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Cómo nos venden la moto Resea
Cómo nos venden la moto

Noam Chomsky e Ignacio Ramonet
Icaria Editorial, Barcelona, 1996
104 páginas

La izquierda nos quiere vender la moto

Por Juan Ramón Rallo Julián

“Cómo nos venden la moto” intenta ser un libro de introducción al pensamiento izquierdista más retrogrado y antiliberal. En poco más de 100 páginas, Chomsky y Ramonet, dos de los gurús más reputados en el socialismo y antiamericanismo mundial, resumen en sendos capítulos por qué la globalización, basada en una extensión consiguiente de los medios de comunicación de masas, es intrínsecamente perversa hasta el punto de eliminar de facto nuestra libertad.

En definitiva, Chomsky y Ramonet intentan demostrarnos por qué la globalización, basada en el control ejercido por los mass media sobre los individuos, es radicalmente antidemocrática.

El libro se articula, como ya hemos señalado, en dos capítulos, el primero escrito por Chomsky y el segundo por Ramonet. La estructura de este artículo intentará, en la medida de lo posible, ser fiel a la del libro. En un primer epígrafe analizaremos las críticas chomskyanas, seguiremos con las superficialidades infantiloides de Ramonet y finalizaremos con una comparación entre las opiniones de ambos autores.

Chomsky: un anarquista vendido al Estado

En los comentarios de Noam Chomsky podemos apreciar una cierta coherencia y sistematización de su pensamiento. No nos encontramos ante un autor falto en reflexiones y que recurre a la soflama como mensaje continuado. Chomsky es, ciertamente, más profundo que todo esto.

La suya es la tragedia de un autor lleno de odio hacia la humanidad y, especialmente, hacia sus semejantes. Chomsky ve encarnado el mal en los judíos, en EEUU, y en el capitalismo, mientras que él, judío, estadounidense y capitalista, ha sido capaz de superar esa maldad, elevándose por encima de las taciturnas masas. Una triste patología de autonegación combinada con un superego desatado que le conduce a conclusiones disparatadas e inconsecuentes. Pero, insisto, no se trata de inconsecuencias casuales, de lagunas en su sistema político, sino más bien de taras conocidas y plenamente incorporadas.

Chomsky empieza su artículo con dos concepciones contrapuestas de democracia, una caracterizada porque la gente tiene a su alcance los recursos para participar de manera significativa en la gestión de sus asuntos particulares. Es la idea buena de democracia, donde los medios de información son libres e imparciales.

Las trazas no son malas, pero sin duda erróneas e incompletas. Por un lado, como luego veremos, aquello que Chomsky entiende como “recursos” necesarios supone una injerencia tan grande que en la práctica imposibilita a una gran cantidad de gente el objetivo final de esta concepción democrática, esto es, la gestión de los “asuntos particulares”

Por otro, y es aquí donde Chomsky yerra con mayor descaro, unos medios de información libres no necesariamente serán imparciales; ni siquiera debemos entender la imparcialidad como un objetivo deseable para la democracia. No tenemos un patrón a partir del cual podamos medir cuán imparcial es un medio, la verdad no nos viene revelada, sino que es percibida continuamente por cada individuo. Tildar a un medio de “parcial” implica que alguien, previamente, ha definido cuál es la verdad de donde se ha apartado. Supone eliminar la discrepancia y la posibilidad de modular esa visión particular, ya que no está sometida a crítica, so pena de “parcialidad”. Supone, en definitiva, el estancamiento ideológico y moral en unas posiciones prefijadas; todo paradigma antes de derribarse debe ser atacado, si ese ataque se convierte, por obra y gracia de los intelectuales, en un ataque a la democracia, las ideas caducas se sostendrán merced del azote político. Es la posibilidad de ser parciales –es decir, de que otros juzguen que estamos siendo parciales- lo que salvaguarda la democracia y la libertad.

La otra concepción que Chomsky tiene de democracia es aquella según la cual no debe permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos. En este caso, los medios de información estarían fuerte y rígidamente controlados.

Pero Chomsky se confunde de enemigo. La propaganda sólo transmite información, persuadiendo en su caso al receptor. La propaganda no es ilegítima en sí misma, en todo caso lo serán las acciones que pretende estimular. En el caso de este segundo tipo de democracia, lo problemático e ilegítimo es la pretensión de control público de la información.

