liberalismo.org
Portada » Liberales » Margaret Thatcher » La libertad y el gobierno limitado

La libertad y el gobierno limitado

Por Margaret Thatcher
Traducido por Antonio Mascaró Rotger

Discurso pronunciado en 1996 en memoria de Keith Joseph.
 
Keith Joseph
 
Keith Joseph, en cuyo honor se pronuncia este discurso, tenía el encanto de un centenar de paradojas.
 
Él era un hombre modesto, pero, a diferencia de tantos hombres modestos, él no tenía nada de lo que ser modesto.
 
Él era (esa tan gastada pero en este caso apropiada palabra) “brillante”; y sin embargo, jamás cayó en el virtuosismo intelectual.
 
Él era valiente, aunque tímido por naturaleza.
 
Él podía parecer cerebral y distante, pero tenía un corazón cálido y un humor pícaro que hacían de su amistad una delicia indecible.
 
Keith era también distinto en eso, aun cuando era bastante viejo y frágil, parecía mantenerse joven de algún modo. El secreto de este juvenil espíritu era el opuesto del de Fausto. Pues en el caso de Keith, era fruto de la inocencia.
 
No la inocencia de la inexperiencia, no digamos ya insensibilidad. Esta era la inocencia del corazón puro, de aquellos que han lidiado con los males de la humanidad, permaneciendo inmaculados por el mundo.
 
La bondad de Keith se reflejaba en las pequeñas amabilidades que marcaban sus tratos tanto con sus amigos como enemigos políticos; el no tenía enemigos.
 
Pero Keith era más que bueno; él era también grande. Y su grandeza yacía en su integridad.
 
La integridad es una palabra pasada de moda. Habrá incluso quienes os dirán que es una cosa pasada de moda. Pero, para un político, la integridad lo es todo.
 
No es sólo una cuestión de evitar sobornos e incentivos. En nuestra notablemente honesta financieramente política británica, no es ni siquiera principalmente acerca de eso (digan lo que digan algunos jueces resabiados).
 
En política, la integridad realmente se asienta en la convicción de que es sólo sobre la base de la verdad que debe ganarse el poder; o que, realmente, merezca ganarlo. Se asiente en una recta convicción de que has de tener razón.
 
No es que Keith tuviese preferencia alguna por la penitencia. Él era adverso a cualquier tipo de sufrimiento, especialmente el de otras personas; y aplicar los remedios apropiados al mal británico iba a conllevar sufrimientos.
 
Pero la integridad de Keith era absoluta.
 
Cuando quedaba convencido, finalmente convencido, después de las interminables discusiones que eran el distintivo de su estilo de mente y corazón abiertos, de que una proposición era correcta, él sentía que tenía que defenderla. Tenía que luchar por ella. Cuando se enfrentaba a esas muchedumbres de Trotskistas enrabiados escupientes en nuestros grandes centros izquierdistas de aprendizaje, sospecho que se preguntó algunas veces si tendría que morir por ello. Pero allí estaba él. No podía hacer otra cosa.
 
Este discurso no pretende ser, sin embargo, un elogio. El propósito de recordar los tiempos turbulentos de hace veinte años cuando Keith Joseph y yo remodelamos el conservadurismo; con la ayuda de un puñado de otras personas, cuya dedicación compensó lo pocos que éramos, es que las mismas cualidades de Keith son las que se requieren en nuestro partido hoy.
 
 
Reideando la Política Conservadora

El nombre de Keith Joseph estará siempre ligado estrechamente al replanteamiento de los principios y políticas conservadoras cuando se preparaba el gobierno conservador de la década de 1980.
 
Recordarán ustedes que el partido no estaba en el gobierno, habiendo perdido las elecciones de febrero de 1974, cuando Keith empezó a pronunciar, en verano y otoño, una serie de discursos analizando lo que había ido mal y sugiriendo un cambio de dirección.
 
En junio fue el discurso de Upminster. Keith se atrevió a hablar acerca de lo que él llamaba las “contradicciones inherentes [de la...] economía mixta”.
 
Esto, a los ojos del establishment conservador, cuya única crítica real hacía los socialistas era que estaban mezclando la economía en las proporciones equivocadas, era suficientemente malo.
 
Pero fue el discurso de Preston en septiembre, pronunciado casi en la víspera de unas segundas elecciones generales, lo que más horrorizó a los críticos de Keith. En él, se atrevió a decir la verdad acerca de la inflación: y esa verdad era inevitablemente condenatoria para los anteriores gobiernos conservadores, de los cuales él y yo habíamos formado parte.
 
