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Tocqueville

Por José María Marco

Agradezco a Darío Roldán y a Rogelio Rubio su ayuda para la redacción de este retrato.

El 2 de abril de 1831, a medianoche, el velero Le Havre dejaba el puerto francés del mismo nombre con destino a Nueva York. Además de los 18 marinos, viajan a bordo 163 pasajeros, con una vaca, un borrico y unas cuantas aves de corral. Entre los pasajeros hay 30 que han adquirido el derecho a ocupar una “cabina”, un camarote particular como el del capitán. Son norteamericanos –una muchacha joven, un comerciante neoyorquino–, ingleses, una familia y un vendedor de vinos franceses, un caballero español y dos jóvenes, también franceses, de muy buena familia: Gustave de Beaumont y Alexis de Tocqueville, más exactamente Alexis-Charles-Henri Clérel de Tocqueville.

El viaje transcurre sin más percances que el aburrimiento. Beaumont y Tocqueville aprovechan para practicar su inglés con miss Edwards. Algo más de un mes después, el 11 de mayo, el barco toca puerto en Nueva York. Los dos amigos se instalan en una pensión de una calle de moda, Broadway. Tocqueville apuntará más tarde con sorpresa que en la ciudad no hay edificios altos, ni torres ni campanarios. En una primera impresión, escrita en su diario el 15 de mayo, anota el orgullo nacional de los norteamericanos, la religiosidad de la gente y el evidente predominio de una clase media algo vulgar y poco cultivada, pero en la que nadie está mal educado. Se pregunta dónde está el gobierno, el Estado, la máquina administrativa que debería mantener toda esta sociedad en orden.

Beaumont y Tocqueville han venido a Estados Unidos en viaje de estudios para redactar un informe sobre un asunto que preocupaba en la época, el sistema penitenciario. La verdad es que los dos tenían desde hacía mucho tiempo un intenso deseo de visitar Norteamérica. Tocqueville quería ir a ver de cerca lo que es una gran república. El primer contacto resulta decepcionante, y Tocqueville se burla un poco del joven país. Nueva York parece un suburbio, no una gran capital, y aunque las casas y los jardines de los alrededores están magníficamente cuidadas, la naturaleza, casi al alcance de la mano, es agreste y salvaje. Cuando lleguen a Filadelfia, se alojarán en la Calle 3. “Esta gente”, le escribe a su cuñada, “sólo sabe de números”.

Pero pronto se da cuenta de que está en presencia de algo extraordinario, un experimento de los que la humanidad ha vivido pocos a lo largo de su historia. Al principio le sorprende el contraste entre la naturaleza salvaje de Norteamérica, la inmensidad de ese mundo sin hollar por el hombre, y la sociedad que se ha establecido allí, surgida de un pueblo muy viejo, apegado a sus tradiciones, a su religión y a sus costumbres. Después comprende que la naturaleza en Norteamérica va a ser domada por la mano de esos mismos hombres, que se han empeñado también en construir una sociedad donde ser libres. “En Estados Unidos”, escribe, “no solamente la legislación trabaja para el pueblo, también la naturaleza es democrática”. En las primeras páginas del libro que dedicará a ese mundo nuevo manifestará sentir ante el avance imparable de la democracia una suerte de “terror religioso”, como el que parece haber sentido ante la inmensidad de la naturaleza en el Nuevo Mundo.

Tocqueville pasó nueve meses y medio en Norteamérica, y regresó a Francia para no volver a cruzar nunca el Atlántico. Pero antes de los 30 años había publicado La democracia en América, un libro definitivo, como si hubiera sido escrito de un tirón tras una revelación, la misma que aún hoy en día le sigue produciendo al lector sin prejuicios. Tocqueville no se había vuelto norteamericano, ni mucho menos, pero se diría que su genio fue capaz de asimilar, en el breve tiempo que estuvo en América del Norte, la experiencia que está en la base de Estados Unidos: cruzar el Atlántico, dejar atrás el Viejo Mundo, con sus ataduras y sus resabios, y alcanzar una nueva naturaleza, la de hombre libre.


