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De la libertad a la esclavitud

Por Herbert Spencer
Traducido por Mariano Bas Uribe

Publicado en 1891.

De entre las muchas formas en las que las deducciones de sentido común acerca de los asuntos sociales se ven rotundamente contradichas por la realidad (como cuando las medidas que se toman para suprimir un libro incrementan su circulación, o como cuando los intentos por evitar tipos de interés usureros hacen que las condiciones sean más duras para el prestatario, o como cuando hay mayores dificultades de obtener cosas en los lugares en que se fabrican que en cualquier otro sitio), una de las más curiosas es la forma en que cuanto más mejoran las cosas, más fuertes son las protestas por lo malas que son.

En tiempos en que la gente no tenía ningún poder político, la gente raramente se quejaba por ello, pero cuando las instituciones libres habían avanzado en Inglaterra de tal manera que nuestras disposiciones constitucionales eran la envidia del continente, las denuncias sobre el poder aristocrático fueron haciéndose cada vez más fuertes, hasta que se obtuvo un enorme aumento del cuerpo electoral, al que pronto siguieron quejas en el sentido de que las cosas iban mal, queriendo conseguir un mayor aumento. Si repasamos el trato a las mujeres en tiempos primitivos, cuando realizaban todas las faenas y después de que comían los hombres recibían la comida que quedaba, hasta la Edad Media en que servían las comidas a los hombres, a nuestros días donde en nuestras disposiciones sociales las quejas de las mujeres se ponen siempre por delante, vemos que el peor trato va de la mano de la menor conciencia aparente de que el trato fuera malo; mientras que ahora, que se les trata mejor que nunca, la proclamación de sus quejas se fortalece cada día: las mayores protestas vienen del "paraíso de las mujeres", Estados Unidos. Hace un siglo, cuando era dificilísimo encontrar a un hombre que no se hubiera emborrachado alguna vez y cuando la incapacidad de tomar una o dos botellas de vino llevaba al desprecio, no había protestas contra el vicio de la bebida, pero ahora que en el transcurso de cincuenta años, los esfuerzos voluntarios de las sociedades de templanza, junto con otras causas generales, han generado una relativa sobriedad, hay airadas demandas de leyes que prevengan los ruinosos efectos del comercio de bebidas alcohólicas. Lo mismo pasa con la educación. Hace unas pocas generaciones, la capacidad de leer y escribir se limitaba prácticamente a las clases altas y medias y no se sugería que debería darse unos rudimentos de cultura a los trabajadores o, si se sugería, se ridiculizaba; pero cuando en tiempos de nuestros abuelos empezó a difundirse el sistema de escuelas dominicales, iniciado por unos pocos filántropos, y fue seguido por el establecimiento de escuelas de día, con el resultado de que entre las masas los que podían leer y escribir dejaron de ser excepciones y se incrementó la demanda de libros baratos, se empezó a protestar porque la gente perecía por falta de conocimientos y se decía que el Estado no debía simplemente educarles sino forzarles a educarse.

Y esta es también la postura general de la gente respecto de la comida, el vestido, el alojamiento y los muebles. Dejando aparte de la comparación sólo a los estados bárbaros, ha habido un notable progreso desde el tiempo en que la mayoría de la gente del campo vivía del pan de cebada y centeno y de la harina de avena, hasta el actual en que el consumo de pan blanco de trigo es universal; desde los días en que las largas camisas de tela burda dejaban las piernas al desnudo, hasta los actuales en que la gente trabajadora, igual que sus empleadores, tienen cubierto el cuerpo entero con dos o más capas de ropa; de la vieja era de cabañas de una habitación sin chimeneas, o del siglo XV cuando incluso la casa de un gentilhombre normal no solía tener molduras ni enlucidos en sus paredes, al siglo actual cuando cualquier casa tiene más de una habitación, y las de los artesanos más, teniendo todas chimeneas, hogares y ventanas acristaladas, acompañadas en casi todos los casos por empapelados y puertas pintadas; ha habido, como digo, un notable progreso en la condición de la gente. Y este progreso ha sido aún más destacable en nuestro tiempo. Cualquiera que mirara sesenta años atrás, cuando la cantidad de pobreza era mucho mayor que ahora y abundaban los mendigos, se sorprendería por el tamaño comparado de las nuevas casas ocupadas por los operarios, por las mejores ropas de los trabajadores, que llevan paño los domingos y las doncellas que compiten con sus señoras, por el más alto nivel de vida que lleva a una mayor demanda de las mejores calidades de comida para la gente trabajadora: todo ello resultado del doble cambio hacia mayores sueldos y productos más baratos y una distribución de los impuestos que ha favorecido a las clases inferiores a costa de las superiores. También se sorprendería por el contraste entre la poca atención que producía entonces el bienestar del pueblo y la que produce hoy, con la consecuencia de que, fuera y dentro del Parlamento, los planes para beneficiar a millones son los asuntos principales y se espera que todo el que tenga medios se una a alguna labor filantrópica. Aunque la mejora, física y mental, de las masas avanza mucho más rápidamente que nunca, al tiempo que la rebaja en los índices de mortandad prueba que la vida media es más llevadera, crece cada vez más la protesta de que los males son tan grandes que nada que no sea una revolución social podrá curarlos. A la vista de mejoras evidentes, unidas a un crecimiento de la longevidad, que por sí sola sería una prueba concluyente de la mejora general, se proclama, con vehemencia cada vez mayor, que las cosas van tan mal que la sociedad debe destruirse y reorganizarse bajo otra planificación. Por tanto, en este caso, como en todos los que hemos dado previamente como ejemplos, a medida que disminuye el mal, aumenta la protesta y tan pronto como se demuestra que las causas naturales son poderosas, crece la creencia de que no tienen poder.

