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La doctrina del shock Reseña
La doctrina del shock

Naomi Klein
Paidós, Barcelona, 2007
712 páginas

Friedman con cuernos y rabo

Por Daniel Rodríguez Herrera

Como obra de ficción, la última novela de Naomi Klein sobre los males del capitalismo resulta muy entretenida y amena, y se lee sin sentir. Desgraciadamente, la intención de la autora es colárnosla como un ensayo que conjuga historia económica, política y periodismo. Sus enormes errores teóricos, los prejuicios ideológicos de los que parte, y que ni siquiera intenta justificar –por ejemplo, su tirria a las multinacionales que explotan los recursos naturales–, así como el escaso rigor de muchos de sus asertos hacen de La doctrina del shock un libro de propaganda bastante bien hecho, pero muy poco aprovechable para otros usos.

La tesis de la Klein es sencilla. Existe una suerte de conspiración, con centro en el Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, cuyo objetivo es aprovecharse de todo tipo de shocks sociales (golpes de estado, guerras, desastres naturales, ataques terroristas, etc.) para imponer políticas de libre mercado cuyos resultados son, además, tanto o más devastadores aún que las consecuencias de los shocks originales.

Para empezar, y antes de entrar a matar, permítanme darles sólo un par de ejemplos, detalles que poco afectan a la tesis de fondo pero que seguramente les hagan caer en la cuenta de la falta de rigor de la autora. En un libro que se supone trata de denigrar a la Escuela de Chicago y a su exponente más conocido, Milton Friedman, Klein asegura que el mentor de ambos fue Friedrich Hayek; el pequeño grupo al que denomina "los austriacos" es para ella como una miniescuela dentro de la Gran Escuela de Chicago. No voy a aburrirles recordando que la Escuela Austriaca es más antigua que la de Chicago, o detallando el enorme abismo teórico que las separa, pero no está de más recordar que el propio Hayek escribió en su autobiografía que la obra de Friedman Ensayos sobre economía positiva era un libro "tan peligroso como la Teoría General [de Keynes]" para la ciencia económica.

El otro ejemplo: ya cerca del final, Klein explica que en ocasiones –sobre todo desde que nació el movimiento antiglobi, que nunca está de más echarse unas flores a una misma– los ciudadanos se crecen ante el shock en lugar de apocarse y aceptar los malvados designios de los "neoliberales". ¿Una de las muestras que escoge? El 11-M, naturalmente. La Klein llega a decir que en aquellos días de marzo Aznar pidió el apoyo para la guerra de Irak –detalle que ignoro de dónde se saca, porque el entonces presidente no hizo nada parecido–, y a comparar a éste con Franco, naturalmente. Según la Klein, fue el recuerdo del tiempo "en que el miedo gobernaba la política" lo que llevó a los españoles a votar a Zapatero, obviando así el detalle de que fueron sobre todo jóvenes que no votan habitualmente y que jamás vivieron bajo la dictadura quienes dieron el triunfo al socialista.

Sirva lo anterior para dar cuenta del escaso apego al rigor de esta periodista. Pero es que la Klein no puede sino faltar a la verdad una y otra vez: La doctrina del shock no es un ensayo clásico, con una tesis que se desea probar cierta o falsa; hay una narrativa preconcebida, y los hechos han de coincidir con ella sí o sí. Si no lo hacen, pues se omiten o se tergiversan. No hay en estas páginas dato alguno que pueda desmentir las tesis de su autora u ofrecer alguna duda. No se menciona el éxito económico obtenido por Chile, ni su actual estabilidad política, no sea que algún lector pueda pensar que igual Friedman tenía razón cuando afirmaba que las reformas liberales en la economía acababan trayendo reformas políticas democráticas. Una tesis discutible con la que yo mismo no acabo de estar de acuerdo, pero cuya discusión honrada se hurta aquí, al no presentarse los hechos que pudieran hablar en su favor. Incluso algunos defensores del libro, como Joseph Stiglitz, han tenido que reconocer esta tara. El Premio Nobel afirmó, en una reseña que desbordaba afecto por el ensayo y publicada en el New York Times, que Klein "no es una académica" y que "no puede ser juzgada como tal", con lo cual venía a reconocer al mismo tiempo que el libro no es de fiar... pero que eso no importa, porque al fin y al cabo la Klein es "de los nuestros".

Pero vayamos a los contenidos. La teoría de la conspiración que sirve de hilo conductor a la Klein difícilmente pudiera tener una base más débil. Todo lo fía a esta frase del libro de Milton Friedman La tiranía del statu quo, escrito en 1984:

"Sólo una crisis –real o percibida como tal– produce un verdadero cambio. Cuando ocurre esa crisis, las acciones que se emprenden dependen de las ideas existentes en aquel momento. Ésa es, en mi opinión, nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes y mantenerlas vivas y disponibles hasta que lo políticamente imposible se convierte en políticamente inevitable".

