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Pensar por ideas: Febrero 2007

21 de Febrero de 2007

La política de la fe y la política del escepticismo
Hace no mucho Eduardo escribió un artículo brillante con el que me siento plenamente identificado. Uno disfruta inmensamente leyendo la claridad con que expone múltiples ideas que revolotean por mi cabeza y que bien podrían dar un por qué al título de mi otro blog. Oakeshott en su día habló de la política de la fe y la política del escepticismo. Eduardo acierta de lleno al caracterizarlo:

"Aunque Francis Bacon se reía de aquellos que negaban la "evidente verdad" de que el sol y las estrellas giraban en torno a la tierra, sin embargo no podríamos considerarlo un dogmático en el sentido fuerte, puesto que tenemos derecho a suponer que el filósofo británico habría rectificado su absolutismo, con respecto a la "evidencia" geocéntrica, si se le hubieran presentado suficientes evidencias favorables al heliocentrismo. En cambio, la teología dogmática sí puede considerarse un caso claro de dogmatismo fuerte. Ninguna "evidencia" o razonamiento disuadirá jamás al teólogo dogmático de que Dios es una unidad de tres personas, padre, hijo y espíritu santo, y de que el hijo es consubstancial al padre, a la manera como difícilmente ningún crítico marxista disuadirá al dogmático del diamat de que la segunda ley de la termodinámica no es una norma "burguesa", o de que las leyes de la historia no conducen inexorablemente a la sociedad socialista.

(...)

La actitud escéptica, que es la mejor previsión contra el absolutismo y la "filosofía oracular" (por decirlo a la manera de Popper), no es idéntica al nihilismo moral o al escepticismo epistemológico fuerte, que niega toda naturaleza de verdad al programa científico. Por el contrario, el escepticismo saludable es únicamente la lógica reserva que cualquier persona instruída debería guardar tanto sobre las afirmaciones extraordinarias como sobre el pensamiento dogmático, no crítico.

La traducción política de esta actitud se parece a cierta versión del pragmatismo, siempre que no se confunda con su versión posmoderna (Anything goes!). El pragmatismo político es una crítica del pensamiento 100 % por cuanto sospecha de los excesos del teoreticismo o las "políticas del libro", al modo de Oakeshott. La actitud política pragmática no se guía por la persecución del sumum bonum, sino por la huída prudente del sumum malum. Desconfía de la perfectibilidad humana, y en cambio, afirma la imperfectibilidad del ser humano, sin que esto suponga un rechazo absoluto del progreso social o político.

(...)

En definitiva, un espíritu pragmático no sueña tanto con alcanzar la democracia perfecta o alguna otra clase de regímen político copia de modelos eternos, sino que intenta antes que ninguna otra cosa prevenir el despotismo, la tiranía y el desorden criminal. Karl Popper propuso, en este sentido, mantener una "ingeniería social gradual" opuesta a otra "ingeniería social utópica". No hay nada en este pragmatismo incompatible con el liberalismo, al menos en el sentido que le dió en su día Jean François Revel:

"Cuando digo que el liberalismo jamás ha sido una ideología quiero decir que no es una teoría basada en conceptos previos a toda experiencia, ni un dogma invariable ni independiente del curso de las cosas o de los resultados de la acción".

en La gran mascarada.
Se comprende, desde aquí, el escepticismo frente a un neoescolasticismo liberal que ha dejado de ser pragmático; que separa la realidad política entre liberales leales y "estatólatras" (...) y que se atreve a reescribir la historia de la filosofía económica considerando "100% liberales" a personajes tan sumamente diversos como Alexis de Tocqueville, Ludwig Von Mises, John Locke o Domingo de Soto.

Por supuesto, el activismo nunca he tenido mucho que ver con la filosofía…"

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