No es que los males a remediar sean pequeños. Nadie debe suponer que, al resaltar la paradoja precedente, quiera ilustrar los sufrimientos que todos los hombres deben soportar. El destino de la gran mayoría ha sido siempre, y sin duda sigue siendo, tan triste que es doloroso pensar en ello. No cabe duda de que el tipo de organización social existente no es uno que cualquiera que se preocupe por sus semejantes pueda contemplar con satisfacción y sin duda las actividades humanas que conlleva están lejos de ser admirables. Las fuertes divisiones de categorías y las inmensas desigualdades en los medios no concuerdan con esas relaciones humanas ideales que gusta pensar la imaginación empática y la conducta general, bajo la presión y excitación de la vida social tal y como se desempeña hoy día, resulta repulsiva en distintos aspectos. Aunque los muchos que vilipendian la competencia, extrañamente ignoran los enormes beneficios que produce; aunque olvidan que la mayoría de los utensilios y productos que distinguen a la civilización de la barbarie y hacen posible el mantenimiento de una gran población en un área pequeña han sido desarrollados en la lucha por la existencia; aunque hacen caso omiso del hecho de que al tiempo que cada hombre, como productor, sufre por los precios inferiores de la competencia, también, como consumidor, obtiene grandes ventajas por el abaratamiento de todo lo que tiene que comprar; aunque persista en vilipendiar los males de la competencia sin decir nada de los beneficios, no hay que negar que hay grandes males, que constituyen una gran contrapartida a los beneficios. El sistema en que vivimos actualmente favorece la deshonestidad y la mentira. Provoca adulteraciones de todo tipo; es reprensible por las imitaciones baratas que acaban en muchos casos echando del mercado a los productos genuinos; lleva al uso de pesos y medidas trucados; permite el soborno, que vicia la mayoría de las relaciones comerciales, desde las del fabricante y el comprador a las del tendero y el sirviente; favorece el engaño hasta tal punto que se castiga al ayudante que no puede decir una mentira sin inmutarse y a menudo da a elegir al comerciante concienzudo entre adoptar las malas prácticas de sus competidores o dañar grandemente a sus acreedores mediante la bancarrota. Además, los extendidos fraudes, comunes en el mundo comercial y expuestos diariamente en tribunales y periódicos, se producen en buena medida por la presión que produce la competencia a las clases altas industriales y el resto al pródigo gasto que, como consecuencia implícita del éxito en el mundo comercial, lleva el prestigio. Junto a estos males menores, debe incluirse el mayor: que la distribución que logra el sistema da a quienes regulan y supervisan una parte de la producción total que resulta ser demasiado grande respecto de la que se da a los verdaderos trabajadores. Por tanto, no se piense que al decir lo que hemos dicho más arriba, infravaloramos esos vicios de nuestros sistemas competitivos, que hace treinta años describíamos y denunciábamos. Pero no es una cuestión de males absolutos, es una cuestión de males relativos, si los males que se sufren hoy son mayores o menores que los que sufriríamos bajo otro sistema, si los esfuerzos por mitigarlos por las vías que hoy se emplean, pueden tener más éxito que los que se conseguirían por otras vías.

Esta es la cuestión que se va aquí a evaluar. Deben excusarme por haber antepuesto diversas verdades que son, para algunos en todo caso, tolerablemente familiares, antes de proceder a hacer deducciones que no son tan familiares.

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En general, cada hombre trabaja para poder evitar las penalidades. En unos casos, le estimula el recuerdo de las punzadas del hambre, en otros, la visión del látigo del negrero. Su temor más inmediato puede ser el castigo que le puedan infligir las circunstancias físicas o un agente humano. Puede tener un amo, pero éste puede ser la Naturaleza o un prójimo. Cuando está bajo la coerción impersonal de la Naturaleza, decimos que es libre; cuando está bajo la coerción personal de alguien por encima de él, le llamamos, de acuerdo con el grado de dependencia, un esclavo, un siervo o un vasallo. Por supuesto, omito la pequeña minoría que hereda bienes: un elemento social incidental y no necesario. Sólo hablo de la inmensa mayoría, gente con cultura y sin ella, que se mantiene por su trabajo, físico o mental y debe o bien esforzarse para lograr sus deseos sin limitaciones, estimulados sólo por la idea de males o bienes que aparezcan naturalmente, o esforzarse para lograr su deseo limitado, estimulados sólo por la idea de males o bienes que aparezcan artificialmente.

Los hombres pueden trabajar juntos en una sociedad bajo cualquiera de estas dos formas de control: formas que, aunque se entremezclan en algunos casos, son esencialmente opuestas. Empleando el término colaboración en este sentido amplio, y no en el restringido que actualmente se le da, podemos decir que la vida social puede desenvolverse mediante cooperación voluntaria o mediante cooperación obligatoria; o, por usar las palabras de Sir Henry Maine, el sistema debe ser de contrato o de institución; en uno al individuo se le deja actuar de la mejor forma que pueda a través de sus esfuerzos espontáneos y obtener triunfar o fracasar de acuerdo con su eficiencia y en el otro tiene un lugar prefijado, trabaja bajo normas coercitivas y tiene su parte adjudicada de comida ropa y alojamiento.

El sistema de cooperación voluntaria se desarrolla hoy día en las industrias en las sociedades civilizadas. De una forma simple, lo tenemos en todas las granjas, donde los trabajadores, pagados por el propio granjero y recibiendo órdenes directamente de él, son libres de quedarse o irse a su voluntad. En su forma más compleja se ve en las fábricas, el las que por debajo de los socios vienen los empleados y gestores, y por debajo de ellos los cronometradores y supervisores, y bajo éstos los operarios en sus distintas categorías. En cada uno de estos casos es evidente que están trabajando juntos, o cooperando, los empleadores y empleados, para obtener en el primer caso una cosecha y en el otro un producto manufacturado. Y al mismo tiempo hay una cooperación mucho más intensa, aunque inconsciente, con otros trabajadores de todas las categorías dentro de la sociedad entera. Pues mientras estos empleadores y empleados concretos están muy ocupados con sus trabajos concretos, otros empleadores y empleados están haciendo otras cosas para que puedan seguir su vida cotidiana y la de todos los demás. Esta cooperación voluntaria, desde sus formas más simples a las más complejas, tiene el rasgo común de que los afectados trabajan junto de forma consentida. No hay nadie que obligue en los términos o a la aceptación. Es totalmente cierto que en muchos casos un empleador puede dar, o un empleado tomar, sin quererlo: dirá que las circunstancias le obligan. ¿Qué son, empero, las circunstancias? En un caso son los bienes encargados o un contrato cerrado que no puede atender o ejecutar sin ceder y en el otro someterse a un salario inferior del que desearía porque de otra manera no tendría dinero para procurarse comida y calor. La fórmula general no es "Hazlo o te lo haré hacer", sino "Hazlo o abandona tu puesto y atente a las consecuencias".

