liberalismo.org
Portada » Bitácoras » Seny » Junio 2005

Seny: Junio 2005

16 de Junio de 2005

Rosas blancas en la embajada de Cuba
Con algo de retraso, me entero de lo siguiente...
Protesta pacífica en la embajada de Cuba en Argentina

Miembros de la Federación Internacional de Jóvenes Liberales depositaron el sábado 11 de junio rosas blancas en la sede de la representación diplomática de la dictadura cubana en Argentina. Este acto pacífico por parte de jóvenes liberales de América Latina y Europa, tuvo como objetivo protestar por la violación de los derechos humanos en Cuba, donde hay cerca de 400 presos de conciencia.
Aquí las fotos.

14 de Junio de 2005

Mbeki: África necesita capitalismo
Alex Singleton comenta hoy en Samizdata un artículo muy interesante sobre África. Se titula The private sector, political elites and underdevelopment in Sub-Saharan Africa y lo escribe Moeletsi Mbeki, hermano del presidente de Sudáfrica.

Hay tres párrafos de Mbeki que ofrecen una imagen poco divulgada pero muy convincente del continente vecino:
El sector privado africano consiste predominantemente de campesinos y, en segundo lugar, de empresas subsidiarias de multinacionales extranjeras. Ninguno de estos dos grupos tiene total libertad para operar en el mercado puesto que ambos están dominados políticamente por otros; no-productores que controlan el Estado. Ahí yace la debilidad del sector privado en África que explicda su incapacidad para convertirse en motor de desarrollo económico. El sector privado africano carece de poder político y no es, por lo tanto, libre para maximizar sus objetivos. Sobre todo, no es libre para decidir qué sucede con sus ahorros.

Fundamentalmente, la elite política usa su control del Estado para sonsacar aquellos superávits o ahorros que si el campesino tuviese libertad para retener, los invertiría en la mejora de sus técnicas de producción o en la diversificación en otras actividades económicas. Mediante comisiones de marketing, sistemas fiscales y similares, la elite política desvía estos ahorros para financiar su propio consumo y para fortalecer los instrumentos represivos del Estado.

Cuando los colonialistas se retiraron a partir de la década de 1950, estas [empresas occidentales] subsidiarias perdieron su principal protector, el Estado colonial. Pronto, al igual que los campesinos, fueron presa de los apetitos y caprichos de las nuevas elites políticas africanas que controlaban los Estados africanos recién independizados. Las afortunadas fueron nacionalizadas y sus propietarios fueron compensados en consecuencia; las menos afortunadas fueron ‘privatizadas’ [confiscadas por políticos individuales sin compensación]
Para cambiar la situación, Mbeki propone los siguientes pasos:

Primero, privatizar la tierra entregándola a los campesinos que la trabajan y “abolir la propiedad comunal, que, en realidad, es propiedad del Estado”.

Segundo, acabar con la intermediación del Estado en las ventas de productos agrarios en los mercados extranjeros. Cuando los propios campesinos puedan subastar sus productos a título propio en los mercados internacionales, serán ellos quienes se enriquecerán y no las elites políticas.

Tercero, el desarrollo de instituciones financieras independientes del Estado que puedan ayudar al desarrollo del tejido agrícola, pero también industrial y comercial. Para ello, los donantes extranjeros son cruciales.

Los dos últimos párrafos de Mbeki no tienen desperdicio:
¿Qué sistema socio-político conllevarían estos cambios? ¡Ciertamente, no el socialismo! Estos cambios traerían por vez primera a África la economía de mercado capitalista que responde a las necesidades de los productores africanos en vez de lo que ha venido sucediendo en el pasado, para las necesidades de los colonialistas y, en tiempos más recientes, para los no-productores que tratan de perpetuar el papel desempeñado para África por los colonialistas como productor principal.

Una lección importante de la que el África subsahariana podría aprender son las reformas agrarias que tuvieron lugar en la China durante los pasados 25 años, más o menos. Fueron en un primer momento los cambios en el sector agrario los que hicieron posible que China se embarcara en su actual proceso de vertiginosa industrialización.

10 de Junio de 2005

San Juan Pablo II, ¿El Gran Genocida?
Michael Cook comenta en TechCentralStation que podría estar complicándose la cosa para que Juan Pablo II llegue a santo. Se dice que su postura contra los preservativos ha causado innumerables muertes en los países más pobres. Según Rosemary Neill del The Australian, “acabará siendo acusado de crímenes contra la Humanidad”. En The Guardian, , Polly Toynbee le ha comparado a Lenin pues “ambos pusieron la ideología extrema por delante de la vida y de la felicidad humana, a un coste inimaginable.”