Así, por ejemplo, Chomsky denuncia que el origen de la propaganda moderna lo encontramos en Woodrow Wilson, quien convenció a los estadounidenses de que entraran en la I Guerra Mundial. No obstante, en todo caso, las acciones de Wilson serían ilegítimas por haber usado medios ajenos (impuestos) para fines particulares y por el hecho concreto de haber entrado en guerra. En ningún caso, por la mediática exhortación a la misma.

Otra cosa es que esta propaganda, cuando viene del Estado o de los criminales, sea peligrosa, pues puede consolidar la aceptación de determinados delitos. Como señala Chomsky: cuando la propaganda que dimana del Estado recibe el apoyo de las clases de un nivel cultural elevado y no se permite ninguna desviación en su contenido, el efecto puede ser enorme. Palabras muy similares a las pronunciadas por uno de los mayores liberales de este siglo, Murray Rothbard, cuando denunciaba a los aduladores del intervencionismo. No obstante, Chomsky está convencido de que este segundo tipo de democracia es el que caracteriza al liberalismo.

Sin percibir que tales características son las propias del socialismo intervencionista, prosigue advirtiendo de que uno de los peligros la democracia liberal es la ficción de que los intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y sólo una clase especializada de hombre responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos.

Como vemos, nuevamente, son los socialistas quienes aseguran haber descubierto el rumbo final de la humanidad a cuya consecución deben mancomunarse todos los recursos materiales y humanos. Somos los liberales los que siempre hemos creído que el hombre es capaz de decidir sobre su propio destino mejor que ningún otro sabio. De hecho, Chomsky asegura que la dirección tecnocrática es un planteamiento típicamente leninista. Yerra, como decimos, al creer que es un planteamiento característico del liberalismo: Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos.

Por tanto, Chomsky describe estos dos modelos de democracia. No es necesario criticarlo de reduccionista o maniqueísta. A buen seguro, podríamos mentar que existen otros tipos de democracia, con sus características concretas y diferenciadoras. Mas no es, en absoluto, necesario dar ese paso.

Aún cuando Chomsky se declara partidario del primer tipo de democracia (esto es, la democracia donde la gente tiene a su alcance los recursos para participar de manera significativa en la gestión de sus asuntos particulares), me parece que, con las matizaciones ya efectuadas, ése es también el modelo de democracia que el liberalismo inequívocamente defiende.

No olvidemos que democracia vendría a significar “gobierno del pueblo”, pero, desde una perspectiva científicamente liberal, no hay pueblos al margen de los individuos; por ello, democracia debe significar gobierno de las personas. El hecho de que la izquierda haya deformado su significado transformándola en un colectivismo cuasitotalitario, donde la libertad individual queda subordinada al designio de la mayoría, no debe hacernos olvidar su auténtica esencia.

En este sentido, podemos concluir que la primera concepción de democracia, sería la genuinamente liberal, mientras que la segunda, la del ordeno y mando, la distorsión socialista.

El problema es que, en mi opinión “parcial”, Chomsky equipara el segundo tipo con la democracia liberal, y él mismo, aún mostrándose a favor del primer tipo, no es congruente en su argumentación hasta el punto de terminar generando una argumentación sólida para la democracia totalitaria (el segundo tipo) que tanto dice detestar.

Chomsky, en resumen, habla de dos tipos de democracia: un primer tipo al que cualquier liberal instintivamente se adscribiría y un segundo que podríamos equiparar al socialismo. Chomsky se declara partidario del primer tipo, al momento que compara el liberalismo y el leninismo con el segundo. Sin embargo, procede a defender el primer tipo, efectuando un giro conceptual por el que termina convirtiendo el primer tipo en el segundo. ¡Defiende el socialismo con argumentos liberales! Un genio de la manipulación.

Este giro conceptual que efectúa Chomsky a través del cual defiende el totalitarismo con premisas aparentemente aceptadas por los liberales, consiste en identificar la sociedad como el fruto consciente de las decisiones de todos los individuos. En su opinión, la libertad queda garantizada cuando los individuos consiguen participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan frente a la concepción de que los intereses públicos escapan a la capacidad de comprensión del rebaño desconcertado.

