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La doble ofensiva de Ronald Reagan

Por Adolfo Rivero Caro

Aunque casi nadie se atreve a negar el papel de Ronald Reagan en el triunfo norteamericano en la guerra fría, no sucede lo mismo con sus triunfos, igualmente impresionantes, en el terreno económico. Es bueno recordar que entre fines de los años 60 y 1980, la tasa de inflación en EEUU había subido del 2 al 14% anual mientras que el índice de desempleo había subido del 4 a más del 10%. Las tasas de interés eran de un pavoroso 21%. Los que vivieron aquella época tienen que recordar el profundo malestar que existía en el país.
 
Reagan cambió todo eso al bajar los impuestos y restaurar así los incentivos necesarios para el desarrollo de las empresas y el consiguiente crecimiento del empleo. Aunque los impuestos han fluctuado en los últimos 20 años, nunca se han acercado a los niveles anteriores a Reagan. Aunque en 1980 la tasa tope de impuestos para los más acaudalados era de 70%, hasta las familias de modestos recursos pagaban muchos más impuestos; un matrimonio que ganara unos $30,000 en ingresos gravables, por ejemplo, pagaba una tasa de 37%. Reagan bajó esos impuestos de 70 a 28% y de 37 a 15%, respectivamente. Su estímulo de la industria privada propició que surgieran nuevas industrias en computación, software, comunicaciones y la internet que transformaron la economía americana. Creó las cuentas de retiro y los programas 401(k), dando origen a la nueva clase de los inversionistas.
 
Los resultados no se hicieron esperar. Las empresas, creadoras de empleo, despertaron de su letargo. Entre 1981 y 1989 la economía creció, ajustando las cifras a la inflación, en más de 4.5% anual. Cuando abandonó la presidencia, ese crecimiento había hecho bajar el desempleo de más del 10 al 5.5%. En lo que se restableció el crecimiento, los ingresos gubernamentales por concepto de impuestos crecieron en 50%, aunque los impuestos habían bajado. Para 1986, la tasa de inflación había disminuido a 1 por ciento anual. Las tasas de interés descendieron radicalmente y la bolsa se volvió alcista.
 
Los años de Reagan aumentaron la deuda federal en $1,400 billones, eso es un hecho. Pero esa cifra es minúscula si se compara con el aumento de la riqueza nacional creado por su rebaja de impuestos. Cuando Reagan tomó posesión en 1981, el valor de mercado de todos los bienes de Estados Unidos --las acciones, las tierras, las cosechas, las casas, los edificios comerciales, los equipos industriales, los automóviles, los metales preciosos, etc.-- era de unos $16 billones. Cuando dejó el cargo en 1989, esa cifra se había duplicado y llegaba a los $33 billones. ¿Puede alguien imaginarse algún director de empresa que rehúse endeudarse en $100 sabiendo que eso le permitiría ganar $1,200? A Reagan no le gustaba el déficit, pero tampoco dejaba que lo preocupara demasiado. Simultáneamente, aplastó a la Unión Soviética y creó las condiciones para duplicar los bienes de la nación en sólo ocho años. Sus medidas económicas iniciaron lo que ha sido nuestro más largo período de continua prosperidad en el siglo XX.
 
Los éxitos políticos de Reagan no se pueden desvincular de los económicos. No se hubiera podido retar, y derrotar, a la Unión Soviética con una economía americana desfalleciente. En la década anterior a Reagan, las predicciones marxistas sobre la decadencia del capitalismo parecían estar haciéndose realidad y los movimientos revolucionarios estaban a la ofensiva en todas partes del mundo. En 1979, la Unión Soviética invadía Afganistán y Fidel Castro era electo presidente del Movimiento de Países no Alineados.
 
Esa confianza tácita en el triunfo estratégico del comunismo y la correspondiente desconfianza en el sistema del libre mercado fueron el sustrato ideológico de esa tendencia a ignorar los crímenes cometidos por los comunistas, aceptándolos como el precio a pagar por un futuro mejor, mientras se era hipercrítico en relación con las democracias, presuntamente condenadas por la historia. De aquí que, pese a repetidas denuncias,''nadie escuchara'', en la frase que hizo famosa el documental de Néstor Almendros. En Ginebra, la Comisión de Derechos Humanos nunca escuchó las denuncias de las violaciones de derechos humanos en el campo socialista. Ni el gulag soviético, ni los crímenes del ''gran salto adelante'' en China, ni el genocidio de Pol Pot en Camboya fueron criticados nunca por la comisión. Amnistía Internacional y Americas Watch, por cierto, tampoco lo hicieron. La Fundación Konrad Adenauer de la República Federal Alemana alentó la creación de la Sociedad Internacional de Derechos Humanos (IGHR) precisamente para que hubiera una organización que denunciara los crímenes que se cometían tras la cortina de hierro. Esta situación sólo pudo cambiar gracias a Reagan.
 
Todavía hoy, Amnistía Internacional y Americas Watch pretenden plantear una equivalencia moral entre el terrorismo de estado practicado por regímenes arbitrarios que ignoran el estado de derecho y países democráticos que viven bajo el imperio de la ley pero donde, inevitablemente, funcionarios aislados cometen abusos. Casos que, como sabe cualquiera que lea periódicos y vea televisión, están siendo constantemente criticados y sancionados por la ley. Esa absurda equivalencia moral sólo refleja un obstinado prejuicio ideológico. Reagan no sólo puso las democracias a la ofensiva en lo político, sino también en lo económico. Sin la sólida prosperidad económica que supo impulsar, nunca hubiera podido conseguir su histórico triunfo en la guerra fría. Ni hubiera sido tan querido por su pueblo.

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