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Los kurdos y el gas

Por José Carlos Rodríguez


El horror del gas, en el rostro de un niño.
Sadam Husein llegó al poder de la mano de su tío Jairallah, admirador de Hitler y dirigente del partido Baas, implantación del partido Nacional Socialista alemán en la zona. Llegado al poder, tras el golpe de Estado de 1968 del partido Baas, Sadam Husein se afianzaba en el mismo al encargarse de una de las ramas de la construcción del Estado Socialista en la que ya había destacado, apuntando una capacidad que luego iba a alcanzar su apogeo: la represión de sus enemigos. Más tarde se vería abocado a la rama económica, implantando un sistema de planificación que impidió progresar a una población que miraba absorta la aparatosa riqueza de la clase dirigente.

Por un lado buscó la ayuda de Moscú en 1970 y 1972 para acabar eficazmente con la oposición kurda, lo que el Kremlin aceptó a cambio de que acabara con la dura persecución de los comunistas. Por otro contó con la ayuda de Francia que, a cambio de participar en el negocio del petróleo, recientemente nacionalizado, renunció a tomar represalias por la nacionalización. Ambos pactos permitieron a Sadam Husein duplicar el tamaño del ejército entre 1970 y 1975, con armamento principalmente procedente de las dos naciones señaladas. Estos movimientos fortalecieron la posición de Husein, hasta que el 17 de julio de 1979 logró alcanzar el poder y crear un régimen a su gusto. Según el responsable de la ONU para los Derechos Humanos en Irak, hasta poco antes de la guerra que le derrocara la de Sadam era "la dictadura más cruel que se haya visto en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial"



Genocidio de Halabja


Una madre y su hijo, intentando huir del gas.
Los días 17 y el 18 de marzo de 1988, la ciudad iraquí de Halabja fue regada con bombas químicas y con bombas racimo en más de veinte ocasiones. La mañana del viernes 17, una parte de la población estaba durmiendo en sus casas y los gases mortales no les permitieron ni levantarse de sus camas. A otros les dio tiempo a emprender una huida absurda, que esparciría sus cadáveres por las calles de la ciudad. Era temprano y la vida de la ciudad, de 70.000 habitantes, empezaba a desperezarse en un cálido día de primavera, justo antes de detenerse.

Las mujeres realizaban labores en el hogar, se dirigían al mercado o acompañaban a los hombres en su camino a las fértiles tierras que rodean la población, y que albergan varias plantaciones o sirven de pasto para el ganado. Las puertas de las viviendas estaban abiertas. Decenas de niños jugaban frente a sus casas antes de que el ruido de los motores de los aviones del ejército de Sadam Husein llamara su atención.

Las máquinas llevaban en su interior gases cianuros, agentes sanguíneos que provocan convulsiones, pérdida de la conciencia y apnea, es decir, falta o supresión de la respiración. Causan una agonía de varios minutos. También se utilizaron gases mostaza y gases nerviosos. Los primeros causan eritema, una irritación de la piel que deja unas manchas rojas muy visibles, ampollas, irritación en los ojos y dificultades respiratorias. Los efectos del gas nervioso son varios. Los más visibles son la secreción de saliva, lágrimas y orín, y la defecación. También dan lugar a rinorrea, miosis (una contracción permanente de la pupila), dificultades respiratorias y convulsiones. Mientras que los gases mostaza pueden acabar con una vida en varios minutos o incluso horas, los gases nerviosos pueden acortar la agonía a varios segundos.

A la hora en que parte de la población detenía el curso normal de sus asuntos al oír los motores de los aviones se iniciaba lo que se conoce como el "Viernes sangriento". Dos días después se contaban en 6.000 las personas que perdieron la vida y en 7.000 las que quedaron heridas. Tres cuartas partes de las víctimas las constituyeron mujeres y niños. El rastro que dejan las bombas químicas no es el habitual de otro tipo de bombardeos. No hay un gran número de mutilados; no hay heridas ni sangre. Pero sí cadáveres con violentas y grotescas expresiones en sus caras.

Desde entonces a la segunda entrada de tropas aliadas en territorio iraquí han pasado quince años. Pero la ciudad no se ha recuperado completamente del golpe recibido. A las heridas del alma, que tardan una vida en cicatrizar, hay que añadir el aspecto destartalado de la ciudad, con edificios que muestran también las heridas de aquellos días y que no se han reparado. El cáncer crece en el interior de muchos de sus ciudadanos. Las mujeres tienen un número desproporcionado de abortos. Las pieles de algunos de los viandantes están cortadas por visibles erupciones y ampollas. Otros han experimentado grotescos crecimientos o deformaciones de algunos huesos. La ciudadanía de Halabja cuenta con el apoyo de la cirugía, que se practica sin anestesia total por falta de medios; pero no con la ayuda de la radioterapia o de la quimioterapia. Las enfermedades infantiles también han aumentado superando cualquier media.


Otros casos


Nadriyeh Mohammed Fattah, 15 años, estudiante en el Instituto Politécnico de Halabja
El caso de Halabja no es excepcional, a no ser por la magnitud del crimen. A finales de abril de 1987 fueron gaseadas venticuatro ciudades kurdas en el territorio de Irak en menos de dos días. Saber Ahmad Khoshnam, superviviente de estos ataques con objetivo en la población civil, relató a los periodistas que se habían lanzado 18 bombas químicas que dejaron, luego se supo, 130 muertos y cerca de quinientos heridos. En 1984 y 1986 ya había hecho el régimen uso de este armamento de destrucción masiva, y los días 25 a 27 de agosto de 1988, después ya del viernes sangriento de Halabja, se repetirían los mismos ataques a otras poblaciones kurdas.

Los primeros casos tuvieron cierta relevancia internacional, ya que era la primera vez que un gobernante utilizaba armas químicas contra su propio pueblo. Se presentaron los informes S/1 6433 y S/18852 y los actos fueron condenados por varios estados; las protestas fueron inútiles, ya que precedieron a los atentados de Halabja. Éstos resonaron de nuevo en los medios de comunicación del mundo, sin repercusiones reales en el régimen de Sadam, hasta que éste decidió invadir el vecino Kuwait.

No son las únicas armas empleadas por el dirigente iraquí para controlar a la población kurda. Entre 1986 y 1988, 1.278 pueblos del área de Kirkuk, en el norte del país, han sido destruidos, masacrando a parte de la población y deportando a la otra parte a ciudades, lo que creó enormes problemas de abastecimiento, reconstrucción de viviendas y asentamiento. Es sólo un ejemplo de una política de represión sistemática iniciada en 1985 hasta finales de 1990 para todo el Kurdistán iraquí, y que ha movido de sus hogares a medio millón de kurdos. En este proceso de concentración de la población se han perdido innumerables vidas, algo que no parecía formar parte de las preocupaciones del régimen.


Un iraquí examina las bolsas de cadáveres encontradas en busca de familiares.
Recientemente se ha encontrado una fosa que alberga unos 15.000 cadáveres. 15.000 víctimas del régimen instaurado por Sadam Husein. Según un testigo, "Los ciudadanos están cavando con mucha tristeza y sin asistencia, y están recogiendo huesos. Las madres y padres de familia están identificado a sus hijos meditante objetos y prendas que llevaban cuando los vieron por última vez".

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