Y este es el meollo de la manipulación. La sociedad no consiste en la suma de las decisiones conscientes de cada individuo sobre qué camino debe seguir toda la sociedad. Esta pretensión sería equivalente a la de una asamblea que votara mayoritariamente cuál es el fin último de la sociedad y, por tanto, el fin último al que deben sujetarse todos y cada uno de sus miembros.

Resulta evidente que, en ese caso, la libertad individual queda eliminada por entero. El individuo no genera la sociedad como un resultado no intencionado de la búsqueda de sus propios fines, sino como contribución parcial a la obra de la ingeniería social.

La trampa que nos tiende Chomsky es la misma que destapó Hayek en 1945 con la publicación de su artículo Individualism: True or False. En él, el maestro liberal nos advertía de la apropiación incorrecta del término individualismo por parte de los constructivistas, de los planificadores cartesianos, que, en última instancia, producían la degeneración del término hacia el socialismo.

La concepción de la sociedad de Chomsky, esto es, que todos los individuos decidan por anticipado qué cadenas se impondrán unos a otros, es el opúsculo del perfecto despotismo. Cuando Chomsky asegura que no debemos caer en la trampa de creer que existen unos intereses públicos que escapan a la capacidad de comprensión del rebaño desconcertado, en realidad nos está tendiendo otra trampa.

No existen esos supuestos intereses públicos sobre los que, según su opinión, debe decidir el rebaño. Es precisamente su interdicción del juicio individual y del orden espontáneo que éste genera, lo que nos desplaza hacia el terreno de la planificación.

Chomsky establece un inexistente debate entre si esa planificación deben controlarla las elites intelectuales o todos los individuos en su conjunto. El liberal puede estar tentando a apoyar la segunda posibilidad, cuando ninguna de ellas es cierta. Es cada individuo, cuando persigue sus propios fines, quien planifica cada situación concreta, dando lugar al orden espontáneo que Chomsky ni menciona.

Partiendo de este argumento, falso de base, Chomsky construye toda una teoría conspirativa en función de la cual las democracias liberales recurrirían a la propaganda para convencer a la población de que son las elites empresariales y políticas quienes deben planificar el orden. Así, por ejemplo, la televisión (telenovelas, deportes, y telebasura) pretende distraer la atención de los ciudadanos de los asuntos que verdaderamente les interesan. Chomsky llega a asegurar que: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al Estado totalitario.

En realidad, el Estado sí intenta desviar la atención cada vez que se produce una violación de nuestras libertades. Chomsky acierta, aún sin saberlo, en que la propaganda política intenta vestir a un emperador desnudo; falla al sugerir que el emperador está vestido y que la sociedad colectivamente debe ocupar su puesto. La tesis fundamental chomskyana, pues, cae por su propio peso. Veamos, no obstante, un par de ejemplos donde el autor muestra esta concepción colectivista de la libertad.

En el primero de ellos, Chomsky se queja de que, tras la Gran Depresión y, en concreto, gracias a la Ley Wagner de 1935, los sindicatos, asociaciones ciudadanas no estatales, habían conseguido una gran capacidad para influir en la sociedad. Ironiza Chomsky que gracias a esta ley la democracia estaba funcionando bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo victorias en el terreno legislativo, y no era ese el modo en que se suponía que tenían que funcionar las cosas; el otro problema eran las posibilidades cada vez mayores del pueblo para organizarse.

Recordemos por un momento que Chomsky se declara partidario de un tipo de democracia en el que cada individuo pueda gestionar sus asuntos particulares. ¿Qué asuntos particulares podía gestionar cada individuo en un ambiente en el que las leyes se multiplicaban? ¿No supone acaso la ley, proceda de donde proceda, una limitación a la autonomía individual? Los individuos, ciertamente, podían organizarse, pero para planificar la vida a otros individuos. Esa es la libertad que garantiza Chomsky, la absoluta heteronomía.

No obstante, nuestro autor prosigue señalando que la propaganda consiguió convencer a la gente de que había que luchar contra los huelguistas. Se presentó a estos como destructivos y perjudiciales para el conjunto de la sociedad y contrarios a los intereses comunes, que eran los nuestros.

