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Europa versus USA Resea
Europa versus USA

Mercedes Odina
Espasa, Madrid, 2005
221 páginas

Un ejército europeo de intelectuales orgánicos

Por José Carlos Rodríguez

 
No siempre el título de un libro capta la intención del autor tan claramente como en el caso de Europa versus USA, publicado recientemente por Espasa. Su autora, Mercedes Odina, ha escrito un ensayo que quiere convencer al lector de que es un lelo al albur de oscuras maniobras orquestadas para venderle las ideas que interesan al poder en Washington. Si esta pretensión resulta de lo más peregrina, su propuesta alternativa causa más miedo que risa.
 
Antes de entrar en la materia del ensayo Mercedes Odina nos relata su contacto con la universidad y, en ella, con las ideas que han marcado su pensamiento. Más que el propio Marx, lo que enseñaban los profesores en las aulas que frecuentaba la autora eran los textos e ideas de Louis Althusser, Martha Harnecker y Nikos Poulantzas, entre otros. Una buena base de marxismo actualizado a las tendencias del momento que debía ofrecer a los alumnos la falsa conciencia de llegar a un conocimiento profundo del mundo.
 
La satisfacción de haber dado con la clave de los procesos sociales, la conciencia de estar en un mundo dividido entre el bien (o el progreso, en su léxico) –representado por quienes han accedido a ese conocimiento- y el mal, el propio carácter extracientífico del marxismo –que protege de la dura realidad a quienes lo dominan-... todo ello ha de haber creado en la mente de Mercedes Odina, y en tantos otros, un sentimiento de dominio de la verdad, de posesión de la moral, de superioridad que puede resultar embriagador. No es de extrañar que, hablando de su aprendizaje en la universidad, diga que “el recuerdo de la emoción es siempre más intenso y más caliente que el del intelecto”.
 
El paso por el “posmarxismo, el estructuralismo, la semiótica, el posestructuralismo y el deconstructivismo”, en su propia enumeración, debió de ser duro. Por eso se advierte un tono de liberación cuando explica su última patada intelectual recibida en la universidad, esta vez a cargo del posmodernismo de Lyotard. Un “discurso (...) fácil, cauteloso, escéptico”, que bien agitado en la coctelera con el resto de brebajes permitió a Odina y al resto de sus compañeros salir de la facultad “cargados de ironía”. “No éramos cultos, ni eruditos, ni estábamos bien formados a nivel intelectual”, añade, pero sí estaban lo suficientemente confusos –entiendo yo- como para recurrir al cinismo si la cautela no queda a mano.
 
No he mencionado que Odina llega a la universidad recién muerto Franco, con profesores de mediana edad empapados de toda la literatura marxista, que transmitieron a sus alumnos. En su relato echo de menos una explicación de cómo llegaron esos profesores a formarse sus ideas en plena dictadura.
 
En este ensayo Mercedes Odina confunde repetidamente la anécdota con la categoría. Quizá por eso la cuestión de fondo, la idea de lo que es Occidente, queda reducida a la nada. Odina se muestra horrorizada cuando comprueba que, en la definición que de Occidente dio, en 2001, la Academia Española, EEUU ocupa el lugar que previamente se asignaba a Europa, esto es, el centro.
 
Mercedes Odina se lleva las manos a la cabeza porque escribe desde un odio visceral a los Estados Unidos, propio de un corresponsal de TVE en aquel país (precisamente eso fue, en su momento, la autora). Pero no se toma la molestia de proponer una definición, quizá porque le obligaría a hacer mención, junto con la herencia clásica, al Cristianismo. Así que se desembaraza de la cuestión, que en el fondo le estorba, para plantear la existencia de dos bloques continentales que se identifican con bloques intelectuales: los que opone en el título. Esta identificación de distintos territorios con distintas ideas, que ya sufrió la Europa de la Paz de Augsburgo bajo el slogan de Cuius regio eius religio, resulta de lo más retrógrado. Pero Odina se aferra a ella con total desenvoltura; no ya como descripción de los hechos, sino como propuesta.
 
La obra está construida desde la mitología y la patología marxistas. Además del sempiterno y obligado odio por los Estados Unidos (en la página 170 se suelta el pelo y le llama "enemigo"), el lector se encuentra con otras servidumbres marxistas, como que las ideas se explican desde la estructura; una estructura donde andan machihembrados el economicismo y el poder político. Esa confluencia de poder político y económico, que se mueve por su propia lógica, es la base –en este esquema- de las ideas que Washington logra vender a Europa. Éste es el objeto de estudio. Y hallar el porqué de tan ominosa invasión será la mala justificación de las siguientes páginas, pese a que en la número 12 –pero la segunda del ensayo– dice Odina que para tan extraño fenómeno "no existe ninguna explicación coherente”.
 
Si bien ese pronto reconocimiento de fracaso no hace mella en su ánimo, quizá le hubiera debido llevar a plantearse si su planteamiento era válido. En cualquier caso, ha decidido resolverlo asentando, para comenzar, las pruebas de tal hegemonía ideológica; de lo que muchos llaman "pensamiento único", que ella niega en Estados Unidos y propone, como veremos, para Europa.
 