En el lado opuesto, la cooperación obligatoria se ejemplifica con un ejército, no tanto por nuestro propio ejército, cuyo servicio se realiza por acuerdo para un periodo específico, sino un ejército continental, de servicio militar obligatorio. En él, en tiempo de paz las tareas diarias (limpieza, desfiles, trabajos físicos, guardias y demás) y en tiempo de guerra las distintas acciones en el campo y el campo de batalla, se realizan bajo mandato, sin dejar posibilidad de elegir. Desde el soldado raso a los suboficiales y la media docena de grados de oficiales de escalafón, la ley universal es la obediencia absoluta del grado inferior al superior. La esfera de las opiniones individuales se limita a las opiniones del superior. La insubordinación es castigada, de acuerdo con su gravedad, con arrestos, trabajos extraordinarios, prisión, castigos físicos y, en último caso, fusilamiento. En lugar de la idea de que debe haber obediencia respecto de las tareas encargadas bajo amenaza de despido, la idea es en este caso "Obedezca a todo lo ordenado bajo pena de recibir castigo y quizás morir".

Está forma de cooperación, que sigue ejemplificada en un ejército, ha sido en tiempos pasados la forma de cooperación de toda la población civil. En todas partes y en todo momento, la guerra crónica genera una estructura de tipo militar, no sólo en un cuerpo de soldados, sino en toda la comunidad. En la práctica, mientras se produce el conflicto entre las sociedades y la lucha se considera la única ocupación humana, la sociedad es el ejército inactivo y el ejército la sociedad movilizada, quedando los que no que no toman parte en la batalla: esclavos, siervos, mujeres, etc., como intendencia. Por tanto, naturalmente, en toda la masa de individuos inferiores que constituyen la intendencia, se mantiene un sistema de disciplina igual en naturaleza, aunque más simple. Al ser el grupo guerrero, bajo esas condiciones, el grupo que gobierna y al ser el resto de la comunidad incapaz de resistirles, quienes controlen al grupo guerrero evidentemente impondrán su control sobre el grupo no guerrero y el régimen de coerción le será aplicado sólo con las modificaciones que impliquen las distintas circunstancias. Los prisioneros de guerra se convierten en esclavos. Quienes eran agricultores libres antes de que se conquistara su país, se convierten en siervos ligados a la tierra. Los jefes pequeños se someten a los jefes superiores; los pequeños señores se convierten en vasallos de los grandes y así sucesivamente hasta los más altos: los órdenes y poderes sociales tienen la misma una naturaleza esencial similar a los de una organización militar. Y mientras que para los esclavos la cooperación obligatoria es el sistema incondicional, para todos los niveles superiores el sistema es una cooperación que es en parte obligatoria. El juramento de fidelidad de cada hombre a su superior toma la forma de "Soy tu hombre".

En toda Europa, y especialmente en nuestro propio país, el sistema de cooperación obligatoria fue relajando gradualmente su rigor, mientras que el sistema de cooperación voluntaria lo reemplazaba paso a paso. Tan pronto como la guerra dejaba de ser el asunto vital, la estructura que producía y que era apropiada para ella, lentamente se vio sustituida por la que producía y era apropiada para la industria. En la misma medida en que una parte decreciente de la comunidad se dedicaba a actividades ofensivas y defensivas, un parte creciente se dedicaba a la producción y distribución. Al hacerse más numerosa, más poderosa y refugiarse en pueblos que estuvieran menos a merced del poder de la clase militar, la vida de la población industrial discurría bajo el sistema de cooperación voluntaria. Aunque los gobiernos municipales y las regulaciones gremiales, en parte dominadas por ideas y costumbres derivadas del tipo de sociedad militar, eran hasta cierto punto coercitivos, aún así, la producción y la distribución se desarrollaban principalmente bajo acuerdos, tanto entre compradores y vendedores como entre patronos y trabajadores. Tan pronto como se convirtieron estas relaciones sociales y formas de actividad en dominantes en las poblaciones urbanas, influyeron en toda la comunidad: la cooperación obligatoria fue cayendo progresivamente en desuso, a través del cambio de dinero por servicios, militares y civiles, mientras que la división de categorías sociales se hacía menos rígida y disminuía el poder de clase. Hasta que finalmente, las restricciones hacia los nuevos negocios cayeron en desuso, así como la imposición de unos estamentos sobre otros, y la cooperación voluntaria se convirtió en principio universal. La compraventa se convirtió en la ley para todos los tipos de servicios, así como para todos los tipos de productos.

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La inquietud generada por la presión contra las condiciones de la existencia, impulsa continuamente el deseo de intentar nuevas cosas. Todos sabemos cómo el mantenerse en la misma postura prolongadamente se convierte en algo que aburre, todos hemos descubierto que incluso las silla más cómoda, que nos agrada en un primer momento, se convierte después de unas horas en intolerable y cambiarse a una silla más dura, que antes habríamos dejado de ocupar, parece un gran alivio por un tiempo. Lo mismo pasa con la humanidad en general. Habiendo luchado mucho tiempo por emanciparse de la dura disciplina del antiguo régimen y habiendo descubierto que el nuevo régimen en el que ha crecido, aunque relativamente cómodo, no deja de tener problemas y molestias, su impaciencia respecto de éstos le lleva a probar otro sistema, sistema que es, aunque no sea aparente en principio, el mismo del que se libraron con gran regocijo las generaciones pasadas.

