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Las culturas y sus consecuencias

Por Daniel Rodríguez Herrera

Cuando el economista Lawrence Summers, presidente de Harvard, dijo en una conferencia que, según un estudio, las diferencias entre el desempeño matemático de hombres y mujeres podrían ser debidas a causas genéticas y que habría que investigar más el asunto, se levantó la caza de brujas. Una bióloga aseguró, con gran rigor científico, que este tipo de cosas le ponían enferma y se negó a escuchar más. La inquisición universitaria y mediática obligó a Summers a pedir disculpas por proponer una posibilidad, sin afirmar siquiera su certeza.

Hace diez años un libro titulado The Bell Curve[1] provocó una histeria aún mayor, al indicar que las diferencias en los test de inteligencia entre negros y blancos podían deberse a la herencia genética. Pese a que la obra estaba dedicada principalmente a mostrar el alto grado de correlación entre los tests y numerosos fenómenos sociales, desde el éxito académico a la mortalidad infantil, se tomó como base el capítulo dedicado a las diferencias entre razas para destruirla, sin que se examinase siquiera si tenía una base científica suficiente. Al contrario que la intelligentsia, Thomas Sowell examinó los datos ofrecidos para llegar a la conclusión[2] de que no eran suficientes para probar la teoría, aunque reconoció tanto la honestidad del libro como los aciertos presentes en los capítulos anteriores.

El problema es que para muchas personas, los ungidos, es un dogma de fe que todos somos iguales, y que, por tanto, si no hubiera discriminación nuestros resultados serían los mismos: habría igual número de mujeres que de hombres en altos cargos, los negros estarían representados en las mejores universidades con porcentajes similares a los de su población en Estados Unidos, etcétera. Sin embargo, Sowell examina este problema desde una óptica mucho más realista: una representación paritaria no es lo normal. De hecho, no se ha dado nunca. En todas las etapas de la historia de la humanidad ha habido naciones más ricas que otras, y grupos dentro de dichas naciones más prósperos que otros. Es más, a lo largo de los siglos, ni los ricos han sido siempre los mismos ni lo han sido los pobres. ¿No sería más productivo preguntarse por las razones de estos hechos, en lugar de tomar afirmaciones discutibles como dogma de fe previo? Porque si bien es cierto que la discriminación puede formar parte de la explicación, no se puede asumir que sea la explicación por completo.

Para explicar las diferencias de ingresos se han escrito teorías que parten del supuesto de que existe una suerte de producción mundial más o menos invariable, de la que se nutre todo el mundo; el problema, por tanto, es la distribución de la riqueza, de lo que se concluye que si unos tienen menos es porque otros tienen más.[3] Sin duda, la más famosa ha sido la teoría del imperialismo de Lenin, aunque actualmente la más dañina sea la del "tercermundismo", perennemente de moda en Hispanoamérica. Pero estas teorías olvidan que la prosperidad se basa en los bienes producidos, que la mayor parte de la producción se consume en el mismo lugar donde se produce y que existen grandes diferencias de capacidad productiva entre unos lugares y otros.

Aunque en numerosas ocasiones unos países han explotado a otros, lo cierto es que la descolonización africana, entre otros hechos históricos similares, muestra que cuando los pueblos dejan de ser dominados por otros el resultado no es necesariamente un progreso inmediato, sino que muchas veces se produce una regresión que, si atendemos al ejemplo de la Inglaterra abandonada por los romanos, puede durar hasta un milenio. Por tanto, para explicar la mayor prosperidad de unas naciones con respecto a otras la distribución no debe ser el objeto central del análisis, sino la creación de riqueza, así como las causas que, dentro de que cada país, llevan a producir ésta mejor o peor.

Culturas

El estudio de las razas y sus diferencias es, posiblemente, el trabajo al que más importancia y tiempo ha dedicado Thomas Sowell en su vida. Tras varios estudios previos, como Race and economics, Markets and minorities y Ethnic America, dedicó una extensa trilogía a la cuestión: Race and culture, Migrations and cultures y Conquests and cultures, a lo que hay que añadir la coda que supone su estudio sobre la discriminación positiva: Affirmative action around the world.

Según Sowell, para estudiar en este sentido a los distintos grupos étnicos o, mejor dicho, culturales se puede partir de dos puntos: 1) que el comportamiento de aquellos sea modelado por el entorno social y las instituciones, o 2) que lo sea por los propios patrones culturales internos. No es un cara o cruz: los patrones culturales de un grupo pueden haberse desarrollado gracias a un entorno social determinado, pero es posible que dicho entorno se sitúe a miles de kilómetros y se conserve luego en sociedades muy distintas.

Este hecho y esta perspectiva es la que demuestra Sowell en su investigación, en la que examina el destino de inmigrantes alemanes, chinos, japoneses, judíos, italianos e hindúes por todo el mundo, así como el resultado de las conquistas sufridas y realizadas por ingleses, africanos, eslavos e indios americanos en la formación de las características de las culturas tanto de los conquistadores como de los conquistados. La relación entre razas y culturas no es biunívoca, como tampoco lo es la que se da entre culturas y naciones; sin embargo, la coincidencia, en muchas ocasiones, entre ambas provoca que Sowell las emplee a veces como sinónimos.

La definición de cultura no se ajusta a la de la "alta cultura", la de las artes, sino a los comportamientos, valores y costumbres que se han dado en llamar “capital humano” –las habilidades técnicas, las capacidad de ahorro o las actitudes frente al trabajo, la violencia, el riesgo, la educación y la empresarialidad– y que permiten conformar el modo en que nos enfrentamos a la banal tarea de sobrevivir. Estas características no se reparten de modo homogéneo por el mundo, y aunque no se pueda identificar a una persona por el grupo cultural al que pertenece, tampoco resulta lógico despreciar el dato como un mero tópico. Las culturas existen, y sus consecuencias también; probarlo es la tarea que ha llevado a Sowell a recorrer el mundo para obtener de primera mano las evidencias.

Hay grupos que tienen más éxito que otros: trabajan duro, lo hacen bien en la escuela, y si emigran a otro país los hijos tendrán éxito en la vida, a menos que se tomen fuertes medidas políticas para evitarlo (y, en ocasiones, a pesar de dichas medidas). Los chinos han tenido ese comportamiento en Estados Unidos, Asia y Sudamérica, y en cualquier país donde hayan emigrado. Alemanes, japoneses, judíos del este de Europa e hindúes también han tenido conductas parecidas. Es fácil despreciar tales características como un mero estereotipo cuando se estudia a un grupo en un solo país, pero resulta más difícil hacerlo cuando se observa en aquél el mismo comportamiento a lo largo y ancho del mundo. Tampoco convencen las explicaciones marxistoides de que la sociedad les impone un rol específico. Porque, ¿cómo es que en lugares tan distantes en todos los sentidos como Estados Unidos, África o Malasia los chinos hayan regentado esas tiendas de ultramarinos que en España llamamos "chinos" y que ya eran denominadas así en el Perú de los años 50? ¿Cómo se ha "impuesto" a los alemanes en todo el planeta el rol de fabricantes de pianos y cerveza?

No obstante, este capital cultural no es el único factor a tener en cuenta a la hora de certificar la mayor o menor prosperidad de un país. Así, por ejemplo, los cuarenta millones de chinos que viven fuera de su tierra producían, hace poco más de una década, más o menos lo mismo que los mil millones que se quedaron allí. Ello es debido a la ausencia de derechos de propiedad y de un Estado de Derecho confiable en la China comunista.

Sin embargo, explica la razón por la que grupos distintos reaccionan de forma diferente ante el mismo marco institucional. En Estados Unidos los grupos culturales han mostrado distintos patrones de conducta: los irlandeses buscaron su fortuna más a través de la política que del trabajo y la empresarialidad, mientras que otros, como los chinos y los japoneses, hicieron lo contrario.