La inflación debía ser correctamente achacada al excesivo crecimiento de la oferta monetaria. Y puesto que, como Keith observó devastadoramente, había un desfase temporal de no menos de un año o dos entre la causa monetaria y el efecto inflacionario, la alta inflación del verano de 1974, 17 por ciento y subiendo, era responsabilidad de los conservadores.
 
Keith también advirtió acertadamente que la raíz del fracaso del gobierno conservador en el control de la inflación era el miedo al desempleo. Pero, tal como él y yo argüiríamos en otras ocasiones, el desempleo no era una alternativa a la inflación, sino un resultado de esta.
 
Se necesitaban dosis aun mayores para tener incluso un efecto a corto plazo en los empleos. Y a más largo plazo, la inflación socavaba la confianza, empujaba los costes salariales al alza, promovía la ineficiencia y abortaba nuevos empleos.
 
Por decir tales cosas, Keith era ridiculizado en público y difamado en privado. Sus colegas le acusaron de deslealtad, de dividir el partido y de más cosas.
 
Aquellos a quien Hayek había descrito como "los socialistas de todos los partidos" se unieron para denunciarle. Pues Keith, a su entender, estaba demostrando la peor destreza naval posible para la política. Él estaba "zarandeando el bote". Pero, en realidad, era la brújula de Keith la que estaba en lo cierto; y era el bote el que estaba ya a la deriva y en peligro de naufragar del todo.
 
Desde entonces, la mayoría de los análisis que Keith Joseph ofreció fueron aceptados. Pero Keith no estaba sólo, o incluso principalmente, interesado en económica. Era que, simplemente, en la década de 1970, la economía había ido tan devastadoramente mal que era allí donde cualquier nuevo análisis debía enfocarse. De hecho, eso siguió siendo así durante gran parte de la década de 1980.
 
Dar marcha atrás al declive económico británico fue una tarea tan grande y dolorosa que, al menos hasta los últimos años, la economía tenía que ser lo primero.
 
Keith, sin embargo, estaba más interesado en cuestiones sociales que económicas. Él había entrado en política no por ambición personal, sino por un ímpetu idealista por reducir la miseria de la pobreza. Pero su correría, dedicada esta vez a remodelar la política social, al estilo del discurso de Edgbaston, fue muy mal.
 
En realidad, aunque errado en algunos aspectos, el discurso, con sus énfasis en remolarizar la sociedad y fortalecer la familia, merece ser releído.
 
No revela, sin embargo, mucho acerca de su filosofía esencial, que, con Keith, como con la mayoría de políticos profesionales, permaneció debajo de la superficie.
 
El tipo de conservadurismo que el que él y yo defendíamos, aunque viniendo de pasados muy distintos, seria descrito como "liberal", en el sentido original. Y me refiero al liberalismo del señor Gladstone, no al de los colectivistas de hoy en día.
 
Es decir, nosotros depositábamos mucha más confianza en los individuos, familias, negocios y vecindarios que en el Estado.
 
Pero la visión que devino ortodoxia a principios de siglo, y dogma a mitad de siglo, era que la historia del progreso humano en el mundo moderno era la historia de aumentar el poder estatal.
 
Se asumía que la legislación progresista y movimientos políticos eran los que extendían la intervención del gobierno.
 
Fue en rebeldía contra esta tendencia y las políticas que engendraba que Hayek escribió “Camino de servidumbre”, que tuvo un gran efecto sobre mí cuando lo leí por primera vez, y un efecto aun mayor cuando Keith me sugirió profundizar más en los otros escritos de Hayek.
 
Hayek escribió:
 
"La rotura tan afilada que significa la moderna tendencia hacia el socialismo con toda la evolución de la evolución occidental, se hace clara si la contemplamos no solamente contra el fondo del siglo diecinueve sino en una perspectiva histórica más alargada. Estamos abandonando rápidamente no simplemente los puntos de vista de Cobden y Bright, de Adam Smith y Hume, o incluso de Locke y Milton, sino una de las destacadas características de la civilización occidental tal como ha crecido desde los fundamentos establecidos por el cristianismo y los griegos y los romanos. No simplemente el liberalismo de los siglos XIX y XVIII, sino el individualismo básico que hemos heredado de Erasmo y Montaigne, de Ciceron y Tácito, Pericles y Thucydides va siendo abandonado progresivamente.”
 
Así que, damas y caballeros, con ese panorama no es sorprendente que la izquierda se apuntara todas las discusiones de principio, y que todo lo que quedaba a la derecha fueran argumentos de contabilidad, esencialmente, cómo y cuando seria el socialismo asumible.
 