Tan pronto como se descarta el régimen de contratos se adopta necesariamente el régimen de institución. Tan pronto como se abandona la cooperación voluntaria debe sustituirse por la cooperación obligatoria. Debe haber algún tipo de organización del trabajo, y si ésta no es la que se produce por acuerdo en libre competencia, debe ser impuesta por la autoridad. Distinto en apariencia y nombre, pues lo para el antiguo orden podían ser esclavos y siervos trabajando para amos, que estaban sometidos a barones, que a su vez eran vasallos de duques o reyes, el nuevo orden buscado, constituido por trabajadores bajo capataces de pequeños grupos, supervisados por superintendentes, que están sometidos a directores locales, controlados por responsables de distritos, que a su vez están bajo el gobierno central, resultar ser en esencia el mismo en principio. Tanto en un caso como en otro, debe haber niveles establecidos y una subordinación forzosa de cada nivel respecto de los superiores. De esta verdad el comunista y socialista no se ocupan. Irritados con el sistema existente bajo el que cada uno de nosotros se ocupa de sí mismo, mientras todos vemos que cada uno ha jugado limpio, él piensa cuánto mejor sería que todos nos ocupáramos de cada uno y evitar pensar en el mecanismo por el que esto se hace. Es inevitable que si todos nos ocupamos de cada uno, ese "todos" debe tener los medios, las cosas necesarias para vivir. Lo que se da debe tomarse de las contribuciones acumuladas y debe por tanto requerir su parte a cada uno, debe decírsele cuánto tiene que aportar a la existencia general en forma de producción para que tenga tanto para obtener su sustento. Por tanto, antes de recibir, debe ponerse a las órdenes y obedecer a quienes le digan lo que ha de hacer, a qué horas y dónde y quién le dará su parte de comida, ropa y alojamiento. Si se excluye la competencia, y con ella la compraventa, no puede haber intercambio voluntario de tanto trabajo por tanta producción, sino un reparto de uno a otro de acuerdo con lo que digan los oficiales nombrados. Este reparto debe ser forzoso. El trabajo debe hacerse sin alternativa posible, y el beneficio, sea el que sea, debe aceptarse igualmente. Pues el trabajador no puede dejar su puesto y ofrecerse en otro sitio. Bajo ese sistema no pueden aceptarle en ningún sitio, salvo que lo ordene la autoridad. Y es evidente que habrá una orden tajante que prohíba el empleo en un lugar a un miembro insubordinado de otro: el sistema no podría funcionar si se permitiera fácilmente ir y venir a su gusto. Con cabos y sargentos a sus órdenes, los capitanes de la industria deben seguir las órdenes de los coroneles, y éstos las de los generales, hasta el consejo del comandante en jefe, y esta obediencia es necesaria en todo este ejército industrial, igual que en un ejército armado. "Haz las tareas prescritas y llévate las raciones que te corresponden", debe ser la regla de uno y otro.

"Bien, sea", contesta el socialista. "Los trabajadores nombrarán a sus propios oficiales y éstos estarán siempre sometidos a las críticas de las masas que controlan. Al temer a la opinión pública, se asegurarán actuar juiciosa y justamente, ya que si no lo hacen, se verán depuestos por el voto popular, general o local. ¿Qué problema hay en estar bajo superiores, cuando éstos mismos están bajo control democrático?" El socialista cree totalmente en esta atractiva visión.

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El latón y el hierro son más simples que la carne y la sangre, la madera inerte que el nervio vivo y una máquina construida por uno trabaja de forma más definida que un organismo construido por otro, especialmente cuando la máquina funciona mediante fuerzas inorgánicas como el vapor o el agua, al contrario que el organismo, que funciona mediante las fuerzas de centros nerviosos vivos. Por tanto, es manifiesto que las formas en que funcionará una máquina serán mucho más fáciles de calcular que las de un organismo. ¡Aun así, qué pocas veces el inventor prevé correctamente las acciones de su nuevo aparato! Leamos la lista de patentes y encontraremos que no más de un invento entre cincuenta acaba resultando útil. Aunque le parecía muy factible al inventor, una u otra pega evita que funcione como se pretendía y acaba dando un resultado muy diferente del que se deseaba.

¿Qué diríamos entonces de esos proyectos que no tienen nada que ver con materiales y fuerzas inertes, sino con organismos complejos vivos en formas aún menos previsibles y que implican la cooperación de multitudes en dichos organismos? Incluso las unidades a partir de las cuales se formaría este cuerpo político reorganizado son a menudo incomprensibles. Todo el mundo se ve sorprendido de vez en cuando por el comportamiento de otros, incluso de actos de parientes que conoce muy bien. Así, viendo lo difícil que resulta que pueda prever las acciones de un individuo, ¿cómo puede, con cierto grado de certidumbre, prever la operación de una estructura social? Actuaría asumiendo que todos los afectados juzgarán rectamente y actuarán lealmente, que pensarán como tendrían que pensar y actuarán como tendrían que actuar y lo asumiría a pesar de que las experiencias cotidianas le demuestran que los hombres no hacen una cosa ni otra y olvidando que las quejas que tiene contra el sistema existente demuestran que cree que los hombres no tienen el conocimiento ni la rectitud que su plan requiere que tengan.

Las constituciones escritas hacen sonreír a quienes han observado sus resultados y los sistemas sociales en el papel afectar de forma similar a quienes han contemplado la evidencia disponible. ¡Poco podían soñar los hombres que escribieron la revolución francesa y se les encomendó que establecieran el nuevo aparato gubernamental que una de las primeras actuaciones de este aparato sería decapitarles a todos! Poco podían anticipar los hombres que escribieron la Declaración Americana de Independencia y crearon la República que después de algunas generaciones el legislativo caería en manos de conspiradores, que lo que crearon se convertiría en luchas por ocupar los puestos, que la acción política se vería viciada por la intrusión de un elemento extraño que sostuviera el equilibrio entre los partidos, que los electores, en vez de juzgar por sí mismos, se verían encaminados por sus "jefes" hacia las urnas a miles y que los hombres respetables serían expulsados de la vida pública mediante insultos y calumnias de políticos profesionales. Tampoco fueron mejores las previsiones en aquéllos que dieron constituciones a los demás estados del Nuevo Mundo, en los que innumerables revoluciones han demostrado con maravillosa constancia los contrastes entre los resultados esperados de los sistemas políticos y los conseguidos. No han sido menores en los casos de los sistemas de reorganización social propuestos hasta donde se han podido probar. Salvo cuando se ha insistido en el celibato, su historia ha sido siempre la de un desastre: el último caso es el de la Colonia Icariana de Cabet, relatada por uno de sus miembros, la Señora Fleury Robinson, en The Open Court (una historia de divisiones, subdivisiones, sub-subdivisiones, acompañada por numerosas secesiones individuales y la disolución final). El fracaso de esos planes sociales, al igual que los planes políticos, se debe a una causa general.