Minorías de intermediarios

Un ejemplo de la importancia del capital humano es la aparición en numerosos países de minorías que logran una importancia desmedida como intermediarios, cuya función es llevar los bienes desde el productor hasta el consumidor. Forman parte de dicho tipo de actividad desde comerciantes callejeros hasta prestamistas internacionales.

Ha sido común en muchos lugares y en culturas distintas el que una minoría realice esa labor con mucha mayor eficacia que los grupos mayoritarios. Estas minorías, en principio, no parece que tengan que ver mucho entre sí: libaneses, chinos, judíos, los ibos en Nigeria... Pero de lo que sí disponen es de un capital cultural similar: la experiencia, la capacidad de trabajo, el conocimiento y la confianza dentro del mismo grupo necesarios para realizar tal labor mucho mejor que el grupo cultural mayoritario.

Las relaciones entre el grupo minoritario de intermediarios y los grupos mayoritarios muestran fricciones, y llegan a presentarse situaciones de extrema violencia entre ellos incluso en la actualidad. Aunque el primero no esté formado principalmente por intermediarios, el tener un éxito apreciable en esa actividad ha exacerbado la intensidad del odio en su contra. La razón que ofrece Sowell es que realizan una actividad económica que ha sido malentendida y condenada a través de la historia, independientemente de quién la haya realizado, como mero parasitismo. Por lo tanto, al recelo habitual hacia culturas distintas se añade el recelo hacia el comercio y la banca.

Si el intermediario no hiciera ninguna contribución importante podría desaparecer sin más: los consumidores podrían comprar directamente en tiendas abiertas en o por las fábricas y todos saldrían beneficiados. Gobiernos de todo el mundo han expropiado y expulsado en masa a estas minorías bajo el supuesto de que son superfluas, lo que inmediatamente ha conllevado subidas de precio y elevación de intereses. Esto es debido a que es la especialización del intermediario, que aprende mejor a manejar inventarios, tratar con clientes, etcétera, lo que termina bajando los costes de las transacciones económicas. Si no fuera así, ni sus clientes ni los fabricantes harían negocio con ellos, por lo que terminarían realizando intercambios directos. Y, ciertamente, si los intermediarios fueran inútiles no estarían leyendo ustedes este ensayo, sino directamente los libros de Sowell en que se basa.

Los intermediarios pertenecientes a una minoría florecen donde la población local no genera sus propios intermediarios o, más habitualmente, cuando los intermediarios locales no son especialmente competitivos. Las minorías suelen ofrecer precios más bajos y mejores condiciones de crédito operando con márgenes menores. Es un trabajo duro y arriesgado, que requiere para competir bien sobrevivir de forma frugal hasta que el volumen de negocios alcance una cierta cota.

El éxito de los "nuevos botiguers" chinos y paquistaníes en Barcelona es una pauta repetida cuyo éxito no es gratuito. Recuerdo cómo, hace un par de años, cuando unos ladrones asesinaron durante un robo al propietario chino de una tienda de ultramarinos en el barrio madrileño de Vallecas, los que trabajábamos en una empresa cercana nos sorprendimos al ver que la viuda volvió a abrir al día siguiente.

Del mismo modo, dar crédito requiere experiencia y agudeza para saber a quién se le presta y en qué condiciones. Además, en numerosos casos una mayor confianza dentro de la minoría ha permitido trabajar en base a la palabra dada, con lo que se han reducido los costes de transacción y mejorado tanto los precios finales como los créditos dados dentro de la comunidad. Desgraciadamente, esto lleva a incrementar la desconfianza del grupo mayoritario, que se siente discriminado.

Muchas minorías de intermediarios han dominado el comercio local en varias partes del mundo, como los hindúes y los paquistaníes en el África oriental y los griegos y armenios en el Imperio Otomano. Los judíos representaban tal papel dentro de los mundos cristiano y musulmán en la Edad Media, y especialmente llevaban a cabo la labor de intermediación entre esas dos culturas. Sin embargo, eso no significa que todos o siquiera una mayoría de estos grupos trabajaran en dicho campo. En Rusia, los armenios poseían la mayoría de las fábricas textiles de la provincia de Astracán. Los judíos han destacado en actividades de producción como la manufactura de zapatos, ropa y similares, y cuando han prosperado han dado a sus hijos la mejor educación para que se pudieran dedicar a otras profesiones.

Las diferencias raciales, religiosas, lingüísticas y de otro tipo entre las diversas minorías de intermediarios hacen notable la prevalencia de unos patrones económicos, sociales y políticos en sus relaciones con los grupos mayoritarios. Que quienes han sido tan provechosos para la sociedad sean odiados por los recipientes pasivos de los beneficios de su actividad dice mucho de la irracionalidad del ser humano.

El universo cultural

El tamaño es uno de los factores de diferenciación de las distintas culturas; no tanto el de la población como el de su universo cultural. Los pueblos aislados han mostrado muy poca vitalidad, comparados con aquellos que han estado en contacto con otras culturas. Un ejemplo claro es el de los alemanes que se establecieron en el Volga: cuando, siglos después, entraron de nuevo en contacto con otros alemanes, estos últimos se sorprendieron de no entender casi cómo hablaban y vivían, pues ni su idioma ni sus costumbres y tecnología habían cambiado. Por el contrario, un pueblo pequeño como el judío, repartido por todo Occidente y en contacto permanente con las principales culturas, ha resultado tan prominente en tantos campos y países que parece increíble que sean numéricamente menos que, por ejemplo, los kazajos.

Palabras como "provinciano" o "paleto" muestran la manera en que la sabiduría popular ha despreciado a los grupos aislados, por estar retrasados con respecto a quienes tienen contacto con un universo cultural más amplio. Buena parte del éxito de Estados Unidos se basa en la integración pacífica de millones de inmigrantes de diversas culturas, que han ido adoptando, sobre la suya, lo mejor que ofrecía la estadounidense y han aportado a ésta lo mejor de aquélla. Los intelectuales y políticos que claman por la conservación de culturas prístinas, como si las culturas fueran algo estático e inamovible, las están condenando al provincianismo y a la irrelevancia, como puede mostrar la comparación entre Valencia y Cataluña durante las últimas décadas.

Al tamaño del universo cultural de los pueblos han contribuido enormemente diversas características geográficas. Si bien siempre se destaca la importancia de los recursos naturales, no se suele mencionar tanto la que tiene la existencia de rutas navegables para el transporte de los mismos y la comunicación con otras culturas. Hasta la invención y puesta en marcha del ferrocarril, los costes del transporte terrestre excedieron enormemente los del acuático, hasta el extremo de que San Francisco tenía una comunicación más barata y rápida con algunos puertos de China que con Missouri. La importancia de las rutas comerciales navegables puede quedar clara con el dato de que, a principios del siglo XIX, cuatro quintas partes de la población vivían en la costa.

Las distintas regiones del mundo no han disfrutado de las mismas facilidades para ese transporte barato. África, pese a su tamaño, tiene la mitad de longitud de costa que Europa, y carece casi por completo de puertos naturales; no ha disfrutado de más ríos navegables hasta el mar que el Nilo, y tiene además un desierto enorme, el Sáhara, que impide el contacto del norte con el centro y sur del continente. Por eso ha padecido siempre una gran fragmentación cultural, demostrable en el hecho de que, pese a albergar al 10% de la población mundial, aporta un tercio de los idiomas.

