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William F. Buckley Jr.

Por David Sarias

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Cortesía de La Ilustración Liberal.

Hacer un retrato de William Francis (Bill) Buckley Jr. equivale a trazar los orígenes del movimiento conservador contemporáneo en los Estados Unidos. La opinión popular suele asociar el conservadurismo norteamericano con grandes figuras políticas como Ronald Reagan o George W. Bush; no obstante, la National Review, el semanario dirigido por Buckley, fue el principal elemento impulsor de la transformación ideológica y organizativa que llevaría al conservadurismo americano desde la marginación de mediados del siglo pasado al ejercicio de un claro dominio sobre la política estadounidense durante el último cuarto del mismo y, sin duda, sobre las primeras décadas del XXI.

Etapa formativa

Bill Buckley nació en Méjico DF en 1925, en el seno una familia acomodada encabezada por William F. Buckley Sr., un abogado norteamericano de origen irlandés que educó a sus hijos en torno a un conservadurismo de corte europeo, católico y autoritario. Fuera del círculo familiar inmediato, las dos influencias intelectuales más importantes que recibió el joven Buckley fueron las de Albert Jay Nock y Frank Chodorov, dos intelectuales libertarios, ferozmente independientes e iconoclastas. Ambos entablaron amistad con William Buckley Sr., y eran visitantes frecuentes de la casa familiar. De ellos aprendió el joven Buckley los principios liberales, opuestos al igualitarismo y a la expansión del Estado. Así, su primera juventud estuvo marcada por la influencia del catolicismo conservador y el tradicionalismo autoritario de su padre y por el individualismo minarquista, el aislacionismo y la oposición radical al New Deal típicos de la derecha tradicional norteamericana

Buckley cursó estudios superiores en la prestigiosa universidad de Yale, donde conoció a una de las personas que más le influirían: Willmoore Kendall, entonces un prestigioso profesor de ciencia política que había transitado desde la izquierda radical hasta el conservadurismo. Kendall transmitió a Buckley cierta tendencia hacia lo irreverente (en particular, cuando se trataba de incomodar al claustro de profesores), la determinación de impulsar una contrarrevolución frente al dominio ideológico del New Deal y su teoría del "Mayoritarianismo Absoluto". Según ésta, la sociedad americana sólo podría vencer a la amenaza comunista si establecía una ortodoxia ideológica y limitaba el libre debate de ideas acerca de dicha ortodoxia.

Desde el punto de vista intelectual, la culminación de esta etapa en la vida de Buckley tiene lugar con la publicación de sus dos primeros libros: God and Man at Yale (1951) y McCarthy and His Enemies (1954), este último escrito junto con su cuñado L. Brent Bozell. En el primero Buckley denunciaba que el profesorado de Yale y los responsables de la institución habían creado un currículum articulado en torno a unas ideas progresistas contrarias a la libertad de mercado y a los principios religiosos y espirituales necesarios, en opinión del joven autor, para la consecución de una formación genuinamente completa. A modo de solución, Buckley proponía separar la función investigadora de la lectiva, y abandonar en este último ámbito el principio de libertad de cátedra. De esta forma, la universidad podría cumplir su misión real de educar al alumnado dentro de ciertos principios fundamentales. Aunque Frank Chodorov revisó el manuscrito y Buckley dedicó una parte significativa de la obra a defender el libre mercado y atacar el intervencionismo del New Deal, es claro que la influencia dominante a lo largo del libro es la del conservadurismo autoritario de Kendall.

McCarthy and His Enemies apunta en la misma dirección. Buckley y Bozell se propusieron, por un lado, elaborar una defensa de Joe McCarthy, el senador por Wisconsin que desencadenó una tormenta política a principios de los 50 al declarar que el Gobierno de los Estados Unidos estaba masivamente infiltrado por agentes soviéticos. Buckley y Bozell admitían que McCarthy había sido destruido por sus propios excesos, pero insistían en que una forma sensata de macartismo era la mejor base para crear un consenso político, u ortodoxia, capaz de sostener el esfuerzo de la Guerra Fría. 

