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Ludwig von Mises: defensor del capitalismo

Por George Reisman
Traducido por Mariano Bas Uribe

Original publicado el 29 de septiembre de 2006

Hoy, 29 de septiembre de 2006, es el ciento veinticinco aniversario del nacimiento de Ludwig von Mises, economista y filósofo social, que falleció en 1973. Mises fue mi maestro y mentor y la fuente de inspiración de la mayoría de todo lo que sé y considero importante y valioso en estos campos, de lo que me permite entender las cosas que pasan en el mundo en que vivimos. Quiero aprovechar esta oportunidad para rendirle tributo, pues creo que merece ocupar un lugar principal en la historia intelectual de los tiempos modernos.

Mises es importante porque sus enseñanzas son necesarias para preservar la civilización material. Como demostró, la base de la civilización material es la división del trabajo. Sin la mayor productividad del trabajo que posibilita su división, la inmensa mayoría de la humanidad sencillamente moriría de hambre. Sin embargo, la existencia y el funcionamiento exitoso de la división del trabajo depende esencialmente de las instituciones de una sociedad capitalista, esto es, de un gobierno limitado y libertad económica, propiedad privada de la tierra y las demás cosas, comercio y dinero, ahorro e inversión, desigualdad y competencia económica y la existencia de beneficios, instituciones atacadas por todos lados durante varias generaciones.

Cuando Mises apareció en escena, el marxismo y las demás sectas socialistas disfrutaban de un virtual monopolio intelectual. Los principales defectos e inconsistencias en los escritos de Smith y Ricardo y sus seguidores permitieron a los socialistas considerar a la economía clásica como su aliado real. Los trabajos de Jevons y los primeros economistas "austriacos" (Menger y Böhm-Bawerk) eran insuficientemente completos como para ofrecer una respuesta efectiva a los socialistas. Bastiat trató de ofrecer una, pero murió demasiado pronto y probablemente no tuvo la necesaria profundidad teórica en cualquier caso.

Así que, cuando apareció Mises, no había virtualmente ninguna oposición sistemática al socialismo o defensa del capitalismo. Literalmente, las murallas intelectuales de la civilización estaban indefensas. Lo que Mises asumió, y resume la esencia de su grandeza, fue construir una defensa intelectual del capitalismo y por tanto de la civilización.

El principal argumento de los socialistas era que las instituciones del capitalismo servían sólo a los intereses de un puñado de duros "explotadores" y "monopolistas" y actuaban contra los intereses de la gran mayoría de la humanidad, a la que serviría el socialismo. Mientras que la única respuesta que otros podían dar era idear planes para quitar algo menos de la riqueza capitalista de lo que los socialistas demandaban o reclamar que de todas formas los derechos de propiedad debían respetarse a pesar de su incompatibilidad con el bienestar de la mayoría, Mises cuestionaba el supuesto básico para todos. Demostró que el capitalismo opera a favor de los intereses propios materiales de todos, incluyendo los no capitalistas (los llamados proletarios). En una sociedad capitalista, demostró Mises, los medios de producción de propiedad privada sirven al mercado. Los beneficiarios físicos de las fábricas y talleres son todos los que compran sus productos. Y junto con el incentivo de ganancia y pérdida y la libre competencia que implica, la existencia de la propiedad privada asegura una oferta siempre creciente de productos para todos.

Así, Mises demostró que eran un sinsentido clichés como que "la pobreza genera comunismo". No es la pobreza, explicaba, sino la pobreza unida a la creencia errónea de que el comunismo es la cura para la pobreza, lo que genera comunismo. Demostró que si los equivocados revolucionarios de los países subdesarrollados y barrios empobrecidos entendieran de economía, cualquier deseo que tuvieran de luchar contra la pobreza les haría defensores del capitalismo.