En América, en cambio, un factor crucial en la reducción del universo cultural era, antes de la llegada de los europeos, la falta de animales de carga. Incluso los grandes imperios tenían un control relativo sobre las tierras que se alejaran un poco de la capital. Por otro lado, la forma del continente limitaba el conocimiento agrícola y ganadero; y es que, mientras en Europa éste se podía transmitir de este a oeste y viceversa, tanto los animales como las plantas variaban mucho de norte a sur, lo que afectaba negativamente a la extensión en que el conocimiento era útil.

Un territorio que provee de comida con facilidad puede ser visto como una ventaja, pero los grupos que han disfrutado de ella padecen a largo plazo de poca capacidad de trabajo y sacrificio, cualidades que culturas como la japonesa, cuyo archipiélago resulta poco fértil, disponen en gran cantidad. Por eso suelen sobrepasar con facilidad el desempeño de los nativos cuando emigran a lugares más aptos para el desarrollo. Por su parte, las naciones europeas que tenían que lidiar con el difícil Atlántico acabaron siendo los grandes poderes navales, frente a los países que sólo disponían de un tranquilo Mediterráneo por el que navegar. En ambos casos, las ventajas a corto plazo pueden acabar resultando, a la larga, inconvenientes.

No obstante, aunque la geografía tenga mucho que ver con las opciones disponibles para los pueblos, no dicta lo que éstos harán con las oportunidades que se les presentan. Los chinos llegaron medio siglo antes que Colón a América, pero al no establecer colonias su descubrimiento fue una nota al pie en la historia de la humanidad.

Difusión cultural

Los cambios dependen del tamaño del universo cultural, que coloca los pueblos ante una menor o mayor exposición a otras formas de vivir. Los cambios tecnológicos del último siglo, especialmente en el campo de las telecomunicaciones, están aumentando dicho universo. Sin embargo, además del comercio, los dos grandes procesos que durante el resto de la historia han permitido confrontar distintas culturas han sido las migraciones y las conquistas.

La inmigración ha sido crucial para el desarrollo de muchos países; Estados Unidos es el ejemplo más notable. Los portugueses gobernaron Brasil durante siglos, pero fueron incapaces de crear otra cosa que una cultura de plantaciones y esclavos. Muebles, sal, azúcar, puertas, libros... todo tenía que ser importado. No es hasta la llegada de inmigrantes italianos, alemanes y japoneses que el comercio y la industria se desarrollan, un patrón común en casi toda Sudamérica. En este caso, además, la cultura venida de fuera logró influir, aunque sólo parcialmente, en parte de la élite portuguesa; en otros, la cultura extranjera se diluye en la del país de recepción o se mantiene aislada. Un elemento crucial para determinar ese futuro es la ratio entre hombres y mujeres entre los inmigrantes, así como el aislamiento de los enclaves de inmigrantes del resto de la población.

No obstante, han sido las conquistas las mayores responsables de la difusión cultural a lo largo de la historia. Europa es herencia cultural de Roma. Quizá en ningún sitio como en Gran Bretaña se notaron los efectos de este imperio. Rescatados de la prehistoria, con los romanos construyeron carreteras y sus primeros edificios en piedra. En el siglo VI, tras la marcha de los romanos en el anterior, los edificios estaban ya en ruinas y la vegetación invadía lo que antes habían sido vibrantes asentamientos humanos.

Sin embargo, en muchas ocasiones las conquistas no han durado lo bastante, o abarcado suficiente territorio, como para ser culturalmente significativas, y en algunos casos han supuesto claros retrocesos.

Cuando la transferencia cultural se da con pueblos conquistadores mucho más avanzados, la reacción de los conquistados ha sido ambigua, de imitación, admiración, odio y violencia. Lo que sí está claro es que, dentro de una misma cultura conquistada, quienes antes se vieron expuestos a la cultura superior han tendido a ser los más destacados de su pueblo en aquellos aspectos en que los conquistadores eran mejores. Los ingleses, los primeros en ser conquistados, fueron la parte más avanzada de las islas británicas. En Ceilán, los sinaleses que fueron conquistados antes por los británicos siguieron superando al resto de su etnia varias generaciones más tarde.

La distinta receptividad a nuevas maneras de hacer las cosas ha sido especialmente importante a la hora de adoptar los mejores logros de otras culturas. El caso ejemplar es, sin duda, el japonés, pero no es el único. En Ceilán los tamiles fueron los primeros en ser educados en las misiones cristianas, al carecer de la barrera religiosa que los budistas sinaleses interponían entre ellos y la instrucción occidental. Aunque Inglaterra conquistó Gales, Irlanda y Escocia, sólo esta última fue capaz de desarrollar su propia clase emprendedora e investigadora y ofrecer a la humanidad los trabajos de Adam Smith, David Hume o James Watt.

Los efectos de la conquista no se han limitado a los pueblos conquistados. En numerosas ocasiones los conquistadores se han diluido entre los conquistados, como los normandos en Inglaterra o los diversos conquistadores de China. Asimismo ha sucedido que la principal ventaja de los conquistadores fuera de tipo militar y que en muchos aspectos fueran inferiores a quienes conquistaban, como sucedió en el caso de Gengis Kahn o en el de los romanos en Grecia.

No obstante, también dependía bastante del carácter de los conquistadores y de sus intereses el tipo de transferencia cultural que tenía lugar. Era frecuente que el interés en lo militar y el poder llevase a un cierto desdeño de las actividades económicas básicas, esas que nos alimentan y visten, tanto entre los españoles como entre los otomanos. La importancia de idiomas como el inglés, el francés y el español en el mundo es también reflejo del poco interés de los conquistadores en aprender la lengua de los conquistados, y del esfuerzo de estos últimos por entrar en la élite mediante el aprendizaje del idioma necesario para ello.

En general, cuando se dice que la dominación alemana de Camerún conllevó tanto numerosas obras públicas como numerosos actos de brutalidad se está contando buena parte de la historia de casi todas las conquistas.

Otros factores culturales de prosperidad

Además del capital cultural, Thomas Sowell analiza y distingue otros factores de influencia de carácter no económico en la prosperidad de los pueblos. Uno de ellos sería el capital humano negativo, que vendría a ser el reverso tenebroso del capital cultural: si éste consiste en ideas y actitudes favorables a la producción, aquél son las ideas y actitudes prevalecientes en la población contrarias al progreso.

Un buen ejemplo de dichas actitudes es la aversión al trabajo manual, tantas veces asumida por quienes disponen de una educación universitaria; otro, el rechazo aristocrático a la burguesía que ha prosperado por medio de la industria y el comercio. El nacionalismo en sí no tiene por qué formar parte del capital humano negativo, mientras no lleve a renegar de la realidad de una posible superioridad tecnológica y cultural de otros pueblos, como sucede a menudo, y facilite el esfuerzo común para hacer progresar el país asumiendo su retraso momentáneo con respecto a otros, como sucedió en Japón.

Los marcos culturales, definidos como los aspectos institucionales del país, son asimismo un factor importante, como ha demostrado con su trabajo Hernando de Soto. Las leyes y costumbres políticas afectan a la actividad económica. El reconocimiento de la propiedad y la confiabilidad y estabilidad de las leyes son imprescindibles para el desarrollo, que puede ser frenado por regulaciones e impuestos excesivos. La honestidad y honradez con que se traten los asuntos privados y públicos no es algo menor, como muestra la correlación entre corrupción e ingreso y productividad. También afecta a la prosperidad del país la accesibilidad y aceptación de influencias externas, pues el progreso es en buena parte un proceso de difusión cultural.

La élite intelectual es otro de los factores que afectan al desarrollo. Muchos de los países del Tercer Mundo iniciaron su independencia bajo la conducción de personas carismáticas y educadas pero sin experiencia en asuntos económicos y con gran aversión a todo aquello que mejorara la productividad; personas frecuentemente influidas por ideologías de tipo marxista. Su influencia en el desastroso comportamiento de tales países tras la descolonización no puede ser despreciada.

