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Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 28 de Abril de 2004 a las 15:39
Por seguir las ideas de este hombre mi pais fue la 7 potencia del Mundo,cuando las bastardeamos empezo la debacle.
Sigue siendo hoy tan actual como siempre y sirve de Faro que señala el camino de la Libertad para todo el Mundo.

El que quiera escuchar que escuche.


Juan Bautista Alberdi
El Gobierno es una necesidad de civilización, porque es instituido para dar a cada gobernado la seguridad de su vida y de su propiedad. Esta seguridad se llama y es la libertad. Luego el objeto del Gobierno, que es la libertad, es el más noble y santo en sí mismo cuando llena su deber esencial, que es proteger la seguridad de la vida y de los bienes de todos y cada gobernado, substancia y meollo de la libertad.

¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra.

En efecto, ¿quién hace la riqueza? ¿Es la riqueza obra del gobierno? ¿Se decreta la riqueza? El gobierno tiene el poder de estorbar o ayudar a su producción, pero no es obra suya la creación de la riqueza.

La riqueza de las naciones es la obra de las naciones, no de sus gobiernos. Si no tuvieran otro fabricante de sus riquezas que los gobiernos, todas las naciones, sin excepción de una sola, estarían en la miseria. El gobierno por su institución y destino, representa un gasto, un consumo de la riqueza nacional.

Un pueblo condenado a ser libre por la mano de su Gobierno tiene que esperar siglos para entrar en posesión de su libertad, porque cada libertad que el Gobierno le devuelve es una parte de su poder que abdica. Y como no tiene quien le obligue a abdicar sino un pueblo educado en la obediencia absoluta, es decir, ininteligente y desinteresado en la cuestión de su propia libertad, no será ese Gobierno el que se apure a devolver los poderes de que goza y disfruta.

En Inglaterra , es decir, en el país mas libre y próspero del mundo, por una estatua consagrada a un soldado se ven diez dedicadas a grandes hombres de Estado, a grandes inventores, a grandes viajeros, o exploradores, a grandes y útiles talentos. Los grandes guerreros ceden allí su puesto de honor a los grandes arquitectos, a los grandes ingenieros, a los grandes agricultores, a los grandes genios del arte y de las ciencias.

Cuando decimos que ella ha hecho de la libertad un medio y una condición de la producción económica, queremos decir que la Constitución ha impuesto al Estado la obligación de no intervenir por leyes ni decretos restrictivos en el ejercicio de la producción o industria comercial y marítima; pues en economía política, la libertad del individuo y la no intervención del Gobierno son dos locuciones que expresan un mismo hecho.

Todo lo que el gobierno puede hacer para llevar a la Nación a enriquecerse, toda su economía, está encerrada en estas tres simples cosas, a saber: Libertad, Seguridad, Tranquilidad. Lejos de ser reducido su número, se podría aún refundir en una sola: la seguridad, que representa sumariamente la libertad y la paz. Pues estas últimas son la supresión de los pretextos que sirven a los gobiernos para desconocer todas las garantías en nombre del bien público.

El gobierno representa el consumo, no la producción. Los funcionarios de las naciones latinoamericanas, en su mayor parte, absorben todos los créditos y préstamos extranjeros con sólo mejorar sus salarios. Hay demasiado gobierno.

Los estados son ricos por la labor de sus individuos, y su labor es fecunda porque el hombre es libre, es decir, dueño y señor de su persona, de sus bienes, de su vida, de su hogar. La omnipotencia del estado es la negación de la libertad individual.

El Gobierno no ha sido hecho para hacer ganancias, sino para hacer justicia; no ha sido creado para hacerse rico, sino par ser el centinela y el guardián de los derechos del hombre, el primero de los cuales es el derecho al trabajo, o bien sea la libertad de industria.

En Sud-América se toma por reforma de un país, lo que es reforma de un papel escrito. En lugar de cambiar la educación de sus hombres, cambian las palabras de sus leyes y con eso creen haber hecho una revolución, una reforma

La idea de una industria pública es absurda y falsa en su base económica. La industria en sus tres grandes modos de producción es la agricultura, la fabricación y el comercio; pública o privada, no tiene otras funciones. En cualquiera de ellas que se lance el Estado, tenemos al gobierno de labrador, de fabricante o de mercader; es decir, fuera de su rol esencialmente público y privativo, que es de legislar, juzgar y administrar.

La soberanía reside en el pueblo, pero el pueblo no es soberano de mi libertad, ni de mi inteligencia, ni de mis bienes, ni de mi persona, que tengo de la mano de Dios, sino por el contrario, no tiene soberanía sino para impedir que se me prive, de mi libertad, de mis bienes, de mi persona. De modo que cuando el pueblo o sus representantes, en vez de cumplir con ese deber, son los primeros en violarlos, no son criminales únicamente, sino también perjuros y traidores.



Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 28 de Abril de 2004 a las 20:52
Cuales son los parámetros para afirmar que la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX fue la 7ª potencia mundial? Habría que analizar las dieferencias de politicas economicas practicadas por EEUU y Argentina a partir de 1850 para comprender porque ellos se desarrollaron industrialmente y nosotros no pasamos de ser el granero del mundo. No creo que convertirnos en una republiqueta sojera nos lleve al desarrollo. Y creo que decir que el pais era la septima potencia mundial es casi como creerse aquello de que en los '90 pasamos a ser del 'primer mundo'.
Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 01:14
Los millones de inmigrantes que llegaron a la Argentina a principios del siglo XX a que venian? a vivir en la pobreza?
Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 30 de Abril de 2004 a las 03:36
Bueno, se volvieron más de los que se quedaron...
Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 02:07
Creo que la respuesta de Fernando es harto suficiente para responder a tu pregunta.
En cuanto a porque no somos un pais industrial habria que leer a Bastiat: http://www.objetivismo.com/guerra_4.htm

Uno tiene que ser lo que le de mas beneficio al menor costo,quien puede determinar como debe ser un pais??un elegido ,un grupo de iluminados??,a que costo??al costo del hambre y la miseria de un pueblo para realizar el sueño de un "pais industrial"??porque un pais industrial es mejor que un pais agricola ganadero?,quien determina que es mejor??yo no lo se y vos tampoco ,lo unico que interesa es el consumidor ,aquello que sea bueno para el consumidor sera bueno para el pais.El mercado es el que va a decidir que tipo de pais tendremos,nadie puede decidir por el,si asi se intenta fracasaremos como hemos venido fracasando todos estos años,y la realidad indica que aunque intentamos de todas formas convertirnos en un "pais industrial"seguimos siendo un pais agricola ganadero(soja),y cada vez menos ganadero.
Te parece realmente que hay similitud entre los 90 y cuando seguimos las ideas de Alberdi??,para mi es una falacia total que roza la mala leche.
Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 04:07
Fernando es cierto millones de inmigrantes llegaron al país, pero no te olvides que aqui no se encontraron con las tierras de las maravillas. Las causa de las llegadas de inmigrantes son variadisimas, entre ellas se puede citar: La creencia en que aqui era tierra para hacer fortunas en poco tiempo, venían a 'hacer la america' y con la idea de retornar a sus patrias con una pequeña fortuna. Gran parte de los que venían lo hacían con la ilusión de regresar pronto, pero la realidad con la que se encontraron terminó pulverizando esa creencia de hacer fortunas en poco tiempo y se vieron frustrados sus sueños de volver. No pocos terminaron apiñados en los famosos 'conventillos'. No todo fue tan color de rosas. Otra causa, el desarrollo agrícola ganadero del pais necesitaba mano de obra barata y eso fue lo que se trajo. Europa por su parte expelía mano de obra producto de la 1º y 2º revolución industrial y la tecnificación. En cuanto a la ola inmigratoria de la primera mitad del siglo XX a la que haces referencias, no te olvides que Europa fue diezmada por dos guerras mundiales las que también fueron causa importante de esa inmigración. Por otro lado existió toda una política estatal tendiente a traer colonos y asentamientos.-
Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 14:20
Quien dice que fue de color de rosas,como descendiente de italianos tengo bien presente que no fue un lecho de rosas ,pero porque vinieron a este pais y no por ej Ecuador o digamos Chile(aunque tambien fueron)porque vinieron al culo de Mundo en una cascara de nuez?,si claro que hubo una politica que fomento la inmigracion y estuvo bien pero esa gente decidia donde ir, ellos se pagaban el pasaje,lo unico que tenian creo eran unas noches en el Hotel de los inmigrantes y despues a la calle,no et olvides que la cantidad e inmigrantes fue enorme y que muchos se volvieron por que??ellos solo lo saben
Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 15:50
Hubo muchisimos de los inmigrantes que escapaban de la muerte en Europa. Los judios son un ejemplo, muchos de ellos escapaban de los pogromos zaristas.