La National Review y los años gloriosos

Tras la publicación de sus dos primeros libros, Buckley pasó a colaborar con varios medios conservadores, especialmente con el mítico The Freeman (heredero de la revista homónima editada por Nock) y con The American Mercury, la publicación conservadora de mayor circulación en aquel momento. Fue entonces cuando Buckley decidió continuar con su vocación periodística, que había despertado en la universidad, y dotar al conservadurismo americano de un vehículo que le permitiera hacer comunicación a gran escala y de forma inteligente. The Freeman, siempre circunscrito a las ideas libertarias, se vio sometido a una permanente crisis financiera; desapareció a principios de los 50, y jamás consiguió una circulación superior a los 20.000 ejemplares. Por lo que hace a The American Mercury, derivó desde mediados de los 50 hacia el radicalismo antisemita.

Con el apoyo financiero de su padre y de un puñado de inversores conservadores, Buckley se convirtió en 1955 en el editor y único propietario de la National Review. Hacia 1957, la nueva cabecera difundía 18.500 ejemplares; en 1958 superaba ya al viejo The Freeman; diez años después de echar a andar, alcanzaba los 100.000 ejemplares. No obstante, el impacto de la National Review y la influencia de su editor no pueden medirse tan solo en términos de difusión: y es que Buckley contribuyó a revolucionar el corpus ideológico y el estatus del conservadurismo norteamericano.

Buckley reunió a los mejores y más sofisticados escritores conservadores del momento. Además, hizo de la National Review una publicación conservadora que, aparte de rigor, ofrecía una lectura amena, divertida e irreverente. Toda una novedad. Su calidad literaria era comparable a la de las revistas progresistas de gran circulación, como Time o Newsweek. Por otra parte, la National Reviewno tenía el aire sectario de sus predecesoras. Buckley aceptó que los principios de la socialdemocracia eran legítimos, aunque equivocados, y entabló un debate de igual a igual con las cabeceras progresistas. Sorprendidos por la irrupción de una revista joven, inteligente y relativamente moderada en las formas, los medios de la intelligentsia progresista no tuvieron otra opción que, en contrapartida, aceptar como legítimos los principios defendidos por los buckleyitas. Buckley había dotado al conservadurismo de una voz respetada, aunque a regañadientes, por la intelectualidad dominante.

Como editor y propietario único, Buckley podía ejercer un nivel de control indiscutible sobre la línea editorial de la revista, lo que le permitió crear una atmósfera propicia para la aparición de un discurso editorial nuevo que pronto se convertiría en la espina dorsal del conservadurismo norteamericano. Este discurso se articulaba en torno a los tres pilares ideológicos con que había crecido el propio Buckley: el anticomunismo, el conservadurismo tradicionalista y el liberalismo minarquista. Aunque con frecuencia superpuestas, cada una de estas corrientes mantuvo un corpus ideológico independiente, y a veces opuesto a las demás. Así, por ejemplo, los tradicionalistas albergaron siempre un recelo considerable hacia el libre mercado, mientras que los neoclásicos liberales trataban las cuestiones sobre moralidad, valores y religión como asuntos privados. No obstante, de estas tres fuentes surgió un conservadurismo nuevo que rompía con la tradición anterior a 1945 en, al menos, dos aspectos fundamentales.

A diferencia del liberalismo de los viejos minarquistas como Chodorov y Nock, el conservadurismo de Buckley era definitivamente internacionalista, entusiasta de organizaciones internacionales como la OTAN (no tanto de la ONU) y decidido a confrontar la amenaza soviética allí donde fuera necesario. Por otro lado, y como bien señalaron los libertarios de los años 60 y 70, la National Review mostró un marcado escoramiento hacia el conservadurismo tradicionalista y más estatista. Desde muy pronto, Buckley rechazó explícitamente el anarcoliberalismo extremo de pensadores como Murray Rothbard o Ayn Rand. Años más tarde, Buckley reconoció que, si bien el liberalismo clásico despertaba su simpatía, nunca incitó la pasión generada por el anticomunismo y por la lucha en favor de preservar los valores de la sociedad tradicional.

Este escoramiento ideológico se vio reforzado por la incorporación a la revista de buen número de antiguos izquierdistas convertidos al tradicionalismo. Tres de ellos desempeñarían un papel fundamental tanto en la National Review como en la vida de Buckley: James Burnham, Frank Meyer y Whittaker Chambers. Meyer desarrolló lo que él llamaba fusionismo entre el liberalismo clásico y el conservadurismo tradicionalista. Burnham y Chambers, por su parte, se incorporaron a la revista como feroces anticomunistas preocupados por el deterioro de la fibra moral de Occidente. Ambos desarrollaron una estrecha amistad con su editor, y reforzaron la creciente influencia de los conservadores tradicionalistas y más autoritarios sobre Buckley y, en general, sobre el discurso proyectado desde las páginas de la National Review.