La maldición de los universitarios

La educación, especialmente la universitaria, es en apariencia un deseo universal. Pero dicho deseo presenta unos matices importantes dependiendo de las culturas. Mientras que para la prosperidad resultan imprescindibles las habilidades tecnológicas y empresariales, en multitud de culturas el deseo de una educación superior se dirige a carreras más sencillas y menos útiles. Por ejemplo, unas investigaciones en universidades chilenas y brasileñas mostraron que los estudiantes nativos cursaban carreras tradicionales, como Leyes y Medicina, mientras que los de familias de inmigrantes estaban fuertemente concentrados en las ingenierías. Como resultado, la industrialización en esos países fue llevada a cabo en gran medida por inmigrantes y extranjeros. En Malasia, tras décadas de medidas estatales para apartar a las minorías china e hindú y facilitar a los malayos la entrada en las carreras técnicas, el Gobierno se encontró no con esas plazas cubiertas por nativos, sino con plazas vacías y una gran carencia de profesionales.

Cuando una cultura mantiene esta preferencia los estudiantes buscan frecuentemente, con sus estudios, entrar a trabajar en el Gobierno. En la India tres cuartas partes de los estudiantes han terminado por ingresar en las filas de la burocracia. Los que no lo consiguen adoptan, no obstante, un sentimiento de superioridad que les lleva a no aceptar trabajos manuales: en 1960 había allí más de un millón de graduados universitarios desempleados y mantenidos por sus familias. La educación universitaria, por tanto, no conlleva necesariamente un mayor desarrollo del país. De hecho, puede aumentar su inestabilidad política, pues se encontrará con una casta que se siente con derecho a unos empleos y beneficios que no merece por sus habilidades.

Los logros científicos, matemáticos y de ingeniería requieren más de la cultura que les rodea que los literarios o políticos. De ahí que muchos países subdesarrollados tengan nombres bien conocidos en esa segunda nómina y no en la primera. La inclinación hacia carreras fáciles mueve a los talentos locales hacia la política, que sustituye así a la producción en sus preocupaciones. Por eso es más frecuente en naciones y grupos étnicos rezagados el refugio en la política y la ideología como solución a los problemas, el entronizamiento de líderes demagogos y carismáticos que no ofrecen ninguna solución real a los problemas. Todo ello es promovido por universidades que dan diplomas pero no enseñan habilidades.

Economía y culturas

Aunque el hecho de la existencia de diferentes culturas no cambia las leyes de la economía, lo cierto es que éstas se han pensado en relación a grupos homogéneos, y el estudio de la heterogeneidad de las sociedades donde conviven varios grupos distintos lleva a formular nuevas relaciones de causa y efecto que amplían las que ya conocemos.

Muchas minorías, como los inmigrantes chinos, japoneses e italianos, han comenzado en los peores empleos disponibles, con las pagas más bajas, para ir mejorando a lo largo de sus vidas y las de sus hijos. Tal mejora debe distinguirse de la de los profesionales que al emigrar trabajan de camareros o albañiles mientras procuran volver a dedicarse a aquello que hacían en sus países de origen, como puede pasar con bastantes cubanos que emigraron a Estados Unidos tras el triunfo de Fidel Castro. Por ejemplo, hubo numerosos italianos que se desempeñaron como limpiabotas en Nueva York o Río de Janeiro; por supuesto, los intelectuales calificarán éste de empleo sin salida, lo que conlleva entrar en un círculo vicioso de pobreza del que no se puede salir. Sin embargo, aquellos salieron, gracias al ahorro y la frugalidad.

La segregación en el empleo consiste en la actuación deliberada de los empleadores que prefieren no mezclar grupos culturales distintos entre sus empleados; no debe confundirse con la distinta representación numérica de los grupos en un campo determinado. No existe, así, segregación de hispanos o japoneses en el baloncesto, donde literalmente no dan la talla. Sin embargo, los empleadores estadounidenses aprendieron pronto que tener en las mismas cuadrillas a italianos e irlandeses creaba tensiones y peleas, por lo que terminaron por contratar sólo a miembros de uno de esos grupos.

Y aunque no haya tensiones o peleas, puede darse el caso de que sean incompatibles. Cuando la semana laboral duraba seis días resultaba costoso mezclar judíos y gentiles dentro de una misma plantilla, pues la jornada de descanso era el sábado para los primeros y el domingo para los segundos. Así, lo normal era que las plantillas estuvieran conformadas exclusivamente por judíos o por gentiles, fuera gentil o judío el dueño y sin tener en cuenta si unos u otros eran mejores trabajadores; eso sucedía tanto en la Rusia zarista como en Nueva York.

La segregación a la hora de tener un techo ha sido siempre más frecuente que en el trabajo. Los inmigrantes han tendido siempre a formar sus propias colonias; los barrios chinos, presentes en innumerables ciudades del mundo, son el mejor ejemplo, aunque no el único: italianos de comarcas concretas han llegado a viajar miles de kilómetros para vivir entre italianos de su misma comarca, pero en Australia. Estos guetos les han permitido convivir con personas del mismo idioma y costumbres y no sentirse aislados del mundo, como podría ocurrir si estuvieran diseminados aleatoriamente por el país de acogida, aunque han retardado su aculturación. Gran parte de las divisiones no han sido tan visibles como la separación entre blancos y negros, pero han existido siempre. Todo el mundo tiende a vivir con sus semejantes, no sólo de raza, también de ingreso, educación, religión o forma de vida.

La discriminación laboral es más fácil de definir que de establecer en los hechos. Existen numerosas realidades que llevan a discriminar a empleados de diferentes culturas. Si tal discriminación no tuviera base real y se pagara a los miembros de un grupo étnico particular menos de lo que merecen, los costes de producción subirían arbitrariamente y los competidores tendrían un gran incentivo para contratar a esos trabajadores y superar a la competencia. De ahí que en Sudáfrica los empresarios blancos se esforzaran por burlar al Gobierno y emplear en las mejores condiciones posibles a los trabajadores negros, a pesar de que es probable que compartieran las mismas teorías raciales que sus vecinos. En la Norteamérica sureña, tras la guerra civil, los blancos organizaron cárteles para impedir la contratación de negros, pero al quedar, por su actuación, la labor de éstos infravalorada en el mercado resultó tremendamente beneficioso romper dichos cárteles y contratarlos, provocando la desesperación de quienes proponían esas medidas. Estos incentivos no existen cuando los empleadores no sufren las consecuencias del racismo, de ahí que haya sido frecuente que los monopolios y los gobiernos hayan sido los mayores discriminadores.

No obstante, un tipo distinto de discriminación, individual, puede suceder cuando un grupo es en general menos productivo que otro. Los irlandeses que vivían en EEUU en el siglo XIX tendían a beber más, a ser más problemáticos y menos productivos que los demás. Sin embargo, eso no significa que no hubiera irlandeses tan productivos como el que más. Desgraciadamente, los costes de distinguirlos del resto eran lo suficientemente altos como para que proliferaran los carteles de "No aceptamos irlandeses". Por más injusto que sea, eso no nos debe llevar a pensar que las menores ganancias de los irlandeses como grupo en aquella época fueran debidas a la discriminación racial.

Una forma en que dichos individuos han logrado, pese a todo, prosperar ha sido el autoempleo. Hubo judíos comerciantes que comenzaron en la calle con una carretilla o una mochila y ahorraban para comprar una pequeña tienda, e italianos en todo el mundo que actuaban de músicos callejeros: los más talentosos lograron hacer una carrera. Más común fue la realización de trabajo en casa, a menudo con la participación de toda la familia –niños incluidos–, sobre todo en la industria textil. Se denunció como explotación, pese a que el margen de los supuestos explotadores era magro y muchos fueron a la ruina. El resultado fue la disponibilidad de ropa a un precio más bajo que nunca, de modo que los trabajadores humildes pudieron comprar vestimenta de primera mano por primera vez a finales del siglo XIX.