Mises demostró en su contribución más original al pensamiento económico, que el socialismo no sólo destruye el incentivo de la pérdida y la ganancia y la libre competencia al tiempo que la propiedad privada de los medios de producción, sino que hace imposible el cálculo, la coordinación y la planificación económicas y por tanto genera caos. Como el socialismo implica la abolición del sistema de precios y de la división intelectual del trabajo, implica la concentración y centralización de todas las tomas de decisiones en manos de un agente: el órgano planificador central o el dictador supremo.

Aún así la planificación de un sistema económico está más allá de cualquier conocimiento: el número, variedad y localizaciones de los distintos factores de producción, las distintas posibilidades tecnológicas abiertas y las distintas permutaciones y combinaciones posibles de lo que podría producirse están con mucho fuera del alcance de la comprensión del mayor de los genios. Mises demostró que la planificación económica requiere la cooperación de todos los que participan en el sistema económico. Sólo puede existir en el capitalismo, donde cada día los empresarios planifican a partir de cálculos de pérdidas y ganancias, los trabajadores a partir de los salarios y los consumidores a partir de los precios de los bienes de consumo.

Las contribuciones de Mises al debate entre capitalismo y socialismo (el asunto principal de los tiempos modernos) son aplastantes. Antes de sus trabajos, la gente no apreciaba que el capitalismo sí tiene planificación económica. Aceptaban sin crítica en dogma marxista de que el capitalismo es una anarquía de producción y el socialismo representa la planificación económica racional. La gente estaba (y sigue estando en su mayoría) en la posición del Jourdan de Moliere, que no se daba cuenta de que llevaba toda la vida hablando en prosa. Pues, al vivir en una sociedad capitalista, la gente está literalmente rodeada de planificación económica y aún así no se dan cuenta de que existe.

Todos los días hay incontables empresarios que planifican expandir o contraer sus empresas, que planifican lanzar nuevos productos o abandonar los viejos, que planifican abrir nuevas sucursales o cerrar algunas de las existentes, que planifican cambiar sus métodos de producción o continuar con los presentes, que planifican contratar a más trabajadores o dejar ir a algunos de los actuales. Y cada día hay incontables trabajadores que planifican mejorar sus capacidades, cambiar sus trabajos o lugares de empleo o dejar las cosas como están, y hay consumidores que planifican comprar casas, coches, estéreos, carne o hamburguesas y cómo emplear los bienes que ya poseen (por ejemplo, yendo a trabajar en coche o en transporte público).

Aún así la gente niega el nombre de planificación a toda esta actividad y los reserva para los débiles esfuerzos de un puñado de funcionarios, que, habiendo prohibido la planificación de todos los demás, pretende que su conocimiento e inteligencia puede sustituir a los de decenas y cientos de millones de personas. Mises identificó la existencia de planificación bajo el capitalismo, el hecho de que se basa en los precios ("cálculos económicos") y el hecho de que el precio sirve para coordinar y armonizar las actividades de los millones de planificadores independientes.

Demostró que cada individuo, al verse afectado por la percepción de beneficios o ingresos y limitado en sus gastos, se ve obligado a ajustar sus planes particulares a los de otros.

Por ejemplo, el universitario que decide ser contable en lugar de artista, al valorar los mayores ingresos que puede percibir como contable, cambia su plan de carrera en respuesta a los planes de otros de adquirir servicios de contabilidad en lugar de pinturas. El individuo que decide que una vivienda en un barrio en particular es demasiado cara y por tanto renuncia a su plan de vivir allí, se ve afectado igualmente por un proceso de ajuste de sus planes a los de otros, pues lo que hace tan cara a la vivienda son los planes de los demás de comprarla, al querer y poder pagar más por ella. Y sobre todo, como demostró Mises, cada negocio al buscar obtener ganancias y evitar pérdidas, se ve obligado a planificar sus actividades de una manera que no sólo sirva a los planes de sus consumidores, sino que tenga además en cuenta los planes de todos los demás usuarios de los mismo factores de producción dentro del sistema económico.