Fue esa flaqueza fundamental en el corazón del conservadurismo lo que aseguró que incluso los políticos conservadores se consideraran a si mismos destinados meramente a administrar un rápido cambio hacia algún tipo de estado socialista. Esto fue lo que, siguiendo a Keith, llamamos el “efecto trinquete”.
 
Pero todo eso no era sólo política mala. Era filosofía falsa e historia falsificada.
 
Déjenme que les recuerde por qué eso es así.
 
La creatividad es necesariamente una cualidad que pertenece a los individuos. En realidad, quizá la ley inmutable de la antropología sea que todos somos diferentes. Bueno, por supuesto, los individuos no pueden desarrollar su potencial sin una sociedad en la que hacerlo.
 
Y para dejarlo claro, una vez más, yo nunca he minimizado la importancia de la sociedad, sólo cuestionado la asunción de que la sociedad signifique el Estado en lugar de las personas.
 
Los conservadores no tomamos una visión atomista extrema de la sociedad.
 
Nosotros no necesitamos lecciones ahora, o en cualquier otro momento, acerca de la importancia de las costumbres, la convención, la tradición, el credo, las instituciones nacionales o lo que los antiguos romanos describieron como “piedad”.
 
Ni cuestionamos que los lazos de la sociedad necesitan en último término ser garantizados por el Estado.
 
Son los marxistas, no los conservadores, quienes imaginaron, o al menos pretendieron imaginar, que el estado se desvanecería.
 
No. Lo que caracteriza nuestra visión conservadora es la convicción de que el Estado, el gobierno, sólo apuntala las condiciones para una vida de prosperidad y realización. No las genera.
 
Es más, la misma existencia del Estado, con su enorme capacidad para el mal, es un peligro potencial para todos los beneficios morales, culturales, sociales y económicos de la libertad.
 
Los Estados, las sociedades y las economías, que permiten que los talentos únicos de los individuos florezcan florecen también. Aquellos que los empequeñecen, aplastan, distorsionan, manipulan o ignoran no pueden progresar.
 
Aquellas épocas en las que se ponía un gran valor en el individuo son las que han conocido los mayores adelantos.
 
En cambio, aunque los grandes estados, imperios y sistemas monolíticos, pueden producir impresionantes monumentos y un elevado nivel de sofisticación cultural, no pueden movilizar la iniciativa de sus poblaciones para asegurar que cada generación pueda esperar una vida mejor que la que la precedió.
 
Es sólo la civilización occidental la que ha descubierto el secreto del progreso continuo. Esto se debe a que sólo la civilización occidental ha desarrollado una cultura en la que los individuos importan, una sociedad en la que la propiedad privada esta a salvo, y un sistema político en que se acomoda una variedad de puntos de vista e intereses.
 
El fundamento moral de este sistema, que es tan espontáneo que apenas parece un sistema, es la perspectiva Judeocristiana.
El fundamento institucional del sistema es el imperio de la ley.
 
Así expresado, suena muy abstracto. Pero nosotros en el Reino Unido somos extraordinariamente, de hecho singularmente, afortunados. Porque, con nosotros, estas cosas han pasado a formar parte de nuestra forma de vida.
 
A lo largo de los siglos, los hábitos de la libertad se fueron asentando más en estas islas. Ellos y las instituciones que les dieron forma — tribunales independientes, la common law, sobre todo el Parlamento — fueron democratizados en un sentido especial: esto es, llegaron a ser considerados como un derecho de nacimiento no de alguna clase o grupo, sino de la nación como un todo. En una forma más doctrinal, ellos han encontrado su camino en la Constitución de los Estados Unidos.
 
Todo esto significó que cuando Keith y yo estábamos luchando para que el Reino Unido dejara de ser un estado socialista, nosotros también estábamos actuando como conservadores, con ‘c’ minúscula.
 
Nosotros estábamos hablando de restablecer un entendimiento de las verdades fundamentales que habían hecho de la vida occidental, de la vida británica, y de la vía de la angloparlantes, lo que eran.
 
Este era el fundamento de nuestra revolución conservadora. Sigue siendo el fundamento de cualquier programa de gobierno conservador exitoso.
 
Y esa es la primera lección hay que extraer de la remodelación del conservadurismo que Keith inspiró y dirigió. Los principios que el volvió a afirmar, y que formaron la base de las políticas que el gobierno conservador siguió mientras yo fui Primera Ministra, son tan ciertos y tan relevantes ahora como lo eran hace dos décadas o, de hecho, con un poco más o menos de economía, hace dos siglos.
 
La causa del gobierno limitado — en la que el Estado es sirviente, no amo; guardián, no colaborador; árbitro, no jugador — es aquella bajo cuyo estandarte Keith Joseph y yo nos reunimos todos esos años atrás.
 