Por eso en mi pais a los judios se les dice "rusos".
Re: Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 16:13
Ja ,tomamer!!!lo unico que se te ocurre es decir que a los judios le decimos rusos,jajajaja .TOMAMER lo importante de este hilo son las ideas de Alberdi,que te pasa??no tenes como rebatirlas??,tipico de un zurdo ,desviar la conversacion.
Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 05:20
quien puede determinar como debe ser un pais??un elegido ,un grupo de iluminados?? Un país es lo que es producto de su historia y de los hechos que su pueblo y sus dirigentes son capaces de diseñar. Asi se construyó EEUU y así se construyó la Argentina. Los resultados evidentemente no fueron los mismos. ¿Que debe ser un pais? Supongo que no es algo genetico, tampoco esta anunciado por los astros. Es el resultado de decisiones geopoliticas. Durante el siglo XIX aqui hubo errores y aciertos, el diseñar un pais exclusivamente agroexportador evidentemente no fue un acierto. En EEUU se enfrentaron dos concepciones de pais muy distintos y la discusion fue saldada en la guerra de secesión. Un NOrte que defendía politicas proteccionistas y arancelarias en procura de un desarrollo industrial y un Sur mas conservador, esclavista, eminentemente agricola-algodonero y enemigo de cualquier tipo de politica proteccionista y arancelaria.-
porque un pais industrial es mejor que un pais agricola ganadero?.. pues porque la bufanda siempre sera mas cara que la lana con la que esta tejida. La respuesta podes encontrarla en el perfil economico de los paises desarrollados: EEUU, Inglaterra, Japon, etc.-
Vos decís que no es asi, que nadie debe decirdir ni diseñar proyectos de pais, que el perfil industrial o agricola o lo que fuere se da solo, todo lo decide el mercado. Racing eso no es así, y ni siquiera fue así en la Argentina diseñada por tu admirado Alberdi, porque el ser humano es por naturaleza un animal social que en función de sus capacidades prevee y proyecta. Esto es así hasta dentro del micromundo de una empresa. O te pensas que dentro de una empresa no hay un gobierno que diseña, proyecta y programa politicas??
Pero te contradecis enormemente porque segun tu discurso hasta las bases de Alberdi serían criticables ya que allí se diseña y bosqueja un proyecto de pais. El nuestro no fue un pais de inmigrantes por obra del azar o del mercado, existió toda una politica de impulso a la inmigración ¿quien era Alberdi para decidir que había que 'fomentar la inmigración'? desde la CN, hasta leyes, subsidios,la ley de colonización de 1876. El poblamiento del país comienza en 1857, cuando se creó una "Asociación Filantrópica de Inmigración", de carácter particular, pero con subvención del gobierno y a la que se le otorgó la concesión de lo que fue luego el "Hotel de Inmigrantes". En 1875 se crea la Comisión General de Inmigración, y en 1876 se dicta la ley N.° 761, llamada Ley de Inmigración y Colonización. Las cosas no son productos de 'la mano invisible'. Existió un proyecto de país, una dirigencia y una elite que condujo el Estado hacia el cumplimiento de ese proyecto, una elite de 'notables' como les gustaba llamarse. Hubo un unicato, una 'conquista del desierto' encarada por el Estado. Se crearon el banco hipotecario, el Banco Central, el Banco Nación, La Casa de la Moneda, se nacionaliza la aduana, y en general se toman medidas tendientes a fomentar la inmigración para el trabajo rural de escasa preparacion tecnica, se fomenta la entrada de capital extranjero, se comienzan a tomar emprestitos del exterior. Ahi podes profundizar sobre la crisis de 1885-1890, que termina con la presidencia de juarez celman quien había encarado un proceso privatizatorio envueto en graves denuncias de corrupción (me recuerda a menem), termina perdiendo valor la moneda al punto de pagarse salarios con vales. Esta crisis hizo que algunos sectores propucieran un plan economico proteccionista, ahi podes leer sobre el plan economico de Vicente Fidel López durante la presidencia de Pellegrini.-
En definitiva la falacia es pensar que no se decide, se decide y Argentina se decidio por un proyecto de pais y EEUU por otro muy distinto.-

Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 09:44
Exactamente, en argentina los burocratas decidieron q el papi estado es el salvador de la nacion y decidieron meter sus apestosas narices en las libertades individuales de negociar, comerciar e industrializar los bienes para generar riqueza, una de las tareas fundamentales de la sociedad libre y los individuos.

