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El irracionalismo actual y sus orígenes

Por Gorka Etxebarría

Las dosis de irracionalismo actual tienen un origen filosófico no siempre reconocido. Desgraciadamente cuando se identifica se proclama la racionalidad del irracionalismo, es decir, la incapacidad de la razón para dar cuenta del mundo que nos rodea, para guiarnos en la vida.

Lo más sorprendente de este ataque a la racionalidad estriba en el uso de la lógica para propugnar verdaderas simplezas como que todo es relativo y que no hay verdades absolutas. Si todo es relativo habría que decir que ya hay algo que es absoluto: esa afirmación.

La conclusión es absurda al igual que la de los que niegan la existencia de todo porque se contradicen al afirmar algo como existente: la nada.

Suponiendo que fuera cierto ese argumento ilógico habría que plantearse las repercusiones que el pensamiento irracional tiene en nuestras vidas.

La primera impresión que nos brinda el irracionalismo es que nos hunde en una visión de la vida donde nunca puede uno saber si actúa bien o mal. La siguiente conclusión es más apesadumbradora: si no puedo captar la realidad, cómo voy a saber si cuando veo un acantilado estoy ante un sueño o ante una imagen real. El hombre que piensa de este modo o es un hipócrita que niega lo que sus ojos ven o un ciego que quiere culparnos a los demás por ver. Como incapaz de bastarse a sí mismo, nos ofrece una visión coja del conocimiento para que nos rebajemos ante él y así igualarnos.

Creer en el irracionalismo es ponerse en las manos inciertas de la providencia, de un caudillo o de ideologías salvajes y colectivistas en las que se imparte la noción de que al ser incapaces de valernos por nosotros mismos, sólo el grupo al que pertenecemos nos salvará de tal desgracia. De ahí a creer en que los triunfos y desventuras de la gente se deben a algo indefinible como la suerte no hay más que un paso.

Irracionalismo y envidia

A continuación me propongo demostrar la conexión entre el irracionalismo y la envidia y las nefastas consecuencias políticas y morales que se derivan.

Al considerar el éxito ajeno como obra del azar y no ser fruto del talento individual o resultado de haber sabido dar a los consumidores lo que éstos quieren, los triunfos se reputarán inmerecidos, con lo que se perderá el ánimo emulador al tiempo que la envidia va alcanzando status moral. Parece evidente que se empieza a extender un preocupante malestar social debido a que se cree ( injustificadamente) que no hay derecho a que unos ganen más que otros o que sean más respetados por sus logros.

Dada la injusticia de permitir que algunos destaquen, los proponentes del irracionalismo, sacudidos por la supuesta lógica de la envidia propugnarán que se impida la formación de riquezas. De este modo, se eliminará el malestar social y es posible que se dé un paso más asegurando que la solución es sustraer al que consiga más dinero por medios lícitos.

Es facilísimo que la envidia se transforme en política porque hay mucha más gente dispuesta a creer que su destino no es resultado de sus acciones sino del capricho del azar que personas que estén convencidas de lo contrario. En manos de demagogos (tanto intelectuales como políticos proclives a ello), la sinrazón adquiere reputación y el que se opone a ella es tachado de irracional o de reaccionario pues no entiende que es natural proceder a la redistribución de las riquezas.

Pero de lo que no se percatan es de que, por dejar a la política el reparto de los bienes, éstos irán a parar a los que mejor se organicen para captar los fondos. Con sólo alegar que no han llegado a más porque el sistema es injusto, recibirían subvenciones a catastróficos proyectos que nadie con su dinero avalaría. Se premia así lo inmerecido.

Sin proponérselo se produciría un infierno de conflictos sociales para decidir quiénes se quedan con lo redistribuido.

Los que defienden este tipo de sociedad subsidiada se visten de moralistas y utilizan la violencia legal como arma encubierta para perpetrar sus perniciosas políticas. Su justificación es que trabajan por y para nuestro bienestar ya que, como no nos bastamos a nosotros mismos, necesitamos que se preocupen de nosotros desde que nacemos. Como entienden que no hacemos buen uso de los rendimientos de nuestro trabajo ellos se ocuparán de darle un mejor destino a ese dinero; unos repartiéndolo "con justicia" (sic) y otros utilizándolo allá donde más lo "necesita la sociedad". Sin embargo, no se explica que sólo éstos sean capaces de decidir correctamente y con vistas al interés general, cuando parece más lógico entender que cada uno sabe lo que quiere y tiene más interés que nadie en sacar más partido a sus activos. Francamente, a nadie le debería caber duda alguna de que si a le gente no se la esquilma tendrá más incentivos para trabajar más y poder dar a los suyos lo que quieren.

Pero de lo que también se olvidan es de que al incentivar la lucha por las subvenciones la sociedad se resiente porque pierde mentes productivas y gana en parásitos sociales.