Pero para Cook “echar la culpa de la tragedia del SIDA africano a un hombre es una de esas ideas que, en palabras de George Orwell, resulta ‘tan estúpida que sólo los intelectuales podrían creérsela’”. Y resume el meollo de la cuestión así:
Dos ideas dudosas corren por estas críticas. La primera es básicamente esta: los católicos africanos son tan devotos que si mantienen relaciones sexuales fuera del matrimonio, se relacionan con prostitutas o toman una tercera esposa, píamente se abstendrán de usar condones porque el Gran Padre Blanco así lo ordena. La Sra. Toynbee invoca sombríamente “el poder más produndo del Vaticano [...] su autoridad personal sobre 1.300 millones de creyentes, que es más poderosa sobre los devotos más pobres e indefensos."
Pero ella no puede guardar su ropa y nadar al mismo tiempo: estos católicos de piel negra no pueden ser al mismo tiempo demasiado santurrones para usar condones y demasiado traviesos para resistirse a la tentación.
Es más, Cook ofrece unos datos sorprendentes para relacionar directamente el catolicismo con el SIDA:
El superponer mapas de incidencia del SIDA sobre mapas de incidencia del catolicismo es suficiente para desmontar el lazo entre la Iglesia Católica y el SIDA. En Swazilandia hoy en día, sólo un 5 % de la población es católica. En Botswana, donde el 37 % de la población está infectada por el VIH, sólo el 4 % de la población es católica. En Sudáfrica, el 22 % de la población está infectada por el VIH y sólo el 6 % es católico. Pero en Uganda, con un 43 % de la población siendo católica, la proporción de VIH adultos infectados es del 4 %.
De hecho, el 27 % de la ayuda contra el SIDA proviene de la propia Iglesia y de ONGs católicas. Con lo que Cook comenta que “estas estadísticas sugieren que la verdadera historia podría ser más bien la opuesta a la que cuentan los medios de comunicación: el catolicismo podría, de hecho, ser el mejor profiláctico.”

En su artículo también ataca la idea de que los condones sean la mejor opción. Para empezar, sólo lo son si se usan correcta y regularmente, algo difícil de conseguir en países desarrollados, no digamos ya en África. Por ello, los pocos estudios que existen sobre la eficacia de los condones en los países pobres resultan desalentadores. La fidelidad en el matrimonio y la abstinencia, en cambio, están dando resultados claramente positivos en Uganda, donde la infección ha caído al 6 %, cuando en 1991 estaba en el 21 %.

Cook acaba el artículo preguntándose qué puede haber detrás de esta campaña de calumnias contra Juan Pablo II. Pero, realmente, poco puede sorprender que los que desean que rindamos nuestro poder a los burócratas internacionales, odien con todas sus fuerzas a quien promueve la responsabilidad individual frente al hedonismo y la sumisión a terceros.

Es curioso que se califique de genocida a un hombre que no tenía poder para exigirle obediencia a nadie. Más curioso resulta que los acusadores sean los mismos que defienden la coerción mundial para acabar con todos los males (reales e imaginarios). También es curioso que esta gente que siempre lo evalúa todo por el gasto (más gasto en educación, en sanidad, en bla, bla, bla...) haga caso omiso del gasto de la Iglesia Católica en esta cuestión. En el fondo, esto último es comprensible: tiene que chincharles a más no poder que este gasto sea tan grande y tan voluntario en comparación con el de su idolatrado y mal llamado Estado del Bienestar. Y si de paso sirve para que nos olvidemos un poco de los verdaderos genocidas, pasados y presentes, tanto mejor para estos sinvergüenzas.

5 de Junio de 2005

Exactamente la guerra que no debemos evitar
No podría estar más de acuerdo con el comentario que hace hoy Perry de Havilland en Samizdata. Os lo traduzco completo:

¿Me lo parece sólo a mí o la UE da la impresión de estar realmente nerviosa?

El presidente de la Comisión Europea Jose Manuel Barroso dice:

Europa debe evitar una guerra ideológica entre el capitalismo de libre mercado y el estado del bienestar después del no a la constitución, dijo el sábado.

Falso. Una guerra ideológica es exactamente lo que necesitamos y hace tiempo que la echamos en falta. Coged vuestras llaves de tuercas y encontrad engranajes donde aplicarlas.
Amén.

1 de Junio de 2005

Ser libre sin un mínimo de salud o formación
Comentaba ayer Derem en esta bitácora que los “derechos sociales a la educación y a la salud son distintos porque inciden directamente en uno de los derechos individuales: el derecho a la libertad. No se puede ser libre sin un mínimo de salud o de formación. Si uno tiene hambre, vive en una zona pobre o cualquier otra circunstancia, puede reaccionar, trabajar, emigrar. Si está enfermo o es un profundo ignorante, ni eso puede o sabe.” Y añadía: “Sinceramente, no puedo seguir una ética que me lleva a condenar a un niño o a un enfermo. Prefiero perder, de una forma organizada, parte de mi derecho a la propiedad.”

Lo último me parece muy loable. El día que el sufrimiento ajeno nos deje absolutamente indiferentes, estaremos acabados. Pero pienso que hay que hacer tres observaciones antes de entrar en lo de la libertad sin pan:

1. El mal ajeno no es una hipoteca sobre el bienestar propio. Excepto cuando uno mismo es el culpable de ese mal, claro está. Y me parece imprescindible trazar esa línea divisoria con claridad. Una cosa es nuestra obligación a compensar el mal que hemos hecho o al que de alguna manera hemos contribuido y otra muy distinta el obligarse a “salvar el mundo”.