El articulo inicial creo q ya lo explico todo, el estado y su rol patetico y sociata en america del sur es la causa de el debacle economico y social, muy interesante la parte final de los derechos y deberes del "pueblo" q por aqui su concepto es bastante JUANSALVETE.
Re: Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 17:23
creo que racing-stones tiene razòn, en comparacion con la poca inmigraciòn a Bolivia debido a la pobreza, Argentina tenia muchos puntos a favor.
Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 21:48
Argentina no fue septima potencia simplemente porque nunca fue potencia, que en una epoca determinada haya encajado dentro de la convenienia de la potencia imperial de turno no significa que haya sido una potencia. Cuando se produce la crisis del '29 y los paises centrales disminuyen la compra de nuestros productos, cuando Inglaterra firma el pacto de Otawa, etc, ahi se pone en evidencia la ilusión de 'potencia' de esa economía granjeril absolutamente dependiente.
Proteccionismo contra librecambio, el país contra el puerto: ésta fue la pugna que ardió en el trasfondo de las guerras civiles argentinas durante el siglo pasado. Esa pugna se dió tambien en EEUU, pero allí la guerra de secesión tuvo un final distinto. Aqui Buenos Aires, que en el siglo XIII no había sido más que una gran aldea de cuatrocientas casas, se apoderó de la nación entera a partir de la revolución de mayo y la independencia. Era el puerto único, y por sus horcas caudinas debían pasar todos los productos que entraban y salían del país. Las deformaciones que la hegemonía porteña impuso a la nación se advierten claramente en nuestros días: la capital abarca, con sus suburbios, más de la tercera parte de la población argentina total, y ejerce sobre las provincias diversas formas de proxenetismo. En aquella época, detentaba el monopolio de la renta aduanera, de los bancos y de la emisión de moneda, y prosperaba vertiginosamente a costa de las provincias interiores. La casi totalidad de los ingresos de Buenos Aires provenía de la aduana nacional, que el puerto usurpaba en provecho propio, y más de la mitad se destinaba a los gastos de guerra contra las provincias, que de este modo pagaban para ser aniquiladas.
Desde la Sala de Comercio de Buenos Aires, fundada en 1810, los ingleses tendían sus telescopios para vigilar el tránsito de los buques, y abastecían a los porteños con paños finos, flores artificiales, encajes, paraguas, botones y chocolates, mientras la inundación de los ponchos y los estribos de fabricación inglesa hacía sus estragos país adentro. Para medir la importancia que el mercado mundial atribuía por entonces a los cueros rioplatenses, es preciso trasladarse a una época en la que los plásticos y los revestimientos sintéticos no existían ni siquiera como sospecha en la cabeza de los químicos. Níngún escenario más propicio que la fértil llanura del litoral para la producción ganadera en gran escala. En 1816, se descubrió un nuevo sistema que permitía conservar indefinidamente los cueros por medio de un tratamiento de arsénico; prosperaban y se multiplicaban, además, los saladeros de carne. Brasil, las Antillas y Africa abrían sus mercados a la importación de tasajo, y a medida que la carne salada, cortada en lonjas secas, iba ganando consumidores extranjeros, los consumidores argentinos notaban el cambio. Se crearan impuestos al consumo interno de carne, a la par que se desgravaban las exportaciones; en pocos años, el precio de los novillos se multiplicó por tres y las estancias valorizaron sus suelos. Los gauchos estaban acostumbrados a cazar libremente novillos a cielo abierto, en la pampa sin alambrados, para comer el lomo y tirar el resto, con la sola obligación de entregar el cuero al dueño del campo. Las cosas cambiaron. La reorganización de la producción implicaba el sometimiento del gaucho nómada a una nueva dependencia servil: un decreto de 1815 estableció que todo hombre de campo que no tuviera propiedades sería reputado sirviente, con la obligación de llevar papeleta visada por su patrón cada tres meses. O era sirviente, o era vago, y a los vagos se los enganchaba, por la fuerza, en los batallones de frontera. El criollo bravío, que había servido de carne de cañón en los ejércitos patriotas, quedaba convertido en paria, en peón miserable o en milico de fortín. O se rebelaba, lanza en mano, alzándose en el remolino de las montoneras. Este gaucho arisco, desposeído de todo salvo la gloria y el coraje, nutrió las cargas de caballería que una y otra vez desafiaron a los ejércitos de línea, bien armados, de Buenos Aires.
La aparición de la estancia capitalista, en la pampa húmeda del litoral, ponía a todo el país al servicio de las ex portaciones de cuero y carne y marchaba de la mano con la dictadura del puerto librecambista de Buenos Aires. El uruguayo José Artigas había sido, hasta la derrota y el exilio, el más lúcido de los caudillos que encabezaron el combate de las masas criollas contra los comerciantes y los terratenientes atados al mercado mundial, pero muchos años después todavía Felipe Varela fue capaz de desatar una gran rebelión en el norte argentino porque, como decía su proclama, «ser provinciano es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos». Su sublevación encontró eco resonante en todo el interior mediterráneo. Fue el último montonero; murió, tuberculoso y en la miseria, en 1870. El defensor de la «Unión Americana», proyecto de resurrección de la Patria Grande despedazada, es todavía un bandolero, como lo era Artigas hasta no hace mucho, para la historia argentina que se enseña en las escuelas.
Felipe Varela había nacido en un pueblito perdido entre lassierras de Catamarca y había sido un dolorido testigo de la pobreza de su provincia arruinada por el puerto soberbio y lejano. A fines de 1824, cuando Varela tenía tres años de edad, Catamarca no pudo pagar los gastos de los delegados que envió al Congreso Constituyente que se reunió en Buenos Aires, y en la misma situación estaban Misiones, Santiago del Estero y otras provincias. El diputado catamarqueño Manuel Antonio Acevedo denunciaba «el cambio ominoso» que la competencia de los productos extranjeros había provocado: «Catamarca ha mirado hace algún tiempo, y mira hoy, sin poderlo remediar, a su agricultura, con productos inferiores a sus expensas; a su industria, sin un consumo capaz de alentar a los que la fomentan y ejercen, y a su comercio casi en el último abandono». El representante de la provincia de Corrientes, brigadier general Pedro Ferré, resumía así, en 1830, las consecuencias posibles del proteccionismo que él propugnaba: «Sí, sin duda un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de tomar en su mesa vinos y licores exquisitos... Las clases menos acomodadas no hallarán mucha diferencia entre los vinos y licores que actualmente beben, sino en el precio, y disminuirán el consumo, lo que no creo sea muy perjudicial. No se pondran nuestros paisanos ponchos ingleses; no llevarán bolas y lazos hechos en Inglaterra; no vestiremos ropa hecha en extranjería, y demás renglones que podemos proporcionar; pero, en cambio, empezará a ser menos desgraciada la condición de pueblos enteros de argentinos, y no nos perseguirá la idea de la espantosa miseria a que hoy son condenados.»
Dando un paso importante hacia la reconstrucción de la unidad nacional desgarrada por la guerra, el gobierno de Juan Manuel de Rosas dictó en 1835 una ley de aduanas de signo acentuadamente proteccionista. La ley prohibía la importación de manufacturas de hierro y hojalata, aperos de caballo, ponchos, ceñidores, fajas de lana o algodón, jergones, productos de granja, ruedas de carruajes, velas de sebo y peines, y gravaba con fuertes derechos la introducción de coches, zapatos, cordones, ropas, monturas, frutas secas y bebidas alcohólicas. No se cobraba impuesto a la carne transportada en barcos de bandera argentina, y se impulsaba la talabartería nacional y el cultivo del tabaco. Los efectos se hicieron notar sin demora. Hasta la batalla de Caseros, que derribó a Rosas en 1852, navegaban por los ríos las goletas y los barcos construidos en los astilleros de Corrientes y Santa Fe, había en Buenos Aires más de cien fábricas prósperas y todos los viajeros coincidían en señalar la excelencia de los tejidos y zapatos elaborados en Córdoba y Tucumán, los cigarrillos y las artesanías de Salta, los vinos y aguardientes de Mendoza y San Juan. La ebanistería tucumana exportada a Chile, Bolivia y Perú. Diez años después de la aprobación de la ley, los buques de guerra de Inglaterra y Francia rompieron a cañonazos las cadenas extendidas a través del Paraná, para abrir la navegación de los ríos interiores argentinos que Rosas mantenía cerrados a cal y canto. A la invasión sucedió el bloqueo. Diez memoriales de los centros industriales de Yorkshire, Liverpool, Manchester, Leedse Halifax y Bradford, suscritos por mil quinientos banqueros, comerciantes e industriales, habían urgido al gobierno inglés a tomar medidas contra las restricciones impuestas al comercio en el Plata. El bloqueo puso de manifiesto, pese a los progresos alumbrados por la ley de aduanas, las limitaciones de la industria nacional, que no estaba capacitada para satisfacer la demanda interna. En realidad, desde 1841 el proteccionismo venía languideciendo, en lugar de acentuarse; Rosas expresaba como nadie los intereses de los estancieros saladeristas de la provincia de Buenos Aires, y no existía, ni nació, una burguesía industrial capaz de impulsar el desarrollo de un capitalismo nacional auténtico y pujante: la gran estancia ocupaba el centro de la vida económica del país, y ninguna política industrial podía emprenderse con independencia y vigor sin abatir la omnipotencia del latifundio exportador. Rosas permaneció siempre, en el fondo, fiel a su clase. «El hombre más de a caballo de toda la provincia», guitarrero y bailarín, gran domador, que se orientaba en las noches de tormenta y sin estrellas masticando unas hebras de pasto para identificar el rumbo, era un gran estanciero productor de carne seca y cueros, y los terratenientes lo habían convertido en su jefe. Esta contradicción explica la ausencia de una política industrial dinámica y sostenida, más allá de la cirugía aduanera en el gobierno del caudillo de los ganaderos. Esa ausencia no puede atribuirse a la inestabilidad y las penurias implícitas en las guerras nacionales y el bloqueo extranjero, porque al fin y al cabo había sido en medio del torbellino de una revolución acosada como José Artigas había articulado, veinte años antes, sus normas industrialistas e integradoras con una reforma agraria en profundidad. Vivian Trías ha comparado, en un libro fecundo, el proteccionismo de Rosas con el ciclo de medidas que Artigas irradió desde la Banda oriental, entre 1813 y 1815, para conquistar la verdadera independencia del área del virreinato rioplatense. Rosas no prohibió a los mercaderes extranjeros ejercer el comercio en el mercado interno, ni devolvió al país las rentas de la aduana que Buenos Aires continuó usurpando, ni terminó con la dictadura del puerto único. En cambio, la nacionalización del comercio interior y la quiebra del monopolio portuario y aduanero de Buenos Aires habían sido capítulos fundamentales, como la cuestión agraria, de la política artiguista. Artigas había querido la libre navegación de los ríos interiores, pero Rosas nunca abrió a las provincias esta llave de acceso al comercio de ultramar. Rosas también permaneció fíel, en el fondo, a su provincia privilegiada. Pese a todas estas limitaciones, el nacionalismo y el populismo del «gaucho de ojos azules» continúan generando odio en las clases dominantes argentinas.
Superada la herejía de Rosas, la oligarquía se reencontró con su destino. En 1858, el presidente de la comisión directiva de la exposición rural declaraba inaugurada la muestra con estas palabras: «Nosotros, en la infancia aún, contentémonos con la humilde idea de enviar a aquellos bazares europeos nuestros productos y materias primas, para que nos los devuelvan transformados por medio de los poderosos agentes de que disponen. Materias primas es lo que Europa pide, para cambiarlas en ricos artefactos.».
El ilustre Domingo Faustino Sarmiento y otros escritores liberales vieron en la montonera campesina no más que el símbolo de la barbarie, el atraso y la ignorancia, el anacronismo de las campañas pastoriles frente a la civilización que la ciudad encarnaba, el poncho y el chiripá contra la levita; la lanza y el cuchillo contra la tropa de línea; el analfabetismo contra la escuela. En 1861, Sarmiento escribía a Mitre: «No trate de economizar sangre de gauchos, es lo único que tienen de humano. Este es un abono que es preciso hacer útil al País.» Tanto desprecio y tanto odio revelaban una negación de la propia patria, que tenía, claro está, también una expresión de política económica: «No somos ni industriales ni navegantes –afirmaba Sarmiento–, y la Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos en cambio de nuestras materias primas.»
El presidente Bartolomé Mitre llevó adelante, a partir de 1862, una guerra de exterminio contra las provincias y sus últimos caudillos. Sarmiento fue designado director de la guerra y las tropas marcharon al norte a matar gauchos, «animales bípedos de tan perversa condición». En La Rioja, el Chacho Peñaloza, general de los llanos, que extendía su influencia sobre Mendoza y San Juan, era uno de los últimos reductos de la rebelión contra el puerto, y Buenos Aires consideró que había llegado el momento de terminar con él. Le cortaron la cabeza y la clavaron, en exhibición, en el centro de la Plaza de Olta. El ferrocarril y los caminos culminaron la ruina de La Rioja, que había comenzado con la revolución de 1810: el librecambio había provocado la crisis de sus artesanías y había acentuado la crónica pobreza de la región. En el siglo XX, los campesinos riojanos huyen de sus aldeas en las montañas o en los llanos, y bajan hacia Buenos Aires a ofrecer sus brazos: sólo llegan, como los campesinos humildes de otras provincias, hasta las puertas de la ciudad. En los suburbios encuentran sitio junto a otros setecientos mil habitantes de las villas miserias y se las arreglan, mal que bien, con las migas que les arroja el banquete de la gran capital. ¿Nota usted cambios en los que se han ido y vuelven de visita?, preguntaron los sociólogos a los ciento cincuenta sobrevivientes de una aldea riojana, hace pocos años. Con envidia advertían, los que se habían quedado, que Buenos Aires había mejorado el traje, los modales y la manera de hablar de las emigrados. Algunos los encontraban, incluso, «más blancos».
La expansión de los mercados latinoamericanos aceleraba la acumulación de capitales en los viveros de la industria británica. Hacía ya tiempo que el Atlán tico se había convertido en el eje del comercio mundial, y los ingleses habían sabido aprovechar la ubicación de su isla, llena de puertos, a medio camino del Báltico y del Mediterráneo y apuntando a las costas de América. Inglaterra organizaba un sistema universal y se convertía en la prodigiosa fábrica abastecedora del planeta: del mundo entero provenían las materias primas y sobre el mundo entero se derramaban las mercancías elaboradas. El Imperio contaba con el puerto más grande y el más poderoso aparato financiero de su tiempo; tenía el más alto nivel de especialización comercial, disponía del monopolio mundial de los seguros y los fletes, y dominaba el mercado internacional del oro. Friederich List, padre de la unión aduanera alemana, había advertido que el libre comercio era el principal producto de exportación de Gran Bretaña. Nada enfurecía a los ingleses tanto como el proteccionismo aduanero y a veces lo hacían saber en un lenguaje de sangre y fuego, como en la Guerra del Opio contra China. Pero la libre competencia en los mercados se convirtió en una verdad revelada para Inglaterra, sólo a partir del momento en que estuvo segura de que era la más fuerte, y después de haber desarrollado su propia industria textil al abrigo de la legislación proteccionista más severa de Europa. En los difíciles comienzos, cuando todavía la industria británica corría con desventaja, el ciudadano inglés al que se sorprendía exportando lana cruda, sin elaborar, era condenado a perder la mano derecha, y si reincidía, lo ahorcaban; estaba prohibido enterrar un cadáver sin que antes el párroco del lugar certificara que el sudario provenía de una fábrica nacional. Así se había forjado lo que Alberdi vería mucho después como la Nación 'mal libre'.-