Tocqueville había nacido en París en 1805. Era descendiente de un antiguo linaje de la nobleza normanda. Los Clérel de Tocqueville presumían de descender de un Guillaume Clarel que luchó en la batalla de Hastings en 1066, cuando Guillermo el Conquistador se hizo con Inglaterra. La familia, bien enraizada en sus dominios del oeste de Francia, había prestado eminentes servicios a la Monarquía y al Estado. Bisabuelo materno de Alexis fue Malesherbes, el magistrado y consejero que volvió del exilio donde ya se encontraba para defender a su señor, Luis XVI, de los cargos de que lo acusaron los revolucionarios. Caería ejecutado en la guillotina, con su hija, su yerno y sus dos nietos. El ejemplo de la generosa dignidad de Malesherbes –“defendió al rey Luis XVI frente al pueblo después de haber defendido al pueblo ante el rey Luis XVI” – sería recordado siempre por Tocqueville.

La Revolución diezmó a su familia, como a tantas otras de la aristocracia francesa. La madre no se recuperó nunca de los siete meses que pasó en la cárcel de Port-Royal esperando una ejecución segura, como la que segó la vida de su padre, su hermana mayor y su cuñado, hermano este último de René de Chateaubriand, el escritor. Tocqueville recordaría más tarde las reuniones familiares donde, una vez pasada la tormenta, se recordaba la dulzura de la vida y la lealtad a la moral de antes de la Revolución. Se acordaba en particular de una, en la que ninguno de los presentes pudo contener las lágrimas cuando la madre de Tocqueville entonó una canción que hablaba de un hombre muerto hacía quince años y al que casi ninguno de ellos había visto. “Pero aquel hombre”, dice Tocqueville, “había sido el rey”. Más tarde, en el norte de Estados Unidos, cerca de Canadá, le sobrecogió la nostalgia de su país cuando de pronto escuchó, en medio de la naturaleza salvaje, una vieja canción popular francesa. Según confesión propia, nunca, ni siquiera cuando más inmerso estuvo en la vida norteamericana, dejó de pensar en Francia.

En sus Souvenirs, que le consagraron como uno de los grandes escritores franceses del siglo XIX, Tocqueville volvió a recordar el ambiente de sus primeros años: “Pasé los más bellos años de mi juventud en medio de una sociedad que parecía volver a ser próspera y grande; concebí en ella la idea de una libertad moderada, regular, contenida por las creencias, las costumbres y las leyes; me conmovió el encanto de esa libertad, que se ha convertido en la pasión de toda mi vida…”

Era tímido, como muchos otros miembros de su familia. Lo educó un sacerdote, el abate Lesueur, que no supo enseñarle ortografía pero le inculcó el sentido de la honradez y la rectitud. Acompañó a su padre a alguno de los destinos que tuvo éste como prefecto en varias capitales de provincia. A los 16 años, a consecuencia de sus lecturas poco ordenadas y su educación autodidacta, sufrió una crisis religiosa. No parece haber recuperado la fe, pero le quedó el respeto por la experiencia, la práctica y las instituciones religiosas, que le permitiría comprender la naturalidad con que la religión sirve en Norteamérica de fundamento a la libertad.

Cuando le llegó la hora de elegir carrera se inclinó, no sin discusiones en la familia, por las letras, es decir por la judicatura. Fue ejerciendo de juez en Versalles donde le cogieron las jornadas revolucionarias, las Tres Gloriosas de julio de 1830 que expulsaron del trono de Francia a Carlos X y pusieron en su lugar a Luis Felipe de Borbón. Era el hijo del apodado Philippe Égalité, el príncipe que había votado la ejecución de su hermano el rey antes de ser guillotinado él mismo. Tocqueville, en Versalles, vestido con su uniforme de miliciano de la Guardia Nacional, vio pasar con tristeza a la comitiva camino del exilio.

