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Keynes y los rojos

Por Ralph Raico

Existe la opinión generalizada dentro del mundo académico de que John Maynard Keynes fue un ejemplo modélico de liberal clásico en la tradición de Locke, Jefferson y Tocqueville. Se sostiene que, igual que estos hombres, Keynes fue un sincero e incluso ejemplar partidario de la sociedad libre. Si se alejó de los liberales clásicos en algunos aspectos obvios e importantes, fue simplemente debido a que trataba de actualizar el ideario liberal esencial, para adaptarlo a las condiciones económicas de los nuevos tiempos.

Sin embargo, si Keynes era un modélico defensor de la sociedad libre, ¿cómo es posible explicar sus peculiares comentarios, en 1933, apoyando, si bien con reservas, los "experimentos" sociales que por entonces estaban llevándose a cabo en Italia, Alemania y Rusia? ¿Y qué decir de su extraña introducción a la edición traducida al alemán de 1936 de su Teoría General, en la que escribe que sus propuestas de política económica encajan mucho más en un estado totalitario como el que entonces dirigían los nazis que en, por ejemplo, Inglaterra?

Los defensores de Keynes tratan de minimizar el significado de estas declaraciones, explotando ciertas ambigüedades. Pero por lo que tengo noticia, ninguno de ellos se ha molestado siquiera en ocuparse de unas manifestaciones nada ambiguas del mismo Keynes. Éstas se incluyeron en una breve alocución radiada que pronunció para la BBC en junio de 1936, dentro de la serie "Libros y Autores" y que puede encontrarse en el volumen 28 de sus Obras Completas (Collected Writings, pp. 333-334).

El único libro tratado con cierta extensión en esta alocución, es el enorme volumen que acababan de publicar Sydney y Beatrice Webb titulado Comunismo Soviético (Soviet Communism), cuya primera edición incluía el subtítulo, ¿Una nueva Civilización? (En posteriores ediciones fueron eliminados los signos de interrogación).

Los Webbs, como lideres de la Sociedad Fabiana, habían trabajado durante décadas para implantar el socialismo en Gran Bretaña. En los años 30, se convirtieron en propagandistas entusiastas del nuevo régimen comunista en Rusia –en palabras de Beatrice "se habían enamorado del comunismo soviético". (Lo que ella llamaba "amor" fue calificado por, el marido de su sobrina Malcolm Muggeridge, como "adulación bobalicona.")

Fue durante su vista de tres semanas a Rusia, en la que Sydney se jactaba de haber sido tratados como una especie de "nueva clase de realeza", cuando las autoridades soviéticas les suministraron los hechos y estadísticas que incluirían en su libro. Los comunistas quedaron muy satisfechos con el resultado final. En la misma Rusia, Comunismo Soviético (Soviet Communism) fue traducido, publicado y promocionado por el régimen; como declaró Beatrice: "Sydney y yo nos hemos convertido en símbolos en la Unión Soviética".

Desde su primera aparición, Soviet Communism ha sido considerado como un ejemplo perfecto de la ayuda y el apoyo incondicional prestado al estado-terror estalinista, por los literatos amigos que viajaban al país. Si Keynes hubiera sido un liberal y un amigo de la sociedad libre, uno hubiese esperado que su reseña hubiese sido una dura crítica al respecto. En realidad ocurrió lo contrario. En su alocución, Keynes proclama que Soviet Communism es un libro que "todo ciudadano serio haría bien en examinar. Hasta hace bien poco los eventos en Rusia se estaban sucediendo a tal velocidad y la brecha entre la teoría y los logros efectivos era tan amplia que no era posible hacer una valoración. Ahora sin embargo, el nuevo régimen ya está suficientemente cristalizado para ser examinado. El resultado es impresionante. Los innovadores rusos han superado ya no sólo la etapa revolucionaria, sino también el periodo doctrinario. Ya queda poco o prácticamente nada que mantenga una especial relación con Marx o el Marxismo y que lo distinga de otros sistemas de socialismo. Los soviéticos están ocupados en el vasto empeño administrativo de hacer que funcionen de forma tranquila y exitosa, sobre un territorio tan extenso que ocupa una sexta parte de la superficie de la Tierra, toda una nueva serie de instituciones sociales y económicas. Los procedimientos siguen variando rápidamente para ajustarse a las nuevas experiencias. Estamos asistiendo al mayor grado de experimentalismo y empirismo jamás intentado por unos administradores desinteresados. En este sentido los Webbs con su libro nos han permitido contemplar la dirección en la que parecen moverse las cosas y hasta dónde han llegado de momento".

Para Keynes, Gran Bretaña tiene mucho que aprender del tratado de los Webbs: "El libro me deja con un fuerte deseo y anhelo de que nosotros en este país, sepamos descubrir cómo combinar una disposición ilimitada para experimentar cambios en nuestros modos y en nuestras instituciones políticas y económicas, en todas las ramas del sentimiento y de la acción, con la preservación de la tradición y una especie de conservadurismo cauteloso, que atesore toda la experiencia vivida por el genero humano". Adviértase de paso, la marcha atrás e inconsistencia estudiada tan típica de todo el pensamiento social de Keynes –"una ilimitada disposición para experimentar" debe combinarse con "la tradición" y "un conservadurismo cauteloso".