Es hora que quitarle la naftalina, cepillarle la telaraña colectivista que se ha colgado en ella, y salir al encuentro del enemigo.
 
La segunda lección es que evadir el debate acerca de los grandes temas del gobierno y la política lleva al fracaso carente de dirección. Estar preparado para afirmar verdades incómodas, como Keith insistía en hacer, es la precondición para el éxito.
 
Es extremadamente dudoso que el Partido Conservador perdiese apoyo debido al polémico discurso de Keith en Preston el septiembre de 1974. Pero estoy muy segura de que sin él nosotros nunca hubiésemos adoptado el enfoque que proporcionó, primera victoria en 1979, y después una notable cadena de éxitos en los años que siguieron.
 
Divisiones y desacuerdos acerca de cuestiones importantes nunca hicieron al Partido tanto daño como la ausencia del debate honesto y de principios.
 
Hay aparentemente, sin embargo, una lección que seriamos muy imprudentes en adoptar. Se trata de la sugerencia, que uno oye de vez en cuando, de que la única esperanza para el Partido Conservador es un periodo en la Oposición.
 
La situación en el Partido hoy es completamente diferente de la de 1974, cuando Keith estaba haciendo sus grandes discursos. En el actual Primer Ministro, el Partido tiene un líder que comparte el análisis general que Keith Joseph y yo adelantamos.
 
No es ningún secreto que entre John Major y yo ha habido diferencias [...] de vez en cuando.
 
Pero estas han sido siempre diferencias acerca de cómo alanzar los objetivos, en vez de qué objetivos deberían ser esos.
 
Lo que hace falta ahora es asegurar que esos objetivos sean explicados claramente, para que un gobierno conservador pueda ir más lejos hacia su cumplimiento.
 
Los atractivos de la Oposición son exagerados sobremanera por quienes no la han experimentado.
 
 
¿Qué ha ido mal?
 
Pero, según las encuestas de opinión, la Oposición es donde el electorado se inclina a mandarnos. Por una variedad de razones, que describiré brevemente, yo creo que esto seria desaconsejable por su parte.
 
El Partido Conservador aun tiene mucho que ofrecer.
 
Y del Nuevo — o no tan nuevo — Partido Laborista del señor Blair hay mucho que temer.
 
Pero no debemos ignorar el actual descontento.
 
En parte, es más o menos inevitable. Una lucha constante es necesaria para asegurar que los gobiernos que hace mucho que están en el poder no pierdan fuelle. Siempre consideré necesario combinar mi cargo de Primera Ministra con el de Fogonera Jefa para mantener alta la presión.
 
También es cierto que el mundo político es más complicado que en los años ochenta. La marcada división entre las fuerzas de la libertad representadas por el Partido Conservador y Occidente por un lado, y las fuerzas del colectivismo representadas por el Partido Laborista y el bloque soviético por otro, es una cosa del pasado.
 
El alcance del éxito que nosotros conseguimos en los ochenta nos ha, en este sentido, alcanzado.
 
Puede que esto sea políticamente inconveniente; pero, por lo que a mi respecta, no lo cambiaría.
 
Durante la mayor parte de mi vida política, la libertad en este país estaba desafiada por los socialistas aquí y por una agresiva Unión Soviética.
 
Los desafíos fueron superados porque el Partido Conservador en el Reino Unido y otros partidos de centro-derecha en otros lugares — bajo el liderato internacional de Ronald Reagan — demostraron ser superiores a ellos.
 
La expresión de moda es que el comunismo y, de hecho, el socialismo "implosionaron". Si eso significa que su sistema fue siempre inviable, que así sea — aunque muchas de las personas que ahora dicen esto apenas parecían creer que esto fuera cierto antes de que la "implosión" ocurriera.
 
Pero, de cualquier forma, no olvidemos que el sistema se colapsó porque fue aplastado por la presión que nosotros en la derecha — repito, en la derecha — de la política aplicamos.
 
Y no debería permitírsele a la izquierda salirse con la suya pretendiendo que fue de otro modo.
 
Pero, por supuesto, en política sólo hay gratitud por los beneficios que quedan aun por recibir. Este es el motivo de que, por muy exitosos que hayan demostrado ser, los gobiernos y partidos han de seguir reaplicando sus probados principios a las nuevas circunstancias.
 
El Partido Conservador hoy tiene problemas no porque nuestro análisis haya sido incorrecto o nuestros principios fallidos.
 
Nuestras dificultades se deben al hecho de que, en ciertos limitados pero importantes aspectos, nuestras políticas no se han atenido a nuestros análisis y principios.
 