Para su familia, el final de la Restauración significaba que la Revolución volvía por sus fueros. El joven magistrado, en buena lógica, debería haber renunciado a su cargo. No lo hizo. Prestó juramento al nuevo rey, el rey burgués, llamado “el rey ciudadano” o también, con más sarcasmo, “el rey pera” (le roi poire), por la fruta que se utilizó para caricaturizarlo, de formas suavemente redondeadas, sin la menor arista y aún menos dignidad. No dejaron de reprochárselo, y el viaje a Norteamérica fue en parte una forma de dejar atrás aquellas contradicciones.


La estancia en Estados Unidos empieza con siete semanas en Nueva York. Pronto son bien acogidos por la mejor sociedad de la ciudad, que les invita a toda clase de banquetes, donde, según apunta Tocqueville, siempre se come demasiado. Parece que los norteamericanos no hacen más que comer y comer sin tregua. Nadie habla francés, además, por lo que tienen que practicar el inglés a la fuerza. Poco refinados, sin ambiciones intelectuales, groseros y movidos sólo por el afán de lucro… En estos primeros momentos Tocqueville repite, como parece natural, bastantes de los tópicos en curso sobre la nueva nación.

La república norteamericana era objeto de debates apasionados en aquellos momentos, en los que en Europa toman cuerpo los regímenes liberales. De buenas a primeras, cuando en los países europeos estaba balbuceando la libertad política tras el tajo de la Revolución y la tempestad de las guerras napoleónicas, Estados Unidos ya la ha instaurado, y además la ha asentado en la democracia, en el gobierno del pueblo, en la igualdad de las condiciones.

Al principio Tocqueville parece dejarse llevar por los prejuicios europeos, a los que le inclina su linaje aristocrático. Un pueblo de tenderos y comerciantes, como parece ser el norteamericano, no podrá sostener un régimen liberal y democrático. Le falta la virtud necesaria para una empresa tan ambiciosa, el cultivo sistemático de la moral que la libertad y la república requieren. Sin embargo, el muy aristócrata Tocqueville, tan apegado a su clase y a su familia, comprende casi de inmediato la seriedad del experimento y deja atrás sus prejuicios acerca del resultado.

La hospitalidad es uno de los motivos del cambio. Tocqueville, como tantos otros antes y después, se queda asombrado con la amabilidad, la simpatía, la generosidad de los norteamericanos. ¿Qué tiene esta gente que le lleva a confiar así en los demás, a no tener miedo de los desconocidos? ¿Y cómo se las han arreglado los norteamericanos para crear una sociedad “cien veces más feliz que las europeas”?

Otra posible causa del cambio es el propio estudio que les ha llevado hasta allí. De los nueve meses y medio que Tocqueville y Beaumont pasaron en Estados Unidos, dos estuvieron dedicados al sistema penitenciario, siguiendo el encargo que les había llevado hasta allí. Garry Willis, basándose en el clásico de Pierson Tocqueville and Beaumont in America, ha aducido este dato para afirmar que Tocqueville no tuvo tiempo de conocer la realidad norteamericana, por lo que buena parte de su libro está basado en especulaciones. Royer-Collard, amigo y maestro del propio Tocqueville, se lo reprochó a propósito de la segunda parte de la Democracia en América: “Se ha propuesto usted”, le dijo, “imaginar, inventar, más que describir”. En realidad, cabe preguntarse si el minucioso trabajo sobre las cárceles norteamericanas, que dio lugar a un informe bien acogido en toda Europa cuando se publicó, no contribuyó a la admiración de su autor hacia un país que sabía organizar la libertad y conocía su coste.