En realidad, cualquier pretensión por totalizar la idea de intereses comunes, por imponerlos al resto de los intereses posibles y potenciales, resulta perjudicial para que cada uno persiga sus propios fines. Chomsky, como colectivista, define cuáles son nuestros intereses, y los define, en función, de cuáles sean los intereses particulares de los sindicatos. ¿Dónde queda aquí la mentada gestión de los intereses particulares, si estos intereses son, no sólo dominados, sino engendrados por personas ajenas? Sucede, pues, que todo plan particular opuesto al interés común deberá ser eliminado; el bien común sólo es realizable cuando todos los individuos, sin excepción, lo persiguen. La armonía de intereses, para el colectivista, es la peor de las ficciones.

No sólo eso, la pretensión por dominar el interés común generará una serie de resultados no previstos que dañarán de pleno la consecución de los fines particulares. En el caso de los sindicatos, la presión por elevar los salarios por encima de la productividad marginal abocará a los trabajadores al desempleo. Así, la totalización del fin social por los sindicatos no nos lleva sólo a una represión de los fines particulares, sino a la dislocación generalizada de los recursos por buscar un fin de imposible satisfacción; dislocación que a su vez dificultará aún más los ulteriores fines que pudieran perseguirse.

Veamos otro ejemplo, si cabe, todavía más ilustrativo. Chomsky es claramente partidario de descubrir el bien común haciendo gala de paternalismo funesto y totalizador. Por ello, tras vislumbrar los designios supremos, critica la extendida concepción de que lo único que tiene valor en la vida es poder consumir cada vez más y mejor. Todo el entramado consumista tiene como objetivo que la gente se desentienda de ejercer colectivamente el poder, será cuestión que los sujetos que forman el rebaño se queden en casa viendo el fútbol, culebrones o películas violentas. De hecho, Chomsky concluye con sarcasmo que la vida consiste en esto.

Al creerse poseedor del fin que todo individuo debiera perseguir, se convierte, como comentábamos antes, en un mojigato reaccionario y, lo que es peor, en un fustigador de los fines individuales. A Chomsky no le gusta que la gente consuma o que vea el fútbol y los culebrones y, sólo por esta sencilla razón, tales actividades debieran ser corregidas. No se debe ver el fútbol o no se debe consumir “en exceso”, porque cada persona debe decidir sobre el futuro de la humanidad y dedicarse a tareas superiores.

Nos instalamos en un juego realmente perverso. Chomsky afirma que tales los individuos disfrutan con tales acciones porque han sido previamente manipulados; sin tal manipulación nunca habrían querido ver el fútbol o las telenovelas antes de participar activamente en el diseño del futuro humano. Como tales acciones no son en realidad libres el individuo está siendo coaccionado, y como sufre coacción yo puedo coaccionarle por su propio bien.

Chomsky no puede afirmar si, en caso de haber concurrido otras circunstancias, esos deseos hubieran sido distintos y mucho menos cuáles hubieran sido. Sin embargo, como no le agradan las decisiones libres de otras personas por ser distintas a las suyas, arguye que la humanidad, por culpa de la grotesca manipulación de los conglomerados financieros, se ha separado del bien común que él ha descubierto y, por tanto, resulta apremiante enderezarla. El autor no hace otra cosa que buscar argumentos para justificar al resto del mundo su particular escala de preferencias, torticeramente identificada y totalizada en el bien común.

La identificación pueblo-líder, el totalitarismo puro, aparece en su forma más diáfana: toda la sociedad, todos los individuos y todos sus recursos deben subordinarse a la consecución de los intereses particulares-universales del sabio soberano.

Una vez más, preguntémonos qué queda del modelo de democracia defendido por Chomsky en el que cada persona era libre de ocuparse de sus asuntos particulares. Al final, esa radical reivindicación de la libertad es modulada a través de los circunloquios socialistas para convertirse en la peor de las esclavitudes.

No le falta razón a Chomsky en que, en muchas ocasiones, los intereses empresariales confluyen con los políticos y la propaganda unida a la coacción degenera en fatales consecuencias. Es el caso, en muchas ocasiones, de la industria militar o, especialmente, del sector bancario. Sin embargo, la eliminación de este contubernio entre algunos empresarios y el Estado no pasa por defender la planificación social más extrema, al margen del Estado.