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La metamorfosis es la ley universal, ejemplificada en los Cielos y la Tierra: especialmente en el mundo orgánico y principalmente en su división animal. Ninguna criatura, salvo las más simples y diminutas, comienza su existencia en una forma como la que finalmente adopta, y en algunos casos la diferencia es grande, tan grande que la relación entre la primera forma y la definitiva sería increíble si no se nos mostrara diariamente en cada corral y en cada jardín. Y aún hay más. Los cambios de forma son normalmente varios, cada uno de ellos parece ser una completa transformación: huevo, larva, pupa, imago, por ejemplo. Y esta metamorfosis universal, que se muestra de forma similar en el desarrollo de un planeta y de cada semilla que germina en su superficie, también se manifiesta en las sociedades, se tomen éstas como un todo o se consideren sus distintas instituciones. Ninguna termina tal como empieza y la diferencia entre su estructura original y la definitiva es tal que al principio el cambio de otra hubiera parecido increíble. En la tribu más salvaje, el jefe, obedecido como líder guerrero, pierde su posición cuando termina la batalla e incluso cuando las guerras continuas han producido una jefatura permanente, éste, al construirse su propia choza, obtener su propia comida y fabricarse sus propios instrumentos, sólo se diferencia de los demás por su influencia predominante. No hay ninguna señal de que con el paso del tiempo, mediante conquistas y uniones de tribus y consolidaciones de grupos que se forman a partir de otros grupos hasta que se forma una nación, se originara a partir del jefe primitivo uno que, como zar o emperador, rodeado de pompa y ceremonia, tenga un poder despótico sobre millones de personas y lo ejerza a través de cientos de miles de soldados y funcionarios. Cuando los primeros misioneros cristianos, con su humildad externa y sus vidas de renuncia, se extendieron por la Europa pagana, predicando el perdón de los pecados y devolver bien por mal, nadie soñaba que con el paso del tiempo sus representantes formarían una vasta jerarquía, poseyendo en todas partes una enorme cantidad de terrenos, distinguiéndose por la arrogancia de sus miembros, grado sobre grado, regidos por obispos militares que llevarían a sus servidores a la batalla y encabezados por un papa que ejercitaría un poder supremo sobre los reyes. Lo mismo ha pasado con el propio sistema industrial que ahora tantos desean reemplazar. En su forma original no había profecías acerca del sistema fabril o de organizaciones afines de trabajadores. Diferenciado de éstos sólo por ser el cabeza de la empresa, el maestro trabajaba junto con los aprendices y un oficial o dos, compartiendo mesa y mantel, y vendiendo este lo que producía el conjunto. Sólo con el crecimiento industrial empezó un empleo de gran número de ayudantes y una renuncia por parte del maestro a realizar trabajos que no fueran de supervisión. Y sólo en los tiempos más recientes se ha producido la evolución de las organizaciones bajo las cuales los trabajos de cientos y miles de hombres asalariados se ven dirigidos por distintos niveles de oficiales asimismo asalariados, bajo un director o varios. Estos grupos de productores, originalmente pequeños y semisocialistas, como las familias o comunidades de alojamiento de los primeros tiempos, se fueron disolviendo lentamente por no poder mantener su base: las grandes empresas, con una mejor subdivisión del trabajo, triunfaron porque servían más efectivamente a los deseos de la sociedad. Pero no tenemos que remontarnos siglos para encontrar transformaciones grandes e inesperadas. Cuando se votaron 30.000 libras al año como un experimento para ayuda educativa, se hubiera calificado de idiota a quien se hubiera opuesto profetizando que en cincuenta años la suma a gastar mediante impuestos imperiales y tasas locales ascendería a 10.000.000 de libras, o quien dijera que a la ayuda a la educación le seguirían ayudas de alimentación y ropa, o quien dijera que padres e hijos, sin remisión, se verían obligados, aunque se estuvieran muriendo de hambre, bajo amenaza de multa o prisión, a conformarse y recibir los que, con carácter papal, el Estado califica como educación. Nadie, como digo, hubiera soñado que a partir de un germen de aspecto tan inocente, éste hubiera evolucionado tan rápidamente hacia este sistema tiránico, al que se somete mansamente gente que se considera a sí misma libre.

Por tanto, en las convenciones sociales, igual que en todas las demás cosas, el cambio es inevitable. Es descabellado suponer que al establecer nuevas instituciones, éstas mantendrán por mucho tiempo el carácter que se les dio por sus fundadores. Rápida o lentamente se transformarán en instituciones distintas de las pretendidas, tan distintas que pueden llegar a ser irreconocibles por sus planificadores. ¿Y en este caso, cuál será la metamorfosis? La respuesta hacia la que apuntan los ejemplos anteriores y la que ofrecen distintas analogías, resulta manifiesta.