El vizconde Chateaubriand, ministro de asuntos extranjeros de Francia bajo el reinado de Luis XVIII, escribía con despecho y, presumiblemente, con buena base de información: «En el momento de la emancipación, las colonias españolas se volvieron una especie de colonias inglesas». Citaba algunos números. Decía que entre 1822 y 1826 Inglaterra había proporcionado diez empréstitos a las colonias españolas liberadas, por un valor nominal de cerca de veintiún millones de libras esterlinas, pero que, una vez deducidos los intereses y las comisiones de los intermediarios, el desembolso real que había llegado a tierras de Américas penas alcanzaba los siete millones. Al mismo tiempo, se habían creado en Londres más de cuarenta sociedades anónimas para explotar los recursos naturales –minas, agricultura– de América Latina y para instalar empresas de servicios públicos. Los bancos brotaban como hongos en suelo británico: en un solo año, 1836, se fundaron cuarenta y ocho. Aparecieron los ferrocarriles ingleses en Panamá, hacia la mitad del siglo, y la primera línea de tranvías fue inaugurada en 1868 por una empresa británica en la ciudad brasileña de Recife, mientras la banca de Inglaterra financiaba directamente a las tesorerías de los gobiernos. Los bonos públicos latinoamericanos circulaban activamente, con sus crisis y sus auges, en el mercado financiero inglés. Los servicios públicos estaban en manos británicas; los nuevos estados nacían desbordados por los gastos militares y debían hacer frente, además, al déficit de los pagos externos. El comercio libre implicaba un frenético aumento de las importaciones, sobre todo de las importaciones de lujo, y para que una minoría pudiera vivir a la moda los gobiernos contraían empréstitos que a su vez generaban la necesidad de nuevos empréstitos: los países hipotecaban de antemano su destino, enajenaban la libertad económica y la soberanía política. El mismo proceso se daba –y se sigue dando en nuestros días, aunque ahora los acreedores son otros y otros los mecanismos– en toda América Latina, con la excepción, aniquilada, de Paraguay. El financiamiento externo se hacía, como la morfina, imprescindible. Se abrían agujeros para tapar agujeros. El deterioro de los términos comerciales del intercambio no es tampoco un fenómeno exclusivo de nuestros días: según Celso Furtado, los precios de las exportaciones brasileñas entre 1821 y 1830 y entre 1841 y 1850 bajaron casi a la mitad, mientras los precios de las importaciones extranjeras permanecían estables: las vulnerables economías latinoamericanas compensaban la caída con empréstitos.
«Las finanzas de estos jóvenes estados –escribe Schnerb– no están saneadas... Se hace preciso recurrir a la inflación, que produce la depreciación de la moneda, y a los empréstitos onerosos. La historia de estas repúblicas es, en cierto modo, la de sus obligaciones económicas contraídas con el absorbente mundo de las finanzas europeas».
Las bancarrotas, las suspensiones de pagos y las refinanciaciones desesperadas eran, en efecto, frecuentes. Las libras esterlinas se escurrían como el agua por entre los dedos de la mano. Del empréstito de un millón de libras concertado por el gobierno de Buenos Aires, en 1824, ante la casa Baring Brothers, la Argentina recibió nada más que 570 mil, pero no en oro, como rezaba el convenio, sino en papeles. El préstamo consistió en el envío de órdenes de pago para los comerciantes ingleses radicados en Buenos Aires, y ellos no disponían de oro para entregarlo al país porque su misión consistía, justamente, en enviar a Londres cuanto metal precioso les pasara cerca de los ojos. Se cobraron, pues, letras, pero hubo que pagar, eso sí, oro reluciente: casi a principios de nuestro siglo, Argentina canceló esta deuda, que se había hinchado, a lo largo de las sucesivas refinanciaciones, hasta los cuatro millones de libras. La provincia de Buenos Aires había quedado hipotecada en su totalidad –todas sus rentas, todas sus tierras públicas– en garantía del pago. Decía el ministro de Hacienda, en la época en que se contrató el empréstito: «No estamos en circunstancias de tomar medidas contra el comercio extranjero, particularmente inglés, porque hallándonos empeñados en grandes deudas con aquella nación, nos exponemos a un rompimiento que causaría grandes males...» La utilización de la deuda como un instrumento de chantaje no es, como se ve, una invención norteamericana reciente.
Las operaciones agiotistas encarcelaban a los países libres. A mediados del siglo XIX, el servicio de la deuda externa absorbía ya casi el cuarenta por ciento del presupuesto de Brasil, y el panorama resultaba semejante por todas partes. Los ferrocarriles también formaban parte decisiva de la jaula de hierro de la dependencia: extendieron la influencia imperialista, ya en plena época del capitalismo de los monopolios, hasta las retaguardias de las economías coloniales. Muchos de los empréstitos se destinaban a financiar ferrocarriles para facilitar el embarque al exterior de los minerales y los alimentos. Las vías férreas no constituían una red destinada a unir a las diversas regiones interiores entre sí, sino que conectaban los centros de producción con los puertos. El diseño coincide todavía con los dedos de una mano abierta: de esta manera, los ferrocarriles, tantas veces saludados como adalides del progreso, impedían la formación y el desarrollo del mercado interno. También lo hacían de otras maneras, sobre todo por medio de una política de tarifas puesta al servicio de la hegemonía británica. Los fletes de los productos elaborados en el interior argentino resultaban, por ejemplo, mucho más caros que los fletes de los productos enviados en bruto. Las tarifas ferroviarias se descargaban como una maldición que hacía imposible fabricar cigarrillos en las comarcas del tabaco, hilar y tejer en los centros laneros, o elaborar las maderas en las zonas boscosas (55 lbid.). El ferrocarril argentino desarrolló, es cierto, la industria forestal en Santiago del Estero, pero con tales consecuencias que un autor santiagueño llega a decir: «Ojalá Santiago no hubiera tenido nunca un árbol». Los durmientes de las vías se hacían de madera y el carbón vegetal servía de combustible; el obraje maderero, creado por el ferrocarril, desintegró los núcleos rurales de población, destruyó la agricultura y la ganadería al arrasar las pasturas y los bosques de abrigo, esclavizó en la selva a varias generaciones de santiagueños y provocó la despoblación. El éxodo en masa no ha cesado, y hoy Santiago del Estero es una de las provincias más pobres de Argentina. La utilización del petróleo como combustible ferroviario sumergió a la región en una honda crisis.
No fueron capitales ingleses los que tendieron las primeras vias en Argentina, Brasil, Chile, Guatemala, México y Uruguay. Tampoco en Paraguay, como hemos visto, pero los ferrocarriles construidos por el Estado paraguayo con el aporte de técnicos europeos por él contratados pasaron a manos inglesas después de la derrota. Idéntico destino tuvieron las vías férreas y los trenes de los demás países, sin que se produjera el desembolso de un solo centavo de inversión nueva; por añadidura, el Estado se preocupó de asegurar a las empresas, por contrato, un nivel mínimo de ganancias, para evitarles posibles sorpresas desagradables.
Muchas décadas después, al término de la segunda guerra mundial, cuando ya los ferrocarriles no rendían dividendos y habían caído en relativo desuso, la administración pública los recuperó. Casi todos los estados compraron a los ingleses los fierros viejos y nacionalizaron, así, las pérdidas de las empresas.
En la época del auge ferroviario, las empresas británicas habían obtenido, a menudo, considerables concesiones de tierras a cada lado de las vías, además de las propias líneas férreas y el derecho de construir nuevos ramales. Las tierras constituían un estupendo negocio adicional: el fabuloso regalo otorgado en 1911 a la Brazil Railway determinó el incendio de innumerables cabañas y la expulsión o la muerte de las familias campesinas asentadas en el área de la concesión. Este fue el gatillo que disparó la rebelión del Contestado, una de las más intensas páginas de furia popular de toda la historia de Brasil.
En EEUU: el éxito no fue la obra de una mano invisible
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 21:52
PROTECCIONISMO Y LIBRECAMBIO EN ESTADOS UNIDOS:
EL ÉXITO NO FUE LA OBRA DE UNA MANO INVISIBLE

