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El holocausto Resea
El holocausto

César Vidal
Alianza Editorial, Madrid, 2004
315 páginas

A propósito de la shoá

Por Mario Noya

César Vidal no sólo saca tiempo para escribir todos los libros[1], también para revisar los que ya ha escrito. Tal es el caso de El Holocausto (Alianza de Bolsillo), que dio a la imprenta por vez primera en 1995 y que ahora vuelve a poner, ampliado, a disposición del público.
 
En el prólogo a esta nueva edición declara que se vio impulsado a componerlo (ayer) y recomponerlo (hoy) tras constatar el desconocimiento generalizado que sobre el Holocausto –la Shoá[2], según la denominación preferida por los judíos- mostraba y muestra la sociedad española, así como por “la insoportable –e intolerable- frivolidad con que políticos, periodistas y gente de a pie utiliza términos como ‘genocidio’, ‘exterminio’ o ‘nazismo’, sin percatarse quizá de que el igualar posturas y conductas no pocas veces reprobables con el Holocausto tan sólo contribuye a minimizar e incluso a trivializar una tragedia humana cuyas características son realmente muy específicas” (p. 8).
 
Ha olvidado nuestro autor mencionar a los ejecutores voluntarios de semejante ceremonia de la confusión. Nos referimos, claro está, a los antisemitas que disfrazan su fobia, que tan mala prensa tiene, con otra que no la tiene tanto (ni siquiera un poco, por mejor decir): el antisionismo, e intoxican el debate público aseverando que Israel está haciendo con los palestinos lo mismo que los nazis hicieron con los judíos.
 
La obra, por lo demás, se divide en tres partes: Antes de la guerra (1933-1939), Blitzkrieg (1939-1941) y La “Solución Final”, complementadas con una conclusión (¿Por qué tuvo lugar el Holocausto?) y unos apéndices con abundante –e imprescindible- documentación.
 
César Vidal comienza su estudio remontándose no a 1933, el año del ascenso de Adolf Hitler al poder, sino a la Biblia, donde ya es posible rastrear la negra sombra del antisemitismo. Así, en el relato del Éxodo podemos encontrar una serie de medidas judeófobas que han acompañado, como si de una plaga eterna se tratase, al pueblo de David a lo largo de su milenaria historia: confinamientos, disposiciones encaminadas a reducir su número o convertirlos en parias, asignación de trabajos impopulares, etcétera.
 
Del antisemitismo egipcio pasa Vidal a dar cuenta del ejercido durante la Antigüedad Clásica, caracterizado bien por el desprecio que sentían gentes como Cicerón o Marcial por aquel pueblo incomprensiblemente monoteísta, bien por la aplicación de medidas que buscaban su asimilación forzosa. Entre éstas encontramos las debidas a Antíoco IV -“heredero iluminado del helenismo de Alejandro”-, que llegó a proscribir, so pena de muerte, el mero hecho de ser judío.
 
La siguiente etapa del camino nos sitúa frente al antisemitismo de cariz religioso, del que se han servido tanto los católicos como los protestantes (estos últimos en menor medida, sostiene Vidal) y los musulmanes. Así, sabemos que la persecución contra los israelitas arreció cuando la Cruz y la Espada decidieron unir sus destinos (s.IV d.C); que “junto a la condena ideológica vendrá la caracterización, falsa y maligna, de lo que se considera prototipo judaico”[3]; que Lutero reclamó para los judíos alemanes la misma medicina que se aplicó a los sefardíes en 1492[4]; que el califa Omar fue el primero en obligar a los hebreos a llevar ropas distintivas... y que en el mundo musulmán todavía hoy se utilizan los hadiths [sentencias y tradiciones] de Mahoma como soporte de la judeofobia rampante en aquellas tierras[5].
 
La Ilustración y el reguero de revoluciones que desató en Europa tampoco se vieron libres del virus que nos preocupa, como ilustran los escritos de Voltaire y las razzias perpetradas en tiempos de la Revolución Francesa. Por seguir con el Hexágono, no dejaremos de mencionar el tristemente célebre affaire Dreyfus, que tuvo lugar en una época de relativa calma social.
 
Sobre este poso histórico surgirá, en el Ochocientos, el “antisemitismo científico”, una vuelta de tuerca que pretende dejar al judío sin escapatoria posible, pues el prejuicio se asentará en su pretendida inferioridad natural, racial, científica con respecto a los demás seres humanos, y no en cuestiones de índole cultural o religiosa, que pudieran solventarse mediante la asimilación o la conversión.
 
Así, y siguiendo una línea que arranca con el conde Gobineau[6], pasa por Wagner[7], Nietzsche[8], Stewart Houston-Chamberlain[9] –incluso Darwin[10]- y continúa con el arianismo teosófico de Édouard Drumont[11], Jacques de Biez[12], Madame Blavatsky[13], Georg Lanz von Liebenfels[14] y Guido von List[15], acabamos dando con la Weltanschauung que rigió la acción política de Adolf Hitler, plasmada ya en su obra fundamental: Mi Lucha, donde encontramos –enumera sucintamente Vidal- “conceptos como los de la superioridad de la raza aria, el carácter perverso de los judíos, el proyecto de privarlos de su ciudadanía, las leyes eugenésicas, la necesidad de una nueva guerra mundial, el sometimiento de las razas inferiores e incluso el uso del gas para acabar con los judíos” (p. 27).
 
Éstos apenas representaban el 1% de la población en la Alemania de los años 30. Eran, en la inmensa mayoría de los casos, gentes de clase media, asimiladas por completo y desvinculadas de organizaciones específicamente hebraicas “o, aún menos, sionistas” (p. 30). Para muchos, esta ideología era “un asunto meramente austriaco”, apunta Vidal, haciéndose eco de las afirmaciones de Víktor Klemperer[16].
 