A lo largo de su investigación sobre la sociedad norteamericana, Tocqueville apenas se interesó por la economía, la producción o los avances tecnológicos que estaban haciendo posible la nueva sociedad. Considerado sociólogo, contemporáneo de Comte y de Marx, Tocqueville está absorbido por la musa política que invocaba Montesquieu, si es que, como añade Luis Díez del Corral, existiera tal cosa. Movido por ella, siguió un método riguroso de entrevistas, cuestionarios preparados, apuntes en cuadernos clasificados por temas y orden alfabético. Luego, para la redacción del libro, contrató los servicios de dos documentalistas. Tocqueville se ciñó a un sistema exigente, con un escrupuloso contraste de los datos suministrados por la observación.

De poco habría servido esto si en Tocqueville hubieran predominado los prejuicios de clase. Ahora bien, no fue así, y el mismo Tocqueville que vio pasar con tristeza el cortejo de Carlos X se adhirió muy pronto a la democracia norteamericana. En el fondo, los prejuicios jugaron a favor de Estados Unidos. Tocqueville pertenece a un grupo de jóvenes aristócratas franceses obsesionados por la libertad: Beaumont, su primo Louis de Kergorlay y, aunque mayor que éstos, Benjamin Constant, al que Tocqueville nunca apreció mucho. Para ellos, la aristocracia había sido la encarnación misma de la libertad, al modo en que Ortega, lector tardío –me parece– de Tocqueville, se entusiasmaría un siglo más tarde describiendo los castillos que pueblan el paisaje español como si fueran los baluartes de la libertad individual. Aquellos jóvenes franceses sabían bien de lo que estaban hablando. Sus familias, cuando no ellos mismos, habían padecido las consecuencias de la tiranía ejercida en nombre de la libertad durante el totalitarismo de la Convención y el Imperio de Bonaparte.

Los países europeos estaban en una encrucijada de difícil solución: conciliar la libertad –la autonomía, la independencia, la capacidad de los individuos para cumplir su vocación moral– con la tendencia irremediable a la igualdad de las condiciones y el surgimiento, por ley de la historia, de una sociedad y un Estado democráticos. ¿Cómo conciliar igualdad con libertad? ¿Cómo evitar el despotismo de las mayorías? Unas cuantas semanas le bastaron a Tocqueville para comprender que los norteamericanos habían resuelto un problema en apariencia insoluble.

André Jardin, el gran biógrafo de Tocqueville, pone fecha a la revelación. Fue clave el 4 de julio de 1831, cuando asiste en Albany, capital del estado de Nueva York, a la conmemoración del aniversario de la Declaración de Independencia. Ahí encontró algo “profundamente sentido y de verdad grande”. De pronto las múltiples observaciones cobran sentido. La mediocridad del pueblo de comerciantes, el obsesivo afán de lucro, la ausencia de Gobierno, el dinamismo de los individuos y la felicidad de la sociedad cuajan en un concepto que será el eje central de su futuro estudio. La igualdad y la libertad en Norteamérica no son aquellas de las que hablan los revolucionarios franceses, los jacobinos. Es igualdad ante la ley, y libertad de participar en el gobierno de la república y de emprender cada uno su propio proyecto de felicidad, lo que requiere una amplia zona de independencia del Gobierno y la posibilidad de cambiar, rectificar, volver a empezar. Tocqueville no habló del capitalismo, pero supo expresar mejor que muchos de sus defensores la ética y la actitud vital que lo sostiene.

Tocqueville y Beaumont no se limitaron a visitar algunas de las grandes ciudades de lo que entonces era Estados Unidos, como Boston y Filadelfia, donde fueron acogidos y festejados por una sociedad halagada y curiosa ante aquellos dos franceses –y aristócratas, por si fuera poco–, tan interesados por el experimento democrático. También quisieron conocer la naturaleza de Estados Unidos, siguiendo los pasos de Chateaubriand. Hacen una excursión por la región de los Grandes Lagos y durante unos días se internan en los grandes bosques del Norte, sólo poblados por pioneros y algunos comerciantes. Tocqueville se interesa por el destino trágico de los indios, de los que se compadece, aunque sin hacerse ilusiones de orden mitológico sobre los buenos salvajes. Sabe que los están expoliando. Pero la suerte está echada, como la majestuosa naturaleza virgen que se despliega ante ellos se convertirá dentro de unos años en pueblos y ciudades. Los parajes que visitaron Tocqueville y Beaumont son hoy en día los alrededores de Detroit.