Este es el motivo de que la actual idea, puesta en circulación por algunos descontentos, de que el Partido Conservador tiene problemas porque se ha escorado a la derecha, y que esto es lo que hay que remediar, es alocada — y Denis puede que sea capaz de sugerir alguna descripción aun más reveladora.
 
La prueba es sencilla. Simplemente pregúntese: es debido a que el gobierno no ha gastado, tomado prestado y cobrado suficientes impuestos que la gente está descontenta?
 
O es que nos hemos pasado aumentando el gasto público, crédito e impuestos?
 
La respuesta es obvia. No somos populares, sobretodo, porque las clases medias — y todos aquellos que aspiran a unirse a las clases medias — sienten que ellos ya no tienen los incentivos y oportunidades que esperan de un gobierno conservador.
 
No estoy segura a que se refieren aquellos que dicen que el Partido debería volver a algo llamado “Conservadurismo de Una Nación”.
 
Por lo que puedo decir de sus puntos de vista sobre el federalismo europeo, el credo de tales personas quedaría mejor descrito como "Conservadurismo de Ninguna Nación”.
 
Y ciertamente cualquiera que crea que cabe encontrar la salvación lejos de los principios conservadores básicos que prevalecieron en los ochenta — pequeño gobierno, una democracia de propietarios, recortes de impuestos, desregulación y soberanía nacional — está profundamente equivocado.
 
Ese error tiene su origen, las más de las veces, en la aceptación de la cuadro de los ochenta que han pintado los críticos. Esa década cambió la dirección del Reino Unido hasta tal extremo que es poco probable que incluso un gobierno laborista pudiese revertirlo — por mucho que se esfuerce.
 
La inflación fue rebajada, sin hacer uso de los controles de precios e ingresos que según la flor y nata eran indispensables.
 
El gasto público en relación al PIB cayó, lo que permitió reducir los tipos impositivos — y el dinero tomado prestado por el dinero se redujo. Nosotros pagamos la deuda. 364 economistas que afirmaban que era una locura pensar que podías conseguir crecimiento económico recortando los préstamos del gobierno quedaron en evidencia: me dicen que ellos nunca volvieron a ser los mismos.
 
La reforma de las finanzas públicas fue acompañada de la reforma de los sindicatos, la desregulación y la privatización de industrias y una gran extensión de la propiedad de casas, acciones y ahorros — mucha “propiedad”, sin duda!
 
El crecimiento económico y la mejora en los niveles de vida que resultó de estas reformas fue tan grande que durante un tiempo, el materialismo, en vez de la pobreza, se convirtió en la mayor acusación contra nosotros. La "caza de yuppie" se convirtió en el deporte favorito de la izquierda rabiosa neopuritana.
 
Pero, por supuesto, la realidad era que el éxito que la libre empresa trajo a lo largo de esos años no se expresaba solamente en consumo eminentemente — aunque que daríamos por unos cuantos más de esos yuppies hoy!
 
También permitió que se doblaran — por encima de la inflación — las donaciones voluntarias a las causas benéficas.
 
Es más, aunque cometimos errores en la gestión financiera al permitir, a finales del periodo, el recalentamiento de la economía y el repunte de la inflación, el avance general de la prosperidad estaba sólidamente basado en mejoras económicas reales.
 
Sobretodo, hubo un rápido y sostenido aumento en la productividad industrial, que ha continuado. Y como resultado del control del gasto público a lo largo de esos años — particularmente la reducción de compromisos futuros en pensiones — el Reino Unido avanza hacia el nuevo milenio con una amplia ventaja sobre nuestros competidores europeos en lo tocante a impuestos y costes.
 
El mensaje de todo esto no es que todo era perfecto en los ochenta o que todo lo que ha seguido en los noventa ha sido malo.
 
Cada Primer Ministro tiene sus remordimientos.
 
El mensaje importante, en cambio, es que en el Reino Unidos hemos visto desde los ochenta lo que funciona — tal como vimos en los setenta lo que no funciona.
 
Y lo que funciona aquí, como en cualquier parte, es la libre empresa y no el gobierno grande.
 
Así que no tendría ningún sentido económico que nosotros nos acercáramos a las políticas de nuestros oponentes.
 
Más bien, el desafío económico consiste en recortar el peso del gasto público, los préstamos y la imposición fiscal aún más.
 
Y tratar de moverse hacia el terreno del centro tampoco tiene ningún sentido político.
 
Como Keith solía recordarnos, no es en el terreno del centro sino en el terreno común — los instintos y tradiciones compartidos por el pueblo británico — donde nosotros deberíamos montar nuestras tiendas. Ese terreno es sólido — mientras que el terreno del centro es tan resbaladizo como los propagandistas que lo han colonizado.
 