Pese a ello, o precisamente por ello, Hitler no les concedió un momento de paz. Así, el mismo día en que alcanzó el poder pronunció un discurso donde vaticinó el desencadenamiento de una nueva guerra mundial; una guerra que concluiría con “la aniquilación de la raza judía en Europa” (p. 31).
 
Las cifras, tan frías y abstractas como pavorosas, no dejan lugar a dudas: el Asesino –así, a secas y en mayúscula- estuvo a punto de conseguir su objetivo.
 
PAÍS
POBLACIÓN JUDÍA
VÍCTIMAS (mín.-máx.)
Polonia
3.350.000
2.550.000-3.000.000
URSS
4.700.000
2.200.000-2.200.000
Lituania
155.000
135.000 (máx.)
Letonia
95.000
85.000 (máx.)
Estonia
-
4.000 (máx.)
Checoslovaquia
360.000
233.000-300.000
Alemania
240.000
160.000-200.000
Austria
60.000
40.000 (máx.)
Italia
75.000
8.500-20.000
Bulgaria
50.000
7.000 (máx.)
Rumania
850.000
300.000-425.000
Hungría
403.000
180.000-200.000
Francia
300.000
60.000-140.000
Holanda
150.000
104.000-120.000
Bélgica
100.000
25.000-40.000
Luxemburgo
-
3.000
Noruega
-
700-1.000
Dinamarca
-
100 (mín.)
Grecia
75.000
57.000-60.000
Yugoslavia
75.000
55.000-65.000
TOTAL
11.050.000
5.936.300-7.045.000
¿Por qué tuvo lugar el Holocausto?, se pregunta, a modo de conclusión, César Vidal. A continuación aporta seis razones, luego de advertir que no ha tenido en cuenta “aquellos aspectos que no pueden ser delimitados en categorías históricas” (p. 165). Veámoslas.
 
1) “(...) la existencia de una ideología que, de manera evidente para aquellos que estuvieran dispuestos a verlo, propugnaba el exterminio físico y total de los judíos”[17].
 
Como hemos visto, los judíos alemanes no se enfrentaron con tal evidencia hasta que fue demasiado tarde. ¿Por qué? Porque se consideraban tan alemanes como el resto de sus compatriotas, a despecho de lo que postularan los judeófobos. Y porque ya habían sufrido los embates del antisemitismo en multitud de ocasiones, al igual que los demás hebreos de Europa –especialmente los polacos, los rusos, los lituanos y los rumanos.
 
El carácter recurrente de las persecuciones les hizo desarrollar un cierto nivel de tolerancia[18] a las mismas, adoptar el “ya escampará” como principio de supervivencia. Pero el antisemitismo nazi no tenía intención alguna de ser accidental, episódico, popular, circunstancial; de hecho, renegaba del antisemitismo tradicional por esas mismas razones[19]. Volveremos más tarde sobre este asunto.
 
De manera que llovía sobre mojado, para los judíos y para el resto de los europeos. Y los nazis jugaron esa baza a fondo. Los tiempos, además, eran especialmente propicios:
 
“(...) no pocos fueron los que padecieron no tanto de ingenuidad como de insensibilidad ante los males del Estado totalitario. Que así fuera no resulta extraño. El triunfo del golpe bolchevique de octubre de 1917 –y previamente el marxismo- habían acostumbrado a sectores importantes de la opinión pública a considerar aceptable la eliminación de sectores concretos de la sociedad. Ni su señalamiento como enemigos del pueblo (una expresión típicamente leninista), ni su reducción a la condición de parias, ni siquiera su reclusión en campos de concentración fueron innovaciones de Hitler. Lenin venía desempeñando el denominado por él ‘terror de masas’ desde 1918, y sus seguidores lo considerarían legítimo, justificado e indispensable durante las décadas siguientes y, desde luego, en los años treinta del siglo XX”[20].
 
2) Con todo, Vidal estima que Hitler y sus verdugos voluntarios –por utilizar la expresión de Daniel Jonah Goldhagen- no hubieran podido poner en práctica la Solución Final si no hubiera mediado la Segunda Guerra Mundial, tan anhelada por el Führer:
 
“(...) es más que dudoso que en una situación de paz Hitler hubiera podido ir mucho más lejos de lo contenido en las ‘leyes de Nüremberg’[21]. De hecho, la manera en que tuvo que volverse atrás de su decisión de exterminar a determinados tipos de enfermos por la repulsa de las Iglesias católica y protestantes es una muestra de ello. (...) El desencadenamiento de las hostilidades [tras la invasión nazi-soviética de Polonia] constituyó una pantalla ideal para ocultar las operaciones genocidas del nacionalsocialismo. (...) La posterior invasión de la URSS abrió el camino para los fusilamientos masivos (...), los asesinatos con camionetas de gas y los primeros campos de exterminio. En el momento en que Estados Unidos entró en guerra –y no resultaba, por tanto, imperativo limitar las acciones para no influir negativamente en los países neutrales-, Alemania llevó a cabo aún con mayor profusión la tarea exterminadora”[22].
 
Hitler no detuvo ni lentificó la aniquilación de los judíos ni siquiera cuando sus tropas cosechaban derrota tras derrota. Es más, hubo momentos en que prefirió seguir utilizando los trenes para la Solución Final antes que para salvar contingentes alemanes cercados por el enemigo[23]. ¿Por qué? Porque para él los judíos eran otro frente de batalla; “un frente de no menor importancia que el del Este” (p. 118) y en el cual, por razones obvias, era mucho más sencillo obtener la victoria.
 