Las actuaciones del Gobierno en el mercado laboral también deben estudiarse en relación con su aplicación a poblaciones heterogéneas. Si la instauración de una ley de salario mínimo es bien sabido que produce desempleo, al elevar artificialmente el precio del trabajo y reducir su demanda por parte de los empleadores, cuando se aplica en un entorno con múltiples grupos culturales serán los menos productivos de entre ellos quienes sufrirán más el paro resultante. Eso fue lo que les sucedió, por ejemplo, a los adolescentes negros norteamericanos con las leyes de salario mínimo de los años 50. En ocasiones incluso se hizo a propósito para lograr tal efecto, como en Sudáfrica durante los años 20.

Si el Gobierno hubiera dispuesto leyes antidiscriminatorias durante la época de la semana laboral de seis días para impedir la segregación de judíos y gentiles, los costes asociados a tener plantillas mixtas no hubieran desaparecido, pese a la obligación de mantenerlas. Por tanto, los empresarios habrían tenido un gran incentivo para burlar la ley, por ejemplo, moviéndose a lugares donde hubiera sólo trabajadores gentiles o sólo judíos. De hecho, se acusó a muchas empresas de "huir" de vecindarios negros tras las leyes antidiscriminatorias de los años 60.

También los Gobiernos pueden discriminar por razones de raza o religión, proveyendo sus servicios de distinta forma, ordenando discriminar al sector privado o logrando que la ley no trate por igual a todos. En estos casos resulta conveniente que el Gobierno sea pequeño, y sin posibilidad de expansión, para reducir los efectos de la discriminación. Sudáfrica pudo ser mucho más efectiva que la Norteamérica sureña tras la guerra civil por el mayor rol que desempeñó allí el Gobierno.

Numerosas minorías (inmigrantes italianos, judíos, chinos, libaneses o hindúes) han sacrificado un buen alojamiento para poder ahorrar más. No es que no les importara tener una buena casa, sino que preferían otras cosas. De hecho, cuando los italianos lograban ahorrar lo suficiente como para traerse la familia solían invertir todo su esfuerzo en la compra de un hogar. En Estados Unidos los legisladores implantaron medidas de mejora forzosa de sus condiciones de vida, obligándoles así a gastar más en eso. Presentaban las mejoras como un éxito, cuando en realidad habían forzado a los inmigrantes a no dedicar sus esfuerzos a los objetivos que más valoraban, como invertir en pequeños negocios o en la educación de los hijos. Los políticos reducían sus opciones, pero lo presentaban como una mejora para los afectados.

Discriminación positiva

Una de las armas más populares en la lucha contra la discriminación racial o sexual ha sido la llamada “discriminación positiva”, consistente en forzar la igualdad de los distintos grupos étnicos mediante la ley. Casi todos los que se declaran a favor o en contra de la discriminación positiva están a favor o en contra de la teoría, pero nadie suele examinar los resultados prácticos de su aplicación para decidir. Sowell repasa la historia y consecuencias de la misma en varios países y nos ofrece una base empírica con la que juzgar.

India es el país en que primero se implantaron estas políticas, y el que dispone de mejores estadísticas para estudiar sus efectos, pues están separadas no sólo por castas sino por subcastas de todo tipo. Aquéllas empezaron a aplicarse en tiempos coloniales, y se incluyeron en la Constitución de 1947. Estaban diseñadas para luchar contra la discriminación sufrida por los intocables (16% de la población). Si hay un caso que parezca justificar que se adopten estas medidas es el de los intocables: no pueden tocar a los indios de otras castas (prohibición que atañe, en ocasiones, incluso a la sombra que proyectan sus cuerpos), no pueden sacar agua de los mismos pozos que los demás y pueden tener que llevar una campana cuando van por barrios que no son los suyos.

Sin embargo, los beneficios pronto fueron extendidos a otras "clases retrasadas", que engloban actualmente a las tres cuartas partes de la población india. Así, por ejemplo, la mayor parte de las plazas reservadas en las universidades ya no son cubiertas por intocables sino por gentes de otras clases; es más, los beneficiarios reales no son los peor situados dentro de esos grupos, sino lo que Sowell llama la "capa cremosa", es decir, aquellos que están mejor situados dentro de los grupos beneficiados y que probablemente hubieran tenido éxito de todas formas.

Malasia es un país con 23 millones de habitantes. Un 50% son malayos, un 24% chinos y un 7% hindúes, si bien en tiempos coloniales el número de chinos llegó a superar al de malayos. Aunque los chinos empezaron en los peores empleos (en 1911 la mitad trabajaba en las minas y el campo), para 1957, cuando se independizó el país, ya eran mayoría en el comercio, las universidades, la oficialidad del ejército y las profesiones técnicas. Incluso la pequeña minoría india superaba en su desempeño a los malayos.

Para asegurarse la implantación de políticas discriminatorias, Malasia llegó a desprenderse voluntariamente en 1965 de Singapur, de mayoría china, para poder disponer de una clara mayoría malaya. Se trata de un caso único en la historia. Las políticas discriminatorias contra los chinos llevaron a éstos a emigrar a otros países cercanos, principalmente a la propia Singapur. Resulta notable en este caso el hecho de la menor productividad de los malayos: difícilmente puede deberse a la discriminación, pues son la mayoría de la población.

Tanto en Malasia como en Singapur la libertad de expresión es muy limitada, y está expresamente prohibida para asuntos raciales. No existen allí las tensiones de otros países, pese a que –en el primer caso– hay unas medidas muy duras contra chinos e indios y –en el segundo– grandes diferencias económicas entre dichas minorías y la malaya. Esto ha llevado a algunos teóricos a indicar que la democracia puede ser desaconsejable en países con una minoría étnica exitosa.

Sri Lanka, la antigua Ceilán, era la comunidad multiétnica que más prometía el día de su independencia, en 1948. Aunque tamiles y sinaleses diferían en etnia, lengua y religión, las elites de ambos grupos se habían occidentalizado y adoptado el inglés como idioma. En el medio siglo previo a la independencia nunca hubo disturbios relacionados con la raza, pese a que la minoría tamil tenía una representación muy superior a su porcentaje sobre la población en el Gobierno, las empresas, etcétera, quizá debido a que fueron los primeros en occidentalizarse. No obstante, cuando se produjo la independencia la distancia se había reducido ya notablemente.

Entonces, tras medio siglo de paz interna, se empezó a pedir que el Gobierno se condujera en la "lengua propia" del país, en lugar de en inglés. Pero no había lengua propia, sino dos, las de los dos grupos étnicos, sinaleses y tamiles. En 1951 un ambicioso miembro del Gobierno que quería ser primer ministro, Solomon Bandaranaike, se fue a la oposición para encabezar este movimiento, que en un par de años se convirtió en la demanda de "sólo sinalés" por la presión de la mayoría sinalesa. Detrás de esa petición se escondía el acceso a los empleos gubernamentales.

En 1956 Bandaranaike fue elegido, e implantó como lengua oficial el sinalés, lo que marcó el inicio de los disturbios motivados por la raza. Logrado su objetivo, quiso pararse ahí, pero había desatado fuerzas que no podía ya controlar y, tras sus acuerdos con los tamiles para reducir el impacto sobre éstos de la adopción del sinalés, fue asesinado en 1959 por "traidor".