Después de la estancia en el Norte y la Costa Oeste, los viajeros se dirigen al interior, desde donde se embarcarán para cruzar todo el país hasta el Sur, primero por el río Ohio y luego por el Mississippi. Experimentan así de primera mano la dureza del invierno norteamericano, la pujanza de una sociedad empeñada en seguir haciendo retroceder sus fronteras y la democracia de verdad, sin afeites de ninguna clase. Durante la travesía por el Mississippi, Tocqueville tiene la ocasión de conocer a un auténtico héroe norteamericano: Sam Houston.

Houston parece ser la personificación del tipo estadounidense que tan bien describirá, en movimiento perpetuo, impulsado por una energía en apariencia inagotable. También le desconcierta, porque Houston ha sido gobernador de uno de los estados de la Unión, algo así como lo que su padre, Hervé de Tocqueville, fue en Francia. El sistema francés reserva estos cargos a las elites, los aristócratas de cuna o los de la administración. Pero así como en la Costa Este Tocqueville había descubierto una aristocracia empresarial, puramente comercial e industrial, ahora descubre otra, nacida directamente de la voluntad de un pueblo que elige a los suyos para representarlo, sin que por ello padezcan ni las instituciones ni la libertad. La democracia, comprende Tocqueville, necesita a estos personajes como necesita una prensa libre de verdad: sin las subvenciones propias de la europea, ruidosa, insultante, demagógica. En Francia los panfletos partidistas llamaban a la revolución, y Sam Houston habría sido jacobino.

Es el encuentro de dos mundos que parecían destinados a no entenderse jamás. Sam Houston, tan bronco, tan primitivo, de vida tan desordenada según los cánones morales de Tocqueville, tendrá una carrera política extraordinaria, desgarrada en sus últimos momentos entre su lealtad a Texas, su patria adoptiva, y su lealtad a la Unión, la nación de la que no podía renegar. Tendrá que enfrentarse a dilemas trágicos, que parecen salidos directamente de la pluma de Plutarco, uno de los clásicos más frecuentados por Tocqueville. La tosquedad de la democracia norteamericana no excluía la grandeza ni el culto a la virtud. Al contrario.

Tras una estancia en Nueva Orleáns, que Tocqueville y Beaumont están empeñados en conocer por sus orígenes franceses, vuelven al norte por Washington. En la capital federal tienen ocasión de saludar al presidente Andrew Jackson. No les impresiona ni la primera ni el segundo. Bien es verdad que Jackson es otro de esos representantes de la democracia norteamericana, a lo Sam Houston, contra los que Tocqueville venía bien avisado. Ya le habían aleccionado algunos aristócratas de Boston, en particular John Quincy Adams, antiguo presidente de los Estados Unidos, hijo él mismo de presidente y abuelo de Henry Adams, que en una novela titulada Democracy trazaría años más tarde un retrato despiadado de la corrupción reinante en la capital de la democracia bajo la presidencia de Grant, otro populista como Jackson. Los dos amigos vuelven luego a Nueva York, y de ahí se embarcan para el Viejo Mundo.


A su vuelta a Francia, Tocqueville se dedica a su vida privada. Viaja varias veces a Gran Bretaña y se casa, en octubre de 1835, con Mary Mottley, una mujer inglesa de origen burgués que la familia Tocqueville tenía en poco aprecio. Alexis, que no había dejado de observar que las jóvenes herederas norteamericanas se casaban con quien querían y no quien deseaban sus padres, hace lo propio.

