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Por un management liberal

Por Antonio Nogueira

“La Acción Humana” de Mises debería estudiarse en las escuelas de negocios. Y “La naturaleza de la empresa” de Coase, también. Además de “La Rebelión de Atlas” de Ayn Rand, controvertido espejo para emprendedores. El catálogo de formidables fuentes de conocimiento podría ampliarse, por supuesto. Sin embargo, la realidad no es así. Desafortunadamente, tristemente. En la gran mayoría de las literaturas, los análisis y los estudios dirigidos a los creadores de riqueza y valor –actuales o por venir– prevalecen otro tipo de argumentos, otra clase de paradigmas presuntamente explicativos de la realidad empresarial próximos al timo, a la arrogancia o a la ligereza, o a las tres cosas a la vez. Lo que abundan, por el contrario, son ratones comedores de queso, tréboles marchitos de pésima suerte, sempiternos planificadores de lo obvio y una trompetería de alejandrosmagnos que resuelve –falsamente- la cuenta de resultados y el penúltimo problema de plantilla en un santiamén.

Pero la vida de los negocios no funciona, ni mucho menos, como afirman estos placebos. El esfuerzo que en su actividad diaria aplican la propietaria de un establecimiento, el gerente de una sección, cualquier persona que ponga en marcha una iniciativa, poco tienen que ver con los recetarios de ramplonerías que dominan las páginas especializadas y los encuentros entre profesionales. Lo que prevalece en una empresa que se juega su ahorro son las ganas de ganar, sin obviar –no apareciendo naipes tramposos- la incertidumbre en la jugada; impera la valentía y no la impostura; triunfan las intuiciones y no las frases hechas. Y eso no lo cuenta el complejo pedagógico-industrial actual.

Obviando la delirante interpretación marxista de considerar a la empresa como “espacio para la violencia ordenada” y considerando para otra ocasión las interesantes aportaciones de la psicología (Abraham Maslow) y la sociología, destacan hoy tres corrientes predominantes en la dirección de negocios, tres menús que se devoran ferozmente en muchos despachos: 

  1. El pensamiento estratégico de la empresa, que es el paradigma actualmente vigente y que recibe toda clase de bendiciones desde el ámbito académico. Es la dominante teoría de la firma durante largos años; la que absorbe todas las energías en las decisiones y la que –debido, probablemente al cansancio generado por su largo reinado– no ha tenido más remedio que tolerar la creciente presencia de las otras dos corrientes citadas a continuación.
  1. La cultura organizacional, que evita pasadas fantasmagorías y acude en forma masiva a las performances y a los grandes ejemplos de la Historia en busca de significados que justifiquen la hipótesis intelectual de una compañía. Nicolás Maquiavelo, Erasmo de Rótterdam, Don Quijote o Madame de Staël sirven –según esta interpretación- para consolidar un presupuesto o arreglar un conflicto laboral. 
  1. La teoría de la supervivencia en el trabajo, que ágilmente levanta hoy el vuelo favorecida por la pesantez teórica de las otras dos anteriores. Es una interpretación escéptica de la empresa: no se enseña en las universidades, claro, pero se vende en la calle e impregna el sentir de los integrantes de una firma. No es antisistema, pero no ofrece ninguna solución; mejor dicho, ofrece una solución negativa. Se trata de la perfecta tabla de salvación para náufragos.

Analicemos sucintamente cada uno de esos tres criterios y contrapongamos su débil valía frente al superior esfuerzo doctrinal de los economistas austriacos y neoinstitucionalistas que comprendieron verazmente lo que la empresa puede llegar a ser.
 

1. El predecible color gris de los planificadores

La teoría estratégica y su matriz DAFO, la escuela planificadora de Mintzberg, la teoría del posicionamiento competitivo de Michael Porter, la teoría estratégica de los recursos humanos, la gestión por competencias, la dirección por objetivos… son los hitos principales de este preponderante modelo managerial. Lo que casi todo el mundo piensa y practica. El universo de los siete hábitos de la gente eficaz que aburridamente estudian los alevines de los negocios. Es el gris color a la salida del trabajo: las mismas corbatas, los mismos trajes, el mismo peinado, los idénticos bolsos, las mismas apelmazadas ideas. Unos insisten en el plan, otros en las características del mercado, el proceso o la sociedad. Lo relevante no es dónde se compite sino cómo se compite. Prevalece la forma sobre el fondo. Los partidarios del paradigma prefieren la acumulación de recursos de toda clase para presuntamente pertrecharse en la debacle: les estorba el emprendedor, desdeñan su existencia y no saben que hacer con él. Conceptos como el coste del control de la burocracia explicado por Coase o la importancia de los precios internos demostrada por Jerry Ellig son ignorados por los planificadores de modo tajante.

El pensamiento estratégico es a la empresa lo que la escuela neoclásica a la economía: un falso mundo de equilibrios, certezas y presupuestos establecidos que se da de bruces frente a la crisis de turno, el cambio de tendencia o la agudeza del rival. Incluso un heterodoxo de la academia como el genial Tom Peters desconoce el precio escondido de los proyectos. Peters - alma de marine del management- adora a Schumpeter, apuesta por un riesgo mayor en los emprendimientos, pero no ha dicho nunca una palabra sobre costes de transacción u oportunidad. Ignora, sin más, lo que vale la gaseosa en los experimentos. En definitiva, la acartonada teoría estratégica alienta la burocracia, impulsa cierto tipo de socialismo y es madriguera idónea para vacuos e ineficaces.
 