 
El Partido Laborista
 
Damas y caballeros, una de las características más admirables de Keith Joseph — y una que le aseguró respeto y afecto — era que él nunca puso en duda los motivos de sus oponentes. Así que, siguiendo sus pasos, yo no pondré en duda los motivos del líder de la oposición.
 
Pero, ¿y el partido que él dirige? Puede que el propio Partido Laborista haya cambiado muchas de sus políticas, pero no ha cambiado sus puntos. Que esto es así lo revelan los desagradables sonidos que profieren cuando se mencionan cosas como los beneficios.
 
Prácticamente sigue sin haber nada en lo que el portavoz de los laboristas gastaría más dinero de los contribuyentes, o quiera controlar más de cerca. Ellos han aprendido a acompañar estas prescripciones de retórica que suena conservadora e, incluso, de algunas políticas que suenan conservadoras.
 
Pero el símbolo distintivo de una política laborista, desde la salud hasta la educación, desde las empresas privatizadas hasta el mercado de trabajo, es una mayor intervención gubernamental.
 
Todo tipo de personas respetables creen que el señor Blair, como Primer Ministro, controlaría su partido, y no ellos a él. Pero afirmar esto es muy aventurado.
 
Es más, el señor Blair no es sólo humano; él es también (como muestra sus historial), por instinto, un hombre de izquierdas.
 
Al enfrentarse al tipo de decisiones a las que uno se enfrenta en el gobierno — decisiones que a menudo no se mencionan en los manifiestos — son los instintos viscerales del Primer Ministro los que cuentan. Las presiones para solucionar problemas y satisfacer demandas mediante un mayor gasto público, intervención y control pueden llegar a hacerse irresistibles — incluso para un defensor instintivo del libre mercado.
 
Puede que el señor Blair crea que el gasto público no es la panacea universal: pero ¿y su corazón? ¿y sus vísceras?
 
En cualquier caso, el gobierno no consiste en cuestiones generales sino en específicas. Sólo si tienes la convicción — la convicción conservadora — de que está mal gasta el dinero de los contribuyentes a menos que las razones para hacerlo sean sobrecogedoras — e incluso si entonces no duermes bien después de hacerlo — es posible que, como Primer Ministro, venzas la presión.
 
Las sospechas de que un gobierno laborista sería en la práctica blando con el gasto público, se componen de toda la palabrería brumosa sobre la potenciación de las comunidades y los valores comunitarios.
 
Ahora bien, las comunidades sólo puede sostenerse por dos medios — o por el Estado, que es de lo que dependen las políticas comunales, los líderes comunales, la educación comunal, la vivienda comunal, los centros comunales, etc.
 
O las comunidades pueden basarse en voluntarios genuinos, a veces negocios locales, a veces individuos con objetivos comunes libremente elegidos — como los que fundaron los grandes movimientos voluntarios de la Era Victoriana que están aun con nosotros.
 
En algunos casos, ciertamente, el Estado — a menudo en la forma de ayuntamiento — puede jugar una parte modestamente útil en los “proyectos de comunidad”.
 
Pero el riesgo es que la comunidad llegue a significar colectivo; que colectivo llegue a significar Estado; y así que el Estado se expanda hasta reemplazar el esfuerzo individual con activismo subsidiado.
 
Lo que necesita el Reino Unido son individuos libres, emprendedores, confiados y responsables. Será cuando tengamos más de ellos, que nuestras comunidades cuidarán mejor de si mismas.
 
Pero yo creo que hay una razón aun más importante de por qué no debería confiarse el gobierno a los laboristas. Puede que ellos protesten diciendo que ya no son socialistas: pero ellos no han perdido su celo por el alboroto constitucional.
 
Las propuestas del Partido Laborista sobre la devolución son una amenaza de caos y posiblemente de disolución de la unión del propio Reino Unido.
 
Es más, al abrazar el federalismo europeo — mediante el capítulo social europeo y, sobretodo, la moneda única europea — un gobierno laborista podría darle el golpe de gracia a las tradiciones de la democracia parlamentaria británica.
 
Tradicionalmente, los socialistas han creído que el Estado debe hacer iguales a las personas; aunque una mirada honesta a las prebendas y privilegios de la nomenclatura comunista podría haberles aclarado las ideas en ese asunto.
 
El Partido Laborista del Nuevo-look ahora quiere aparentemente que el estado haga que las personas sean generosas y tengan conciencia social; aunque una reflexión sobre las dificultades de las Iglesias para cambiar el comportamiento de las personas debería inducirles a algunas dudas cuando simples políticos empiezan a predicar.
 
