernados. Por el contrario, significa que obtenemos más poder como consumidores e inversores.
 
La mayor parte de los críticos de la globalización odian esta camisa de fuerza. Dicen que la liberalización y la privatización son formas de vaciar de poder a la democracia. Pero la democracia no significa que los gobiernos controlen lo más posible, significa que el estado se ve controlado por los mecanismos democráticos.
 
Pero hay otro problema con esta idea de la camisa de fuerza. No existe. Es verdad que si la gente y el capital son más móviles, los gobiernos tienen que ofrecerles condiciones suficientemente razonables para que decidan quedarse, pero en general, la era de la globalización ha llegado por políticos que se han dado cuenta de que costes de transacción más bajos, accesos a los mercados y cadenas de producción y distribución globales han hecho más rentable hacerse globales. En un mundo donde se veían cerrados otros mercados, donde el capital de los países ricos permanecía en casa y donde era imposible obtener información o equipamientos en un plazo razonable, no podía esperarse ganar tanto haciéndose global. Ahora se puede. Y por tanto cada vez más países han tomado esta decisión.
 
La globalización no es una camisa de fuerza dorada, es una mina de oro. Y es fácil ver que nos esperan grandes recompensas si equipamos a excavadores y salimos en su busca. Pero podemos seguir en casa, y seguir siendo pobres.
 
Es bastante evidente que nadie obliga a Corea del Norte o Birmania a globalizarse. Pero también es evidente que los países ricos impiden que la globalización opere en bastantes sectores, hasta tanto estén dispuestos a pagar el precio. El proteccionismo agrícola de la UE (y también de Suiza, por cierto) es un ejemplo importante. Impide desarrollarse a los países en vías de desarrollo, bloquea capital y trabajo en uno de nuestros sectores menos eficientes, obliga a los contribuyentes a gastar la mitad del presupuesto de la UE en subsidios agrícolas y obliga a los consumidores a pagar por la comida el doble de lo que pagarían en un mercado libre.
 
Pero sólo la racionalidad económica y la decencia humana nos obligan a abandonarlo.
 
La Unión Europea ha impedido diversos intentos de subsidiar a empresas nacionales, pero esto no constituye una amenaza nueva y extraña desde el exterior, es un proceso de desarme en el que se han embarcado los miembros porque saben que una guerra acerca de quién puede otorgar más recursos públicos en industrias no competitivas es una guerra que sólo puede tener perdedores.
 
Los grandes pasos hacia la liberalización y la globalización en el mundo han sido las decisiones unilaterales por parte de países que han visto su potencial. En su libro El libre comercio, hoy (Free Trade Today), el famoso economista del comercio Jagdish Bhagwati apunta que la liberalización unilateral del comercio induce a la imitación demostrando el éxito e incrementa la influencia de los exportadores en otras naciones. Naciones como Estonia, Australia, Nueva Zelanda, Chile, India, Singapur y Hong Kong han demostrado el éxito de las reformas unilaterales de libre comercio.
 
Un ejemplo interesante es el rechazo de la UE y Japón a negociar reducciones recíprocas en la protección de sus sectores financieros y de telecomunicaciones. Cuando EEUU abrió estos sectores con éxito, ambos (la UE y Japón) redujeron unilateralmente el proteccionismo en los mismos. La OMC sólo ha sido capaz de progresar cuando los países miembros se han convencido del valor del libre comercio y se han liberalizado, y no lo consigue cuando, como ahora, hay una falta de interés en las naciones. La OMC es como un automóvil sin motor, tiene que verse empujada por los estados para poder avanzar.
 
Como los gobiernos han liberalizado como han querido y a su propio ritmo, podemos preguntarnos si las cosas han ido demasiado lejos o no han llegado lo suficientemente lejos.
 
Los críticos de la globalización dicen que las fuertes condiciones que imponen el Banco Mundial y el FMI a los países en desarrollo, a cambio de préstamos y fianzas implican que su independencia es ficticia. Tienen que obedecer órdenes.
 
Es verdad, si quieren los préstamos. Pero el hecho de que existan esos préstamos de ajuste estructural es otra forma de incrementar las opciones de los países pobres, en lugar de limitarlas. Un país en desarrollo en un estado de caos fiscal o en una crisis de su balanza de pagos tendría que implantar medidas radicales y amplias para arreglar la situación y restaurar la confianza, A menudo los préstamos del FMI son una forma de sustituir vagas promesas de reformas en el futuro por reformas reales hoy. Y puesto que el FMI garantiza inversiones fallidas, los países pobres se aseguran recibir capital, incluso aunque no hayan creado un entorno amigable para el inversor.
 
¿Pero entonces por qué algunas economistas piensan que los préstamos de ajuste estructural del Banco Mundial y el FMI son agobiantes, aunque se incumplan sistemáticamente? No resisto la tentación de citar a Bhagwati, esta vez de su En defensa de la globalización (In Defence of Globalisation) –no confundirlo con un libro anterior sobre la globalización llamado En defensa del capitalismo global…-:
“¿Entonces por qué espléndidos economistas como Stiglitz, que fue vicepresidente del Banco Mundial, piensa que la condicionalidad es agobiante, como si lo que se escribiera fuera lo que se cumpliera? Sospecho que esto pasa porque interpretan la realidad incorrectamente por la enorme influencia de las impresiones que reciben cuando visitan estos países. Se encuentran en el aeropuerto una cortesía y un protocolo excesivos, residen en suites de alto nivel, se reúnen con presidentes y primeros ministros y terminan creyéndose que son más importantes de lo que son en realidad. La idea de que estos países están jugando y manipulándoles porque llevan bolsas llenas de dinero queda más allá de egos que suben como globos rellenos de helio en los escalones superiores de las instituciones de Bretton Woods” (página 259).
¿Así que por qué todos pensamos que los políticos han perdido poder? Mi opinión es que quieren que pensemos eso.
 