Pese a las cuotas, las preferencias y el uso del sinalés, los tamiles siguieron estando representados mayoritariamente, de modo que se puso en marcha un programa de "estandarización" en el que las notas de acceso se evaluaban con respecto a las notas de los demás candidatos del mismo grupo étnico. Los universitarios tamiles pasaron de ser el 35% en 1970 al 19% en 1974. Al fracasar los intentos de llegar a acuerdos pacíficos, los tamiles pasaron a intentar constituir una nación independiente en la península norteña de Jaffna formando un grupo terrorista, los Tigres Tamiles (1975).

Hubo masacres en los dos bandos, emigración de tamiles a la India, presencia militar de este país en misiones de mantenimiento de la paz (el rechazo a tal participación llevó al asesinato del primer ministro indio, Rajiv Gandhi, en 1991), etcétera. La situación desde entonces se ha calmado, pero no se ha llegado, ni mucho menos, a la paz previa a la independencia.

Nigeria, como tantos países africanos, es una invención colonial. Las regiones que comprende no sólo mantienen diferencias étnicas, también religiosas, económicas, geográficas y culturales. El mayor grupo es el conformado por las tribus musulmanas del norte hausa-fulani (28%), seguido –ya en el sur– por los cristianos ibos (18%) y los mediopensionistas yorubas (17%). Y hay cientos de tribus más pequeñas.

Los más prósperos eran los yorubas, los ibos mostraban el crecimiento más rápido y los norteños quedaban atrás, estancados. Quizá pueda explicarse esto por el mayor número de colegios y universidades en el sur del país.

Las tribus hausa odian más a los ibos que a los yoruba, pese a que éstos son más ricos; sin embargo, los ibos han prosperado más rápidamente desde más abajo. Los hausa-fulani controlaron las instituciones tras la independencia. Sus políticas se podían resumir en que todo debía parecerse a la estructura federal de Nigeria; de manera que las admisiones y promociones en universidades y colegios, y hasta el equipo nacional de fútbol, debían reflejar la división racial del país.

Toda medida política acabó reflejándose en tensiones raciales. Los ibos llegaron a independizarse en la efímera Biafra, que sucumbió a la guerra y el hambre provocado por Nigeria. La forma de aliviar el resentimiento, que no hacerlo desaparecer, fue ir aumentando el número de estados dentro de la estructura federal, para hacerlos racialmente homogéneos. Así, las políticas diseñadas para balancear la representación de las distintas etnias en todos los aspectos de la vida han incrementado las tensiones entre ellas y forzado su separación geográfica.

Política y culturas

Normalmente la política encuentra la manera de poner obstáculos a la prosperidad, pues su principal función es reducir las opciones de los ciudadanos. No obstante, existe algún caso en que tal reducción puede llegar a incrementar opciones distintas y más productivas. Por ejemplo, si existe ley y orden se limitan las opciones de llevar a cabo actos violentos, pero se permite a la gente realizar muchas cosas con los recursos que antes empleaba en protegerse, en contraste tanto con las situaciones de anarquía o inseguridad militar como con las de poder arbitrario sin respeto a normas conocidas. De hecho, las leyes ni siquiera tienen que ser justas: basta con que provean un marco estable y seguro en el que las personas puedan confiar. Por ejemplo, minorías tratadas como ciudadanos de segunda han prosperado mientras la ley ha protegido sus vidas y haciendas: tal es el caso de los chinos en el sureste asiático o de los cristianos y los judíos en el Imperio Otomano.

En cambio, la democracia ofrece múltiples ejemplos contradictorios, pues la regla de la mayoría puede servir para destruir los derechos de las minorías. De ahí que muchas de éstas prefirieran el gobierno de la metrópoli a una independencia democrática, movidas por un temor que se vio justificado a posteriori. Los partidos políticos multiétnicos pueden hacer mucho por la calma y la defensa de los derechos individuales, como en Malasia, pero la democracia por sí sola no basta. Por el contrario, puede haber formaciones que utilicen las apelaciones étnicas como base de su programa si sus votantes pertenecen exclusivamente a un grupo étnico, sus posibilidades de recibir votos de otros sectores son virtualmente cero y su apelación a la defensa de ese grupo contra los demás no repele en general a la población del país.

El hecho de que en EEUU los judíos y los negros voten mayoritariamente al Partido Demócrata no convierte a éste en un partido étnico, pues no podría gobernar si tomara ese tipo de reivindicaciones como bandera. Sin embargo, en el sistema electoral español se facilita que esas condiciones se cumplan, y los ejemplos nacionalistas lo corroboran.

En naciones con múltiples etnias el ejército no suele reflejar de forma equitativa la composición de la población, y su papel moderador o fomentador de tensiones depende de multitud de variables. En tiempos de amenaza exterior la convivencia en situaciones de vida o muerte ayuda a mejorar la confianza entre los distintos grupos, como sucedió con irlandeses e ingleses durante las guerras mundiales. También es común que la oficialidad represente de forma excesiva a un grupo y los soldados pertenezcan a otro. En Nigeria la mayor parte de la infantería provenía de los hausa, mientras que la mitad de los oficiales eran ibos. Si hay grandes diferencias raciales entre el gobierno civil y el militar suele haber interferencias para eliminarlas, en un sentido u otro.

Restringida como está por la realidad la acción gubernamental para mejorar el destino de los grupos étnicos y culturales, son las ideologías las que prometen sin descanso “soluciones” que tienden a descartar factores cuya modificación no puede efectuar el Gobierno. Así, en la Norteamérica actual la población negra sufre por un número creciente de hijos crecidos de una madre soltera adolescente y de la adicción a las drogas, pero sus líderes políticos han preferido poner el foco en las culpas, reales o imaginarias, de los blancos. De manera que se han puesto en marcha numerosos programas para reducir el racismo y la discriminación de los blancos mientras las causas reales de la pobreza siguen desatendidas.

Una de las citadas “soluciones” es meramente simbólica: un grupo con pocos logros económicos demanda a los demás que acepten sus exigencias en materia de fiestas, idioma, historia, etcétera. El bilingüismo en Quebec no fue más que una expresión de la frustración y el enfado frente al mejor desempeño en la vida de los canadienses de habla inglesa. En muchas ocasiones estas peticiones van acompañadas de violencia, tanto en el País Vasco como en varias universidades de la India en que se permitió a los bengalíes –mejores estudiantes– examinarse en su propio idioma.

Raza e inteligencia

Insinuar posibles diferencias entre razas en lo que respecta a la inteligencia es un tema tabú que puede llevar al ostracismo a quien ose ponerlo sobre la mesa. Sin embargo, llevan observándose desde mucho antes de que existieran los test que las midieran. Cicerón, por ejemplo, aconsejaba a los romanos no comprar esclavos británicos, a los que encontraba especialmente complicados de instruir. Otra cuestión es saber si eso era debido a causas genéticas o a la enorme brecha cultural y tecnológica entre romanos y británicos hace veinte siglos.

Las diferencias entre razas en los test de inteligencia son la norma, no la excepción. Internacionalmente, los países occidentales, como Estados Unidos, Japón o Alemania, disponen de mejores resultados que países latinoamericanos, asiáticos o de Oriente Medio como Chile, India o Tailandia. Dentro del multiétnico Estados Unidos, los asiáticos obtienen mejores resultados que los blancos, y éstos que los negros. Diferencias similares se han registrado entre judíos askenazis y sefarditas en Israel, o entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte. Un estudio de las razones para tales resultados seguramente debería tener en cuenta demasiados factores como para ser manejable. Pero eso no quita que no debamos tener en cuenta estas diferencias, al igual que se han tenido en cuenta otras, como los hábitos de trabajo, a la hora de explicar el diferente desempeño de distintas razas y culturas.