El resultado es un receso económico ininterrumpido. Además se extiende un clima inmoral; que trabajar y bastarse por uno mismo no merece la pena.

Otra de las consecuencias catastróficas de políticas irracionales basadas en la envidia es que limitan la libertad de cada cual para decidir su destino y buscar su felicidad. Habrá que lidiar con numerosas regulaciones infundadas en cada acto que uno haga perdiendo el tiempo en cumplir las reglamentaciones en vez de hacer lo que uno desea.

Antes de que veamos las soluciones a esta tendencia, conviene indagar en sus orígenes filosóficos dado que descubierta la raíz siempre es más fácil arrancar la mata para que no germine, si eso es todavía posible.

Los orígenes de la ceguera irracionalista

Tratar de exponer las ideas de los pensadores irracionales de todos los tiempos llevaría varios miles de páginas. A nosotros nos bastará con comentar algunos aspectos de las ideas de Platón y Kant para mostrar lo que cualquier divulgador actual del irracionalismo repite con alguna variación y cómo unas teorías sobre el conocimiento erróneas llevan a resultados catastróficos.

Platón: mitos y totalitarismo

Platón formula la teoría de las ideas que viene a decir que lo que nos rodea (caballos, coches...), lo que captamos mediante los sentidos no es lo real porque este mundo está en constante cambio y lo que "está en continuo cambio, nada es". Para el maestro de Aristóteles, existe otro mundo donde "está el orden perfecto y permanente" y del que nuestro mundo no es más que imperfecto reflejo. Para acceder al Mundo de las Ideas o de las Formas, de nada nos sirven nuestros sentidos (idea constante en la historia de la filosofía que, entre otros, defienden Hume, Descartes o Kant) sólo el alma puede guiarnos en esa búsqueda. ¿Por qué el alma? Platón cree que el alma tiene que recordar su estancia en el mundo de las ideas de la que cayó al mundo de los sentidos en virtud de la reencarnación hasta que por sus obras pueda retornar a aquel mundo de las formas.

Este mundo subsume al otro, al igual que la idea de caballo implica todos los caballos que existen. De aquí Platón llega a la conclusión de que lo material es corrupto mientras que lo espiritual es lo incorruptible, sentando la base del odio a todo lo que se refiera al cuerpo y a la división de la naturaleza del hombre entre dos esferas. El alma se halla encarcelada en el cuerpo y los apetitos carnales o afrodisai (comer, beber y copular, fundamentalmente) son "miserias disfrazadas de gustos: el fruto final de los banquetes son orines y excrementos; la soledad que pretende paliarse mediante abrazos vuelve y agravada al cesar estos" comenta el profesor Escohotado.

Platón crea una división tan lineal que sienta las bases de la creencia en una dicotomía insoslayable entre cuerpo y mente así como una sensación de culpa desgarradora en el hombre.

Pero el mundo de las ideas de Platón es una falsa salida para explicar este mundo que nos rodea. Si explica lo de aquí con la existencia de otro mundo, la siguiente pregunta que hay que hacer es de dónde viene. Si no es otra cosa distinta de lo que son de hecho las cosas, ¿por qué aceptarlo? Que la especie englobe a los particulares (que la idea de hombre incluya a todos los hombres habidos y por haber) no supone que tengan necesariamente que existir en sí mismas como ideas que se dan aparte de las cosas a las que se refieren. Más bien sucede lo contrario como le espetó Aristóteles: que el hombre las deduce al encontrar lo común e igual en múltiples particulares (cosas concretas) y concebirlo en uno. De modo que se deducen de forma lógica. Otra de las críticas a la teoría de las ideas se debe también a Aristóteles quien entendió que no explican el ser de las cosas porque no están en las cosas mismas ni son capaces de explicar el origen del movimiento. ¿Cómo hará la idea de gato para crear un gato? Si sobre la idea de hombre en sí y el hombre particular hay en un plano superior un "tercer hombre", dice Platón, y sobre éste y los anteriores todavía otro y otro y otro, no se puede llegar a una primera idea.

Su distinción entre cuerpo y alma le lleva a organizar la sociedad de forma cerrada en castas definidas según los gobernantes que deciden a qué grupo pertenecerá el individuo viendo si sus almas están viciadas (prima el apetito, luego serán campesinos), si brillan por su coraje (serán militares) o si su virtud es la sabiduría (serán filósofos-gobernantes). Para alcanzar su utopía totalitaria sin propiedad privada, cabe hasta la eugenesia y el control demográfico (la China comunista practica esta técnica platónica) como se puede leer en su obra La república.