Uno de los objetivos fundamentales que Buckley se había marcado al fundar la National Review era lograr que el establishment aceptara los principios que ésta defendía como legítimos. Buckley hizo que la revista dejara de lado a los elementos menos brillantes de la derecha americana, como el antisemitismo latente y el aislacionismo. Más tarde, a mediados de los 60, la National Review arriesgó su propia existencia cuando repudió definitivamente cualquier asociación con la influyente John Birch Society, una organización anticomunista cuyos excesos, que en algo recordaban al macartismo defendido por Buckley una década antes, incluían el acusar al presidente Eisenhower de ser un agente del KGB. En la misma línea, y también a lo largo de los 60, Buckley abandonaría gradualmente su apoyo al racismo de los sureños blancos. 

Su carisma y su capacidad para el humor rápido y mordaz pronto lanzaron a Buckley hacia el estrellato mediático y la notoriedad. Su columna semanal traspasó las paginas de la National Review:en 1960 se publicaba en más de trescientos medios de todo el país. En cuanto a sus libros –entre los que destacan Up from liberalism (1959), The Unmaking of a Major (1966), sobre su campaña kamikaze por la alcaldía de Nueva York, y The Jewler’s Eye (1969)–, saltaban directamente a las listas de más vendidos. A su trabajo con la letra impresa Buckley añadió una creciente actividad como comentarista en radio y televisión. En 1966 empezó a retransmitirse Firing Line, un programa de debate televisivo por él presentado y al que, durante los treinta años siguientes, acudirían las principales figuras de la política norteamericana. Sería merecedor de un Emmy en 1968. En 1967 los prestigiosos Harper's Magazine y The Wall Street Journal publicaron sendos retratos de Buckley, mientras que Time lo llevó a su portada en noviembre. A medida que Buckley era más y más aceptado por la élite cultural, mediática y política de la nación, también lo eran sus ideas conservadoras.

Al tiempo que Buckley se convertía en el rostro del conservadurismo estadounidense, éste proseguía con su imparable proceso de crecimiento y consolidación; proceso en el que Buckley desempeñaría un papel crucial. En 1960 fue el anfitrión del encuentro del que surgiría la Young Americans for Freedom (YAF), la organización que articularía el potencial político de los jóvenes conservadores en los campus universitarios del país. Pero el año que marcaría definitivamente el devenir de los conservadores estadounidenses fue 1964, cuando Barry Goldwater capturó la candidatura presidencial del Partido Republicano.

Aunque Buckley y los intelectuales de la National Review fueron fundamentales en el proceso previo a la victoria de Goldwater en las primarias, las rencillas con el círculo íntimo de éste provocaron que la actividad de aquéllos durante las elecciones nacionales se redujera a prestar apoyo al candidato republicano desde las páginas de la revista. Las cosas cambiarían radicalmente después de que Goldwater cosechara la peor derrota de un candidato presidencial hasta aquel momento.

A pesar de la magnitud del desastre, la candidatura de Golwater sirvió para galvanizar al electorado y a los numerosos activistas de base conservadores. Tras la derrota se inició un periodo de actividad febril del que surgiría una plétora de organizaciones destinadas a capturar la fuerza política de la derecha. De entre esa multitud, y tras un periodo de transición, emergieron dos entidades que, junto con la YAF, servirían de conductos para organizar el movimiento conservador americano. A la creación de ambas, así como a la de la YAF, contribuyó decisivamente Buckley. Nos referimos a la American Conservative Union (ACU) y a la Philadelphia Society. Ésta pronto se constituyó en el principal foro de debate y opinión de la intelectualidad conservadora. Por lo que respecta a la ACU, continúa siendo una de las más importantes organizaciones de presión, publicidad y agitación políticas.

Madurez del movimiento y ocaso personal

La campaña presidencial de 1968 y la subsiguiente Administración Nixon representaron el momento estelar del movimiento conservador de Buckley en al menos dos aspectos. En primer lugar, sirvieron para exhibir por primera vez el músculo político conservador en una campaña presidencial exitosa. En segundo lugar, Buckley completó durante la Administración Nixon su metamorfosis desde enfant terrible a figura del establishment dispuesta a frenar los impulsos más radicales de sus correligionarios.