Tocqueville no fue siempre fiel a la Mottley, al contrario. Ya por entonces tenía un largo historial de amoríos y relaciones. Según cuenta Jean Luis Benoît en su reciente biografía, a los 16 años había dejado embarazada a una chica empleada en la prefectura de Metz, donde su padre ocupaba el cargo más alto. Y tuvo un duelo de honor a los 18, cuando estaba viviendo un gran amor con otra chica, Rosalie Malye.

Cuando se casó con Mary Mottley, eran amantes desde hacía siete años. No tuvieron hijos. Mary era una mujer fuerte y estable, con lo que sobrellevó las veleidades de su marido, más débil y quebradizo. La herencia familiar les permitirá llevar una vida confortable. Mary, además de imponer el inglés en casa, inculcará a Alexis el gusto muy británico y muy norteamericano por el campo. Cuando el éxito editorial le permita trasformar las ideas de su esposo en flores y prados, como dice él mismo, pasarán mucho tiempo en el château que habían heredado en Normandía.

Para entonces Tocqueville se habrá convertido ya en un autor de primera fila, consagrado por el éxito fulminante de La democracia en América. Lo escribió encerrado en una buhardilla de la casa paterna en París. Además del trabajo de documentación y del esfuerzo por articular todas las lecturas, las conversaciones y las impresiones en una descripción analítica que partiera de lo que llamaba una única idea madre, Tocqueville se empeñó en un esfuerzo estilístico agotador. No fue un hombre de muchas lecturas. Toda su vida se concentró en unos cuantos clásicos, a los que volvía con asiduidad, parece incluso que a diario: Rousseau, por su reflexión sobre la democracia y la flexibilidad de su escritura; Montesquieu, aristócrata y liberal antes de tiempo, de estilo más ameno que el suyo, y sobre todo Pascal, al que cita con frecuencia, a veces, tal vez, sin siquiera quererlo.

De Pascal hereda la complejidad conceptual, la extrema concentración, el salto que traslada instantáneamente la observación precisa a la máxima abstracción moral. Fue un español, Luis Díez del Corral, quien insistió en el jansenismo de Tocqueville (otro español, Eduardo Nolla, es el responsable de la gran edición crítica de La democracia en América publicada en París en 1990). Tal vez no sea una simple casualidad. Aunque Tocqueville se extravió a veces por las florestas preciosistas de la prosa romántica a lo Chateaubriand –y más precisamente del Chateaubriand que lo había precedido en la descripción del paisaje norteamericano–, cultivó sobre todo un francés seco, puntilloso, reservado como él mismo, un poco antipático. Un francés de raigambre clásica, aristocrática y también española, de cuando la cultura y el arte español fueron un modelo para todo el mundo: en tiempos de Pascal, justamente.

En ese francés casi arcaizante pudieron leer sus contemporáneos una obra visionaria, que les ofrecía de golpe, en un solo gesto, la clave para comprender el mundo nuevo que se estaba levantando del otro lado del Atlántico. La obra situó a Tocqueville entre los seguidores de los llamados “liberales doctrinarios”, un grupo muy reducido –cabían en un canapé, dijo uno de ellos– pero muy influyente de pensadores y políticos, entre ellos Royer-Collard y Guizot, que creyeron en la posibilidad de compatibilizar libertad e igualdad gracias a una sociedad en la que predominaría la clase media y a un sistema político sofisticado de equilibrios y contrapoderes en cuyo centro estaría la monarquía constitucional. Como los liberales doctrinarios, Tocqueville, de principios morales tan sólidos, carecía del dogmatismo de los ideólogos. No hay en su pensamiento ni rastro de rigidez, y sí en cambio una movilidad perpetua, nerviosa, que requiere del lector estar siempre alerta para no perder el matiz preciso, el sesgo nuevo que ilumina el objeto de reflexión con una perspectiva perpetuamente variable.