La descendencia del platonismo: Kant

Descartes y Hume le toman el relevo al platonismo en sostener que los sentidos no sirven a la hora de percibir la realidad. Pero es Kant quien da el aldabonazo final y se convierte en el filósofo más influyente desde entonces. Kant "deniega la existencia no en nombre de una fantasía sino de nada, lo niega en nombre de una dimensión que es (...) desconocida al hombre e inconcebible" afirma el filósofo Leonard Peikoff. Y añade que para Kant, "la mente está aislada no meramente de algunos aspectos de las 'cosas en sí mismas', sino de todo lo real; cualquier facultad cognitiva está aislada porque tiene una naturaleza, cualquier naturaleza".

Para Kant, nos dice Magee, los sentidos sólo pueden captar una pequeña parte de la realidad. Pero Kant no se queda ahí y sostiene que nuestra visión de la realidad es distinta que la realidad en sí misma al igual que una foto de una casa es diferente de la casa. Con lo que lo percibido es una representación de una escena (en este caso, la realidad) y no la escena propiamente dicha, añade Magee.

Aquí entra la famosa clasificación kantiana entre noúmenos y fenómenos. Estos últimos constituyen el mundo asequible a nuestro conocimiento, prosigue Magee, mientras aquéllos no tienen nada que ver con la percepción (y constituyen la verdadera realidad). "Hay un mundo exterior inaccesible a nuestro conocimiento, (...) trascendental", apostilla.

El mecanismo que distorsiona la percepción es la facultad conceptual del hombre; "sus conceptos básicos como espacio o tiempo no se derivan de la experiencia o de la realidad -nos explica Ayn Rand-, sino que proceden de unos filtros de nuestra consciencia que imponen su propio designio sobre la percepción del mundo externo y le hacen incapaz de percibirlo en cualquier otra manera distinta de la forma en que lo percibe". Los conceptos del hombre son un engaño. El corolario es perturbador: la razón y la ciencia están limitadas porque sólo son válidas en la medida que tratan con este mundo siempre engañoso e impotentes para tratar con lo esencial, con el mundo noúmeno. El hombre sólo puede conocer su ego en sentido fenouménico, su sí mismo en cuanto por introspección aprecia pero no puede conocer el ego en sí mismo. ¡No puede conocer su verdadera naturaleza!.

La ética de Kant es la exaltación del deber como única medida de la virtud pero la virtud no es su recompensa porque en ese caso no sería virtud. El individuo actúa moralmente sólo si no tiene deseo de hacerlo y si procede su motivación de un sentido de la obligación sin recibir ningún beneficio de la misma (el beneficio de una acción niega el carácter moral de la misma). Todo deseo desaparece de la escena de la moral. Para Kant, como apunta Rand, más moral es el vicioso reprimido que siente un profundo deseo de mentir, engañar o robar, pero se fuerza a actuar honestamente por el deber que aquél que quiera ser honesto dado que sus actos no merecen "crédito moral". De nuevo, la sombra de Platón es alargada: cubre a Kant por entero. Ambos coinciden en señalar que hay que reprimir nuestros deseos y que hay una obligación a la que rendirse. Para Platón es el bien de la tribu, para Kant el autosacrificio: "sacrifícate por mor del sacrificio como un fin en sí mismo", en palabras de Rand.

Contrapunto: Aristóteles como padre del racionalismo

Aristóteles, en cambio, se erige como un campeón de la razón y de la lógica (cuya estructura y método inventó). Para el tutor de Alejandro Magno, sólo hay una realidad; la que percibimos. El hombre no crea la realidad (como los fenómenos kantianos) sino que la percibe. Lo que existe, existe al contrario de lo que Platón y Kant propugnaban. La razón nos permite conocer y conocemos mediante definiciones y conceptos que obtenemos de la abstracción de las características esenciales y distintivas de los objetos que captamos. Para Aristóteles lo que existe es la sustancia compuesta de forma y materia. Por ejemplo, una escultura es mármol (materia) esculpido con cincel y martillo (forma). Luego la forma es "la causa que hace que algo sea lo que es" afirma Magee. Pero, además, hay cuatro causas que explican por qué las cosas son lo que son. En el ejemplo, el mármol sería la causa material (de lo que está hecha la escultura), lo esculpido; la causa eficiente (los utensilios que permiten trabajar la materia en cuestión para darle la forma apetecida), la escultura; la causa formal (aquello que hace que "la materia indeterminada pase a ser algo determinado que responde a la pregunta ¿ cuál es la imagen que se ha logrado al trabajar el material?" explica Magee) y la causa final: "el fin por el que se hace algo, lo que confiere sentido a la acción", en palabras del autor. Además define el cambio (cosa que Platón no pudo explicar) como el paso de potencia a acto, de lo que se puede llegar a ser a lo que se es (concretar la potencia). Así una oruga es la potencia y la mariposa el acto.