Cuando se derrumbó la izquierda tradicional y los socialdemócratas empezaron a aceptar el mercado explicaron a sus votantes que se veían forzados a liberalizar porque lo reclamaban los inversores extranjeros. Dijeron que tenían que introducir reformas de libre comercio para contentar a la OMC, que tenían que privatizar porque habían prometido al Banco Mundial hacerlo, que tenían que bajar los impuestos porque si no las empresas se irían a otros países… no porque resultara bueno en sí mismo y diera grandes beneficios. Esta era una salida fácil, una manera de convencer a los votantes sin tener que preocuparse de hacer autocrítica y explicar que tenían que reevaluar todo aquello en lo que habían creído.
 
La derecha cometió el mismo error. El argumento de Margaret Thatcher para la liberalización fue la doctrina NHA (No Hay Alternativa). Un gobierno sueco de centro-derecha se hizo eco de ella al inicio de los 90, cuando explicó que sus reformas eran “el único camino”. Pero no mencionaron que era un camino apetecible. Siempre que el gobierno explica que la gente no tiene alternativa y que las ideologías han muerto, podemos estar seguros de que la geste sospechará. Y con toda la razón. Empezarán a buscar alternativas, prácticamente para todo.
 
Y sin duda esa es una de las explicaciones para el movimiento antiglobalización. Podría convencerse a los votantes de que algo es necesario, pero cuando tienen la impresión de que ni siquiera los reformadores piensan que las reformas son apetecibles, por supuesto empiezan a desconfiar de la globalización o de la institución en particular que “obliga” a esos cambios en nuestra contra. Y añorarán una izquierda pasada de moda o una derecha populista que simplemente no acepten lo “necesario”.
 
 
La globalización comienza en casa
 
Volvamos al efecto mariposa del presidente Chirac. Se preguntó al experto en lepidópteros Julian Donahue qué tendrían que hacer las mariposas para tener alguna influencia en el clima y éste replicó: “Si todos los miembros de una especie particular de mariposas se coordinaran y se alinearan en un lugar concreto, podrían causar algún efecto”. Y añadió: “Pero eso requeriría un nivel de organización social que las mariposas no tienen”.
 
Interpretado en términos de globalización, esto significa que la globalización sigue comenzando en casa. Hasta que los países no tomen las medidas de liberalizar sus economías y abrir sus mercados, no tendremos una globalización real. Sólo las decisiones de miles de millones de consumidores e inversores y cientos de gobiernos hacen posible la globalización. Si la globalización no es nada más que una extensión de la economía de mercado clásica, como he sugerido, significa que el país debe construir instituciones liberales en su propia casa y poner sus economías en orden, para poder beneficiarse. Y hay muchos obstáculos para ello.
 
Por ejemplo, estructuras legales y derechos de propiedad débiles. El economista peruano Hernando de Soto ha demostrado que la gente pobre del tercer mundo tiene propiedades inmobiliarias (construcciones y el terreno en que se encuentran) por un valor de casi 10 billones de dólares más de lo que está oficialmente registrado. Esto es más que el valor combinado de todas las compañías que cotizan en los 20 mayores mercados de valores del mundo.
 
Si no está claro quién posee qué, la propiedad se mantiene como “capital muerto”. Las propiedades no pueden hipotecarse, lo que en otro caso ofrecería capital para financiar la educación de los hijos o la inversión en negocios o su expansión. Así, la manera más común para los pequeños empresarios en los países ricos para obtener capital es aislar a los países pobres. Millones de personas capaces con capacidad de iniciativa que podrían ser los empresarios del futuro se ven atrapados por la pobreza.
 
En los países europeos nos hemos enfrentado a esos problemas, pero por una obsesión por la seguridad y la estabilidad, hemos hecho difícil empezar los nuevos negocios que reemplazarían a los que fracasan en la competencia internacional. Hablamos de una falta de competencia en nuestras propias economías, regulaciones en el mercado de trabajo que disuaden a los empresarios de contratar gente, impuestos, beneficios y costes laborales que elevan el precio de la mano de obra por encima de su productividad. La acusación de dominio mundial liberal-capitalista debe atemperarse por la observación de que probablemente hoy día tenemos los sectores públicos más grandes y los impuestos más altos que el mundo haya conocido nunca.
 
En resumen: los empresarios todavía tienen que preocuparse hacer del clima de los negocios locales, igual que la mariposa aún tiene que preocuparse por el tiempo. El hecho de que instituciones multinacionales como la OMC sólo hacen lo que les dicen los países significa que una falta de interés por las reformas en casa no se verá compensado por un empuje desde el exterior, por el contrario, sofocará a su vez un interés a nivel multinacional.
 
Las políticas nacionales y locales aún son las fuerzas más importantes para lo bueno y para lo malo. Todavía pueden hacernos beneficiarios de la globalización o arruinar todo el proceso. La globalización empieza con decisiones locales. El capitalismo global empieza con el capitalismo local. No porque sea una camisa de fuerza dorada, sino porque hay muchas minas de oro por descubrir y explorar.

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