Chomsky podrá considerarse todo lo anarquista, ácrata y antiestatista que quiera. Pero en tanto pretenda sustituir eliminar el Estado tradicional para sustituirlo por una colectividad decisoria, tan sólo estará cambiando un Estado por otro; un modelo de coacción por otro, si cabe, aún más represivo.

Ramonet: la coacción como principio rector

De la misma manera que, aún desde la más extrema distancia ideológica con Chomsky, uno puede reconocerle la aparente consistencia y atractivo de sus ideas, así como su genialidad distorsionadora, de Ramonet sólo se puede sentir una cierta vergüenza ajena. Los argumentos tan simples y banales que emplea no cabe calificarlos ni siquiera de demagogia; para ello, se requiere una mínima habilidad.

Ramonet es el típico vocero de tópicos vacíos que tiene una ligera incapacidad para hilvanar frases de manera coherente. Si la izquierda buscaba un papagayo con buena voz, sin duda lo ha encontrado en Ignacio Ramonet, pero no le pidamos mucho más. No es bueno forzar las máquinas.

Desde un primer momento, la cuestión central para Ramonet es quién ostenta el poder; no tanto cuán limitado sea ese poder, provenga de donde provenga, sino quién lo posee. De esta manera, se queja del progresivo vaciamiento al que se ha visto sometido el Estado a favor del poder financiero.

El autor, por ejemplo, se sorprende de que en la encuesta de un semanario francés sobre los 50 hombres más influyentes del planeta no aparezca ningún político. Aquello que algunos entenderían como un éxito de la sociedad civil al liberarse de las cadenas estatales, a Ramonet le parece pecaminoso. Es más, pone el acento en que el hombre más influyente del mundo es Bill Gates, y no Kohl, Clinton, o Yeltsin. Es decir, a Ramonet le molesta que un individuo, a través de su genialidad para servir y mejorar la vida de los demás, haya alcanzado el puesto que debería ocupar, desde el punto de vista estatólatra, algún político.

Aunque quizá el odio hacia Bill Gates hunda sus raíces en motivos más profundos. Ramonet se queja de que los mercados financieros y las redes de comunicación (…) han incentivado las tesis ultraliberales del laissez faire. Todo ello, ha dado origen a un nuevo culto, una nueva religión: la del mercado, cuyos feligreses son los expertos en la nueva ideología dominante: el pensamiento único.

Esta nueva fe capitalista se plasma por un lado, en opinión del autor, en instituciones como los Bancos Centrales, el FMI o la Organización Mundial del Comercio o la Unión Europea. Y, por otro, en los poderes de los medios de comunicación y su ingeniería de la persuasión, cuyos objetivos no son sólo manipularnos, sino también vigilarnos, lo que suscita en ciertos ciudadanos una sumisión sin límites. En definitiva, lo económico prima sobre lo político. (…) Cada vez menos de Estado. (…) ¡Todo el poder para el mercado!

El discurso de Ramonet no es más que un suma y sigue de arengas anticapitalistas que suelen utilizar los adolescentes faltos en conocimientos. El problema es que los adolescentes utilizan esas frases cortas y sencillas porque, presumiblemente, la argumentación sobre las que se sustentan se encuentra en los libros de donde las han extraído, por ejemplo el de Ramonet. Lástima que no sea así y el discurso progre se revele como un fantástico edificio opresor sin base alguna.

Resulta absurdo fundamentar el laissez faire en el actual desarrollo de los medios de comunicación. De hecho, la expresión fue acuñada por Gournay en el s.XVIII, y recogida por los fisiócratas franceses, para referirse a un sistema de libertad en el que el Estado dejaba hacer. El laissez faire, es decir, la libertad que encarnaba el laissez faire, alcanzó su punto más elevado durante el s. XIX, cuando las comunicaciones tenían poco que ver con las actuales.