Me parece que el Nuevo Laborismo tiene una nueva canción — una que Dame Vera Lynn hizo famosa:
 
"Desearlo lo hará realidad
Simplemente sigue deseándolo, y las preocupaciones se irán...
Y si lo deseas durante el tiempo suficiente, con la suficiente fuerza
Llegarás a saber que
Desearlo lo hará realidad."
 
Pero no lo hará — como no puedes hacer que la gente sea buena por ley.
 
Así que la limitación del gobierno es aun el gran asunto de la política británica — y, en realidad, en gran medida, de la política mundial.
 
Las amenazas al gobierno limitado no se acabaron con el colapso del comunismo y el descrédito del socialismo. Sigue siendo un tema de debate en las democracias occidentales, particularmente en las europeas. Hay una tendencia constante, de la que los grupos de presión y los medios de comunicación forman parte, a expandir el gobierno.
 
Una de las leyes de Thatcher — de la que debo algo a Lord Acton — es que todo gobierno tiende a expandirse y que el gobierno socialista se expande absolutamente.
 
Si empiezas con la visión que ellos tienen del Estado — esto es, que existe para corregir los males sociales en vez de para crear un marco para la libertad — nunca podrás encontrar la justificación definitiva para decir "no". Sobretodo, no puedes decir "no" a las demandas de un mayor gasto en bienestar.
 
Este es el motivo de porque en Suecia el porcentaje de renta nacional que el gobierno se quedaba alcanzó el setenta por ciento. Es el motivo de porque en Europa está en promedio varios puntos por encima que aquí. Las filosofías políticas dominantes en esos países han sido socialistas, o socialdemócratas o democristianas — visiones todas ellas que sostienen que el Estado, en vez de los individuos, es el responsable último de lo que sucede en la sociedad.
 
Esto contrasta con los Estados Unidos donde, incluso cuando el Partido Demócrata está en el poder, nunca se han convertido a la idea de que el gobierno — no digamos ya el Gobierno Federal — tiene derecho a intervenir en lo que le plazca.
 
Contrasta también con aquellos países del sudeste asiático — como Hong Kong, los Pequeños Tigres y, por supuesto, el poderoso Japón — donde la parte del sector público sobre el PIB permanece muy baja.
 
El gasto público apenas supera un tercio del PIB en los Estados Unidos, y un cuarto o menos en el sudeste asiático, ello ha redundado en impuestos bajos y grandes niveles de crecimiento.
 
Este ejemplo, como el del Reino Unido en los ochenta, muestra los que funciona — así como el modelo de gasto y regulación en demasía escandinavo muestra lo que no funciona.
 
Fue con la mejor intención que los gobiernos de la posguerra gastaron más en bienestar, creyendo que a medida que los niveles de vida crecían, las personas harían más por cuidar de si mismas. Lo que teníamos que hacer, como solía decir Keith hace años, es romper el "circulo de la privación".
 
Pero cuanto más gastábamos, mayor se hacía la dependencia, la ilegitimidad y el crimen. Y, por supuesto, la presión fiscal aumentó.
 
Los países occidentales se han abierto los ojos ahora a este problema. Pero siguen paralizados por él.
 
Aquí, sin embargo, Peter Lilley ha avanzado a buen ritmo la reforma de la seguridad social, haciendo importantes cambios para reducir las presiones futuras. Y sin embargo, como el mismo Peter tan a menudo nos recuerda, la seguridad social aun representa el 40 por ciento del gasto público del gobierno central y le cuesta a cada trabajador £15 cada jornada laboral.
 
Ciertamente, las propuestas favorecidas cada vez más por el Partido Laborista de una segunda pensión obligatoria mucho más elevada — pagadas con contribuciones obligatorias mucho más elevadas — no ofrecen ninguna salida.
 
Una cosa es animar a las personas a aprovisionarse por si mismas, como nosotros hacemos con la vivienda, la salud y las pensiones. También es aceptable en algunos casos el asegurar que las personas hagan algunas contribuciones mínimas en pos de los beneficios, como hacemos nosotros con el sistema de la National Insurance.
 
Pero los planes del Partido laborista implicarían un gran incremento en el ahorro obligatorio — como cabria esperar de ellos — resultante en una reducción de la libertad personal.
 
Aliviar el peso del presupuesto de la seguridad social es una inestimable pero vital tarea, para la que se requiere un auténtico aguante Tory. No se hará por arte de magia financiera.
 
Pero la posibilidad de un enfoque realmente radical del gasto, que requerirá la eliminación a gran escala o la transferencia de funciones gubernamentales, debe permanecer en la agenda.
 