Las mejoras en los resultados de italianos, polacos y judíos en Estados Unidos durante épocas con pocos matrimonios interculturales sugieren que no existen razones genéticas. Los resultados en los test escolares estandarizados, que suelen estar correlacionados con los de inteligencia, pueden subir y bajar en países enteros. Tanto los Estados Unidos a partir de los 70 como la China de los 60, por ejemplo, sufrieron una caída perceptible, y por las mismas causas: desaprobación de estándares objetivos, empeño en "democratizar" la educación y menor autoridad de los profesores. Algo de esto nos suena en la España de la Logse.

La pregunta clave de si las diferencias entre razas se debe a cuestiones hereditarias o ambientales no tiene una respuesta clara. No obstante, Sowell parece apuntar que las segundas pueden tener más peso. Por ejemplo, dado que muchos estudios indican que en las mujeres las razones ambientales tienen menos peso que en los hombres, cabría suponer que ellas se comportarán mejor en los grupos con bajos resultados en los test, como de hecho sucede. Los niños educados por padres de otra raza tienen un comportamiento más propio de la raza de éstos que de la propia.

Claro, "ambiente" puede significar muchas cosas. El que los asiáticos de familias pobres lo hagan mejor que mejicanos o indios de familias más adineradas parece indicar que el ambiente, aquí, es más cultural que económico. Por poner un ejemplo: un estudio indicaba que la nota por debajo de la cual se ganaban una bronca los hijos de asiáticos era el sobresaliente; los blancos se la llevaban si sacaban menos de un notable, y los negros si bajaban del aprobado.

Los resultados en los test de inteligencia y el desempeño en la vida de cada grupo cultural tienen una correlación notable, con la excepción de los asiáticos, que en Estados Unidos tienen mucho más éxito que la pequeña diferencia a su favor sugerida en dichas pruebas. Como tantas otras cosas, la inteligencia es un factor, pero no el único.

Esclavitud y raza

La esclavitud parece, para tantas generaciones instruidas por el cine y la televisión, un invento occidental, concretamente norteamericano, cuyas consecuencias han sido pagadas por negros africanos. En realidad, la esclavitud ha sido hasta hace un suspiro una práctica universal. La palabra “esclavo” viene de “eslavo” en muchos idiomas, incluido el árabe, lo que da a entender que no han sido precisamente los africanos los únicos en ser esclavizados, ni los occidentales los únicos esclavizadores.

Lo verdaderamente asombroso no es que la esclavitud haya existido en Occidente, sino que sólo fuera suficiente un siglo para eliminarla de nuestra civilización, y que ese empuje haya permitido hacerla desaparecer casi por completo del resto del planeta en el siglo siguiente.

En 1776 Adam Smith escribía que la esclavitud aún existía en Rusia, Polonia, Hungría y parte de Alemania. En el siglo XVI los derrotados húngaros tuvieron que pagar a los triunfantes turcos un tributo consistente en el envío, como esclavos, de un 10% de su población cada década. En el siglo XVIII, alemanes que vivían en el Volga fueron capturados por mongoles y vendidos en Asia. Tal práctica era común en este continente: los filipinos llevaban a cabo grandes expediciones en busca de esclavos por todo el sudeste asiático, los esclavos de Indonesia eran vendidos hasta en Sudáfrica, Bali perdió buena parte de su población en remesas de esclavos que eran vendidas por toda la zona. Por otro lado, los musulmanes esclavizaron durante siglos a los negros africanos, y sólo la colonización de América provocó que el principal destino de éstos fuera, durante un tiempo que no duró mucho por los elevados costes de transporte, el Nuevo Mundo.

No toda la esclavitud es igual; hasta en eso hay grados. Desde la esclavitud total propia de plantaciones hasta los esclavos que mandaban sobre batallones turcos, hay infinitud de grados. Como en otras cosas, las razones para optar por un tipo u otro no eran morales, sino económicas. Si los trabajos para los que se utilizaba esclavos eran recoger algodón o extraer mineral, no era necesario que éstos emplearan mucho más que su fuerza bruta, por lo que el empleo del poder absoluto sobre ellos era la norma, tanto en América como en Asia. No obstante, en ocasiones se les necesitaba para labores más delicadas o de confianza, como cuidar de la casa o luchar en el ejército, lo que obligaba a relajar la disciplina y ofrecerles incentivos de otra clase.

Como todas las actividades humanas, la esclavitud tenía beneficios y costes. Los beneficios eran para los esclavizadores, pero los costes no sólo, aunque sí principalmente, los pagaban los esclavizados. Había costes también en la captura de esclavos y en el mantenimiento del sistema, incluidos los derivados de evitar fugas. Esos costes explican mejor el funcionamiento de la esclavitud que la mera asunción del racismo, sentimiento que frecuentemente tenía lugar después, no antes, de la captura de miembros de una raza determinada como esclavos y que no ha sido la excusa universal para justificar la esclavitud.

Los eslavos fueron capturados durante siglos por "paganos", antes de que la Iglesia pidiera el fin de esta práctica, mucho tiempo después de que aquellos hubieran sido evangelizados. Los sudafricanos también tomaron como racionalización la religión de los negros de la zona, y sólo cuando éstos se convirtieron al cristianismo se optó por la justificación mediante la raza. Intentar capturar esclavos dentro de los confines del Imperio Romano podía costar al atrevido la resistencia armada, primero, y la venganza del ejército romano, después. Los turcos dejaron de aprovisionarse en el Cáucaso cuando los rusos lo conquistaron y continuar haciéndolo suponía arriesgarse a una guerra. Este tipo de consideraciones han sido comunes a lo largo de toda la historia de la esclavitud. Los habitantes de Estados poderosos han tenido menos riesgo de terminar como esclavos, riesgo que procedía de la actividad de piratas u otros merodeadores.

Por eso África continuó siendo fuente de este tipo de comercio cuando ya no era viable en otras partes del mundo, pues era el continente menos civilizado, con menos capacidad de defenderse y con el mayor número de pueblos aislados, pequeños y débiles. Los europeos obtuvieron esclavos principalmente a través de intermediarios locales, ya que antes del descubrimiento de la quinina el tiempo medio de vida de un europeo en África no llegaba al año.

Los costes de evitar la huida de esclavos conllevaban varias medidas, pues no era práctico tenerlos encadenados todo el día y no resultaba rentable tener guardias armados vigilándolos permanentemente. Una de las medidas habituales era mantenerlos en la ignorancia, no sólo de la lectura y la escritura, sino del conocimiento de su entorno más inmediato, para que no supieran a dónde ir si escapaban. Cuando los holandeses conquistaron Java prefirieron importar esclavos en lugar de usar a la población local. Esclavos indonesios y malayos eran transportados hasta Sudáfrica en la misma época en que los esclavos africanos cruzaban el Atlántico para ser empleados en América. Esta situación obligaba a reducir el uso de los esclavos a la labor más puramente física, pues podían servirse de la educación, el dinero o las armas para huir. Esto suponía un enorme coste de oportunidad, al no desarrollar los esclavos más que una ínfima parte de su potencial.

Los negros libres en el sur de Estados Unidos aumentaban el coste de la esclavitud simplemente por existir y ser vistos por los esclavos negros, que al ver a hombres de su raza disfrutar de la libertad aumentaban su descontento. Las leyes discriminatorias como la que les obligaba a bajar de la acera para dejar paso a los blancos eran mucho más comunes en las zonas donde había plantaciones. Si la causa de dichas leyes fuera el racismo, habría cabido esperar un reparto más uniforme. No siendo así, cabe concluir que la razón era hacer esos lugares menos agradables para los negros libres, buscar su marcha allí donde los esclavos negros no pudieran verlos.