Ello, no obstante, no impidió que el ser humano disfrutara de las cotas de libertad más elevadas que se conocen. Tampoco fue necesaria la creación de los Bancos Centrales ni, mucho menos, del Banco Central de Bancos Centrales, esto es, el FMI. Muy al contrario, fue precisamente tras el afloramiento de estas instituciones, que dinamitaron la disciplina cambiaria, monetaria y presupuestaria impuesta por el patrón oro, cuando el laissez faire empezó a retroceder. El abandono del laissez faire no se produjo con el crack del 29 como muchos economistas erróneamente creen. El laissez faire se abandonó de facto cuando el patrón oro dejó de ser respetado; esto es, cuando la práctica inflacionaria de los Bancos Centrales se generalizó a principios del s. XX.

A partir de ahí podemos trazar una perfecta línea explicativa que recorra la I Guerra Mundial, la Gran Depresión, el ascenso del nazismo y la II Guerra Mundial. Ninguno de estos desastres debe su suceso al exceso de libertad, sino al cada vez más omnipresente intervencionismo estatal.

Es curioso como Ramonet, siguiendo el repipi discurso progre, endosa al FMI una especie de patronazgo del neoliberalismo. El FMI es una institución del todo ajena al mercado que sólo sirve para pervertir su libertad. Si en su momento fue ideado por Harry Dexter White, de quien luego se descubrió su vinculación con la URSS, con la pretensión de convertirse en un estabilizador de los tipos de cambio internacionales (es decir, para que cada país pudiera inflar sin limite su oferta monetaria), en la actualidad se ha transformado en un instrumento a través del cual unos gobiernos se dedican a presionar y corromper a otros.

El FMI no tiene nada que ver con los individuos, con los empresarios o con las relaciones voluntarias; mayormente supone el expolio del contribuyente estadounidense para sobornar a los políticos tercermundistas. El mercado queda absolutamente desplazado por la política.

Por no hablar de los Bancos Centrales que suponen el monopolio público de la emisión de moneda y de donde, como ya hemos indicado, brotan la mayor parte de los males que sufre actualmente Occidente; en especial, la inflación y los ruinosos ciclos económicos.

También es curioso que considere a la Organización Mundial del Comercio, o al GATT, como constructores del laissez-faire. En el s. XIX no fue necesario crear ninguna organización supranacional para promover el libre comercio. Por supuesto, ni fue necesario entonces ni, mucho menos, lo es ahora. No es que, la OMC, a diferencia del FMI, sea una herramienta perversa, pero consagra una concepción de las relaciones interpersonales enmarcadas en la aquiescencia estatal, en el mercadeo de bloques comerciales.

Sí, en cambio, es más preocupante la Unión Europea que a Ramonet tanto le gusta equiparar con una especie de Europa de los mercaderes. Cuando hablamos de Unión Europea deberíamos referirnos a Unión Estatal Europea; tal “construcción” de Europa se entiende hoy como la fabricación de un supraestado rector, no es un proceso económico, sino político. Ni siquiera es lícito tildar la libre circulación de personas, mercancías y capitales dentro de la Unión Europea como una medida liberal; el Estado europeo busca la autosuficiencia para aislarse del resto del mundo. El Estado europeo es, en muchos casos, una fortaleza infranqueable, unas barreras a la efectiva libre circulación de personas, mercancías y capitales en el mundo. Las Uniones Aduaneras, como ya puso de manifiesto Jacob Viner, son una suerte de neomercantilismo; nada que ver con el libre comercio y el capitalismo.

Como vemos, los argumentos de Ramonet son simplemente inanes. No puede pretenderse que los resortes institucionales a través de los cuales el intervencionismo se ha expandido en los últimos 50 años hayan sido precisamente la base del libre mercado y del resurgimiento del laissez faire. Aunque llegar a semejante análisis obligaría a Ramonet a revisar gran parte de sus prejuicios y por eso aro no puede pasar el progresismo de corral.

En todo caso, Ramonet echa mano, al igual que Chomsky, del argumento de la manipulación, de la ingeniería de la persuasión, como base del desarrollo capitalista. Su objetivo es manipularnos: hacernos consumir cada vez más.

Insisto, este discurso es simplón y sin fundamente alguno. Recoge, en parte, doctrinas económicas equívocas basadas en la hipertrofia del consumo como base del desarrollo económico y las aplica al análisis de la empresarialidad. Pero además, descuida cualquier análisis mínimamente fundamentado de la naturaleza de la acción humana y de la influencia de la información sobre la misma.