En 1865, mientras la Triple Alianza anunciaba la próxima destrucción de Paraguay, el general Ulysses Grant celebraba, en Appomatox, la rendición del general Robert Lee. La Guerra de Secesión concluía con la victoria de los centros industriales del norte, proteccionistas a carta cabal, sobre los plantadores librecambistas de algodón y tabaco en el sur. La guerra que sellaría el destino colonial de América Latina nacía al mismo tiempo que concluía la guerra que hizo posible la consolidación de los Estados Unidos como potencial mundial. Convertido poco después en presidente de los Estados Unidos; Grant afirmó: «Durante siglos Inglaterra ha confiado en la protección, la ha llevado hasta sus extremos y ha obtenido de ello resultados satisfactorios. No cabe duda que debe su fuerza presente a este sistema. Después de dos siglos, Inglaterra ha encontrado conveniente adoptar el comercio libre porque piensa que ya la protección no puede ofrecerle nada. Muy bien, entonces, caballeros, mi conocimiento de mi país me conduce a creer que dentro de doscientos años, cuando América haya obtenido de la protección todo lo que la protección puede ofrecer, adoptará también el libre comercio».
Dos siglos y medio antes, el adolescente capitalismo inglés había trasladado, a las colonias del norte de América, sus hombres, sus capitales, sus formas de vida y sus impulsos y proyectos. Las trece colonias, válvulas de salida para la población europea excedente, aprovecharon rápidamente el handicap que les daba la pobreza de su suelo y su subsuelo, y generaron, desde temprano, una conciencia industrializadora que la metrópoli dejó crecer sin mayores problemas. En 1631, los recién llegados colonos de Boston echaron al mar una balandra de treinta toneladas, Blessing of the Bay, construida por ellos, y desde entonces la industria naviera cobró un asombroso impulso. El roble blanco, abundante en los bosques, daba buena madera para las planchas profundas y las armazones interiores de los barcos; de pino se hacían la cubierta, los baupreses y los mástiles. Massachusetts otorgaba subvenciones a la producción del cáñamo para los cordeles y las sogas y también estimulaba la fabricación local de las lonas y los velámenes. Al norte y al sur de Boston, los prósperos astilleros cubrieron las costas. Los gobiernos de las colonias otorgaban subvenciones y premios a las manufacturas de todo tipo. Se promovía, con incentivos, el cultivo del lino y la producción de lana, materias primas para los tejidos de hilo crudo que, si bien no resultaban demasiado elegantes, eran resistentes y eran nacionales. Para explotar los yacimientos de hierro de Lyn, surgió el primer horno de fundición en 1643; al poco tiempo, ya Massachusetts abastecía de hierro a toda la región. Como los estímulos a la producción textil no parecían suficientes, esta colonia optó por la coacción: en 1655, dictó una ley que ordenaba que cada familia tuviese, bajo la amenaza de penas graves, por lo menos un hilandero en continua e intensa actividad. Cada condado de Vírginia estaba obligado, en esa misma época, a seleccionar niños para instruirlos en la manufactura textil. Al mismo tiempo, se prohibía la exportación de los cueros, para que se convirtieran, fronteras adentro, en botas, correas y monturas.
«Las desventajas con que tiene que luchar la industria colonial proceden de cualquier parte menos de la política colonial inglesa», dice Kirkland. Por el contrario, las dificultades de comunicación hacían que la legislación prohibitiva perdiera casi toda su fuerza a tres mil millas de distancia, y favorecían la tendencia al autoabastecimiento. Las colonias del norte no enviaban a Inglaterra plata ni oro ni azúcar, y en cambio sus necesidades de consumo provocaban un exceso de importaciones que era preciso contrarrestar de alguna manera. No eran intensas las relaciones comerciales a través del mar; resultaba imprescindible desarrollar las manufacturas locales para sobrevivir. En el siglo XVIII, Inglaterra prestaba todavía tan escasa atención a sus colonias del norte, que no impedía que se transfirieran a sus talleres las técnicas metropolitanas más avanzadas, en un proceso real que desmentía las prohibiciones de papel del pacto colonial. Este no era el caso, por cierto, de las colonias latinoamericanas, que proporcionaban el aire, el agua y la sal al capitalismo ascendente en Europa, y podían nutrir con largueza el consumo lujoso de sus clases dominantes importando desde ultramar las manufacturas más finas y más caras. Las únicas actividades expansivas eran, en América Latina, las que se orientaban a la exportación; y así fue también en los siglos siguientes: los intereses económicas y políticos de la burguesía minera o terrateniente no coincidían nunca con la necesidad de un desarrollo económico hacia dentro, y los comerciantes no estaban ligados al Nuevo Mundo en mayor medida que a los mercados extranjeros de los metales y alimentos que vendían y a las fuentes extranjeras de los artículos manufacturados que compraban.
Cuando declaró su independencia, la población norteamericana equivalía, en cantidad, a la de Brasil. La metrópoli portuguesa, tan subdesarrollada como la española, exportaba su subdesarrollo a la colonia. La economía brasileña había sido instrumentalizada en provecho de Inglaterra, para abastecer sus necesidades de oro todo a lo largo del siglo XVIII. La estructura de clases de la colonia reflejaba esta función proveedora. La clase dominante de Brasil no estaba formada, a diferencia de la de los Estados Unidos, por los granjeros, los fabricantes emprendedores y los comerciantes internos. Los principales intérpretes de los ideales de las clases dominantes en ambos países, Alexander Hamilton y el Vizconde de Cairú, expresan claramente la diferencia entre una y otra. Ambos habían sido discípulos, en Inglaterra, de Adam Smith. Sin embargo, mientras Hamilton se había transformado en un paladín de la industrialización y promovía el estímulo y la protección del Estado a la manufactura nacional, Cairú creía en la mano invisible que opera en la magia del liberalismo: dejad hacer, dejad pasar, dejad vender.
Mientras moría el siglo XVIII los Estados Unidos contaban ya con la segunda flota mercante del mundo, íntegramente formada con barcos construidos en los astilleros nacionales, y las fábricas textiles y siderúrgicas estaban en pleno y pujante crecimiento. Poco tiempo después nació la industria de maquinarias: las fábricas no necesitaban comprar en el extranjero sus bienes de capital. Los fervorosos puritanos del Mayflower habían echado, en las campiñas de Nueva Inglaterra, las bases de una nación; sobre el litoral de bahías profundas, a lo largo de los grandes estuarios, una burguesía industrial había prosperado sin detenerse. El tráfico comercial con las Antillas, que incluía la venta de esclavos africanos, desempeñó, como hemos visto en otro capítulo, una función capital en este sentido, pero la hazaña norteamericana no tendría explicación si no hubiera sido animada, desde el principio, por el más ardiente de los nacionalismos. George Washington lo había aconsejado en su mensaje de adiós: los Estados Unidos debían seguir una ruta solitaria. Emerson proclamaba en 1837: «Hemos escuchado durante demasiado tiempo a las musas refinadas de Europa. Nosotros marcharemos sobre nuestros propios pies, trabajaremos con nuestras propias manos, hablaremos según nuestras propias convicciones».
Los fondos públicos ampliaban las dimensiones del mercado interno. El Estado tendía caminos y vías férreas, construía puentes y canales. A mediados de siglo, el estado de Pennsylvania participaba en la gestión de más de ciento cincuenta empresas de economía mixta, además de administrar los cien millones de dólares invertidos en las empresas públicas. Las operaciones militares de conquista, que arrebataron a México más de la mitad de su superficíe, también contribuyeron en gran medida al progreso del país. El Estado no participaba del desarrollo solamente a través de las inversiones de capital y los gastos militares orientados a la expansión; en el norte, había empezado a aplicar, además, un celoso proteccionismo aduanero. Los terratenientes del sur eran, al contrario, librecambistas. La producción de algodón se duplicaba cada diez años, y si bien proporcionaba grandes ingresos comerciales a la nación entera y alimentaba los telares modernos de Massachusetts, dependía sobre todo de los mercados europeos. La aristocracia sureña estaba vinculada en primer término al mercado mundial, al estilo latinoamericano; del trabajo de sus esclavos provenía el ochenta por ciento del algodón que usaban las hilanderías europeas. Cuando el norte sumó la abolición de la esclavitud al proteccionismo industrial, la contradicción hizo eclosión en la guerra. El norte y el sur enfrentaban dos mundos en verdad opuestos, dos tiempos históricos diferentes, dos antagónicas concepciones del destino nacional. El siglo XX ganó esta guerra al siglo XIX:
Que todo hombre libre cante...
El viejo Rey Algodón está muerto y enterrado,
clamaba un poeta del ejército victorioso. A partir de la derrota del general Lee, adquirieron un valor sagrado los aranceles aduaneros, que se habían elevado durante el conflicto como un medio para conseguir recursos y quedaron en pie para proteger a la industria vencedora. En 1890, el Congreso votó la llamada tarifa McKinley, ultraproteccionista, y la ley Dingley elevó nuevamente los derechos de aduana en 1897. Poco después, los países desarrollados de Europa se vieron a su vez obligados a tender barreras aduaneras ante la irrupción de las manufacturas norteamericanas peligrosamente competitivas. La palabra trust había sido pronunciada por primera vez en 1882; el petróleo, el acero, los alimentos, los ferrocarriles y el tabaco estaban en manos de los monopolios, que avanzaban con botas de siete leguas.
Antes de la Guerra de Secesión, el general Grant había participado en el despojo de México. Después de la Guerra de Secesión, el general Grant fue un presidente con ideas proteccionistas. Todo formaba parte del mismo proceso de afirmación nacional. La industria del norte conducía la historia y, ya dueña del poder político, cuidaba desde el Estado la buena salud de sus intereses dominantes. La frontera agrícola volaba hacia el oeste y hacia el sur, a costa de los indios y los mexicanos, pero a su paso no iba extendiendo latifundios, sino que sembraba de pequeños propietarios los nuevos espacios abiertos. La tierra de promisión no sólo atraía a los campesinos europeos; los maestros artesanos de los oficios más diversos y los obreros especializados en mecánica, metalurgia y siderurgia, también llegaron desde Europa para fecundar la intensa industrialización norteamericana. A fines del siglo pasado, los Estados Unidos eran ya la primera potencia industrial del planeta; en treinta años, desde la guerra civil, las fábricas habían multiplicado por siete su capacidad de producción. El volumen norteamericano de carbón equivalía ya al de Inglaterra, y el de acero lo duplicaba; las vías férreas eran nueve veces más extensas. El centro del universo capitalista empezaba a cambiar de sitio.
Como Inglaterra, Estados Unidos también exportará, a partir de la segunda guerra mundial, la doctrina del libre cambio, el comercio libre y la libre competencia, pero para el consumo ajeno. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial nacerán juntos para negar, a los países subdesarrollados, el derecho de proteger sus industrias nacionales, y para desalentar en ellos la acción del Estado. Se atribuirán propiedades curativas infalibles a la iniciativa privada. Sin embargo, los Estados Unidos no abandonarán una política económica que continúa siendo, en la actualidad, rigurosamente proteccionista, y que por cierto presta buen oído a las voces de la propia historia: en el norte, nunca confundieron la enfermedad con el remedio.
Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 29 de Abril de 2004 a las 14:06
De acuerdo con el Duke y sigo, buena la pregunta porque eeuu si y nosotros no??yo tengo una respuesta,las ideas de Alberdi ahi estan ,creo que Hayek, Mises,Bastiat las podrian haber rubricado tranquilamente,quien fue Alberdi??un tucumano que nacio con la Patria ,que vivio la dictadura rosista, que no tenia Internet ni ninguna de las comodidades de la Civilizacion actual y sin embargo,sin embargo tuvo claramente una idea de pais,una idea de una Nacion de hombres libres y para eso dio el marco de sus ideas,las cuales no fueron respetadas totalmente por cierto y ahi tenes la madre del borrego!!,Zanotti lo explica muy bien cuando dice que el respeto de los contratos y de la propiedad privada mas la llegada de los inmigrantes hicieron de un desierto el Granero del Mundo,de eso se trata si no respetamos contratos ,si no respetamos propiedad privada seguiremos en esta mierda de sociedad que decide por ej. la pesificacion y la devaluacion para fomentar las exportaciones y terminamos importando gas de Bolivia!!!!entiendes cual es el problema??podes decir lo que quieras pero los hechos estan ahi,los intervencionistas siempre encuentran resultados distintos a los cuales quieren remediar.
Leiste bien las ideas de Alberdi que puse??ahi no dice que no hay que decidir que proyecto de pais, ahi dice que hay que dejar decidir a la gente y darle facilidades,seguridad es la palabra que usa;por ej.el tema de la propiedad del subsuelo,en eeuu uno encuentra (bah!! no se ahora si es asi)digo encontraba petroleo u oro en el jardin de su casa se vovia millonario,en Argentina uno encuentra petroleo u oro en el jardin de su casa y tapa el pozo,se entiende la diferencia entre facilitar y intervenir??
Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 30 de Abril de 2004 a las 03:26
Ja, otro "conservador",otro mas que dice que hay que violar los derechos individuales,total los eeuu lo hizo y mira como le va, no entienden y eso que son los primeros en criticar a los yanquis por su proteccionismo y su nazifascismo,ellos son iguales ,critican pero quieren lo mismo que critican ,la violacion de los derechos individuales.Lean a Alberdi y entiendanlon,por no hacer las cosas como el dijo estamos como estamos,Uds .son continuadores del fracaso argentino,Uds. son los soberbios que llevan a un Camino de Servidumbre!!!