 
El pensamiento como excrecencia
 
La primera prueba es el libro de Francis Fukuyama El fin de la Historia. En sus páginas el funcionario y pensador estadounidense (allí tienen de eso) actualiza al intérprete de Hegel Alexandre Kojève para decir que la historia ha terminado en la victoria sin alternativas de la democracia liberal. La primera conferencia de Fukuyama precede a la caída del Muro de Berlín –por la que Odina deja escapar alguna mueca de dolor–, pero sus ideas se rubrican con aquélla. La autora critica simplemente el contenido del libro basándose en autores tan prestigiosos como Noam Chomsky. Y luego da cuenta de su éxito mundial, que relaciona vagamente con la confluencia de la teoría neohegeliana y los intereses de los USA. No obstante, el libro de Fukuyama recibió críticas, a izquierda y derecha, en Estados Unidos y en Europa.
 
Su argumento está más refinado cuando expone cómo los atentados del 11 de Septiembre arruinan el prestigio de la idea de Fukuyama y asientan el del choque de civilizaciones de Samuel Huntington. En ese momento, nos advierte Mercedes Odina, se impone desde Washington otra consigna con acrítica aceptación por los europeos. Para demostrar que algún oscuro mecanismo situó El choque de civilizaciones en el centro del debate, la autora nos dice que había otras opciones, como Yihad vs McWorld, de Benjamin Barber, en Estados Unidos, o la obra de Gilles Kepel, en Europa.
 
Si la de Huntington marcó parte del debate mundial en los años siguientes se debió a que "fue elegida como la teoría que convenía exportar", ya que "Huntington ofrece una justificación ideológica acorde con los intereses de la administración Bush". Llega a identificar el pensamiento de Huntington con el de George W. Bush, pese a que el presidente norteamericano ha manifestado en innumerables ocasiones que el Islam no es en sí condenable y que es compatible con una convivencia pacífica.
 
Resulta sorprendente la facilidad de la izquierda para formular estas teorías conspiranoicas. Debe de ser un efecto secundario del marxismo; o un efecto retardado, como las sobrevenidas alucinaciones de los ex consumidores de LSD. Esa creencia en que las opiniones, los mensajes, las ideas están elaboradas desde un oscuro despacho según los dictados de ciertos intereses no puede ser más deshonesta. En primer lugar, porque –como toda teoría conspiratoria– está por encima de cualquier intento de confirmación o refutación por los hechos y, en segundo lugar, porque jamás se hace siquiera el intento de ofrecer los datos en que se basa tal teoría.
 
A lo más que se llega es a ofrecer una explicación general, sin ningún valor y sin ninguna prueba. Dice Odina: "La cuestión se reducía a tomar ciertas producciones intelectuales (las que más le interesaban al dinero y al poder estadounidense) y reconvertirlas en superproducciones intelectuales de éxito masivo y mundial". Las ideas estadounidenses venden de la misma forma que las películas de Hollywood. Las nuevas tecnologías favorecen la aceptación de ideas importadas. Naderías. Lo que no explica la autora es cómo es posible que las ideas que surgen de la Meca del cine americano sean, por lo general, netamente antiamericanas. Quizá porque este hecho no lo explica su pobre modelo.
 
 
Intelectuales al servicio del poder
 
Mercedes Odina quiere protegernos de esta ola de pensamiento, siguiendo una inveterada tradición, y para ello cuenta con una estrategia. Que pasa, en primer lugar, por la formación de un pensamiento netamente europeo. ¿Y qué es eso? En lógico paralelismo con el estadounidense, un pensamiento que responda a nuestros intereses. Contra el americano Huntington, Odina propone como alternativa a Gilles Kepel, que "ofrece una justificación ideológica acorde con la dirección política de la Unión Europea". Puesto que sólo una Europa unida podría hacer frente al poder americano, lo que necesitamos es una "tribu de pensadores europeos" al servicio de la UE. Ya se sabe, los intelectuales han de estar al cobijo, y al servicio, del poder.
 
Sigue Odina: "Ante el pensamiento hegemónico norteamericano, no hay pensadores franceses, alemanes, belgas, españoles o italianos que valgan; solo puede haber pensadores europeos". Hace notar que, mientras se habla de una política exterior y de seguridad común europea, incluso de un "espacio social europeo", todavía "no se ha planteado la necesidad de un espacio cultural común". "Y así nos van las cosas", se lamenta.
 
Crear este ejército de pensadores "exige mucho esfuerzo político y económico; una gran capacidad de decisión conjunta y el empleo de importantes grupos operativos dentro de una determinada sociedad". Es decir, el proteccionismo llevado a las ideas. La excepción cultural. La connivencia de los intelectuales con el poder, del poder con los medios, de los medios con los intelectuales.
 
En toda esta estrategia, ¿qué hacer con la libertad? Ponerla bajo vigilancia. ¿Y con la verdad? Imponerla. ¿Y con el ciudadano? Aleccionarlo convenientemente... y protegerlo de ideas extrañas. El análisis tardomarxista, que identifica las creencias no con juicios individuales, no con manifestaciones de la voluntad de la persona, sino con imposiciones provenientes del poder, ha llevado a Mercedes Odina al cinismo de proponer un espacio propio donde los intelectuales sirvan a un poder, el europeo, como contrapeso de otro, el americano.

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