Para Aristóteles la felicidad es el fin del hombre. Ser feliz es actualizar nuestras potencias, autorrealizarse siguiendo nuestra naturaleza racional. El hombre vive para disfrutar y sus acciones son morales si proceden de la voluntad, porque somos capaces de elegir entre el bien y el mal. También conectó nuestra libertad a la responsabilidad de nuestros actos. Fue el primero en criticar el colectivismo al sostener que la "propiedad privada es mucho más productiva y por ello facilita el progreso", además de impedir que se descuiden las posesiones (al contrario que con los bienes comunales de una ciudad, ya que la gente guiada por su interés "descuida cualquier obligación cuyo cumplimiento pueda dejarse a otros") debido a que "uno presta el mayor interés y cuidado a lo que es de su exclusiva propiedad". La propiedad comunal, para el estagirita, explica M. Rothbard, "conducirá más bien a un conflicto continuo y agudo, puesto que cada cual se quejará de que ha trabajado más duro que los demás y ha obtenido menos que otros que han trabajado poco y se han aprovechado más del fondo común". Rothbard añade que la "propiedad privada (para Aristóteles) está fuertemente implantada en la naturaleza humana: en el hombre, el amor a sí mismo, al dinero y a la propiedad están íntimamente ligados en un afecto natural a la propiedad exclusiva", aparte de que "ha existido siempre y en todas partes". Sin embargo, la intuición más genial de Aristóteles es la de que sólo si los bienes son de uno, se pueden practicar las virtudes de la benevolencia y la filantropía, ya que una propiedad comunal forzada destruiría tal posibilidad.

Conclusión

Haber introducido a Aristóteles nos permite entender mejor cuáles son las claves de una filosofía ética y política adecuadas al hombre. Sucintamente consistirían en el siguiente trinomio: la razón, el individualismo y el capitalismo porque el hombre sólo encontrará la felicidad si vive por y para sí mismo utilizando sus habilidades para lograr ese fin. Sólo hay un sistema que lo permite: aquel que reconoce que somos dueños de nuestras capacidades y de nuestras acciones y que circunscribe las relaciones interpersonales al ámbito de la voluntariedad. Ese sistema es el capitalismo. Nadie obliga a otros a que le compren a él, ni nadie coacciona a alguien para que trabaje para él porque si algo es característico del libre mercado es que permite el intercambio libre y la soberanía del consumidor: él es el que impone sus gustos y no satisfacerle es quebrar. Nadie está explotado porque si trabaja para alguien es a cambio de un dinero y si no le gusta puede cambiar de patrono. Aparte de que el mercado asigna los recursos escasos de la forma más eficiente posible: de acuerdo a los precios, es decir, al voto de cada consumidor en el mercado. El capitalismo, como está regido por la división del trabajo, permite la especialización de la gente en uno o varios campos, de forma que aumenta su productividad. Por ejemplo, un médico que sea un excelente jardinero dejará que otro pode su seto para dedicarse a curar a los enfermos de forma que no le quita el trabajo a otros y ambos aportan algo a la sociedad. En vez de tener que aprender a hacernos los zapatos, ya tenemos quien los hace. No tenemos que sembrar y esperar a que la tierra dé sus frutos porque hay agricultores... La producción bajo este signo (la división del trabajo) se multiplica exponencialmente al aplicarse la razón a la producción, al saber aprovechar al máximo con racionalidad las cualidades de cada uno en provecho de los demás. Lo más interesante es que como la producción es masiva los precios caen por la competencia de oferentes que tratan de vender sus producto a un vasto número de gente con capacidad de elegir lo que quieren.

Un sistema en suma que concilia progreso con maximización de los escasos recursos de que disponemos (tiempo, trabajo y capital) y crea espacios de actuación moral indispensables para el desarrollo de una vida plena. Las palabras de Jon Barrenengoa encajan a la perfección en este contexto: "Pedir permiso para actuar y perdón por actuar es propio de una dictadura".

Epílogo

El individuo es el único creador en este mundo que guiado por su razón sabe salir adelante en un medio no tan hostil gracias a su habilidades. Creer que la vida es un valle de lágrimas conduce a un complejo de culpa insoportable que hace desdichada a la gente. La vida es lo que nosotros queremos que sea. Olvidarse de los charlatanes y apostar por una filosofía racional es la llave de una sociedad libre y sana. Esta filosofía se definiría en los términos que estableció Ayn Rand (1905-1982): "Para vivir, el hombre tiene que actuar; para actuar, tiene que hacer elecciones; para hacer elecciones, tiene que definir un código de valores; para definir un código de valores, tiene que conocer qué es y dónde está -es decir, tiene que conocer su propia naturaleza (incluyendo sus medios de conocimiento) y la naturaleza del universo en que actúa-, es decir, necesita la metafísica, la epistemología, la ética, en suma, necesita la filosofía. No puede escapar de esta necesidad; su única alternativa es entre que la filosofía que le guía ha sido escogida por su mente o por el azar".

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

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