Un rasgo fundamental de toda organización avanzada es el desarrollo de un aparato regulador. Si las partes de un todo van a actuar de consuno, debe haber dispositivos para que dirijan su acción y, en proporción a lo grande y complejo del todo y a los muchos requerimientos que tienen que cumplir sus muchas agencias, el aparato directivo debe ser extenso, complicado y poderoso. No hay que decir que esto pasa con los organismos individuales y es obvio que lo mismo debe ocurrir con los organismos sociales. Más allá del aparato regulador, como el que requiere nuestra propia sociedad para gestionar la defensa nacional y mantener el orden público y la seguridad personal, debe haber, bajo un régimen socialista, un aparto regulador omnipresente que controle todos los tipos de producción y distribución y adjudicando las partidas de productos de cada tipo requeridos por cada localidad, cada taller, cada individuo. Bajo nuestra actual cooperación voluntaria, con sus contratos libres y su competencia, la producción y distribución no requieren una supervisión administrativa. La oferta y la demanda, y el deseo de cada hombre de ganarse la vida satisfaciendo las necesidades de sus semejantes, desarrollan espontáneamente ese maravilloso sistema por el que una gran ciudad trae diariamente comida a todos los hogares o la almacena en las tiendas cercanas, ofrece ropa de una enorme variedad a sus ciudadanos, tiene casas y muebles y combustible listos o almacenados en cada localización y alimenta a las mentes usando desde hojas volanderas, que aparecen cada hora, a multitud de novelas semanales y libros de instrucción menos abundantes, editados sin escatimar en pequeños pagos. Y por todo el reino, tanto la producción como la distribución se gestionan de forma similar con una mínima supervisión que resulta ser eficiente al tiempo que las cantidades de los distintos productos necesarios día a día en cada localidad se ajustan sin emplear ninguna administración, salvo la búsqueda del beneficio. Supongamos que este régimen industrial de servicio, que actúa espontáneamente, se ve reemplazado por un régimen de obediencia industrial, impuesto por funcionarios públicos. ¡Pensemos en la enorme administración que requeriría esa distribución de todos los productos a toda la gente en todas las ciudades pueblos y villas que realizan actualmente los comerciantes! Asimismo imaginemos la aún mayor administración que requeriría hacer todo lo que hacen agricultores, ganaderos, fabricantes y comerciantes, no sólo teniendo distintos niveles de superintendentes locales, sino también subcentros y centros principales para adjudicar las cantidades de cada cosa allá donde se necesita y su ajuste a los momentos en que se requiere. Añadamos el personal necesario para trabajar en minas, ferrocarriles, carreteras, canales; el personal necesario para gestionar los negocios de importación y exportación y la administración de la navegación mercantil; el personal necesario para suministrar a los pueblos no sólo el agua y el gas sino la locomoción que ofrecen tranvías, omnibuses y otros vehículos y la distribución de energía y otros. Unamos a éstas las administraciones ya existentes postales, telegráficas y telefónicas y finalmente la policía y el ejército, mediante los cuales los dictados de este inmenso sistema regulador consolidado tendrían que imponerse en todos lados. ¡Imaginemos todo esto y después preguntémonos cuál sería la situación real de los trabajadores! Ya en el continente, donde las organizaciones administrativas están más desarrolladas y son más coercitivas que aquí, hay protestas constantes sobre la tiranía de las burocracias, la prepotencia y brutalidad de sus miembros. ¿En qué se convertirán cuando no sólo se controlen las acciones más públicas de los ciudadanos y se añadan este control más extenso de sus respectivas tareas diarias? ¿Qué ocurrirá cuando las distintas divisiones de este ejército de funcionario, unidos por intereses propios del funcionariado (los intereses de los reguladores frente a los de los regulados), tengan a su disposición toda la fuerza que necesiten para suprimir la insubordinación y actuar como "salvadores de la sociedad"? ¿Dónde estarán los verdaderos picadores y mineros y fundidores y tejedores cuando quienes ordenen y supervisen, dispuestos como una clase sobre otra, hayan llegado, después de varias generaciones, a entremezclarse con los de niveles afines, bajo sentimientos como los que hay entre las clases existentes y cuando se hayan producido así una serie de castas de superioridad creciente y cuando todos ellos, teniendo todo bajo su poder hayan organizado modos de vida que les favorezcan, llegando incluso a formar una nueva aristocracia mucho más complicada y mejor organizada que la antigua? ¿Cómo se las arreglará el trabajador individual si está insatisfecho con su tratamiento, pensando que no tiene una parte adecuada de los productos o que tiene que hacer más de lo que se le debería pedir o quiere asumir una función para la que se cree capacitado pero que sus superiores no creen adecuada para él o desea asumir una carrera independiente? A esta unidad insatisfecha de la inmensa maquinaria se le dirá que debe someterse o irse. La sanción más suave por desobediencia sería la excomunión industrial. Si se formara una organización internacional como la propuesta, la exclusión en un país implicaría la exclusión en todos los demás: la excomunión industrial significaría morirse de hambre.

El que las cosas seguirán este camino es una conclusión a la que se llega no sólo por deducción, ni sólo por inducción a partir de experiencias del pasado como las de los ejemplos anteriores, ni sólo considerando las analogías que nos proporcionan organismos de todo tipo: también se llega por la observación de casos cotidianos. La verdad de que la estructura reguladora siempre tiende a incrementar su poder se ejemplifica en cualquier comunidad humana. La historia de cada sociedad culta, o de cualquier sociedad a estos efectos, nos demuestra cómo su personal permanente o parcialmente permanente, domina sus procesos y determina las acciones de la sociedad con pocas resistencias, incluso cuando los miembros de las sociedad están en desacuerdo: el rechazo de algo parecido a un paso revolucionario resulta ser normalmente un elemento disuasorio eficaz. Esto ocurre en las sociedades anónimas, como, por ejemplo, las propietarias de vías férreas. Los planes del consejo de administración se aprueban normalmente con poca o ninguna discusión y si hay una oposición considerable, se aplasta inmediatamente mediante un abrumador número de apoderados enviado por quienes siempre apoyan a la administración existente. Sólo cuando se extrema la mala gestión, puede la resistencia de los accionistas apartar del poder a los dirigentes. Tampoco es distinto en las sociedades formadas por trabajadores que tienen especial conciencia de los intereses de dichos trabajadores: los sindicatos. También en éstos las agencias reguladoras son todopoderosas. Sus miembros, aun cuando disientan de las políticas seguidas, normalmente ceden ante las autoridades que han designado. Como no pueden separarse sin hacer enemigos entre sus compañeros de trabajo y sin perder toda posibilidad de emplearse, se rinden. También se nos ha demostrado en el último congreso que en la organización general de sindicatos de reciente constitución ya hay quejas sobre "conspiradores" y "jefes" y "funcionarios permanentes". Luego si esta supremacía de los reguladores se aprecia en entes de un origen tan moderno, formados por hombres que tienen, en muchos de los casos, poderes ilimitados para hacer valer su independencia, ¿cuál no será la supremacía de los reguladores en entes establecidos hace tiempo, que han crecido y se han organizado enormemente y en los que, en lugar de controlar sólo una pequeña parte de la vida de la unidad, controlan toda ella?