3) No bastan, a juicio de nuestro autor, la ideología nazi y la II Guerra Mundial para explicar un genocidio de la magnitud que reflejan las cifras consignadas más arriba. Hizo falta, además, un procedimiento; un procedimiento industrial, planificado; planificado a la manera totalitaria. “En buena medida –escribe Vidal-, la historia del Holocausto constituyó una búsqueda incansable de métodos que permitieran acabar con los judíos europeos en mayor número y con mayor rapidez”. Llegó un momento en que el proceso de exterminio “entró en una dinámica (...) cuyas cifras diarias de muertes producen vértigo y recuerdan las de un frente de batalla[24], imagen ésta con la que los nacionalsocialistas asociaron, no sin razón, la tarea genocida” (p. 169).
 
La Shoá, sin el totalitarismo, es sencillamente inconcebible. Una matanza de esas proporciones y características, con tal nivel de tecnificación, continuidad, planificación... e impunidad, sólo pudo cometerse en y desde un régimen como el nacionalsocialista. Y es que sin el advenimiento del Estado totalitario –aventuró en cierta ocasión Hannah Arendt- tal vez no hubiéramos conocido el Mal Absoluto.
 
Se comprende ahora algo mejor que la amenaza nazi cogiera a los judíos europeos con el pie cambiado. “Nos hemos quedado solos[25] –podrían haber dicho éstos, como en efecto dijo Nadezhda, la esposa de Osip Mandelstam, en plena apoteosis del terror estalinista- ante esa misteriosa fuerza llamada Estado y sus poderes de vida y muerte”[26].
 
4) Las tres últimas razones que enumera Vidal son “tres elementos externos que fueron indispensables” para proceder a la Devastación. El primero de ellos fue “la semipasividad de las potencias extranjeras, sin excluir a la Santa Sede[27], durante al menos los primeros momentos del drama”:
 
“Fuera de algunas declaraciones de condena –si es que se produjeron- o de simbólicos y (reducidos) gestos, nadie quiso recibir a los judíos que aún podían escapar de Alemania antes del estallido de la guerra, casi nadie antes del período en que la guerra comenzó a cambiar de signo adoptó medidas en favor de los judíos perseguidos, y ni siquiera los mandos de los Aliados aceptaron la posibilidad de realizar alguna operación militar –como el bombardeo de la línea férrea que llevaba a Auschwitz- que, siquiera en parte, limitara de manera directa la extensión del Holocausto. (...) cualquier iniciativa en esa dirección hubiera significado la salvación para miles de personas que murieron en la miseria de los ghettos, en los fusilamientos masivos o en las cámaras de gas”[28].
 
Se ha dicho siempre, para justificar la reacción tardía de la comunidad internacional, que no se tuvo conocimiento de la Shoá hasta las postrimerías de la contienda. No es cierto. Volvamos de nuevo a las páginas de El Holocausto:
 
“(...) ya en 1941, antes incluso de que Estados Unidos entrara en guerra, empezaron a aparecer en la prensa de este país noticias sobre las matanzas masivas (...) En julio (...) los diarios en yiddish de la ciudad de Nueva York daban la noticia de que centenares de civiles judíos habían sido asesinados en Minsk, Brest-Litovsk, Lvov y otras áreas controladas por los alemanes en su primer avance en el interior de la URSS. En el curso de las semanas siguientes, semejantes informaciones fueron confirmadas por la radio de Moscú y por el gobierno polaco en Londres. (...) Pese a todo, las noticias, en términos generales, fueron consideradas como secundarias, dado el carácter más sensacional de las operaciones militares”[29].
En 1941 se sabía, pues, que los nazis se estaban dando con fruición a la judenhetze, a la caza de judíos. Pero es que en 1942 las principales cancillerías del mundo sabían que se les estaba gaseando[30], y que la cifra de asesinados era monstruosa[31]. De hecho, ese mismo año Naciones Unidas emitió una declaración –“suscrita por los tres aliados y los gobiernos de ocho países ocupados”- en la que se advertía de que el Reich tenía la intención de exterminar al pueblo judío en Europa” y se condenaba tamaña carnicería “en los términos más fuertes posibles” (pp. 102-103).
 
5) El segundo “elemento externo” ya lo hemos abordado, siquiera en parte: la “ignorancia casi general de las víctimas acerca del destino que les esperaba” (p. 170):
 
“Por término medio, los judíos alemanes no creyeron que fuera posible su exterminio. Los judíos soviéticos, sometidos a una propaganda estalinista que había silenciado en virtud de la política de pacto con Hitler las atrocidades nazis, llegaron incluso a pensar en un primer momento que los invasores alemanes seguirían la tradición supuestamente filojudía del káiser frente al antisemitismo ruso. Los judíos de Polonia y otros países ocupados consideraron asimismo –y en ello tuvieron un papel decisivo los consejos judíos creados a instancias de los nazis- que se les deportaba para trabajar y no para ser exterminados[32]. Aquella ignorancia, muchas veces disipada antes de la muerte, resultó fatal[33]. Baste decir (...) que el porcentaje de supervivientes entre los judíos que huyeron y/u optaron por la resistencia fue, como mínimo, cinco veces mayor que entre aquellos que se plegaron a las directrices de los nazis”[34].
6) Last but not least, el colaboracionismo. El voluntario[35] y el involuntario[36]. De las autoridades y de las poblaciones ocupadas. Y de los alemanes, por supuesto:
 