Así pues, Mises demostró que el capitalismo es un sistema económico planificado racionalmente a través de los esfuerzos combinados e interesados de todos los que participan en él. Demostró que el fracaso del socialismo se produce por el hecho de que no representa una planificación económica, sino la destrucción de la planificación económica, que sólo existe bajo el capitalismo y el sistema de precios.

Mises no era ante todo un anti-socialista. Era un pro-capitalista. Su oposición al socialismo y a todas las formas de intervención gubernamental proviene de su apoyo al capitalismo y su consecuente amor por la libertad individual y la convicción de que los intereses propios de la gente son armoniosos (de hecho, la ganancia de alguien en el capitalismo no sólo no es la pérdida de otro, sino que realmente es la ganancia de otros). Mises fue un constante defensor del hombre hecho a sí mismo, del pionero intelectual y empresarial, cuyas actividades son la fuente de progreso para toda la humanidad y que, como demostró, sólo pueden florecer bajo el capitalismo.

Mises demostró que la competencia bajo el capitalismo es de un carácter completamente distinta de la competencia en el reino animal. No es una competencia por los medios de subsistencia escasos que provee la naturaleza, sino una competencia por la creación positiva de nueva riqueza adicional, con la que todos ganan. Por ejemplo, el efecto de la competencia entre granjeros que utilizaban caballos y granjeros que utilizaban tractores no fue que el primer grupo muriera de hambre, sino que todos tuvieron más comida y a la vez más ingresos disponibles para comprar mayores cantidades de otros bienes. Esto fue cierto incluso para los granjeros que "perdieron" la competición, ya que se reubicaron en otras áreas del sistema económico, que pudieron así expandirse precisamente en virtud de las mejoras agrícolas. Igualmente, el efecto de que el automóvil suplantara al caballo y el carro fue beneficiar incluso a los antiguos criadores de caballos y herreros una vez que se produjeron la reubicaciones necesarias.

En un importante estudio de la Ley de Ventajas Comparativas de Ricardo, Mises demostró que hay espacio para todos en a competencia capitalista, incluso para quienes tienen las habilidades más modestas. Esa gente sólo necesita concentrarse en las áreas en las que su relativa inferioridad productiva sea menor. Por ejemplo, un hombre que no sea capaz de ser más que empleado de limpieza no debe temer la competencia del resto de la sociedad, aunque casi la totalidad de sus miembros podrían limpiar mejor que él, si quisieran dedicarse a eso. Pues independientemente de lo buenos empleados de limpieza que puedan ser los demás, su ventaja en otros empleos sería aún mayor. Y mientras que la persona con habilidad limitada quiera trabajar por menos como empleado de limpieza que lo que otros puedan ganar en otros empleos, no tiene de qué preocuparse respecto de la competencia. De hecho, les supera como empleado de limpieza al ser capaz de aceptar un salario menor que ellos. Mises demostró que también en este caso prevalece la armonía de intereses, pues la existencia del empleado de limpieza permite a gente con más talento dedicar su tiempo a tareas más exigentes, al tiempo que su existencia le permite a aquél obtener bienes y servicios que de otra manera de sería del todo imposible obtener.

Basándose en estos hechos, Mises argumentaba contra la posibilidad de conflictos innatos de intereses entre razas y naciones, así como entre individuos. Pues incluso si algunas razas o naciones fueran superiores (o inferiores) a otras en todos los aspectos de su capacidad productiva, la cooperación mutua de la división del trabajo seguiría siendo ventajosa para todos. Por tanto, demostró que todas las doctrinas que alegan conflictos innatos se basan en una ignorancia de la economía.

Argumentó con una lógica incuestionable que las causas de la guerra son resultado de la interferencia gubernamental, en forma de barreras comerciales y migratorias, y que esa interferencia al restringir las relaciones económicas exteriores es producto de otra interferencia gubernamental que restringe la actividad económica doméstica. Por ejemplo, los aranceles se hacen necesarios como medio de prevenir el desempleo sólo por la existencia de leyes de salario mínimo y legislación a favor de los sindicatos, que evita que la masa laboral local afronte la competencia extranjera mediante la aceptación de salarios inferiores cuando sea necesario. Demostró que la base de la paz mundial es una política de laissez-faire, tanto nacional como internacional.

