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La psicohistoria es imposible

Por Daniel Rodríguez Herrera

Es triste reconocerlo para un asimoviano como yo, pero no puedo ocultar más la realidad. La psicohistoria nunca podrá existir. Pero no por las cuestiones prácticas que el propio Asimov fue deslizando por sus escritos (como que sólo funcionaría a escala planetaria o que telépatas mutantes se puedan cargar sus profecías) sino porque el mismo concepto de esa ciencia está en contra de la realidad.

Para los que no lo sepan, la psicohistoria es una ciencia estadística creada por Hari Seldon que permite predecir el futuro de la acción humana. Por supuesto, no existen ni la una ni el otro, pero ésta es la base de la serie de novelas y cuentos más famosa de la ciencia ficción: la saga de las fundaciones. Pese a ser conscientes de los muchos agujeros que presentaban en el campo de las ciencias físicas cosas como los saltos hiperespaciales, no es tan común darse cuenta del enorme absurdo lógico que representa para las ciencias sociales un elemento tan crucial para el argumento de dicha serie.

Para hallarlo, debemos pensar en cómo actuamos los seres humanos. Para eso, el primer paso es darnos cuenta de que somos racionales. Actuamos poniendo en juego unos medios para llegar a unos fines porque pensamos que los beneficios que éstos nos traerán compensarán la pérdida de dichos medios. Otra cosa es que estemos acertados o equivocados en nuestra acción, pero nos comportamos de una forma racional. Sin embargo, ¿en qué basamos esa elección? En lo que sabemos, en nuestros conocimientos personales. Buena parte del mismo es intuitivo, basado en la experiencia. No podemos, por lo tanto, expresarlo con palabras o números. De modo que si queremos hacer predicciones matemáticas sobre la conducta, deberíamos tener en cuenta de forma centralizada ese conocimiento, que está distribuido en cada una de las personas, y que además es en buena medida tácito y, por tanto, no modelizable. Difícil tarea.

Sin embargo, pasemos por alto estas objeciones y supongamos que se consigue ese objetivo. En cada acción que tomamos creamos de la nada nuevo conocimiento que, a su vez, influirá en las acciones futuras propias y de otros. No sólo al inventar un nuevo cacharro o al descubrir un nuevo principio científico, aunque sean los casos más evidentes. Posiblemente, al nivel social en el que se mueve la psicohistoria, sea mucho más importante la comercialización y popularización de dichos inventos. El mero hecho de aprovechar una oportunidad de negocio, crea la información de que eso que se aprovecha es un negocio estupendo, que previamente no existía y que, por tanto, no puede ser prevista con carácter previo. No podemos saber algo que ignoramos, porque entonces no lo ignoraríamos. Ergo no puede haber nunca psicohistoria, mientras la humanidad no sea una serie de clones idénticos entre sí sin creatividad alguna, incapaces de crear ninguna información nueva en un mundo en equilibrio, donde no se cree ni se destruya nada.

Claro que esto llevará a pensar a muchos, si están de acuerdo conmigo en lo que acabo de exponer, que la ciencia económica actual, con sus gráficos, estadísticas y ecuaciones de equilibrio, no es más que un enorme monumento a la arrogancia humana, un timo mayor aún que la existencia de la "ingeniería" del software. También destruye el mito de que se puede construir un sistema económico basado en decisiones centralizadas. Pero bueno, esas conclusiones temo que no sean tan populares.

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