En 1936 no existía ninguna necesidad de depender de la engañosa propaganda de los Webbs para obtener información sobre el sistema estalinista. Eugene Lyons, William Henry Chambrelin, el propio Malcolm Muggeridge y otros ya habían revelado la espantosa verdad acerca del osario gobernado por los "administradores desinteresados" de Keynes. Cualquiera dispuesto a escuchar, estaba en disposición de conocer los hechos relativos a la hambruna-terror de comienzo de los años 30, el vastos sistema de campos de trabajo esclavo, y la miseria prácticamente universal que siguió a la abolición de la propiedad privada. Para aquellos que no estuviesen cegados por el "amor", no era difícil discernir que lo que Stalin estaba erigiendo era el modelo estado-genocida del siglo XX. En la reseña de Keynes, y en la falta de preocupación respecto de las mismas por parte de sus partidarios, volvemos a encontrar de nuevo, el extraño doble rasero que Joseph Sobran sigue subrayando. Si algún famoso escritor hubiese dicho algo semejante de la Alemania Nazi en 1936, su nombre seguiría apestando hoy día. Y sin embargo, por muy perversos que los nazis acabaran siendo más adelante, en 1936 sus víctimas sólo eran una pequeña fracción de las producidas por el comunismo.

¿Cómo se explica las alabanzas de Keynes al libro de los Webbs y al sistema soviético? No hay duda de que la mayor razón es el sentimiento compartido con los dos líderes fabianos: un odio profundo contra el ánimo de lucro y la ganancia monetaria. De acuerdo con su amiga y compañera dentro del movimiento fabiano, Margaret Cole, era en su sentido moral y espiritual en el que los Webbs veían a Rusia como "la esperanza del mundo". Para ellos, lo "más excitante" de todo era el papel del Partido Comunista que de acuerdo con Beatrice era una "orden religiosa" ocupada en crear la "conciencia comunista". En 1932, Beatrice anunciaba: "Es a causa de que creo que ha llegado el día del cambio del egoísmo por el altruismo –como principal motor de la humanidad- por lo que soy comunista". En el capítulo sobre "En lugar del beneficio" de Soviet Communism, los Webbs muestran su entusiasmo acerca de la práctica de reemplazar los incentivos monetarios por los rituales de "avergonzar al impenitente" y de autocrítica comunista. Ya cerca del final de su vida, en 1943, Beatrice seguía alabando a la Unión Soviética por su "democracia multiforme, su igualdad de sexo, clase y raza, su planificación de la producción para el consumo de la comunidad, y sobre todo por su penalización del afán de lucro".

En cuanto a Keynes, su animadversión por los motivos monetarios de la acción humana llegó a ser una obsesión. Consideraba el deseo de ganar dinero como "el problema ético central de la sociedad moderna", y tras su propia visita anterior a la Unión Soviética, aclamó como una "tremenda innovación" la supresión del motivo pecuniario. Para él, igual que para los Webbs, ésta era la esencia del elemento "religioso" que detectaba y admiraba en el comunismo. Un aspecto notable de la loa de Keynes al comunismo es su ausencia total de cualquier análisis económico. Keynes parece ignorar alegremente que pueda existir un problema de cálculo económico racional bajo un régimen socialista, tal y como había sido puesto de manifiesto un año antes en un volumen editado por F.A. Hayek Collectivist Economic Planning, que incluía el ensayo seminal de Ludwig von Mises El Cálculo Económico en una Sociedad Socialista. Mientras los economistas habían estado discutiendo esta cuestión durante años, todo lo que le preocupaba a Keynes era lo excitante del gran experimento, el alcance imponente de los cambios sociales que estaban ocurriendo en Rusia bajo la dirección de esos "administradores desinteresados". Esto nos trae a la memoria los comentarios de Karl Brunner en relación con las nociones de Keynes sobre la reforma social: "Difícilmente uno podría adivinar del material contenido en sus ensayos que (éstos) habían sido escritos por un científico social, incluso por un economista. Cualquier utópico social de la inteligentsia podría haberlos producido. En ellos jamás se hace frente o son examinados multitud de aspectos cruciales."

No, Keynes no fue ningún "liberal modelo", sino por el contrario un estatista y apologista ocasional de los más despiadados regímenes del siglo. Sus peculiares comentarios, especialmente de la Rusia Soviética, añadidos a sus teorías económicas siempre favorables a la ampliación de los poderes gubernamentales y sus visiones utópicas dominadas por el estado, deberían frenar a aquellos que le incluyen sin dudar en las filas liberales. Considerar a Keynes como "el liberal modelo del siglo XX" sólo puede servir para hacer completamente incoherente un concepto histórico indispensable.

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