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De nuevo tendremos la réplica: "Nos protegeremos de todo eso. Todo el mundo tendrá educación y todos, con los ojos constantemente abiertos ante el abuso de poder, actuaremos rápidamente para prevenirlo". El valor de estas expectativas sería pequeño, aunque no pudiéramos identificar las causas que producirán la decepción, ya que en los asuntos humanos los planes más prometedores se tornan erróneos en formas que nadie anticiparía. Pero en este caso el que irá mal se deriva de causas que no llaman la atención. La labor de las instituciones viene determinada por los caracteres de los hombres y los defectos que estos caracteres tengan traerán inevitablemente los resultados arriba indicados. No hay manera de asegurar los sentimientos necesarios para prevenir el crecimiento de una burocracia despótica.

Si fuera necesario tener una evidencia indirecta, podríamos emplear la que resulta del comportamiento del llamado Partido Liberal, un partido que, renunciando a la idea original de un líder como portavoz de una política conocida y aceptada, se considera a sí mismo obligado a aceptar la política que dicta su líder sin necesidad de aprobación o matización, un partir tan completamente ajeno al sentimiento y las ideas que implica el liberalismo, como para no ofenderse ante este pisoteo al derecho a la opinión privada que constituye la raíz del liberalismo; no, ¡un partido que vilipendia como renegados liberales a aquellos de sus miembros que rechazan someter su independencia! Pero no nos a dedicar espacio a pruebas indirectas de que la mayoría de los hombres no tienen las naturalezas necesarias para comprobar el desarrollo del funcionariado tiránico, será suficiente contemplar las pruebas directas generadas por esas clases de entre las que más predomina la idea socialista y que se consideran más interesados en propagarla: las clases obreras. Éstas constituirían la masa principal de la organización socialista y sus caracteres determinarían su naturaleza. Luego, ¿cómo son sus caracteres, tal como se muestran en organizaciones como las que ya han formado?

En lugar del egoísmo de las clases patronales y el egoísmo de la competencia, tendríamos el altruismo de un sistema de ayuda mutua. ¿Hasta dónde puede verse ahora mismo este altruismo en el comportamiento de los trabajadores entre sí? ¿Qué diremos de las reglas que limitan el número de nuevos brazos admitidos en cada negocio o las que dificultan el ascenso de las clases trabajadoras inferiores a niveles superiores? Yo no veo en esas regulaciones nada de ese altruismo que prevalecería con el socialismo. Por el contrario, veo una búsqueda de intereses privados no menos intensa que la de los comerciantes. Por tanto, salvo que supongamos que la naturaleza humana mejorará repentinamente, debemos concluir que la búsqueda del interés privado dominará las acciones de todas las clases que compongan una sociedad socialista.

Con la despreocupación pasiva por los derechos de otros va la invasión activa de ellos. "Sé uno de los nuestros o te quitaremos tus medios de vida" es la amenaza usual de cada sindicato a otros miembros del mismo negocio. Al tiempo que sus miembros insisten en su propia libertad para combinar y fijar los salarios por los que trabajarán (ya que están perfectamente justificados para hacerlo), no sólo se niega la libertad de aquéllos que discrepan de ellos, sino que además la afirmación de ésta se trata como un crimen. Los individuos que mantienen sus derechos para firmar sus propios contratos son vilipendiados como ‘esquiroles’ y ‘traidores’ y tratados con una violencia que podría ser inmisericorde si no hubiera sanciones legales ni policía. Junto con ese pisoteo de las libertades de los hombres de su misma clase, va un dictado perentorio a la clase trabajadora: no sólo los términos y los acuerdos laborales prescritos serán conformes, sino que ninguno de los que pertenezcan a su cuerpo tendrá empleo, e incluso en algunos casos habrá una huelga si el patrono llega a acuerdos con sociedades que dan trabajo a hombres no sindicalizados. Luego aquí vemos en los sindicatos una determinación de imponer sus regulaciones sin considerar los derechos de los coaccionados. La inversión de ideas y sentimientos es tan completa que el mantenimiento de estos derechos se considera como vil y su conculcación como virtuosa.[1]

Junto con esta agresividad en una dirección aparece una sumisión en la contraria. La coerción a los no sindicalizados por parte de los sindicatos sólo es comparable a su sumisión a sus líderes. A lo que puedan conseguir en la lucha someten las libertades y criterios individuales y no muestran ningún resquemor por muy dictatorial que pueda ser la presión que reciban. En todas partes vemos esa subordinación con la que grupos de trabajadores abandonan su trabajo y retornan a él según se lo ordenen sus superiores. Tampoco se resisten cuando se les obliga a aportar para apoyar a huelguistas cuyos actos pueden aprobar o no, sino más bien maltratan a los miembros recalcitrantes de su grupo que no aportan.

Por tanto, los rasgos mostrados deben operar en cualquier nueva organización social y la cuestión que debe plantearse es: ¿Cómo operarán cuando se libren de todas sus restricciones? Hasta ahora, los distintos grupos de hombres que los muestran están en medio de una sociedad parcialmente pasiva, parcialmente antagonista, están sujetos a la crítica y reprobación de una prensa independiente y están sometidos al control de la ley impuesto por la policía. Si en estas circunstancias, estos grupos normalmente actúan de forma que eliminan la libertad individual, ¿qué ocurrirá cuando, en lugar de ser sólo partes dispersas de la comunidad, gobernadas por distintos reguladores, constituyan toda la comunidad, gobernada por un sistema consolidado de dichos reguladores; cuando funcionarios de todos los niveles, incluyendo los que gestionen la prensa, formen parte de la organización regulatoria y cuando la ley sea a la vez dictada y administrada por dicha organización? Los partidarios fanáticos de una teoría social son capaces de tomar cualquier medida, no importa lo extrema que ésta sea, para mantener sus puntos de vista: manteniendo, igual que los despiadados sacerdocios del pasado, que el fin justifica los medios. Y cuando se haya establecido la organización socialista global, el enorme y vasto grupo consolidado de quienes dirijan sus actividades, usando sin control la coerción que les parezca necesaria en interés del sistema (que será en la práctica su propio interés), no tendrán reparo en imponer su rigurosa ley sobre la vida entera de los trabajadores reales hasta que finalmente se desarrolle una oligarquía funcionarial con sus distintos niveles, que ejerza una tiranía más gigantesca y más terrible cualquiera que haya contemplado el mundo.