“Por desgracia, como en su día señaló el pastor luterano Martin Niehmoller, que valientemente había llamado a su congregación a seguir al rabino judío Jesús de Nazaret, buena parte de la responsabilidad por los desmanes del nacionalsocialismo descansó en el hombre de a pie. Éste no se enfrentó al nazismo cuando se llevaron a los socialistas porque no era socialista, no se enfrentó con el nazismo cuando se llevaron a los sindicalistas porque no era sindicalista, no se enfrentó con el nazismo cuando se llevaron a los judíos porque no era judío. Al final, fueran o no a por él, nadie estaba dispuesto a levantar la voz”[37].
Muy otra fue la situación que se encontraron los nacionalsocialistas en países como Bélgica[38], Noruega[39], Dinamarca[40] y Bulgaria[41]. Y muy otra fue, significativamente, la suerte que corrieron los judíos de estos países. Y es que en ellos las gentes no se sentaron ante las puertas de sus casas a ver pasar los cadáveres de sus vecinos[42].
 
 
 
César Vidal dedica los últimos pasajes de la conclusión a denunciar, como ya hiciera en el prólogo, la ligereza con que se emplean en la actualidad términos como Holocausto, genocidio o nazi. Pero en esta ocasión no se olvida de mencionar a los ejecutores voluntarios de semejante ceremonia de la confusión:
 
“(...) Israel nunca ha practicado con los palestinos, o con cualquier otra nación árabe, una política, por muy discutible que pueda ser, que se asemeje ni lejanamente a la llevada a cabo por los secuaces y aliados de Hitler con los judíos europeos. Si así hubiera sido –y es terrible tener que decirlo-, los palestinos hace décadas que hubieran desparecido de la faz de la tierra. [Resulta obvio] que para muchos (...) pudiera ser un consuelo inconsciente[43] el pensar que, a fin de cuentas, quizá Hitler y sus aliados no cometieron actos tan graves si los descendientes de las víctimas se comportan igual que ellos... Distorsionando la verdadera magnitud del Holocausto, no pocos miembros de la ‘Vieja Europa’ podrían quizá aspirar a sentirse no sólo absueltos históricamente, sino legitimados incluso para ejercer de jueces de aquellos judíos que ahora no están dispuestos a dejarse exterminar pasivamente, sino que se defienden incluso con encarnizamiento, conscientes de que la primera guerra que pierda el estado de Israel sería con seguridad el final de su historia”[44].
Finalmente, aboga por la necesidad de estudiar la Shoá no sólo para tener un conocimiento cabal del pasado, sino para extraer las “tremendas lecciones morales” que aquella tragedia encierra, “especialmente para el ser humano de hoy en día”. “Su recuerdo imborrable –prosigue Vidal- coloca ante nuestros ojos la responsabilidad ética que tiene el ciudadano medio de oponerse al mal”, ya que –añade, citando a Burke- “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”[45]


[1] Carlos Alberto Montaner ha escrito estas divertidas líneas acerca de la grafomanía de nuestro autor: “Nada es seguro bajo el sol, salvo la certeza de que César Vidal antes de seis meses escribirá otro espléndido libro. Hace unos años, cuando le dediqué una obra mía, le estampé una dedicatoria nerviosa: ‘A César, muy apresuradamente, antes de que este libro también lo escribas tú’”. (V. ‘Asesinatos olvidados’ –su reseña de Checas de Madrid [Belacqua, 2003]-, en http://www.firmaspress.com/284.htm).
[2] Shoá significa en hebreo devastación, mientras que Holocausto puede significar tanto gran matanza de seres humanos como acto de abnegación total que se lleva a cabo por amor. La tercera acepción que recoge el DRAE dice así: “Entre los israelitas especialmente, sacrificio [religioso] en que se quemaba toda la víctima [un animal, conviene añadir]”.
[3] “Del judío Jesús crucificado ‘bajo el poder de Poncio Pilato’ se irá hacia el judío como asesino único y sádico de Cristo. Del judío no cristiano se pasará a la imagen del judío anticristiano culpable de asesinato ritual (una calumnia que se repetirá en la Rusia zarista del siglo XX y en la Alemania nazi [y en el mundo árabe-musulmán en la actualidad, añadimos nosotros], de envenenar las fuentes [esto también se escucha con relativa frecuencia, por boca de eminentes palestinos] o de provocar la peste. Del judío marginado sin piedad de la vida social surgirá la imagen del judío usurero. Summa iniuria, porque si el judío se dedica a la usura se debe a que el cristiano no puede hacerlo en virtud de las disposiciones de la Santa Sede y a que es rara la ocasión en que le permiten ejercer con libertad otras ocupaciones. De hecho, habrá que esperar a la Reforma protestante y a su regreso a la Biblia para que el judío conozca la emancipación siquiera en algunas partes de Europa y pueda ejercer diversos oficios” (p. 17).
 
Por lo que hace a la Reforma, Gustavo Daniel Perednik comenta, en su igualmente imprescindible La judeofobia (Flor del Viento, 2001):
 
“[El protestantismo] sostenía entre sus principios devolver el cristianismo a sus fuentes hebreas, en lugar de basarlo en la interpretación helenística. En efecto, al comienzo hubo muchos protestantes que se acercaron al judaísmo, algunos de ellos en la expectativa de que los judíos finalmente abrazaran la fe en Jesús si ésta se les presentaba con amor y con énfasis en su origen hebraico. Pero también aquí [al igual que en el Islam], cuando esas expectativas probaron ser infundadas, la reacción fue judeofóbica” (Op. cit., p. 115).
[4] “El rechazo inmediato que el escrito tuvo entre sus partidarios –comenzando por el propio Melanchthon- y la nula repercusión política del mismo muestran hasta qué punto la suerte de los judíos iba a ser mejor en el universo protestante que en el católico” (p. 19).
 