Curiosamente, cuando Friedman escribió esto ya habían tenido lugar muchos de los shocks que describe Klein. Es una de las múltiples ocasiones en que la relación causa-efecto se invierte en el libro. Así, acusa a Thatcher de utilizar la popularidad obtenida en la guerra de las Malvinas para imponer medidas de liberalización; medidas que la premier británica empezó a tomar tres años antes del citado conflicto... Con todo, no parece que sea una cita condenable de por sí: así suelen proceder los grupos de presión, empezando por los antiglobis, de los que la Klein es musa y líder espiritual.

Lo cierto es que los shocks del tipo que se describen en estas páginas han llevado casi siempre a una ampliación de los poderes del Estado, no a su restricción. Pero, claro, Klein no lo dice, porque sentaría muy mal a sus tesis. La periodista canadiense menciona de pasada y en términos aprobatorios el New Deal, sin dar cuenta de que esta ampliación del tamaño del Gobierno federal estadounidense fue una respuesta (equivocada) a la Gran Depresión, el mayor shock económico de la historia de EEUU. El mismo 11-S, cuyas consecuencias nos trata de vender como una venta a las empresas de las funciones básicas del Estado, supuso un gran aumento de los poderes y los gastos del Estado. Las "ideas existentes en el momento" son muchas, pero tanto Friedman como Klein olvidaron que los políticos suelen escoger aquéllas que aumentan su poder. Dicho sea de paso, hubiera sido una muestra de cierta honestidad intelectual por parte de la autora mencionar en las páginas que dedicadas a Irak que Friedman se manifestó en contra de esa guerra. Pero es que Klein no intenta ser honesta, sino dibujar al economista con cuernos y rabo.

El empeño en demonizar al adversario ideológico queda patente en esa violación de la lógica más elemental que supone la acusación más brutal del ensayo: que los liberales apoyan la tortura. ¿Cómo lo justifica? Pues bien, resulta que los liberales apoyan políticas impopulares y que la tortura también se usa para apoyar políticas impopulares, ergo los liberales apoyan la tortura. Empleando un argumento equivalente podríamos decir que, como Hitler también odiaba el libre mercado, entonces la buena de Naomi apoya a Hitler. ¿No es eso?

Toda esta lógica torturada responde a una razón: provocar una respuesta emocional instintiva contra quienes defendemos el libre mercado como mejor solución para, entre otras cosas, acabar con la pobreza. Analizado bajo este supuesto, todo encaja mejor. La falta de rigor importa poco, porque Klein sabe que se dirige a un público que no se dedica a contrastar datos o a examinar la realidad. Se puede permitir, así, equiparar el "neoliberalismo", que es como llama a la Escuela de Chicago, con el "neoconservadurismo", como si los neoconservadores no apoyaran un Gobierno voluminoso con un Estado del Bienestar amplio. Pero se trata de grabar en la mente de un público contrario a la guerra de Irak la equivalencia entre la ideología que prescribe la exportación de la democracia, militarmente si es necesario, con la que defiende a la sociedad frente al Estado.

Incluso los escasos momentos en que intenta hacer propuestas más o menos teóricas, Klein cae en el ridículo. Así, intenta demostrar que las teorías liberales están poco menos que destruyendo el mundo porque carecen de la necesaria competencia de otras ideas más estatistas... e incurriendo en el error de incumplir el ideario que postulan, que tanto exalta la competencia. Como si tuviera algo que ver la lucha entre empresas para hacerse con el favor de los consumidores con el mundo de las ideas económicas y políticas. Y, sobre todo, como si ese supuesto monopolio no se hubiera producido en una época en que el peso del Estado no ha hecho sino aumentar.

Con el cacao teórico que sufre la autora, es normal que no capte la ironía de que, con toda su defensa del Estado, no haga más que criticar la acción de diversos Gobiernos. Parece creerse sinceramente que la cosa mejoraría si tan sólo hubiera otras personas a cargo del Estado. Pese a las acusaciones que vierte contra Friedman por su ciego fanatismo a favor del mercado, la diferencia real entre Klein y el Nobel de Economía es que este último era consciente de los fallos irresolubles que presenta la acción del Estado y los consideraba mucho más graves para la sociedad que los fallos del mercado, que no negaba, mientras que la canadiense parece considerar que un Gobierno dirigido por hombres buenos no está expuesto a fallo alguno.

La teoría del shock es, en definitiva, un libro que producirá cierta hilaridad entre los mejor informados sobre los casos que describe, siempre y cuando puedan superar la indignación que produce el intento de Klein de responsabilizar a Friedman y a sus discípulos de los crímenes cometidos por determinadas dictaduras militares; pero resultará muy convincente para quienes carezcan de esa formación, que probablemente serán los más de entre sus lectores. Es un ejercicio de propaganda que se dirige al estómago más que al intelecto y que propone toda una serie de hechos tergiversados para que el progre que aún pretenda basar su ideología en algo más que el aire pueda exponerlos en cualquier discusión y salir airoso. Todo buen polemista liberal debería leerlo y extraer conclusiones. No sobre los hechos ni sobre las teorías de Klein, claro, sino sobre cómo se las gasta para convencer a sus lectores.

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