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Déjenme rechazar de nuevo cualquier deducción errónea. Quienquiera que suponga que la argumentación anterior implica conformidad con las cosas tal como son, comete un profundo error. El estado social actual es transitorio, igual que lo fueron los anteriores. Vendrá, según espero y creo, un futuro estado social que diferirá tanto del presente como el presente difiere del pasado con sus caballeros armados y siervos indefensos. En Social Statics, así como en The Study of Sociology y Political Institutions se demuestra claramente el deseo de una organización más propicia a la felicidad de los hombres que la existente. Mi oposición al socialismo nace de la creencia de que detendría en buena medida el progreso y nos llevaría a un estado inferior. Sólo la lenta modificación de la naturaleza humana mediante la disciplina de la vida social puede producir cambios ventajosos permanentes.

Un error fundamental que domina el pensamiento de casi todas las partes, políticas y sociales, es que ante el mal se puede adoptar remedios inmediatos y radicales. "Si no haces eso, sino esto, se evitará el daño". "Adopte mi plan y el sufrimiento desaparecerá". "La corrupción indudablemente desaparecerá al adoptar esta medida". En todas partes encontramos creencias, expresas o implícitas, de este tipo. Son todas infundadas. Es posible eliminar causas que intensifiquen los males, es posible cambiar los males de una forma a otra y es posible, y muy común, acrecentar el daño por culpa de los esfuerzos hechos para evitarlo, pero es imposible cualquier cosa parecida a una cura inmediata. En el transcurso de miles de años, la humanidad, a causa de su multiplicación, se ha visto forzada a pasar de un estado salvaje original, en el que pequeños grupos se mantenían con alimento silvestre, al estado civilizado en que la comida necesaria para mantener a grandes grupos sólo puede obtenerse mediante un trabajo continuo. La naturaleza que requiere este último modo de vida es muy diferente de la que requería el anterior y ha habido que soportar largas y continuas molestias para transformar uno en otro. Tiene que considerarse necesariamente a la miseria como una constitución que no está en armonía con sus condiciones y una constitución heredada de los hombres primitivos no está en armonía con las condiciones impuestas a los actuales. Por tanto, es imposible establecer inmediatamente un estado social satisfactorio. Una naturaleza como la que ha llenado Europa de millones de hombres armados, aquí para conquistar y allí por revancha; una naturaleza como la que lleva a naciones calificadas como cristianas a competir con otras mandando expediciones de filibusteros por todo el mundo, a pesar de las quejas de los aborígenes, al tiempo que miles de sacerdotes de la religión de amor lo contemplan aprobadoramente; una naturaleza como la que, al tratar con razas más débiles va más allá de la primitiva regla de vida por vida y que por una vida quita muchas; una naturaleza como esa puede, en mi opinión, en modo alguno, conjuntarse en una comunidad armoniosa. La raíz de toda acción social bien ordenada es un sentimiento de justicia, que insiste a la vez en la libertad personal y atiende a una libertad igual para los demás, y actualmente existe una cantidad muy poco apropiada de este sentimiento.

De aquí la necesidad de una mayor continuidad en una disciplina social que requiera que cada hombre lleve sus asuntos con la debida consideración a los asuntos de los demás y que, al tiempo que insista en que tendrá todos los beneficios que le otorga la naturaleza a su conducta, también lo haga en que no perjudicará a otros con los daños que ésta produzca, salvo que éstos decidan libremente afrontarlos. Y así la creencia que lleva a eludir esta disciplina, no sólo desaparecerá, sino que ocasionará peores males que aquéllos de los que se pretende escapar.

Por tanto, no son principalmente en interés de las clases patronales por lo que deba resistirse al socialismo, sino mucho más en interés de las clases de empleados. La producción debe regularse de una forma u otra y los reguladores, por la naturaleza de las cosas, deben ser siempre ser una clase pequeña comparada con la de los verdaderos productores. Bajo cooperación voluntaria, como la actual, los reguladores, al buscar su propio interés, se quedan con una parte tan grande del producto como pueden, pero, como vemos diariamente en los éxitos de los sindicatos, se ven restringidos en su búsqueda de fines egoístas. Bajo la cooperación obligatoria que necesitaría el socialismo, los reguladores, que buscarían su propia interés con no menos egoísmo, no podrían alcanzar la resistencia combinada de los trabajadores libres y su poder, no controlado entonces por el rechazo a trabajar salvo en los términos establecidos, crecería y se ramificaría y consolidaría hasta convertirse en irresistible. El resultado final, como hemos apuntado antes, debe ser una sociedad como la del antiguo Perú, espantosa de contemplar, en la que la masa del pueblo, compartimentada en grupos de 10, 50, 100, 500 y 1000, gobernada por funcionarios de distintos grados y, unida a sus distritos, supervisada en sus vidas privadas así como en sus trabajos y que trabaja duramente sin esperanzas en apoyo de la organización gubernamental.



[1] Son fantásticas las conclusiones a las que llegan los hombres una vez que abandonan este sencillo principio de que debe permitirse a cada hombre buscar los objetos para vivir, restringidos sólo por los límites que imponen búsquedas similares de otros hombres. Durante la generación anterior oímos protestas en alta voz sobre "el derecho al trabajo", es decir, el derecho a que se les dé trabajo y no son pocos los que aún piensan que la comunidad está obligada a encontrar trabajo a cada persona. Comparemos esto con la doctrina que había en Francia cuando se impuso el poder monárquico: "el derecho al trabajo es un derecho real que el príncipe puede vender y los súbditos deben comprar". Este contraste es bastante asombroso, pero hay otro que lo es aún más. Vemos hoy día una resurrección de la doctrina despótica, que sólo se diferencia en la sustitución del rey por los sindicatos. Como ahora los sindicatos se están universalizando y cada artesano tiene que pagar una cantidad a uno u otro, ante la alternativa de ser un no sindicado a quien se le deniega el trabajo por la fuerza, se ha llegado a esto, ¡a que el derecho al trabajo sea un derecho del sindicato, que el sindicato puede vender y el trabajador debe comprar!

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