19 de marzo de 2002

PASÓ LO QUE TENÍA QUE PASAR

Por Gabriel J. Zanotti

Es muy común que, sobre la crisis argentina, una de las primeras cosas que se pregunte es “¿cómo pudo

pasar?”. Uno de los objetivos de este artículo es desarrollar una tesis tal que ese enfoque cambie. En

efecto, nuestra tesis es que ciertas circunstancias histórico-culturales de la Argentina condujeron

naturalmente al resultado que hoy todo el mundo contempla con asombro, sin caer por ello, desde luego,

en ningún tipo de determinismo histórico, sino utilizando conjeturas generales que en ciencias sociales nos

hagan pasar del caos absoluto a una hipotética explicación.

Ahora bien, ¿a qué “ciertas circunstancias” nos referimos? La Argentina fue siempre una cultura

autoritaria, como todas las comunidades emergentes de la colonización española. Ninguna novedad al

respecto. Antes de su organización constitucional (1853), y extinto el Virreinato del Río de la Plata, la

Argentina era sencillamente una permanente lucha entre diversos amantes del poder absoluto, llamados

caudillos, que buscaban ocupar el espacio dejado por la caída del régimen colonial. La mayor parte de

ellos heredaban la concepción del poder de monarquías absolutas con cierta orientación religiosa. Pero,

desde Buenos Aires, el poder lo disputaban ciertos líderes con formación en el iluminismo francés, de tipo

positivista; lo que Hayek llamaría constructivismo.

Así, desde 1853 en adelante, la organización constitucional argentina significó una especie de “empate”

entre dos tradic iones diferentes en cuanto a la impronta cultural del poder (tradiciones “hispano-católicas”

por un lado vs. positivismo laicista y pro-“democrático”, al estilo Rousseau, por el otro), pero coincidentes

en que la sociedad se “construye” y se planifica desde el poder hacia los gobernados. Casi nadie tenía la

noción anglosajona de derechos individuales, de orden espontáneo, de gobierno limitado. El único que

intentó “plantar” algo así, en ese terreno culturalmente hostil, fue Juan Bautista Alberdi, quien influyó en

la redacción de la Constitución de 1853. Dicha Constitución intentó ser liberal clásica pero la

interpretación que le dieron tanto gobernantes como gobernados (desde el principio) fue muy distinta,

creo, a la interpretación que le diera el autor de las “Bases”.

De todos modos, desde 1853 a 1930 la Argentina logra un período sin guerras civiles y con cierta libertad

en materia económica. Sólo esos dos factores producen esa Argentina que después de la Primera Guerra

Mundial compite con Canadá y Australia en cuanto a nivel de desarrollo económico. Las circunstancias

culturales de fondo, sin embargo, están lejos de ser esa supuesta aplicación del liberalismo clásico, al

menos como Hayek lo concibe. El país se estructura tal como el constructivismo iluminista lo prescribe.

La educación comienza a ser absorbida drásticamente por el Estado; la codificación y no el common law

es el sistema jurídico; la democracia es sólo una palabra y el fraude y la manipulación electoral es

“norma”, al menos hasta 1916; y las culturas indígenas son barridas y aniquiladas brutalmente hacia fines

del siglo XIX y principios del XX.

A pesar de todo eso, ciertos elementos buenos compensan. La inmigración encuentra un gobierno que

económicamente los deja hacer y estabilidad de la propiedad y los contratos hace el resto. Sin embargo,

ese “empate” al que nos hemos referido era una bomba de tiempo a punto de estallar. Los militares de

1930 eran sencillamente pro-nazis que querían barrer incluso con la división formal de poderes que hasta

entonces regía. De 1930 a 1945 el “factor militar”, de corte nacionalista, con c o con z, según los matices,

comienza a mostrar la inestabilidad política latente hasta entonces dormida. Juan Domingo Perón, un

militar admirador de Mussolini, no inventa nada nuevo excepto su especial habilidad para ganarse

demagógicamente al electorado más manipulable. Encuentra la alfombra cultural desplegada para todo lo

que quiere hacer. Y lo hace.

Nunca serán demasiadas las veces que se intente explicar el drama cultural del peronismo, parte de la

crisis actual. Perón instaura, de 1945 a 1955, un régimen mussoliniano en lo político y socialista en lo

económico. La afiliación al partido es obligatoria, los que verdaderamente se oponen deben exiliarse y,

además, todos los servicios públicos son estatizados, toda la industria es protegida, y comienza la inflación

y el déficit financiero del presupuesto. La Universidad argentina, hasta entonces verdadera universidad,

comienza un camino sin final de degeneración. La adulación al poder, la prepotencia del poder, la soberbia

del poder, llegan con su furia cultural más extrema y no se van nunca de las llamadas clases dirigentes

argentinas.