El precio de los esclavos estaba sujeto, como mercancía que eran, a las leyes económicas. Un esclavo en Norteamérica costaba unas treinta veces más que en África, lo que reflejaba tanto el coste del transporte como el entrenamiento en sus trabajos. Eso llevaba a que el coste de que las esclavas tuvieran hijos (que comprendía tanto la inactividad de las primeras como el mantenimiento de los segundos hasta que pudieran producir) se viera compensado por el futuro valor de las criaturas, algo que no sucedía en otros lugares como Brasil, donde la natalidad era violentamente reprimida. En el Imperio Otomano se compraban más esclavas que esclavos, siendo ellas más caras, lo que produjo graves problemas de equilibrio entre sexos en algunos pueblos africanos, que acabaron practicando la poliandria. La excepción eran los eunucos, pues cada uno de ellos implicaba el coste derivado de los que no sobrevivían a la castración. En el sureste asiático había una demanda parecida de esclavos y esclavas hasta la llegada de largos contingentes de inmigrantes chinos, que incrementaron la demanda de concubinas hasta hacer multiplicar su precio por tres.

Una pregunta que hay que hacerse es cómo puede ser que, si el valor de un individuo libre es mayor que el de un esclavo, las presiones de los incentivos del mercado no llevaran a la libertad. La respuesta está en la imposición legal de los intereses de quienes se beneficiaban por mantener el sistema. Por ejemplo, aunque muchos esclavos han logrado comprar su manumisión por medio de créditos a lo largo de la historia, las autoridades han tendido a poner barreras legales a esta práctica para mantener el sistema.

Aparte de la esclavitud de las plantaciones, había multitud de formas, más leves, de esclavitud, debidas más a la situación y al trabajo del esclavo que a las intenciones o los deseos del esclavizador. Amos y capataces pueden controlar el rendimiento en el trabajo, pero no el potencial de los esclavos. Fuera del cumplimiento estricto de las normas, un esclavo no tiene ningún incentivo para sobresalir, a no ser que el amo otorgue privilegios para aquellos trabajos menos rutinarios y que requieran más capacidad y confianza. En el sur, las mujeres con talento para los niños eran privilegiadas "mammys", del mismo modo que los hombres con talentos militares podían acabar como soldados u oficiales en el Imperio Otomano. Esa necesidad indica las limitaciones de lo que el poder y la fuerza bruta pueden conseguir con respecto a un sistema de incentivos.

En algunos casos podían promulgarse leyes para impedir que los privilegios fueran demasiado lejos. Así, un amo podía considerar enseñar a leer y escribir a sus esclavos domésticos como incentivo, pero eso impondría costes sobre los demás, ya que dicho conocimiento podría ser transmitido a los de plantaciones vecinas y aumentar las posibilidades de una huida exitosa, por lo que la ley lo prohibía. De manera que los esclavos urbanos estaban dedicados casi siempre a tareas domésticas y, por su continuo contacto incontrolado con otras personas, recibían un mejor tratamiento que los de las plantaciones para evitar su marcha. Esto comprendía una mayor libertad de movimiento, incluso compartir la barra del burdel con los blancos. Pese a que se pasaron leyes para impedirlo, pues la subordinación racial era esencial para mantener bajos los costes del sistema, eran incumplidas una y otra vez, porque los incentivos obligaban a relajar dicha subordinación. La mejor prueba de la erosión de las barreras raciales es que sólo un 2% de los niños de mujeres negras en las plantaciones eran mulatos, frente al 50% en las ciudades.

Allí donde los esclavos no eran requeridos para labores físicas rutinarias en el campo o las minas no existían tantas trabas legales a incentivarlos. En el Imperio Otomano la mayor parte de los esclavos eran empleados en tareas domésticas o en los harenes, y el tratamiento era mucho más suave. Las concubinas que daban a luz un hijo podían llegar a casarse con sus amos. Aunque algunos autores lo han atribuido a un código islámico más humano, lo cierto es que los árabes que transportaban esclavos tanto al continente americano como al norte de África eran tremendamente crueles con ellos –y tan musulmanes como los otomanos–. Y no sólo en el transporte: se decía que ningún esclavo sobrevivía más de cinco años en las minas de sal del Sáhara pertenecientes al Imperio Otomano.

Conocemos bien la crueldad con que se trataba en Occidente a los esclavos debido a la revulsión moral que surgió en Gran Bretaña y consiguió acabar con la esclavitud. Abundan los relatos en primera persona, como La cabaña del Tío Tom, que sencillamente no existen en otras partes del mundo, en Asia, África o Medio Oriente. Sin embargo, existen numerosos indicios que nos permiten concluir que la mayor o menor bondad en el trato se debía más a las labores que debían realizar los esclavos que a quiénes fueran sus amos.

Conclusiones

Tras explicarnos con su teoría de las visiones las dos formas que hay de ver el mundo, Sowell muestra en sus libros sobre raza y cultura el extraordinario poder explicativo de la visión trágica, la que considera las limitaciones del hombre algo inamovible y común a todas las épocas. Al examinar la historia hace trizas las explicaciones ad hoc que los ungidos han elaborado para intentar aclarar asuntos tan diversos como la esclavitud o el distinto rendimiento de grupos raciales diferentes en la escuela y en la vida.

Por lo que hace a España, lo razonable en los ungidos sería culpar de la pobreza de la etnia gitana a la discriminación y el racismo de la mayoría blanca. No obstante, otra explicación podría encontrarse en las características de su cultura, cerrada, recelosa de la educación, ocupada en oficios manuales y el comercio nómada, en la cual la unidad básica familiar incluye tanta gente que la responsabilidad individual en su bienestar se diluye. No sería entonces responsable ni la raza ni el racismo, sino una cultura en la que tendrían las mismas dificultades para salir adelante personas de otra etnia. Sin embargo, no hay que sustituir un dogma por otro, ni hay una fórmula a priori que dicte qué tiene más peso en cada caso.

El enfoque de Sowell destruye la base del multiculturalismo, que afirma que todas las culturas son iguales. Si es la cultura la principal responsable de la falta de opciones de muchos grupos, ¿cómo se puede afirmar que todas son igualmente válidas y preservables? La crítica de aquellos aspectos que más perjudiquen el desempeño de las personas que viven en una determinada cultura es una de las mejores maneras de que las culturas cambien a mejor, desechando lo malo y quedándose con lo bueno. Sin embargo, cuando se promueven todas las características culturales por el mero hecho de ser distintas y "propias" de cada grupo se están poniendo barreras a la mejora de las condiciones de vida de sus integrantes. Aquellos que saltan con la etiqueta de "racista" al más leve intento de racionalizar los rasgos de las culturas minoritarias están perjudicando a quienes se supone pretenden ayudar; eso, si realmente nos creemos que quieren beneficiarles y no adoptarlos como mascotas para sentirse moralmente superiores a los demás, los pérfidos racistas.

El caso de Villaverde es paradigmático. En este barrio madrileño se ha intentado una curiosa forma de convivencia consistente en intentar ocultar características indeseables en las culturas de diversos grupos inmigrantes y llamar "racistas" a los vecinos cuando protestan. Afrontar de este modo los problemas de convivencia entre culturas no sólo puede incitar más al racismo, al no encontrar la gente en la intelligentsia ninguna explicación convincente de lo que sucede en el día a día que pueda sustituirlo, sino que intelectualmente resulta muy poco serio.



[1] Richard J. Herrnstein, Charles Murray, The Bell Curve: Intelligence and class structure in American life, Free Press.

[2] Thomas Sowell, ‘Ethnicity and IQ’, American Spectator, Vol. 28, 2-I-1995, pág. 32. http://www.mugu.com/cgi-bin/Upstream/Issues/bell-curve/sowell.html

[3] Hace unos meses, una lamentable cuña publicitaria de Manos Unidas incidía en esta idea comparando la riqueza mundial con un reparto de vacaciones entre dos empleados: uno de ellos se quedaba con todas las fiestas importantes.

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