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Gasto público

¿Por qué son malos los impuestos?

Toda la ideología liberal se basa en el reconocimiento del derecho a la propiedad privada.

El único intercambio que a los liberales nos parece moral es aquel en que ambas partes dan su libre consentimiento. Es decir, el que no se viola el Principio de No Iniciación de la Violencia. Si uno va al mercado y las condiciones o precios no le parecen satisfactorios simplemente negocia o se abstiene de realizar la compraventa. Pero este no es el caso de los impuestos. A nadie se le ofrece la posibilidad de negociar, no digamos de abstenerse. Quitarle a un ciudadano normal y corriente más de un tercio de lo que produce sin que tenga posibilidad ni de negociarlo ni de negarse, como sucede en la actualidad, será muy “progre” y muy desastroso para la sociedad pero no es moral.

El propietario de lo que ese ciudadano produce no es el Estado. Menos aun cuando ha sido el estado quien le ha dificultado producirlo en primer lugar.

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Pero aún así, ¿no justifica el resultado de su recaudación esa inmoralidad?

Todo el sistema mercantil se basa en el mecanismo de precios. Tanto compradores como vendedores están al tanto de las variaciones de precios. Y en función de estas deciden cuanto vender o comprar. Por ejemplo, cuando un precio cae nos indica o que ha aumentado su oferta y ahora es más fácil adquirirlo o que ha disminuido tanto su demanda que los vendedores han de ofrecerlo rebajado de precio. O una combinación de ambas. Pero al gravar un determinado bien o servicio variamos artificialmente su precio y este ya no nos sirve como indicador de su oferta y demanda reales. Ahora tendremos un bien en el mercado cuyo aumento de coste no refleja una mayor demanda ni una menor oferta. Esto es una distorsión que impide el correcto funcionamiento del mercado.

Paralelamente, al gravar directamente la renta de las personas el Estado les desincentiva a crear y acumular riqueza que es precisamente lo que más necesita una economía, personas que prosperen y se enriquezcan. Por otro lado, en las sociedades actuales donde un ciudadano medio trabaja más de un tercio del año sólo para pagar impuestos, bien puede decirse que el derecho a la propiedad privada está muy "matizado". Los impuestos, por tanto, generan perdidas netas de bienestar cualquiera que sea el uso que se haga de la suma recaudada.

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¿Pueden aumentar los ingresos fiscales bajando los impuestos?

Cuanto mayor sea el impuesto menos se gana por el ingreso generado, y en consecuencia menos esfuerzo se realiza por generarlos. Los altos impuestos desincentivan la producción. Por otro lado, los ingresos del Estado se toman a partir de la producción. Luego hay un punto a partir del cual el mayor ingreso por los mayores tipos impositivos es más que compensado por la caída del ingreso debido a la caída de la producción. Sensu contrario, una rebaja de tipos puede aumentar el ingreso, aunque este aumento de la recaudación no tiene porqué ser inmediato, ya que la producción puede tardar un tiempo en recuperarse. Otro motivo no menos importante es el fraude o la ocultación a hacienda. Cuanto mayor es el tipo impositivo, mayores son los incentivos para evitar la contribución. Cuando bajan los tipos, el incentivo es menor, y muchas rentas que habían dejado de tributar pasan a hacerlo. En consecuencia, aumenta la recaudación.

Con un tipo impositivo del 0% los ingresos serán cero. Con un tipo impositivo del 100% (pura confiscación) los ingresos se acercarán a cero, ya que al robar la totalidad del fruto de la producción, ésta acaba por casi desaparecer. Por tanto tiene que haber una curva, conocida como la "curva Laffer", en la que en un tramo con la reducción del tipo impositivo aumente la recaudación. Como ilustración histórica se pueden ofrecer los datos de los Estados Unidos en el Siglo XX, en que se produjeron tres rebajas de impuestos. Una en los años 20, con un aumento de los ingresos del 61% en términos nominales (pero con poca inflación) de 1921 a 1928, otra en los 60 con un aumento del 33% en términos reales y una tercera en los 80, con un crecimiento de los ingresos del 28% también en términos reales.

¿Hay que aumentar los impuestos para que paguen más los ricos?

La experiencia de los Estados Unidos muestra que no. Ha habido tres grandes rebajas de impuestos en el Siglo XX. En los años 20, con una rebaja del tipo máximo del impuesto sobre la renta del 73% al 25%, quienes ganaban más de 50.000 dólares pasaron de aportar el 44,2% de la recaudación al 78,4%, de 1921 a 1928. En los 60 el tipo máximo cayó del 90% al 70%. Se produjo un aumento del ingreso fiscal, que creció un 57% para quienes ganaban más de 50.000 dólares y del 11% para los que ganaban menos. En los 80, con una rebaja del tipo máximo del 70% al 28%, el 10% de la población más rica pasó de contribuir con el 48,0% al 57,2% y el 1% más rico del 17,6% al 27,5%. Ya en el Siglo XXI, con la rebaja de los impuestos por George W. Bush, los quintiles de la población menos pudientes han reducido su contribución a costa del quintil más rico, que del 62,57% de los ingresos en el período 1991-2000 ha pasado al 65,30% en 2001, primer año en que entra en vigor la rebaja impositiva de Bush.

Las razones son varias. Cuanto mayores son los tipos impositivos sobre la renta menos remuneradora es, por lo que se desincentiva el ahorro y la inversión, especialmente por quienes tienen una mayor capacidad de ahorro, las clases más ricas. Éstas optan entonces por consumos de lujo más que por la inversión. Además cuanto mayor sea el tipo, más incentivos hay para el fraude fiscal o la ocultación de rentas, para lo que los más adinerados tienen más medios. Cuando se rebaja el tipo son estas rentas las que más vuelven a tributar.

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¿Debe el Estado encargarse de las obras públicas y el transporte?

Los problemas de que el Estado se encargue de esas cuestiones son dos. El primero es ético: tanto las obras públicas como el transporte son servicios que deberían ser sufragados por quienes los emplean. El segundo es utilitarista: el Estado se suele mover por criterios políticos al planear las infraestructuras y, en muchos casos, sus inversiones nunca serían tomadas por el sector privado porque sus beneficiarios no las necesitan tanto como para pagarlas ellos. Dicho esto, hay que reconocer que estas inversiones suelen ser más productivas que la gran mayoría del gasto, a pesar de estar lastrados por la ineficancia inherente a la gestión pública.

¿Es favorable el liberalismo a la inversión de dinero en investigación, aunque dicha investigación no produzca un beneficio inmediato a la sociedad?

En realidad, suele ser este tipo de investigación la única en la que puede plantearse la necesidad de que sea sufragada con dinero público. Si algo es útil a la sociedad, es que pueden obtenerse beneficios con ello y, por tanto, se investiga en el sector privado. La duda acude cuando hablamos de la denominada "ciencia pura", como pueda ser la astronomía, que no parece tener más utilidad que el conocimiento en sí mismo.

No hay razón por la que este tipo de ciencia no pueda realizarse de forma privada, a través de fundaciones, por ejemplo. De hecho, el que la realice el sector público lleva a una confusión en los incentivos, pues todo científico se convierte en un burócrata cuya principal misión es convencer de que sus estudios son necesarios, trasladando su actividad del conocimiento al cabildeo.

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