En respuesta a la maliciosa y muy difundida acusación de los marxistas de que el nazismo era una expresión del capitalismo, demostró, además de todo lo anterior, que el nazismo era realmente una forma de socialismo. Cualquier sistema caracterizado por controles de precios y salarios y por tanto por las restricciones y el control gubernamental de la producción y la distribución, como era el nazismo, es un sistema que en el que el gobierno es, de facto, el propietario de los medios de producción. Pues en esas circunstancias el gobierno decide, no sólo los precios y salarios marcados y pagados, sino asimismo lo que hay que producir, en qué cantidad, por qué métodos y dónde tiene que enviarse. Todas estas son prerrogativas de la propiedad. Esta identificación del "socialismo al estilo alemán", como lo llamaba, es un inmenso valor para entender la naturaleza de todas las demandas de control de precios.

Mises demostró que todas las acusaciones hechas contra el capitalismo o eran completamente infundadas o deberían dirigirse contra la intervención gubernamental, que destruye los frutos del capitalismo. Estuvo entre los primeros en apuntar que la pobreza de los primeros años de la Revolución Industrial era herencia de la historia previa (que existió porque la productividad del trabajo era aún lamentablemente baja, porque los científicos, inventores, empresarios, ahorradores e inversores sólo podían ir paso a paso creando los avances y acumulando el capital necesario para obtenerlos). Demostró que todas las políticas de la llamada legislación laboral y social eran en realidad contrarias a los intereses de las masas de trabajadores a las que pretendía ayudar (que su efecto era generar desempleo, retrasar la acumulación de capital y por tanto rebajar la productividad del trabajo y el nivel de vida de todos).

Dentro de una importante contribución original al pensamiento económico, demostró que las depresiones eran consecuencia de la políticas de expansión crediticia patrocinadas por los gobiernos pensadas para rebajar los tipos de interés del mercado. Demostró que esas políticas creaban malas inversiones a gran escala, que privaban de capital líquido al sistema económico y llevaban a contracciones del crédito y de ahí a las depresiones. Mises era un destacado defensor del patrón oro y del laissez-faire en la banca, que, según creía, llevaría virtualmente a un patrón de reserva de oro al 100% y haría así imposible tanto la inflación como la deflación.

Lo que he escrito acerca de Mises sólo ofrece una mínima indicación del contenido intelectual que puede encontrarse en sus escritos. Escribió aproximadamente veinte libros. Y me atrevo a decir que no recuerdo haber leído un solo párrafo en ninguno de ellos que no contuviera uno o más profundos pensamientos u observaciones. Incluso cuando me he encontrado en desacuerdo con él (por ejemplo, en su opinión de que pueden existir monopolios en el capitalismo, su defensa del servicio militar y ciertos aspectos de sus opiniones sobre epistemología, la naturaleza de los juicios de valor y el punto de partida apropiado para la economía), siempre he encontrado que lo que tiene que decir resulta extraordinariamente valioso y un poderoso estímulo para mi propio pensamiento. Creo que nadie puede afirmar que sea completamente culto si no ha asimilado una buena parte del inmenso conocimiento presente en sus obras.

Los dos libros más importantes de Mises son La acción humana y Socialismo, que son los que mejor representan la amplitud y profundidad de su pensamiento. Sin embargo, no son para legos. Deberían venir precedidos por algunos de los trabajos populares de Mises, como Burocracia y Planificando para la libertad.

Teoría del dinero y el crédito, Teoría e historia, Problemas epistemológicos de la economía y Bases definitivas de la ciencia económica son trabajos más especializados que probablemente sólo deberían leerse después de La acción humana. Otros escritos populares de Mises incluyen El gobierno omnipotente, La mentalidad anticapitalista, Liberalismo, Crítica del intervencionismo, Política económica y Las bases históricas de la Escuela Austriaca de Economía. Cualquiera interesado seriamente en la economía, la filosofía social o la historia moderna, debería considerar toda la lista como de lectura obligada.