En el año 1955 Perón pierde el poder porque, extrañamente, comete un error: se pelea con la jerarquía

elesiástica. No por otra cosa. Eso hace reaccionar a los militares “católicos” y, con ellos, a todo el

antiperonismo restante: miembros del partido radical, socialistas democráticos, comunistas, etc. Esa

coalición sustituye a Perón. A partir de ahí, nadie intenta privatizar, ni desregular, ni nada que se le

parezca. Son antiperonistas porque se oponen a Perón como persona, pero heredan y practican su

concepción del poder y la economía.

Vuelvo a insistir en que pocas veces se repara en el drama cultural que esto significa. Es como si en Italia

existiera aún un partido mussoliniano, en Alemania un partido Nazi o en España un partido franquista, y

como si los demás partidos hubieran copiado sus costumbres. Europa sería hoy lo que era en el 30. Así de

simple. Que en Argentina exista, con toda su fuerza política, un partido “peronista”; que muchas y cultas

personas se digan peronistas, que estudien y digan practicar la “doctrina” del “líder desaparecido”, que

aún canten su adulona, grotesca y promarxista cancioncita (la “marcha peronista”) es una muestra del

drama al que me estoy refiriendo y parte de la explicación de la “natural” decadencia argentina.

Pero la historia, a partir del 55, no se detuvo en ese letargo nazifascista. Fue peor. En medio de todas las

inestabilidades de partiduchos, militarotes y supuestos civiles ilustrados, los comunistas pro-castristras y

demás facciones marxistas intentan tomar el poder. A partir de los 70 siembran el terror. Hoy todos se han

olvidado. Asesinan inocentes, ponen bombas y violan todos los derechos humanos que hoy dicen

defender. Los nenitos de 20 años que entonces levantaron las armas están hoy en la política y en los

medios de comunicación diciendo que lo que hicieron, “en esa época”, estaba bien. Casi logran tomar el

poder, con los “peronistas” (¡qué casualidad! Lopez Rega es peronista, Isabel too) en el gobierno. Hoy todos lo han olvidado.

Una coalición civil-militar toma el poder en el 76. Excepto su anticomunismo, no tienen idea de nada. No

planifican una salida democrática. Reprimen bestialmente, sin ningún límite, a la guerrilla, y la exterminan

de igual modo que a principios de siglo se hizo con el indígena. Económicamente siguen con el gasto

público, el endeudamiento y la inflación.

En el 82, uno de estos militares iluminados invade las islas Malvinas, con todo el apoyo de la población

civil, que lo vitorea en la Plaza de Mayo, y de casi todos los supuestos intelectuales argentinos. Pocos se

oponen a semejante locura. Hoy todos lo han olvidado también.

Como consecuencia de semejante locura, y la obvia derrota, los militares dejan el poder y en 1983 la

socialdemocracia del partido radical, con Raúl Alfonsín a la cabeza, gana las elecciones. Se vuelve, al

menos, a la formalidad constitucional, y la guerra civil entre guerrilla y militares, al menos en las armas,

termina. Pero todo el aparato estatista –en economía, educación, salud, seguridad social- sigue

sencillamente intacto.

En 1989 el peronista Carlos Menem gana las elecciones. Su persona y su gobierno implicarían todo otro

análisis. Por lo pronto digamos que los argentinos de ningún modo votaron a un programa transformador.

Si Menem pensaba en 1989 en alguna reforma sustancial de la economía, jamás lo dijo. Ganó sobre la

base de decir lo que una cultura autoritaria y estatista gustaba oír.

Después de terribles vacilaciones que duraron dos años, Menem hace sencillamente tres cosas. Una,

restaura relaciones con Estados Unidos, con Gran Bretaña y saca a la Argentina del movimiento de

naciones del “tercer mundo”. Dos, privatiza las empresas estatales, mal: con privilegios, monopolios,

protecciones. Tres: deja de emitir moneda para el déficit del presupuesto. Esas tres cosas, un equivalente a

2 más 2 son 3,5, bastan para que esta argentina mussoliniana y estatista tenga un gran progreso. Pero,

claro, el estatismo seguía.

Menem no derogó las regulaciones a la economía “privada”. Tampoco derogó ni rebajó impuestos, sino

que los aumentó y extendió. Tampoco derogó la legislación mussoliniana de los sindicatos, impuesta

desde Perón y no derogada por nadie. El gasto público siguió aumentando pero ahora el que lo financiaba

no era la emisión monetaria sino el FMI, con el obvio crecimiento de la deuda externa. Y se fijó la famosa

convertibilidad de 1 a 1. El valor del dólar no depende de la voluntad del gobierno, obvio, pero una

repentina amnesia del abc de la economía inundó a los asesores de Menem, casi todos con hermosos

doctorados en la Universidad de Chicago y un maravilloso inglés.

Que Menem, al lado de otras opciones, pareciera poco menos que un Reagan, no hace más que mostrar la

espantosa decadencia cultural argentina en cuanto a las “demás” opciones.

En 1999, radicales y partidos de izquierda forman una coalición para vencer a Menem. Levantan la

bandera de la lucha contra la corrupción, pero ellos jamás habían sacado un mínimo de corrupción en sus

respectivos gobiernos estatistas. Sencillamente no le perdonan a Menem la privatización de empresas y se

presentan ante la opinión pública como una combinación de Gandhi y la Madre Teresa de Calcuta. El

electorado argentino, ingenuo a más no poder, los vota.

De la Rúa, un honesto radical y nada más, es sencillamente superado por las circunstancias. Sigue con el 1

a 1, el FMI, la presión impositiva, un gasto público enorme y ese conjunto de absurdos a los cuales ahora

algunos llaman “neoliberalismo”. La situación les explota, a él y a su ministro, en las manos, como la

bomba H.

Pero el detalle cultural interesante es cómo se les pudo pasar por la cabeza, a estos técnicos de saco,

corbata, inglés, Borges y música clásica, hacer lo que hicieron. Ante la obvia corrida bancaria, reaccionan

con el paroxismo del estatismo e impiden por ley el retiro de depósitos. ¿Por qué? ¿Cómo se les pudo

ocurrir algo así?

Lean todo este ensayo de vuelta, que Dios quiera esté equivocado, y si está acertado tendrán la respuesta:

eran y son culturalmente argentinos. Sencillamente autoritarios. Sencillamente drogadictos del poder. Lo

que siguió, ya se sabe. Lo importante es la interpretación de la historia, porque no hay historia sin

interpretación.

Claro, el encerramiento legal de los depósitos (“corralito”) fue la primera medida estatista en décadas que

tuvo dos catacterísticas: visible e impopular. Las personas, por primera vez en décadas, se sintieron

robadas y ultrajadas. Menem ya había confiscado las cuentas corrientes en la hiperinflación del 89, pero la

“bancarización obligatoria” agregó a esto niveles de crueldad insólitas. La inflación y la presión

impositiva, armas que Perón dejó en la cultura, siempre fueron robos, pero las gentes no lo advierten.

Ahora, en cambio, cuando el gobierno le dice cuánto pueden sacar del banco, sí.

Pero es muy dudoso que las personas que ahora protestan tengan idea de las opciones. Su respuesta

emocional no es indicadora de que han leído a Mises o Hayek. Son las mismas personas que votaron y

apoyaron, una y otra vez, las medidas estatistas que llevaron a esta tragedia, y las incoherencias que

barruntan entre medio de gritos comprensibles no son ningún síntoma de esperanza. Si hay esperanza, no

lo sé. Qué va a pasar, tampoco lo sé. Hay sociedades que sufren espantosos procesos de disolución y luego

se recuperan. Otras, no. Alemania se libró de Hitler. Los argentinos, no.

Gabriel J. Zanotti es profesor universitario.






Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 30 de Abril de 2004 a las 03:45
Bueno, casi no leí los mensajes porque... son un poquito largos y uno no tiene tanto tiempo. Pero, creer que las ideas de un hombre hicieron a un país la séptima potencia mundial (daré por cierto este dato, aunque desconozco en base a qué criterios se elabora y por eso tiene menos credibilidad para mí que el ranking de selecciones de FIFA... La mejor prueba de que no éramos Australia o Canadá es que ahí no podría haber habido un peronismo) es darle demasiada importancia a ese tipo. Como dice Halperín Donghi (quien ciertamente no estará tan lejos de las interpretaciones históricas de racing-stones) lo que hizo a Argentina extraordinariamente rico fue un contexto extraordinariamente favorable. Desaparecido ese contexto, desaparecida también esa riqueza. A menos que sigamos creyendo en una historiografía de héroes y villanos...