Las de 1968 fueron las primeras elecciones en que la National Review apoyó oficialmente y sin reservas a uno de los candidatos. Irónicamente, ese candidato, Richard Nixon, era el hombre que había derrotado en las primarias republicanas a nada menos que Ronald Reagan. Al principio Buckley consideraba a Nixon como un mal menor, un candidato con posibilidades reales de ganar (a diferencia de Goldwater en 1964) y un presidente preferible a cualquiera que los demócratas pudieran escoger. A medida que la campaña avanzaba, y, sobre todo, una vez que Nixon llegó a la Casa Blanca, las cosas cambiaron.

Consciente de la creciente fuerza política del movimiento conservador, Nixon se embarcó en un intenso cortejo de sus principales líderes. Halagado por las atenciones de todo un candidato presidencial, y atraído por el prestigio de la Presidencia, Buckley hizo que la National Review se proclamase favorable a Nixon. Las atenciones continuaron una vez se hubo instalado éste en la Casa Blanca: encuentros regulares con el presidente (algo especialmente notable, dado lo retraído que era Nixon) y aún más frecuentes con Henry Kissinger, quien, junto con David Niven y J. K. Galbraith, pasó a formar parte del círculo de íntimos glamurosos (y alejados del conservadurismo) de Buckley.

Halagar a Buckley le fue de gran utilidad a un presidente como Nixon, con pocos escrúpulos y una enorme capacidad para la manipulación. Así, en 1972 logró que aquél refrenara, durante meses, el creciente descontento de los conservadores de base por la evidente falta de brújula ideológica de la Administración. En 1974 Buckley y los conservadores serían el apoyo más firme de Nixon, hasta que se hizo evidente su culpabilidad en el caso Watergate. A cambio, lograron el no despreciable prestigio y la respetabilidad asociados con las declaraciones de apoyo (aun si éstas rara vez se materializaban en iniciativas legislativas) del inquilino de la Casa Blanca.

A lo largo de los años 60 y 70 los asuntos que ocupaban el centro del debate político cambiaron. Mientras Buckley alcanzó la madurez discutiendo acerca de Joe McCarthy o los derechos de los sureños blancos, los 60 y 70 trajeron las guerras culturales, el creciente consumo de drogas, la disolución de la familia tradicional y la legalización del aborto. Los intereses de Buckley y su círculo íntimo dejaron de marcar la agenda. Asimismo, surgió una nueva hornada de activistas conservadores. A diferencia de Buckley y compañía, estos activistas contaban con un movimiento sólido y capaz de hacerse respetar tanto por los aliados como por los enemigos. Y, a diferencia de Buckley y compañía, tenían escaso interés por ganarse el respeto de la progresía dominante.

Con esta nueva generación desapareció el espíritu elitista que impregnaba el pensamiento de Buckley. Las páginas de la National Review estaban llenas de colaboradores procedentes de la nobleza europea, tories británicos de clase alta y filósofos inescrutables, pero los jóvenes cachorros estaban más interesados en las elecciones estatales de Iowa o en mantener la presión sobre los congresistas insuficientemente leales a los principios conservadores. Y en crear nuevas organizaciones, como la Heritage Foundation, que llegaría a ser uno de los pilares del conservadurismo norteamericano. Buckley y la National Reviewcontinuaron –continúan– siendo voces de referencia, pero dejaron de ser las únicas fuerzas rectoras de un movimiento cada vez más grande y diverso.

Cuando, en noviembre de 1980, Ronald Reagan llegó a la Casa Blanca, los conservadores americanos cruzaron el Rubicón simbólico que separa a los rebeldes iconoclastas de los años 50 del Goliat social y político que ha llegado a ser el movimiento en la actualidad. En cuanto a Buckley, que desde los 70 disfruta de una posición social privilegiada y del reconocimiento como santo patrón de los conservadores, inició una carrera literaria alejada de la política: ha escrito desde una exitosa serie de novelas de espionaje hasta libros sobre estilo literario o sobre sus experiencias navegando a vela.

En 1991 fue condecorado con la Medalla a la Libertad, la más alta distinción concedida por el presidente de los Estados Unidos a un civil. Todavía hoy, a sus 82 años, se asoma con frecuencia a los medios de comunicación para recordar a los conservadores cómo, siendo un joven rebelde e idealista, puso en marcha el cambio más significativo de los experimentados por la política norteamericana en los últimos sesenta años.

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