Recientemente he sufrido la pérdida de un ser amado que se cargó con cruces que no eran suyas. Hay algo de heroico en ello. Sus intenciones eran buenas y de lo más generoso. Han sido muchos los que me han comentado lo que hizo por ellos. Pero uno no debería llevar nunca el altruismo hasta ese punto, es un pozo sin fondo.

2. Preferir renunciar a la propiedad no implica el derecho a exigírsela a lo demás. Pero aunque me parezca un error poner los intereses de los demás por encima de los de uno mismo, uno está en su derecho de hacerlo. Ahí es donde nos encontramos con la segunda línea, que debe trazarse, si cabe, con mayor claridad todavía. Entregarse a los demás es una cosa, obligar a los demás a hacerlo es otra muy distinta. Lo primero es altruismo que puede resultar más o menos autodestructivo, lo segundo es opresión pura y dura.

3. ¿Puedes limitarlo a sanidad y educación? Esa tranquilidad mínima “para ser libres” no sólo requerirá cuidados médicos y educación sino también alimentos y protección. Como he repetido varias veces al hablar de los “derechos sociales”, ¿dónde trazamos la línea? ¿Unas mil calorías diarias, dos idiomas, cálculo elemental, nociones básicas de historia y geografía mundial, un techo y cuatro paredes? Esto puede parecer razonable, pero obsérvese que hace unos siglos nadie tenía acceso a todo esto. Nadie conocía el contorno de todos los continentes. Nadie sabía como esterilizar un vaso de leche. Ese mínimo estará en continua expansión, mientras tengamos la libertad suficiente. ¿Tiene sentido reclamar como derecho universal algo que era materialmente inalcanzable a nuestros predecesores? Si contestamos afirmativamente estaremos sentenciando que cuanto más rica es una sociedad más derechos tienen sus ciudadanos. Y las implicaciones de esto en las comparaciones no ya intertemporales sino geográficas, religiosas o raciales resultan espeluznantes.

Pero el meollo de la cuestión es, ¿sin esos derechos sociales mínimos, podemos ser libres? Yo entiendo que la libertad es la ausencia de coerción. La coerción la ejercen los seres humanos. Yo no tengo derechos ante el hambre, la ignorancia o las enfermedades. No puedo exigirles que me dejen en paz. Por muy terribles que sean las circunstancias, si no se da esa coerción, soy libre. Pero, ¿cuándo puedo afirmar que soy libre si aspiro a esos derechos sociales mínimos? ¿Cuánto tienen que garantizarme los demás para poder ser libre? O, como dice Juan Ramón Rallo, “de la misma manera que nadie se ve coaccionado si un terremoto derrumba su casa, no existe coacción porque en este mundo nuestro, la producción deba, necesariamente, preceder al consumo.”

Es muy importante también el darse cuenta de que esos “mínimos para ser libre” tuvieron que ser creados por alguien. Al principio... seguro que no había ni pan ni vino ni aspirinas ni libros de texto. Los inventó alguien. Los creó alguien. Nadie les había garantizado una educación mínima a los que inventaron el lenguaje. Nadie les había garantizado una alimentación mínima a los que desarrollaron la Revolución del Neolítico. Quien creó estas cosas es porque no las tenía. ¿Luego, no era libre? ¿Necesitamos que haya gente menos libre que nosotros para poder ser libres?

Es decir, en una sociedad de necesitados (pongamos el caso de una plaga o una guerra), ¿quién diantre paga la factura de los derechos sociales? Pero aquí el truco del almendruco está en que según cómo se defina la necesidad, todas las sociedades pueden ser sociedades de necesitados. Y puesto que no hay forma objetiva de delimitarlo, esa definición tiende a engordarse hasta que la factura resulta incobrable.

Recapitulando, decía Derem que “derechos sociales a la educación y a la salud son distintos porque inciden directamente en uno de los derechos individuales: el derecho a la libertad.” Precisamente, para cobrarlos alguien tendrá que pagar con sus propios derechos individuales. A unos se les dirá: “tu derecho individual no es relevante; es menos importante que el derecho social de ese otro ciudadano; ¡trabaja para él!” Y a los otros se les dirá: “tu derecho individual no es relevante; son más importantes las obligaciones que los demás tienen para contigo; ¡que trabajen para ti!” No es así como se fomenta el respeto mutuo. No es así como se fomenta el respeto por la libertad de los demás ni por la propia. No es así como se fomenta el respeto por la propiedad privada de los demás ni por la propia. Esta no es manera de estimular los lazos sociales. No es de extrañar que las sociedades que se toman esta dirección, se alejen de la prosperidad. La prosperidad, por ínfima que sea, no es un requisito de la libertad, sino su consecuencia.

Archivo

2004: Febrero Enero

En formato RSS

Usuario Contraseña  
Web alojada en Ferca

Mapa del sitio Mapa del sitio
Texto normal Texto grande