La celebridad alcanzada a los 30 años abrió le abrió las puertas de los salones parisinos más exclusivos, como el de Madame de Récamier, ejerciendo Chateaubriand de padrino. Lo mismo le ocurrió en Londres, donde consiguió la amistad de John Stuart Mill, con el que intercambió una larga correspondencia. También se le abrió la carrera política parlamentaria, en la que se embarcó pronto, a pesar de las recomendaciones de algunos amigos más veteranos. Era natural. La primera Democracia es, además de una descripción, un llamamiento a la acción y una propuesta para los problemas políticos de la Francia contemporánea.

Como político, Tocqueville no iba a conocer un éxito tan rotundo. Eso sí, desde 1839 ganó todas las elecciones en su distrito de Valognes, también en Normandía. Habiendo perdido una primera batalla electoral, supo luego ganarse siempre el respaldo de sus electores, por su prestigio de hombre de letras y su buen trabajo en favor de la circunscripción. Pero en la asamblea de diputados de la monarquía burguesa de Luis Felipe, fue siempre una figura un poco aparte y algo contradictoria. Sin grandes dotes de orador, aunque apreciado por la pulcritud de sus informes y sus discursos, parecía un aristócrata un poco anticuado en un ambiente de clase media que no apreciaba demasiado, sobre todo por haberse acostumbrado a “vivir casi tanto del Tesoro público como de su propia industria”. Por otra parte, y en contraste con esa actitud algo soberbia, su fervor democrático le llevaba a situarse a la izquierda. En términos puramente políticos, como apuntó Royer-Collard, Tocqueville parecía jugar a dos y a veces a tres barajas. Sus reticencias y sus escrúpulos acabaron siendo interpretados como maniobras de un oportunista.

Poco antes de la revolución de 1848 avisó a la Cámara, con un discurso de tono profético, de lo que estaba a punto de ocurrir. Aunque despreciaba los movimientos de masas, no volvió a sentir por la caída del rey Luis Felipe la tristeza que le hizo llorar cuando vio salir a Carlos X. En cuanto se proclamó la República, empezó a trabajar para evitar la deriva socialista del nuevo régimen, lo que le llevó a posiciones moderadas y burguesas, como no podía ser menos. Comprendió, como Marx, que la división política se convertiría a partir de ahí en una ruptura social entre los propietarios y los que no poseen nada. Pero, a diferencia de Marx, Tocqueville sabía que al otro lado del Atlántico la democracia norteamericana también había salvado este abismo por el que se iban a despeñar la política y la sociedad europeas durante siglo y medio.

En ese momento culminó su carrera política, siendo nombrado ministro de Asuntos Exteriores. Su gestión no estuvo a la altura de su trayectoria intelectual. Aspiró a solucionar la crisis de los Estados Pontificios instaurando un régimen constitucional que hubiera reconciliado a la Iglesia con las libertades. No lo consiguió, y el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, el famoso 18 de Brumario de Luis Bonaparte, lo expulsó para siempre de la acción política.


En 1840 había publicado la segunda parte de La democracia en América, lo que se llama la “segunda Democracia”. La primera, como sabemos, fue un éxito mundial. En español conoció más ediciones que en ninguna otra lengua, excepto en inglés. Hasta seis traducciones hubo al español en el siglo XIX, dos publicadas en Paris, dos en Madrid y otras dos en Hispanoamérica. Los españoles y los latinoamericanos estaban interesados por el asunto. Una vez más, se comprueba que nunca dieron la espalda a las novedades importantes de la cultura occidental.

La segunda no obtuvo el mismo éxito. Lo que iba a ser una continuación se convirtió en una reflexión más abstracta, más moralista y más pesimista también, acerca de los peligros de la democracia: la falta de grandeza y de virtud, la mediocridad, en el fondo la corrupción general propiciada por una desmovilización del espíritu público, fruto de la inhibición egoísta a que empuja la sola ambición del beneficio personal. La democracia, advertía Tocqueville, se convertía con facilidad en una abominación absolutista si caía en manos de un Estado sin escrúpulos: “Un poder inmenso y tutelar, absoluto, regular, previsor y suave”.