Por un lado, siguiendo el análisis ridículo de Ramonet, no entiendo por qué un empresario debería impeler a las masas a que consumieran cada vez más. Cada empresario debería modular a las masas para que consumieran solamente sus productos y no los de la competencia, lo cual generaría una suma de manipulaciones en sentidos opuestos que se contrarrestarían unas a otras.

Por otro, tampoco entiendo por qué un empresario querría manipular a toda la gente hacia un consumo masivo. Pensemos que el stock de productos que un empresario puede vender en un momento determinado es fijo, por tanto, en muchos casos necesitarán ampliar su capacidad productiva recurriendo a la inversión. En estos supuestos, al empresario le interesa indudablemente que la gente restrinja su consumo, de manera que al ahorrar descienda el tipo de interés y su inversión resulte más rentable.

La lógica por la que el capitalismo, los empresarios, exhortan hacia un consumo irrefrenable no tiene ni pies ni cabeza. Era, precisamente, el comunismo quien prometía liberar a la raza humana al incrementar el consumo por encima de límites insospechados, eliminando de paso la escasez. De hecho, los mercados financieros (la Bolsa, los fondos de inversión, los fondos de pensiones…) que tanto denosta Ramonet y la progresía mundial, sirven para canalizar los ahorros de una parte de la sociedad hacia otra inversora. Sólo así puede la tan nefasta acumulación de capital progresar y elevar el nivel de vida de las masas. Pero Ramonet, obviamente, desconoce todo esto.

Mas el hecho de que el capitalismo no promueva necesariamente el consumo desbocado, o consumismo en la nomenclatura chic, no significa que, en caso de que lo hiciere, fuera negativo. El ser humano persigue aquellos fines que subjetivamente concibe, y para ello necesita de la concurrencia de unos medios, necesita consumir. Incluso el tiempo de meditación que algunos austeros radicales reivindican hará necesaria la producción y consumo del sustento fisiológico necesario. Por tanto, no tiene cabida criticar las decisiones ajenas de consumo pues resultan equivalentes a criticar los fines ajenos. Claro que muchos totalitarios necesitan eliminar, como ya hemos visto en el caso de Chomsky, los fines ajenos para poder satisfacer los propios, al camuflarlos con el apelativo de bien común.

No sólo eso, la información, los datos que recibe el actor, son procesados de una manera única por cada sujeto. La influencia concreta que cada mensaje pueda tener sobre millones de sujetos es desconocida por el empresario, ya que ni es capaz de recoger ni de procesar tal cantidad de nuevos datos. Se limita a hacer sugerencias de productos que cree satisfarán mejor que otros las necesidades de los consumidores. Incluso la recurrente crítica a la “creación de nuevas necesidades” no supone más que un caso particular de un empresario que propone mejores medios para el fin último de vivir mejor, de incrementar la intensidad y duración de nuestro tiempo de ocio.

En todo caso, aún situándonos en la postura más llana y reduccionista, Ramonet olvida a Lincoln cuando advertía de que no era posible engañar a todos durante todo el tiempo. Una campaña publicitaria exitosa podría convencer a mucha gente de que conviene consumir un determinado producto la primera vez. Sin embargo, si tras probar el producto, el consumidor no ve satisfechas sus necesidades, sean las que fueren, dejará de adquirirlo (solo hace falta recordar el sonado fracaso de la Cherry Coke). La manipulación de poco servirá ya; habrá adquirido una información más valiosa que cualquiera que pueda aportarle la publicidad, la información derivada de su experiencia personal.

El problema es que Ramonet, al igual que Chomsky, no acepta que los fines de una persona puedan ser distintos a los suyos (al “fin común”, vamos). La publicidad, arguye, nos condena a un estado continuo de sumisión; los productos que compramos satisfacen nuestros fines, pero esos fines no son realmente nuestros, sino que nos vinieron impuestos por las empresas.

La diferencia es que las empresas, aún admitiendo a efectos dialécticos la tesis de Ramonet, no utilizaron la fuerza para crearnos unos fines que ahora hemos interiorizado como nuestros; únicamente han empleado la persuasión y el convencimiento que nuestro autor denomina manipulación.

