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Haciendo amigos: Abril 2004

Bitácora de Mario Noya

10 de Abril de 2004

Los éxodos silenciados
Arcadi Espada habla de lo que hablan muy pocos, sobre todo en alto/en público, sobre todo en Cataluña (de lo vasco se habla más; incluso se ha escrito un libro -de testimonio, no un estudio-: "La diáspora vasca", de José María Calleja -El País Aguilar, 1999-. Creo recordar que la cifra de 200.000 emigrados que se da en el texto la aportó en su día Francisco Llera, profesor de la UPV):

10 de abril
Nick Lorenzo deja el 25 de marzo, en Sala de Máquinas, una triste anotación sobre su vida. Estuvimos juntos, sin saberlo, la definitiva (e iniciática) noche de lluvia del 24 de febrero de 1981. Años después él se marchó, dice, y ahora vive y cría a su hijo lejos de Barcelona. No conozco datos seguros sobre el número de personas que han abandonado Cataluña desde la restauración democrática. Sí parece que el saldo migratorio entre Cataluña y España se ha mantenido estable durante la década de los noventa. Se fueron casi treinta mil personas y se instalaron otras tantas. Pero a estos números se les puede presentar alguna objeción metodológica. Y sobre la década de los ochenta no hay números fiables. O yo no los conozco. En cualquier caso los números sobre las emigraciones de Cataluña y del País Vasco son uno de los tabús de la democracia española, con escaso reflejo en los medios. Obviamente, la emigración vasca es mucho más dramática. Se habla de hasta doscientas mil personas. Me parece una cifra muy, muy alta. Deben de haber números. Es una emigración más dramática. Y menos interesante, analíticamente hablando. Bajo el cañón de una pistola los análisis pierden relevancia. No sé cuánta gente se ha ido de la pacífica Cataluña. O los que se irían si pudiesen. Ahora bien: sí sé que algunos se han ido de aquí empujados por el malestar. Lo hemos hablado, en muchas noches y lugares españoles. El malestar. Es un gran tema. Gentes que en la Europa democrática abandonan un lugar forzados por las circunstancias ideológicas. Si se mira atentamente acaba resultando raro. Y escandaloso. Es probable que los que se fueron hayan confundido los apocalipsis personales con los colectivos. Era la novia frustrada y no el nacionalismo. O su mediocridad y no la de los nacionalistas. El asma y no el clima. En realidad casi da lo mismo. Lo llamativo es que un discurso de tal naturaleza política pueda argüirse como razón de una emigración. En una democracia. Que veintinco años de democracia y autonomía hayan segregado la posibilidad de semejantes explicaciones. Irse por razones políticas. Hay que mirar bien esta frase. Nadie la mira.

9 de Abril de 2004

Una frase y dos fragmentos. Un libro imprescindible
"¡Corramos, el viejo mundo y los antiguos pensamientos van por delante de nosotros!"

Al habla Glucksmann, en Occidente contra Occidente (Taurus).


Víctor Gago, gran liberal y mejor persona, se hacía eco el otro día en su bitácora de este libro imprescindible.

Habrá que volver a él, al libro de Glucksmann, unas cuantas veces. Porque sí, todo o casi todo está dicho y escrito, pero nada o casi nada se ha entendido, o querido entender, que no es lo mismo pero para el caso sí.

Así que abro el libro y transcribo:

Los terroristas se han arrogado ante el mundo el derecho a matar a quien sea. Y ese principio del "quien sea" anuncia la asunción de un nihilismo cuya peste olfateaba Dostoyevski [en Los Demonios, una de las obras maestras del autor ruso] (...) Ese "mal" que nadie quiere nombrar en nuestros salones posmodernos por miedo a ser tachado de moralista, lo designan los estadounidenses, pues, más allá de la moral, recubre realidades muy concretas a hirientes (...) Los europeos se enfrentan a partir de ahora no ya al adversario absoluto y único propio de la guerra fría, sino a una adversidad polimorfa no menos implacable. Yo la llamo nihilismo. Hitler ha muerto, Stalin está enterrado, pero proliferan los exterminadores. No olvidemos que más de la mitad de la humanidad ha celebrado más o menos discretamente la hazaña de Mohammed Atta. El porvenir está en suspenso. Para existir, Europa debe superar ese desafío posnuclear. Con -y no contra- Estados Unidos. No se trata de escoger entre multipolaridad o hegemonía, sino entre nihilismo y civilización.
(Págs. 32-33)

Otra más, y por hoy basta (volveremos a Glucksmann, repito):

HAY BOMBAS QUE LIBERAN

Ese espantoso embuste, que no sirve más que para que los batallones de pacifistas se mueran de risa, es divulgado por un dudoso personaje que no comete tal despropósito por primera vez. Poeta, cantante, Wolf Biermann fue explusado -tras una larga guerrilla llevada a cabo guitarra en mano- por las autoridades entonces comunistas de Alemania Oriental (...) Él se explica (Spiegel, 24 de febrero de 2003) evocando un recuerdo de infancia: verano de 1943, la aviación angloestadounidense bombardea sin miramientos, Hamburgo está en llamas y él, con seis años, se encuentra en medio. Su madre le coge en brazos, corre, se lanza, atraviesa el canal. Salvados por los pelos. Ella le lleva hasta la orilla, le enseña las ascuas y de buenas a primeras le dice: "Eres muy pequeño, hijo mío, pero puedes entenderlo; esos aviones tan terribles, tan terroríficos, vienen a liberarnos de gente mala, malísima, que se llevaron a tu papá, tu papá tan bueno. Hay bombas que liberan". (...) El niño ha crecido, y sigue considerando un "regalo del cielo" las bombas inglesas; junto con su madre, rezaba para que llegaran, cayesen, aplastasen y liberaran. ¿De la vida? No, de Hitler.

(Págs. 185-186)
Corregidme si me equivoco, pero esta es la primera vez que el Cato publica un artículo que no concuerda con sus tesis sobre la guerra de Irak. Su autor: Lorenzo Bernaldo de Quirós.

"Teníamos que elegir entre la indignidad y la guerra. Elegisteis la indignidad y ahora tenéis la guerra". Churchill, el profeta que no quiso serlo.

Cuántas veces habrá que recordar su frase, en estos tiempos donde campa por sus respetos el conocimiento inútil, que diría el gran Revel.

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