Sin embargo, a propósito de Melanchthon, el discípulo aventajado y predilecto de Lutero, hemos leído esto; en Del amanecer a la decadencia (Taurus, 2002), la monumental historia cultural de Occidente compuesta por Jacques Barzun: “[sus] pronunciamientos antisemitas son vituperios puros” (Op., cit., p. 49).
[5] El propio César Vidal transcribe, en España frente al Islam (La Esfera, 2004; p. 61), el más célebre de ellos; ese que dice:
 
Narró Abu Huraira. El enviado de Allah dijo: “No quedará establecida la Hora hasta que combatáis con los judíos y la piedra detrás de la que se esconda un judío diga: ‘¡Oh, musulmán! Hay un judío que se esconde detrás de mí, así que mátalo’”.
[6] “Según Gobineau, existía una lucha multisecular entre los dolicocéfalos y los braquicéfalos. Si los primeros eran ejemplarizados por los pueblos nórdicos, los segundos tenían como paradigma a los judíos. Para el autor galo, el antisemitismo (...) se trataba de una manifestación legítima de la lucha de la raza superior contra la inferior” (pp. 20-21).
[7] “Amigo personal de Gobineau fue Richard Wagner (...) [Para éste], el ‘desencadenamiento de una guerra’ contra la odiada raza no era sólo posible sino legítimo y deseable” (p. 21).
[8] “(...) preconizaba el triunfo de la Bestia rubia y neopagana sobre el cristianismo y el judaísmo” (p. 21).
[9] “Biógrafo y estudioso de Wagner, llegó a contraer matrimonio con una hija del compositor. Como en el caso wagneriano, el aborrecimiento de los judíos entraba en el terreno de lo racial e implicaba un elemento de resurrección del paganismo. Según expresaría en términos bien elocuentes: ‘Odio a los judíos. Odio su estrella y su cruz’” (pp. 21-22).
[10] No es que él fuera antisemita, sino que “conceptos como el de la supervivencia y evolución del más apto, [así] como el de la lucha por la vida o el paso escalonado del animal al hombre, resultaban especialmente fáciles de encajar en una cosmovisión antisemita” (p. 22).
[11] Periodista francés (1844-1917), fundador del periódico antisemita La Libre Parole (1892), es –al decir de Vidal- el “auténtico precursor de la cosmovisión nazi” (p. 23).
[12] Delegado nacional de la Liga Antisemita de Francia, autor de Los Rothschild y el peligro judío (1891) y prologuista de la obra de Drumond El testamento de un antisemita (1891), acuñó el término nacionalsocialista.
[13] “Personaje absolutamente novelesco cuya influencia sigue percibiéndose hoy en día en fenómenos como el movimiento de la Nueva Era (New Age), nació en Rusia en 1831, de estirpe aristocrática [...] Las enseñanzas de la ocultista rusa constituían una heteróclita mezcla de hinduismo, orientalismo y espiritismo anglosajón, a la que se sumaban un antisemitismo, un anticristianismo y un racismo cargados de agresividad. El hombre en el pensamiento blavatskyano es un ‘dios en proceso de hacerse’. (...) tiene que evolucionar a través de siete etapas espirituales a través de sucesivas reencarnaciones. De ahí deriva el hecho de que existan razas inferiores y razas superiores. Entre estas últimas se halla la aria, cuyo destino espiritual es dominar el mundo y poner fin a esta funesta época presente marcada negativamente por la presencia de cristianos y judíos. Estos dos últimos colectivos resultaban especialmente abominables, puesto que el primero no había llegado a captar el carácter supuestamente ocultista de las enseñanzas de Jesús y el segundo había sido engañado por Jehová, el dios del mal, y había rechazado seguir a Lucifer, el dios al que los teósofos que hubieran llegado al último grado de iniciación debían adorar” (pp. 23-24).
[14] “(...) comenzó a utilizar la cruz gamada como símbolo del poder ario en los primeros años del siglo XX y dirigió una revista, Ostara, que denunciaba la ‘contaminación racial’, que pedía un ‘Nuevo Orden’ ario y que incluso proponía que la lucha racial se llevara a cabo ‘con el cuchillo de castrar’. Términos como ‘delito sexual’ (Rassenschande) o ‘infrahumanos’ (Untermenschen), que serían utilizados profusamente por el nazismo tanto en sus textos de propaganda como en su legislación, fueron acuñados por Lanz” (p. 25).
[15] “Coetáneo y amigo de Lanz, List consideraba que el enemigo principal de los arios era la judería internacional. Precisamente por ello, había que prepararse para la guerra inevitable que enfrentaría a ambas razas. Al fin y a la postre, llegaría un día en que los racialmente inferiores tendrían que ‘ser borrados de la faz de la tierra’. (...) List (...) utilizaba con profusión la cruz gamada, pero también las runas en forma de relámpago que después formarían parte de la simbología de las SS” (p. 25).
Tanto List como Lanz “tuvieron una enorme influencia en Hitler”. Según Vidal, entre los dos “pulieron las tesis de madame Blavatsky, conservando su aliento místico y su cosmovisión plagada de paganismo y referencias a razas inferiores y superiores pero añadiéndole (...) una clara militancia política” (p. 25).
[16] Su acendrado patriotismo les llevó a pensar que Hitler era un sarampión, pasajero como tantos otros; que su movimiento “se esfumaría con la misma rapidez con que había hecho acto de presencia”, por emplear las palabras de Vidal (p. 40). Podemos recurrir también a las de Marcel Reich-Ranicki, el gurú de la crítica literaria alemana, que nació en Polonia pero se crió en el Berlín nacionalsocialista y que se salvó in extremis de subir a uno de los trenes con final de trayecto en Auschwitz, donde murieron sus padres:
 