Por otro lado, aquellos liberales de fines del XIX tenían muy poco del dogmatismo pro laissez faire de varios libertarios de este sitio. Basten recordar las campañas militares, las obras de infraestructura, la "argentinización" (educación pública, servicio militar obligatorio), las campañas de fomento a la inmigración... para darse cuenta que eran tipos cuyo liberalismo sabía adaptarse a lo que el contexto les reclamaba. Es un de sus aspectos que me resultan más valorables. Pero me sorprende que esos campeones del intervencionismo sigan siendo los héroes de racing...
Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 30 de Abril de 2004 a las 04:56
a que llama este Racing violar los derechos individuales???? Nadie esta proponiendo abolir la iniciativa privada ni el derecho de propiedad, ni la libertad de expresión ni la libertad de cultos, nadie esta proponiendo ir a desatar guerras o invadir paises o practicar la pirateria y el colonialismo (como si lo han hecho la Thatcher y Reagan, los grandes paradigmas de ese liberalismo de pizarrón que profesa Racing Stone)
Lea bien señor todo lo que se ha dicho aqui a ver si es capaz de señalar una cosa que sea equivocada, un dato que sea falso.
La arrogancia humana puede ser tan fatal como vital, depende de su contenido. O se cree este señor que el Tal Alberdi no era arrogante al proponer en sus escrito lo que 'debia hacerse'. ¿Porque habia que 'fomentar la inmigración'? Y no digo que esa propuesta puntual sea mala, al contrario estoy de acuerdo, sólo indico que es también una muestra de arrogancia en el sentido de alguien que se para dice: El Estado debe hacer tal cosa, a saber: fomental la inmigración, crear la comision de inmigración, construir un hotel de inmigrantes, sancionar leyes que favorezcan el asentamiento de colonos en las tierras, dar subsidios en ese sentido, etc.. Pero clarooooo, como es Alberdi el sí está capacitado para decir lo que el Estado debe hacer y nadie le va a decir que cae en la fatal arrogancia dirigista... y que fue a hacer Alberdi a Europa con el pomposo cargo PUBLICO DE COMISARIO GENERAL DE INMIGRACIÓN???????
Supongo que habra ido a nada, solo a ocupar un inutil cargo publico para vivir a expensas de nuestros impuestos, poniendo sellos y haciendo algo que el Estado no debe hacer porque si el pais sera de inmigrantes eso lo decide la mano invisible, el mercado asi que para que el estado va a andar fomentando nada???
Pero este iluso pareciera que no leyo ni una coma de todo lo que en este rico hilo de escritos se ha dicho.-
Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 1 de Mayo de 2004 a las 08:19
jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja
Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 1 de Mayo de 2004 a las 08:45
jajajajajajjajajajajajajajaja

orwell = juanpaine = juansalvo = negro = POBRE HIJO DE PUTA SIN FUTURO
Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 1 de Mayo de 2004 a las 15:22
Cuando dije yo que habia que desatar guerras??,A que llama racing violar los derechos individuales, bueno estar en este sitio durante largo tiempo al pedo a quedado demostrado, si no sabes que son los derechos individuales despues de tanto tiempo ,si no sabes que el proteccionismo es violar derechos individuales es a ñudo seguir debatiendo.
Yo no voy a leer un tratado de economia porque vos lo pongas, no pierdo tiempo en un foro en eso ,si alguien quiere estudiar en un foro ,esta errando el camino ,los foros son para discusion no para estudiar ,lo que tiene que hacer es pegar el link y el que lo quiera leer que lo lea ,yo puedo poner los tratados de economia y derecho mas largos pero no lo hago,trato de poner cortos y que se entiendan.
Pero vos tampoco lees mis opiniones,si las hubieras leido no dirias las boludeces que decis,no me sorprende,entiendo las reglas de juego de los falaces,lea de vuelta mi articulo sobre Alberdi y vea que dice ayudar no intervenir.
Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 1 de Mayo de 2004 a las 15:09
Caro que son largos ,estos pelotudos creen que uno tiene tiempo para leer estas boludeces,que pongan el link y quien lo quiera leer que lo lea,yo puse el mio para demostrar que si yo quiero puedo poner articulos largos, y si quieren pongo mas largos todavia,pero los entiendo,como no tiene argumentos embarran la cancha,a mi no me jode,que lo hagan ,yo tambien lo puedo hacer.
A ver martin ,yo no defiendo a los campeones del intervencionismo de ese entonces,yo defiendo las ideas de Alberdi ,las leiste??me parece que no ,te pido las leas y luego opines, tambien dije que sus ideas fueron bastardeadas , y estos son los hijos de los bastardos.
Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 1 de Mayo de 2004 a las 21:12
En otros threads elogiaste a otros. A Sarmiento, por empezar.
Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 1 de Mayo de 2004 a las 21:14
Hasta los genios se equivocan jajajajajaja, ahora en serio,lee bien el articulo de Alberdi y despues opina sobre el.
Re: Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 1 de Mayo de 2004 a las 23:53
Racing vos dijiste: "Por seguir las ideas de este hombre mi pais fue la 7 potencia del Mundo,cuando las bastardeamos empezo la debacle."

Pregunto:
1) En que año y bajo que gobierno o gobiernos la Argentina llego a ser la 7ª potencia del mundo?
2) En que año o años comenzó la debacle, y cuales fueron las medidas o politicas que por no respetar la Const Nacional nos hicieron dejar de ser esa potencia????
Re: Re: Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 2 de Mayo de 2004 a las 00:07
Si hubieras comprendido el articulo de Yeatts,digo comprendido porque leido segun vos lo leiste hubieras visto esta parte.

Bastante tiempo antes de la ruptura institucional formal de 1930, nuestro país comenzó a alejarse de las ideas pensadas por Alberdi al emular la Constitución californiana. En 1904 las leyes de residencias comenzaban a discriminar a los extranjeros, en 1907 en facultades de las leyes de tierras comenzó a nacionalizarse el petróleo y luego la minería, en 1910 comienza la explotación oficial de hidrocarburos que concluye en la creación de la primera empresa estatal de petróleo del mundo (YPF 1922). Conservadores y radicales comparten la autoría de las diversas intervenciones gubernamentales: juntas de carnes, granos, la coparticipación federal, el Banco Central, controles de precios, salarios y diversas regulaciones a la actividad privada. Con el paso de los años, dicha autoría va a ser completada con el ingreso de planificadores del civiles y militares,etc, etc.
Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 2 de Mayo de 2004 a las 09:24
1º) Ahi no dice en que año y bajo que gobiernos Argentina llego a ser, segun vos, 7ª potencia del mundo.-
2º) Las leyes de residencia fueron discriminatorias y las dictaron los gobiernos del mismo color politicos que gobernaba desde hacia mas de 30 años. Su finalidad era combatir a las ideas socialistas y anarquistas que comenzaron de difundirse de la mano de los mismos inmigrantes que ellos trajeron. Obvio que no eran leyes liberales, pero todos sabemos que la oligarquia gobernante que promovio porque le convenia a sus intereses la argentina agropastoril no era muy afecta a las libertades politicas ni a la democracia.
3º) Que disposioción de la CN viola el crear una empresa petrolera como YPF??????????
4º) Ya te explicaron numerosas medidas intervencionistas aplicadas por todos los gobiernos anteriores a 1904: Creación de Hoteles de inmigrantes, construccion de numerosas obras publicas, subsidios a la inmigracion, Alberdi Comisario de Inmigracion con un sueldo pago por el Estado viviendo durante años en Europa, Creacion de Banco Nacion, del registro Civil de las Personas, Campaña del Estado para conquistar el desierto, etc etc.
Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Juan Baustista Alberdi
Enviado por el día 2 de Mayo de 2004 a las 14:23
No me hagas buscar cuando la Argentina fue considerada la 7 Potencia, es por todos archi conocido que eramos el ejemplo a seguir durante esos famosos 50 años y despues desoimos las ideas de Alberdi,si hubieras leido el articulo que inicio esto no dirias las tonterias,si leiste esto no dirias lo que decis sobre YPF,nadie dice ya que no quiero investigar que sea anticonstitucional ,pero es anti las ideas de Alberdi!!, por que?
"En efecto, ¿quién hace la riqueza? ¿Es la riqueza obra del gobierno? ¿Se decreta la riqueza? El gobierno tiene el poder de estorbar o ayudar a su producción, pero no es obra suya la creación de la riqueza.

La riqueza de las naciones es la obra de las naciones, no de sus gobiernos. Si no tuvieran otro fabricante de sus riquezas que los gobiernos, todas las naciones, sin excepción de una sola, estarían en la miseria. El gobierno por su institución y destino, representa un gasto, un consumo de la riqueza nacional"


Frase espectacular para ser enseñada en todos los colegios y tambien si hubieras leido y sobre todo comprendido el articulo de Zanotti sabrias que nuestra mentalidad amante de los caudillos y nazifascista hizo y hace desconocer la idea fundacional de nuestra CN.

Como termina Zanotti en su articulo:"La inflación y la presiónimpositiva, armas que Perón dejó en la cultura, siempre fueron robos, pero las gentes no lo advierten.

Ahora, en cambio, cuando el gobierno le dice cuánto pueden sacar del banco, sí.

Pero es muy dudoso que las personas que ahora protestan tengan idea de las opciones. Su respuesta emocional no es indicadora de que han leído a Mises o Hayek. Son las mismas personas que votaron y apoyaron, una y otra vez, las medidas estatistas que llevaron a esta tragedia, y las incoherencias que barruntan entre medio de gritos comprensibles no son ningún síntoma de esperanza. Si hay esperanza, no lo sé. Qué va a pasar, tampoco lo sé. Hay sociedades que sufren espantosos procesos de disolución y luego se recuperan. Otras, no. Alemania se libró de Hitler. Los argentinos, no.


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