El noviembre pasado, un brillante y provocador panfleto del Centre for Policy Studies de Patrick Minford (Gasto Público: un plan de veinte años para la reforma) nos recordaba lo lejos que aun podemos ir y cuan grandes son las ganancias potenciales. Los recortes en el gasto que él propone llevarían también a grandes recortes de impuestos, con un gran impacto en nuestro crecimiento.
 
Tanto si las propuestas del Profesor Minford se consideran aceptables o no, son extremadamente valiosas ilustrando las posibilidades.
 
Así que me alegro de la determinación del Chancellor of the Exchequer de reducir el gasto público por debajo del 40 por ciento del PIB. Y espero que en las próximas elecciones estemos equipados con planes para reducirlo aun más.
 
Gobierno limitado no significa gobierno débil, sólo significa menos gobierno.
 
 
Nuestros Nuevos Amos [Europeos]
 
Hoy el mayor reto al gobierno limitado no viene en absoluto de estas tierras sino de más allá, de la Unión Europea. Esto es también, por supuesto, un desafío al autogobierno, y ambos están estrechamente ligados.
 
La actividad del Tribunal Europeo, que sólo puede ser revisada enmendando la propia Acta del Comunidades Europeas está socavando nuestro sistema judicial cada vez más y la soberanía de nuestro Parlamento.
 
Se están haciendo propuestas para una defensa europea común, propuestas que Michael Portillo ha atacado rotunda y correctamente.
 
Ellas son también una amenaza a la independencia nacional.
 
Pero más importante, es la propuesta moneda única europea, que, como John Redwood argumentó, "sería un gran paso hacia la nación europea única".
 
Cuando defienda la postura británica en el próximo consejo intergubernamental, el primer Ministro tendrá el apoyo de todos los que deseamos ver como se resiste a todas estas peligrosas y demagógicas propuestas y como se invierten las actuales tendencias. Esperamos un buen resultado.
 
Pero aunque el tema del autogobierno es vital, es el gobierno limitado lo que me preocupa hoy. Porque la Unión Europea no sólo desea quitarnos nuestros poderes, desea incrementar los suyos.
 
Quiere regular nuestras industrias y nuestro mercado laboral, pontificar sobre nuestros gustos, en pocas palabras determinar nuestras vidas. El Tratado de Maastricht, que estableció una ciudadanía común europea muestra las trazas del súper estado burocrático que se ha ideado.
 
Y Maastricht es el principio, no el final del proceso.
 
De hecho, estamos viendo la emergencia de toda una nueva clase política internacional.
 
Algunos de ellos son políticos que han fallado en sus propios países así que han probado suerte en el extranjero.
 
Algunos son burócratas que nada entienden de nuestra diferenciación británica de los legítimos poderes de los elegidos y el de los no elegidos.
 
Hace casi cincuenta años, el periodista conservador, Colm Brogan, escribió una crítica incisiva al metomentodo gobierno laborista del mando y ordeno. Lo llamó Nuestros Nuevos Amos.
 
El título es igualmente apropiado para los “nuevos amos Europeos”.
 
Y no me sorprende en absoluto, pues siempre me di cuenta del destino socialista de este sueño euro-federalista, que ahora el Partido Laborista le de la bienvenida a todo esto tan cálidamente.
 
Lo que ellos no pueden conseguir en un Reino Unido de la libre empresa e independiente, ellos esperan asegurarlo en el Reino Unido euro-federalista, donde los instintos de las personas son ignorados y las instituciones parlamentarias son suplantadas.
 
Autogobierno, gobierno limitado, nuestras leyes, nuestro parlamento y nuestra libertad.
 
Estas cosas no se consiguieron fácilmente.
 
Y si los conservadores explicamos que están ahora en peligro, no se perderán fácilmente.
 
En The Reeds of Runnymede, celebrando la firma de la Magna Carta, Rudyard Kipling lo dice así:
 
"En Runnymede, en Runnymede,
Oh, escuchad los juncos en Runnymede:
No debéis vender, retrasar, negar,
El derecho de un hombre libre a la libertad.
Se despierta con determinación el pueblo inglés,
Les vimos animados en Runnymede!
... y, sin embargo, cuando el Monarca yace con la Muchedumbre
Para meter mano en la manera de hacer de los ingleses,
El susurro despierta, el escalofrío juego,
A través de los juncos en Runnymede.
Y el Támesis, que conoce el ánimo de los reyes,
Y coros y curas y tales cosas,
Suena profundo y terrible mientras lleva
La advertencia desde Runnymede!"

Usuario Contrasea  
Web alojada en Ferca

Mapa del sitio Mapa del sitio
Texto normal Texto grande