“Enseguida se perfilaron entre los judíos dos opiniones contrapuestas. Los primeros mantenían lo siguiente: en vista de lo ocurrido, no tenemos nada que buscar en este país; no deberíamos hacernos ilusiones, sino emigrar lo antes posible. Los segundos decían: no debemos perder la cabeza, sino más bien esperar, y resistir, pues del dicho al hecho hay un gran trecho. No fueron pocos quienes intentaron convencerse de que el acoso antisemita iba dirigido, en el fondo, contra los judíos orientales, pero no contra los que vivían en Alemania desde hacía siglos. En especial, quienes habían servido como soldados en la Primera Guerra Mundial e incluso habían obtenido condecoraciones creían que no podía ocurrirles nada. A menudo eran sus propios amigos y conocidos no judíos los que intentaban tranquilizarles con la mejor intención: a la larga, un régimen inhumano como el nacionalsocialista era impensable en Alemania. En dos o como mucho tres años habría acabado aquella pesadilla. No tenía, pues, sentido liquidar la vivienda y desmontar el campamento.
[...]
Desde la actual perspectiva, resulta como mínimo sorprendente que el número de judíos que abandonaron Alemania no aumentara con los años a pesar de la persecución sistemática, a pesar de medidas tan atroces como las Leyes de Núremberg de septiembre de 1935: si durante 1933 habían emigrado unas 37.000 personas, en 1934, 1935, 1936 y 1937 sólo lo hicieron de 20.000 a 25.000 por año. Lo que disuadió a una inmensa mayoría de los judíos de expatriarse se puede decir en pocas palabras: fue, ni más ni menos, su fe en Alemania. Esta fe no comenzó a vacilar hasta la ‘noche de los cristales rotos’, la ‘noche del pogromo del Reich’, en noviembre de 1938; y ni siquiera entonces perdió su firmeza entre todos los judíos que seguían viviendo en Alemania”.
(Marcel Reich-Ranicki, Mi vida, pp. 56-57. Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, 2000).
[17] P. 165.
[18] Evidentemente, utilizo aquí el término tolerancia como derivado de la primera y tercera acepción de tolerar: 1. Sufrir, llevar con paciencia; 3. Resistir, soportar, especialmente un alimento, o una medicina (o un pogromo, añadiré por mi cuenta).
[19] “La burocracia debía reemplazar a la turba violenta, la conducta rutinaria debía reemplazar a la rabia, el antisemitismo emocional debía volverse antisemitismo racional”. (Gerald Markle, Meditations of a Holocaust Traveler. Citado en ‘El Mal y su legitimación social’, artículo de la psicóloga Diana Wang, presidenta de Generaciones de la Shoá en Argentina).
[20] Pp. 167-168.
[21] Pp. 199-200.
[22] P. 168.
[23] “Así, mientras divisiones enteras eran perdidas en Rumania por falta de transporte, los trenes cargados de judíos (...) no dejaron de llegar a Auschwitz. Cuando Rumania capituló, Alemania sólo se había preparado para una cosa: deportar a los judíos de las regiones fronterizas de Arad y Temesvar [actual Timisoara]. Seguramente, en medio de este furor genocida, el episodio más disparatado en términos militares [fue] la invasión de Hungría”, donde Hitler arriesgó cuatro divisiones “fundamentalmente para volver a iniciar las deportaciones de judíos”, a pesar de que los soviéticos se habían detenido a 30 kilómetros de Budapest para discutir con los húngaros las condiciones de la rendición de éstos (pp. 141-142).
“Ciertamente –escribe Vidal en una nota a pie de página-, el comportamiento de Hitler, que era disparatado desde un punto de vista militar, contaba con poderosas razones políticas y, sobre todo, disponía de precedentes. En el verano de 1941, cuando las divisiones soviéticas rebasadas por las tropas del III Reich necesitaban desesperadamente transportes que podrían haberlas salvado, también Stalin prefirió dedicarlos a realizar deportaciones de disidentes políticos o de poblaciones que consideraba poco seguras. La lógica del totalitarismo en ambos casos resulta obvia” (pp. 188-189).
[24] “En un informe de junio de 1943, el comandante de construcción de las SS en Auschwitz podía señalar, por ejemplo, cómo ya en esa fecha los cinco crematorios tenían una capacidad de incineración de 4.756 cadáveres diarios” (p. 108).
 
Eso, por lo que hace a los campos. En los Apéndices podemos encontrar matanzas formidables en fechas bien tempranas. He aquí tres ejemplos del mismo año:
- 22 de septiembre de 1941: 28.000 judíos de Vinnitsa (Ucrania) son asesinados.
- 29 de septiembre de 1941: 33.771 judíos son ametrallados en Babi Yar (Ucrania).
- 31 de octubre de 1941: 53.000 judíos de Kishinev [actual Chisinau, capital de Moldavia] son asesinados en las orillas del Dniéster.
 