Eso sí, cuando Ramonet nos intenta persuadir en su libro de que las empresas nos dominan, lejos de practicar la manipulación, ejerce un derecho ciudadano.

Pero aún más problemático resulta que la izquierda –Ramonet inclusive– no pretenda convencernos de que abandonemos el consumismo a través de sus libros y diatribas, sino que recurra de manera interminable al uso de la fuerza y de la coacción estatal. Cuando Ramonet pide más Estado y menos mercado está, precisamente, reivindicando que nuestros deseos, nuestros sueños y nuestras aspiraciones pasen por el filtro de la burocracia para decidir si están conformes o no con el bien común. Es decir, si nuestros sueños están conformes con lo que otros designan como nuestro propio bien.

En definitiva, las tesis de Ramonet denotan un desconocimiento asombroso de todas las disciplinas sociales. Es un perfecto ejemplo de cómo la ignorancia puede cristalizar en la demanda de cadenas para todos. Cómo, ante la incomprensión de los demás, se prefiere a un hombre fuerte y sabio que los domine y organice a que todos puedan perseguir pacíficamente sus fines. El miedo a lo desconocido tiende a peticionar la reducción y cuasi-eliminación de esa incertidumbre. Si no entiendo la economía, acabemos con ella. Si no comprendo por qué una persona decide vivir de una determina manera, prohibámoslo. Si no entiendo por qué alguna gente gana dinero, evitémoslo. La ignorancia degenera en intolerancia y coerción. Por ello se prefiere el Estado al mercado. Ramonet es el perfecto ejemplo.
 

Chomsky y Ramonet: tradiciones convergentes

Ya he señalado que entre Chomsky y Ramonet se aprecia un abismo en el fondo y en la forma. En la forma, no ya porque Chomsky sea un genio de la manipulación, mientras Ramonet no pase de evangelista refrito, sino porque la ideología chomskyana posee una cierta sistematización a la que el telepredicador Ramonet no podrá aspirar jamás. Además, lo cual no deja de ser significativo, Chomsky se encuadra, según sus propias palabras, en el “anarquismo libertario”, mientras que Ramonet integra el ala dura del socialismo más intervencionista.

Y quizá esto sea la parte más curiosa y peculiar del libro; la reunión de dos posturas encontradas, (en tanto que Chomsky aparentemente odia al Estado, mientras que Ramonet lo adora) no ha provocado una disimilitud de conclusiones, sino una absoluta coincidencia.

Y es que Ramonet termina su exposición apelando a conceptos como felicidad social, libertad, igualdad y solidaridad, en definitiva, bien público.

Reteniendo las palabras de Ramonet quizá deberíamos releer la frase de Chomsky donde denuncia a los totalitarios por creer que una élite reducida puede entender cuáles son aquellos intereses comunes.

Y éste es, sin duda, el punto de coincidencia de ambos autores. Ramonet se encuadra de lleno entre la elite de totalitarios que, según Chomsky, se creen en la posesión del bien común, mientras que Chomsky considera que ese bien común sólo es alcanzable mediante la participación consciente de todos los individuos.

Ninguno de los dos reniega de la idea de bien común a la que, una vez descubierto, deberán subordinarse todos los intereses particulares. Así, la idea de un bien común distinto y superpuesto a los falsos y manipulados bienes individuales nos conduce a coaccionar de los individuos, “por su propio bien”.

De ahí que el fanatismo izquierdista e intervencionista sea un juego tan peligroso. No sólo por los métodos coercitivos que emplean, sino especialmente por la ceguera con que los usan; no en su propio provecho, sino en el del individuo al que están coaccionando.

Cada socialista deriva una satisfacción inconmensurable de pensar que está ayudando a los demás, de que todo cuanto hace es por los demás. Se trata de un egoísmo que recurre al altruismo para obtener la felicidad. Y mientras esa sensación de intensa descarga prosiga, la coacción sobre los demás no cesará.

Así, de la creencia en un bien común deducible, aún partiendo de posiciones opuestas, Chomsky y Ramonet concluyen que el individuo debe ser coaccionado para beneficio de todos, un sacrificio público para contento de los dioses. Es la retórica de buena parte de la izquierda: el de un sádico mesianismo egoísta que coloca el falso altruismo como justificación interna y externa de la destrucción que provoca.

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