Mises debe ser juzgado no sólo como una pensador extraordinariamente brillante, sino asimismo como un ser humano extraordinariamente valiente. Mantuvo la verdad de sus convicciones por encima de todo y estuvo dispuesto a quedarse solo en su defensa. No le preocuparon ni la fama, ni la posición personal, la las ganancias financieras, si le suponían obtenerlas sacrificando sus principios. Toda su vida fue rechazado e ignorado por el establishment intelectual, a causa de la veracidad de sus opiniones y la sinceridad y poder con los que hacía trizas las falacias y mentiras con que desarrollaban sus carreras profesionales la mayoría de los intelectuales de entonces, y de ahora.

Tuve el gran privilegio de tratar a Mises personalmente durante un periodo de veinte años. Le conocí cuando yo tenía dieciséis años. Al apreciar la seriedad de mi interés por la economía, me invitó a acudir a su seminario de postgrado en la Universidad de Nueva York, lo que hice casi todas las semanas desde entonces durante los siguientes siete años, abandonándolo sólo cuando el inicio de mi propia carrera como profesor me hizo imposible continuar asistiendo de forma regular.

Su seminario, igual que sus escritos, se caracterizaba por el máximo nivel de erudición y siempre por el más profundo respeto por las ideas. A Mises nunca le preocupó el carácter o la motivación personal de un autor, sino sólo la cuestión de si sus ideas eran verdaderas o falsas. De la misma manera, sus modales personales eran en todo momento respetuosos, formales y una fuente de amable aliento. Procuraba constantemente sacar los mejor de sus estudiantes. Esto, combinado con su insistencia en la importancia de conocer otras lenguas, me llevó en mi caso a emplear parte de mi tiempo en la universidad a aprender alemán y posteriormente a asumir la traducción de sus Problemas epistemológicos de la economía (algo que ha sido siempre uno de los logros de los que me siento más orgulloso).

Hoy día, las ideas de Mises por fin parecen ir ganando en influencia. Sus enseñanzas acerca de la naturaleza del socialismo se han visto confirmadas de la forma más espectacular posible, es decir, por el colapso de la antigua Unión Soviética y la conversión esencial de la China Continental, Rusia y el resto del imperio soviético al capitalismo.

Algunas de las ideas de Mises se han visto impulsadas por los premios Nobel F. A. Hayek (él mismo un antiguo alumno de Mises) y Milton Friedman. Sus ideas inspiraron el "milagro" de la recuperación económica alemana después de la Segunda Guerra Mundial. Han ejercido una importante influencia en los escritos de Henry Hazlitt, Murray Rothbard y los miembros de la Fundación para la Educación Económica (Foundation for Economic Education), así como alumnos suyos tan eminentes como Hans Sennholz e Israel Kirzner. Siguen vivas con un poder e influencia en incremento en el trabajo diario del Instituto Ludwig von Mises, que publica libros y revistas y realizan conferencias, seminarios y clases sobre sus ideas.

Los trabajos de Mises merecerían ser de lectura obligatoria en cualquier currículo universitario, no sólo en las facultades de economía, sino asimismo en las facultades de filosofía, historia, administración, derecho, empresariales, periodismo, pedagogía y humanidades. A él mismo debería otorgársele inmediatamente un premio Nobel póstumo (de hecho, más de uno). Merece recibir cualquier muestra de reconocimiento y recuerdo que nuestra sociedad pueda otorgar. Pues, más que nadie en la historia, trabajó por preservarla. Si se leyera suficientemente, sus trabajos podrían acabar consiguiendo salvarla.

© 2006, de George Reisman para este artículo. Se autoriza la reproducción y distribución electrónica e impresa, salvo como parte de un libro, y con la obligación de mencionar la web del autor, www.capitalism.net. (Se requiere notificación por correo electrónico al autor). Todos los demás derechos reservados.

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