El equilibrio entre razón y creencia religiosa, entre libertad individual y orden colectivo que tan bien describía la primera Democracia, se había empezado a desmoronar. Las sociedades democráticas como Estados Unidos no ofrecían ya la solución que una vez pareció posible para el problema de las sociedades aristocráticas, como Francia o, en general, las europeas.

Una vez establecido el diagnóstico, vendrá el estudio de las causas de este fracaso. Ese será el tema de la última obra de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución, publicado en 1856, pocos meses antes que las Flores del mal y tres años antes de la muerte del autor, ocurrida en 1859.

El Antiguo Régimen y la Revolución hizo de Tocqueville el primer revisionista de la historia. La Revolución Francesa había sido considerada hasta ahí, por unanimidad, como un corte histórico, un momento de crisis que cerraba la era de la monarquía absoluta y abría, aunque fuera accidentadamente, el reinado moderno de la libertad y la democracia. Tocqueville dio la vuelta a esta interpretación. Para él, la Revolución Francesa continúa la tendencia a la centralización del poder político iniciada mucho antes, bajo la monarquía absoluta. La Revolución Francesa acaba el trabajo de demolición de los cuerpos intermedios, la aristocracia, las asociaciones voluntarias, la iglesia. Para terminar, acaba también con la institución que había sido hasta ahí su promotora, la Monarquía. Lo que parecía una explosión de vitalidad que encaminaba a la humanidad hacia nuevos espacios de libertad era en realidad la perpetuación de un movimiento mucho más antiguo, que derivaba, gracias a una centralización cada vez más perfecta, hacia formas de despotismo desconocidas hasta entonces.

A partir de ahí los europeos vivirán como alquilados, gente que ha dejado la responsabilidad de su vida en manos del Gobierno. Los norteamericanos, en cambio, se le aparecen como propietarios, siempre pendientes de conservar y mejorar lo que es suyo, a lo que no están dispuestos a renunciar de ninguna manera. La verdadera aristocracia, el gran tema de Tocqueville según el historiador François Furet, se había mudado al otro lado del Atlántico.

Tocqueville no ahorra las críticas a su propia clase. Al contrario de lo ocurrido en Inglaterra, la aristocracia francesa no había sabido abrirse a la burguesía, a la nueva aristocracia de las finanzas, el comercio o la agricultura. De ahí la diferencia entre la revolución inglesa y la francesa, un siglo después. Los norteamericanos, por su parte, habiendo nacido libres, han sido capaces de preservar todos los cuerpos intermedios sin los cuales la libertad no puede subsistir. En cambio, los países europeos, en particular Francia, se encontraban sumidos en una pulsión revolucionaria interminable que se inició el año 1789 y continuaba siempre, como si tuviera vida propia. A falta de religión, de tradiciones de autonomía, de asociaciones voluntarias, no había forma de fundar establemente un régimen que preservara al mismo tiempo la igualdad y la libertad. Ése, y no el norteamericano o el inglés, ha sido desde entonces el modelo de revolución que se propagó en Europa. Y es ese modelo el que ha impedido desde entonces, una y otra vez, la libertad.

Aquello a lo que en Estados Unidos se había llegado espontáneamente, de una sola vez, resultaba algo imposible para los que se habían quedado en los países europeos. Tocqueville, que tan bien había comprendido lo que en el fondo era la realización de un sueño europeo, trató en su última obra de explicar por qué los propios europeos no lo podían cumplir; por qué no lograban ser naturalmente libres, como se es cuando se cruza el Atlántico, como Tocqueville había hecho de joven, habiendo entonces conocido, aunque fuera por unos pocos meses, el dulce sabor de la libertad.

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