Un ejemplo más; éste, de cuando la guerra estaba a punto de concluir:
 
“Cuando, en enero de 1945, las tropas soviéticas se aproximaron a este enclave [el campo de Stutthof, en la desembocadura del Vístula], unas 30.000 mujeres fueron fusiladas o ahogadas por los alemanes. En abril se reanudó la ofensiva soviética, y con ella quedó zanjado el destino de los reclusos. Éstos fueron subidos en tres barcos, dos de los cuales atracaron el 3 de mayo en Neustadt. Allí serían fusilados por las SS y personal de la Marina alemana, mientras algunos oficiales tomaban fotos del episodio” (p. 145).
[25] “El Estado totalitario [influye] tanto a los perpetradores como a las víctimas, que se ven a sí mismos como los ‘enemigos internos’. Su posición es de soledad e impotencia frente a una fuerza superior, y se corroe y diluye la posibilidad de una rebelión en masa porque un régimen totalitario desarticula toda forma de resistencia concertada” (Diana Wang, ibídem).
[26] V. Manu Leguineche, Madre Volga, pp. 51-52 (Seix Barral, 2003). Nadezhda, por cierto, significa esperanza en ruso...
[27] “Deseosa de evitar represalias que podían ser consideradas males mayores, la Santa Sede ayudó a esconderse y a huir del terror a centenares de miles de judíos pero, a la vez, guardó un silencio por el que sería acusada en las siguientes décadas” (pp.101-102).
[28] P. 170.
[29] P. 86.
[30] “A inicios de agosto de 1942 el Departamento de Estado [norteamericano] se vio enfrentado con nuevas informaciones, procedentes de un importante industrial alemán y de medios radicados en Suiza, que, en este último caso, hacían referencia al asesinato masivo ‘mediante gas’” (p. 101).
[31] El World Jewish Center estimaba, en junio de 1942, que habían caído más de un millón de hebreos en Polonia, Lituania, Rusia y Rumania. “En realidad, su cálculo (...) era muy modesto” (p. 100).
[32] En Sin destino (Círculo de Lectores, 1997), la obra magna del premio Nobel de Literatura Imre Kertész –judío húngaro, superviviente de los campos de la muerte-, se puede leer:
“Sobre los alemanes había (...) diversas opiniones. Muchos afirmaban, preferentemente las personas de mayor edad y con experiencia, que, independientemente de lo que pensaran de los judíos, los alemanes eran en el fondo –como todos sabíamos- gente limpia, honrada, amante del orden, la puntualidad y el trabajo, y que apreciaban estas mismas cualidades en los demás. A grandes rasgos eso era lo que yo también pensaba, y estaba seguro de que me sería útil lo poco que había aprendido de su idioma en el colegio. Principalmente esperaba encontrar en el trabajo [forzoso] una vida nueva, ordenada y ocupada, experiencias nuevas y algo de diversión; una vida más agradable y placentera que la que había tenido hasta entonces, según nos prometían. Eso mismo comentaban todos los muchachos. Llegué incluso a pensar que (...) podía conocer un poco de mundo” (op. cit., p. 70).
[33] De nuevo Kertész; o mejor, el niño Köves, protagonista de Sin destino. Nos cuenta que, cuando el tren llegó a Auschwitz-Birkenau, los que estaban cerca de las ventanas
 
“nos dijeron, muy excitados, que ahora podía verse una estación con soldados y con más gente. Muchos empezaron a recoger inmediatamente sus cosas, a abrocharse las camisas; las mujeres a peinarse, asearse como podían, ponerse guapas” (op. cit., p. 81).
 
Pocas páginas más adelante nos encontramos con la abrupta muerte del niño Köves; del niño, que no del hombre. Éste vino al mundo, al reino del espanto, no bien le raparon la cabeza y el cuerpo entero y le dieron una ropa infecta de presidiario:
 
“Cuando acabé los otros muchachos también estaban ya vestidos, nos miramos atónitos, sin saber si reír o llorar” (op. cit., p. 100).
[34] P. 171.
[35] Hubo países en que apenas tuvieron que recurrir a los nazis para perpetrar la Devastación. Sirva como ejemplo –ejemplo máximo- Rumania:
 
“En agosto de 1940, antes incluso de que se produjera la entrada en guerra (...) al lado de Hitler, el mariscal Ion Antonescu, caudillo de la Guardia de Hierro, convirtió en apátridas a los judíos rumanos (...) y promulgó la legislación antisemita más rigurosa de toda Europa. El propio Hitler, en agosto de 1941, señalaba que Antonescu se había comportado con más radicalidad que los nacionalsocialistas. Cuando se produjo la invasión de la URSS, las tropas rumanas se caracterizaron por la puesta en práctica de un antisemitismo extraordinariamente sanguinario. (...) A mediados de agosto de 1942, los rumanos habían asesinado a más de 200.000 judíos prácticamente sin ayuda de los alemanes” (pp. 127-128).
 
Hubo también numerosos verdugos voluntarios en Croacia, Polonia, Ucrania y los países bálticos. En Grecia hubo pasividad, incluso cierta tolerancia a las deportaciones por parte de los partisanos, lo que se tradujo en el exterminio de la legendaria comunidad sefardí de Salónica.
[36] Llegó el momento de hablar de los Consejos Judíos, que a la vez “salvaron y destruyeron a su pueblo”, dice Vidal (p. 72), haciendo suyas las palabras de R. Hilberg.
 
“(...) los consejos judíos (...) constituían una pieza clave del exterminio nazi (...) Sin su existencia, las deportaciones hubieran resultado en buen número de casos prácticamente imposibles. Tal hecho no puede hacer olvidar (...) que, en general, tal actitud derivó de creer que no había otra salida y que cualquier alternativa hubiera sido peor” (p. 129).
 