2. Soñar con Carlos V y convertirse en Fernando VII

La empresa entendida como cultura apelaba en el pasado a los valores fundacionales de una compañía para conformar el futuro. Los ritos y el estilo preponderaban en la acción diaria de los integrantes de la casa. Sin embargo, llega un momento en que el sagrado retrato del fundador se apergamina frente al empuje de la competencia. Y la firma acude desorientada al mercado de ideas para adquirir nuevos esquemas interpretativos que mitiguen el descenso de sus ingresos. Como ya se intuye el agotamiento del pensamiento estratégico, los encargados –que no los accionistas- del adoctrinamiento adquieren una más ligera mercancía basada en los ejemplos de la Alta Historia. Este criterio viene a decir que si el emprendedor cultiva la presencia y el consejo de inteligentes erasmos en su organización alcanzará quizá la gloria de un César Carlos, protector del humanista de Rótterdam. Imite usted a los Grandes y será como uno de ellos.

Pero pueden ocurrir múltiples conjeturas incomprendidas por la teoría cultural-histórica: que lo que abunden no sean líderes similares al autor de “Elogio de la locura” sino clones de Antonio Pérez, es decir, validos de escasa claridad moral; que el temperamento íntimo de un empresario opte por felonías de estilo fernandino; que el manager se tope con un rebaño irremediable en lugar de una elite insuperable. Los autores del caso histórico eluden cualquier réplica e ignoran por completo la más humilde interpretación de la acción humana basada en el imperio de la percepción y el fraccionamiento del conocimiento que Mises y Hayek demostraron. Los historicistas se arropan bajo el armiño de la arrogancia y prescinden de los imponderables. Sus teorías son entretenidas, pero planas. Son como las paradisíacas convenciones pagadas por la empresa: disparan una emoción que se enfrenta a la tozuda realidad del lunes siguiente.

3. La simpática escuela del cinismo

Si los estrategas no convencen y los dispensadores de cultura disimulan, entonces abandonémonos al desencanto. Esto es lo que afirma la corriente escéptica en alza cuyo vademécum es “Buenos días, pereza”, escrito por la psicoanalista francesa Corinne Maier. Se trata de un seductor panfleto para el escaqueo en las organizaciones, más deudor de Françoise Sagan que de Paul Lafargue. La autora considera que la empresa se acaba: ya no es el lugar de éxito y el ascenso social se tapona para todos. Para protegerse hay que pasarse a la bohemia o darle un corte de mangas al sistema. La jerga empresarial de los ejecutivos –que confisca el lenguaje normal- y la excesiva titulación universitaria lo hicieron posible. Según Maier la cultura de empresa es un oxímoron al servicio de jefes cínicos. En las firmas, las apariencias importan más que la calidad del trabajo efectuado. ¿Quién trabaja en las empresas? Pocos. La mayoría disimula por los pasillos llevando bajo el brazo un expediente, al igual que Dilbert, el divertido –pero tóxico- oficinista de las tiras cómicas. 

La clave de esta cínica situación estriba en que empleadores y empleados abdican de cualquier tipo de responsabilidad porque no quieren saber que la empresa representa –antes que nada- un nexo de contratos; en este caso, una ficción legal que acoge la relación contractual entre el principal (empleador) y su agente (empleado); contrato dominado -demasiadas veces- por el oportunismo y el riesgo moral entre ambos tal como explicaron Jensen y Meckling. Así nadie puede ajustar cuentas con nadie, ya que hoy se entiende que la rúbrica sobre un papel y la ética ante los acontecimientos poca cosa son. Mientras, la noria del disimulo corporativo dando vueltas y vueltas continúa...
 

Conclusión: una agenda liberal para emprendedores

El Círculo de Consultoras de Formación en su último informe se pregunta cómo es posible que siendo España la octava economía del mundo, sus empresas sólo dediquen a formación una media de 248 euros por empleado, cuatro veces menos que los 1000 euros de las compañías europeas. El Círculo se interroga además sobre el magro 14% de cursos relacionados con la mejora de las habilidades directivas (para el sector financiero e industria, principalmente) respecto del cómputo total de cursos demandados. No obstante, ¿se ha cuestionado alguna vez el Círculo qué tipo de formación directiva se ofrece a las corporaciones? ¿Lo que se enseña, merece la pena aprenderlo - por ejemplo- en las PYMES, el 80 por ciento de los negocios de nuestro país?

Burocratismo planificador, evasión para salir del paso o despreocupación en el trabajo… ¿son los mejores mimbres con los que trenzar un buen cesto de conocimientos?

El objetivo de este artículo pretende recordar el imprescindible acervo de inteligencia de las escuelas austriaca y neoinstitucional acerca de la empresa, estimular su estudio y fomentar su inmediata puesta en práctica en los problemas de la firma. La aportación de ambas tradiciones no debe quedar oscurecida. El encogimiento de sus valedores, demasiado ensimismados en una escolástica que nunca se atreve a dar el salto al ruedo de la realidad, hace posible, en gran medida, esta apática situación.

Ante el modelo planificador no olvidemos el precio de sus procedimientos (teoría de costes); delante de entremeses pseudohistóricos opongamos el valor de la búsqueda del conocimiento donde quiera que se elabore (Mises, Hayek) y frente a la hipocresía en la oficina ofrezcamos un verdadero contrato moral (teoría de la agencia)

Sí, es urgente un management liberal, junto con las aportaciones del nuevo institucionalismo, porque los audaces ya exigen que sus empresas se conviertan de una vez por todas en una aventura racional.

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