Varios responsables de las citadas entidades se suicidaron cuando supieron el destino de los deportados, o cuando comprobaron que los nazis no se iban a detener hasta aniquilar por completo a los judíos.
[37] Efectivamente, el pasaje se corresponde ce por be con los célebres versos de Bertolt Brecht; sólo que no salieron de su pluma, sino de la del propio Niehmoller...
[38] “(...) la policía (...) se negó a colaborar con los nazis, y los empleados del ferrocarril aprovechaban las ocasiones que se presentaban para dejar abiertas las puertas de los trenes que iban hacia el exterminio o ayudaban a los que tendían emboscadas (...) para facilitar la liberación de los detenidos. Dado que además el consejo judío no contaba con autoridad sobre los judíos del país, los nacionalsocialistas tampoco pudieron echar mano de un organismo central que les ayudara en las deportaciones. El resultado fue que los judíos belgas pudieron ocultarse con relativa facilidad y muy pocos resultaron exterminados. De hecho, el mayor número de víctimas (...) surgió de aquellos que no siendo de origen belga resultaban más fáciles de detectar” (p. 120).
[39] “En octubre y noviembre de 1942, la mayoría de los 1.200 judíos apátridas que había en Noruega fueron detenidos e internados. Sin embargo, cuando Eichmann ordenó su deportación los noruegos se opusieron. (...) Por si esto fuera poco, Suecia ofreció (...) asilo e incluso en ocasiones la nacionalidad sueca a los perseguidos. (...) algo más de la mitad de los judíos que había en Noruega pudieron ser llevados a Suecia, salvando así sus vidas” (pp. 121-122).
[40] “(...) cuando se les ordenó [a los judíos] llevar la estrella de identificación, la ciudadanía –con el rey a la cabeza- se manifestó dispuesta a ostentar el distintivo, impidiendo así que (...) cumpliera con su labor discriminadora. (...) tanto la población no judía como los judíos daneses decidieron proteger a los judíos apátridas. (...) De cerca de 8.000 judíos, los nazis no llegaron a detener siquiera a 500” (pp. 122-123).
[41] Cuando se obligó a los judíos a lucir la estrella de David, el resto de “la población manifestó tanta simpatía por los afectados que se consideró más prudente revocar la orden. Finalmente, se optó por expulsar a los judíos de Sofía en dirección a las áreas rurales. La medida servía para aparentar que se complacía a los alemanes, pero el efecto fue lo último que éstos hubieran deseado: la dispersión de los judíos. (...) la población, que no captaba tal sutileza, reaccionó intentando evitar que los judíos abandonaran la ciudad y manifestándose ante el palacio real. (...) el mecanismo de las deportaciones se atascó de manera irremisible. En agosto de 1944, ante la proximidad de las tropas soviéticas, la legislación antisemita fue abolida” (pp. 126-127).
[42] Mención aparte merecen los casos de Francia, Italia y Holanda. En el primero de ellos se rechazó vigorosamente la deportación de los judíos nacionales; no así la del resto. Como consecuencia, 27.000 judíos apátridas fueron sacados del país, camino del exterminio. Sólo 6.000 hebreos franceses cayeron en manos de los nazis; el cuarto de millón restante consiguió sobrevivir.
Por lo que hace a Italia, Mussolini dictó medidas antisemitas, pero sus socios alemanes no pudieron llevar a cabo “sus actividades acostumbradas” hasta que el Reich invadió el país, para evitar que los sustitutos del Duce firmasen con los Aliados una paz separada:
 
“La primera operación de relieve fue dirigida contra los 8.000 judíos de Roma, pero éstos fueron advertidos previamente (por regla general por antiguos fascistas) y 7.000 consiguieron escapar. Al fin y a la postre, y ante lo que parecía ser una resistencia pasiva inquebrantable, los nazis aceptaron que los judíos italianos no fueran deportados sino confinados en campos italianos. Hasta la primavera de 1944 la medida fue respetada, pero entonces los alemanes comenzaron a deportar los judíos a Auschwitz. El número fue ligeramente inferior a 8.000 personas, de las que sólo unas 600 sobrevivirían” (p. 124).
 
El caso neerlandés fue verdaderamente excepcional, pues allí, a diferencia de lo que ocurrió en Bélgica o Dinamarca, la resistencia antinazi no pudo contener la Devastación:
 
“Holanda fue el único país de toda Europa donde los estudiantes decidieron parar sus actividades en protesta por la expulsión de los maestros judíos de los centros. Asimismo, se produjo una auténtica marea de huelgas al tener lugar la primera deportación de judíos. La hostilidad popular hacia la política antijudía de los ocupantes y la ausencia de antisemitismo propio podría haber tenido magníficos resultados de no haberse dado otras dos circunstancias que obraron a favor de los nazis. La primera fue la existencia de un partido nazi holandés lo suficientemente vigoroso como para encomendarle las tareas propias de la policía. La segunda fue la fuerte tendencia de los judíos holandeses a marcar diferencias entre ellos y los que procedían del extranjero. Esto facilitó [a] los nazis la tarea de constituir un Consejo Judío (...), que, como en otros lugares, fue esencial a la hora de facilitar las deportaciones. De hecho, aunque la acción del pueblo holandés fue ejemplar (entre 20 y 25.000 judíos fueron escondidos por particulares), el resultado final sólo admite una comparación proporcional con el desastre de los judíos polacos [y el de los lituanos y letones, añadimos nosotros. También pudiéramos incluir el padecido por los alemanes y los croatas]. Tres cuartas partes de los judíos residentes en Holanda fueron asesinadas. En esta cifra no menos de dos tercios eran holandeses” (pp. 120-121).
[43] O conscientísimo, si se me permite el palabro.
[44] P. 174.
[45] P. 175.

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