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Contra la propiedad intelectual

Por Stephan Kinsella
Traducido por Mariano Bas Uribe

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Perspectivas libertarias sobre propiedad intelectual

Las opciones

Las opiniones libertarias sobre la propiedad intelectual comprenden desde el completo apoyo a la protección más estricta imaginable a la oposición total a estos derechos. La mayor parte del debate se refiere a las patentes y derechos de autor; como se refleja a continuación, las marcas registradas y los secretos industriales son menos problemáticos. Así pues, este artículo se centra principalmente en la legitimidad de los derechos de autor y patentes.

Los argumentos a favor de la propiedad intelectual pueden dividirse en iusnaturalistas y utilitaristas. Los libertarios partidarios de la propiedad industrial tienden a adoptar la primera justificación.[1] Por ejemplo, entre los libertarios iusnaturalistas, o al menos no explícitamente utilitaristas, partidarios de la propiedad intelectual se incluyen en mayor o menor medida a Galambos, Schulman y Rand.[2] Entre los precursores de los libertarios modernos tanto Spooner como Spencer apoyan la propiedad intelectual basándose en principios morales y de derecho natural.[3]

De acuerdo con la visión iusnaturalista de la propiedad intelectual de algunos libertarios, las creaciones de la mente son tan dignas de protección como lo es la propiedad tangible. Ambas son producto del trabajo y la mente de uno. Puesto que cada uno es propietario de su propio trabajo, se tiene

Un derecho natural a los frutos del trabajo propio. Bajo este punto de vista, igual que uno tiene derecho cosechar lo que planta, también tiene derecho a las ideas que genera y las artes que produce.[4]

Esta teoría se basa en la noción de cada uno es propietario de su propio cuerpo y trabajo y, por tanto de sus frutos, incluyendo las “creaciones” intelectuales. Un individuo crea un soneto, una canción, una escultura, utilizando su propio cuerpo y trabajo. Por tanto tiene derecho a ser “propietario” de esas creaciones, porque son consecuencia de otras cosas de las que es “propietario”.

También hay argumentos utilitarios a favor de la propiedad intelectual. El Juez Federal Richard Posner es un notorio utilitarista (aunque no libertario) partidario de la propiedad intelectual.[5] Entre los libertarios, el anarquista David Friedman analiza y parece apoyar la propiedad intelectual sobre bases “legales y económicas”,[6] una estructura institucional utilitarista. El argumento utilitarista presupone que debemos elegir leyes y normas que maximicen la “riqueza” o la “utilidad”. En lo que se refiere a los derechos de autor y patentes, la idea es que una mayor “innovación” artística o inventiva se corresponde con, o nos lleva a, mayor riqueza. Los bienes públicos y los efectos de “gorrón” (free-rider) reducen esa cantidad de riqueza por debajo de su nivel óptimo, es decir, a un nivel inferior del que podríamos conseguir si hubiera leyes adecuadas de propiedad intelectual sobre los libros. Por tanto, la riqueza se optimiza, o al menos se incrementa, otorgando monopolios sobre derechos de autor y patentes que incentiven a autores e inventores a innovar y crear.[7]

Por otro lado, hay una larga tradición de oposición a los derechos de autor y patentes. Los opositores modernos incluyen a Rothbard, McElroy, Palmer, Lepage, Bouckaert y yo mismo.[8] Asimismo Benjamin Tucker se opuso vigorosamente a la propiedad intelectual en debate en el periódico individual-anarquista del siglo diecinueve Liberty.[9] Estos comentaristas apuntaron los muchos problemas que presentan los argumentos convencionales de utilitaristas y iusnaturalistas para justificar los derechos de propiedad intelectual. Estos argumentos y otros problemas de los argumentos habituales a favor de los derechos de propiedad se examinan a continuación.

Defensas utilitarias de la propiedad intelectual

Los partidarios de la propiedad intelectual la justifican a menudo desde una perspectiva utilitaria. Los utilitaristas sostienen que el “fin” de favorecer más innovación y creatividad, justifica los aparentemente inmorales “medios” de restringir la libertad de los individuos para usar su propiedad física como les plazca. Pero hay tres problemas fundamentales en justificar cualquier ley o derecho a partir de bases estrictamente utilitarias.

En primer lugar, supongamos que la riqueza o utilidad puede maximizarse adoptando ciertas reglas legales: el “tamaño de la tarta” se incrementaría. Incluso así, esto no demuestra que estas reglas estén justificadas. Por ejemplo, puede argumentarse que la utilidad neta mejoraría si se redistribuyera la mitad de la riqueza del uno por ciento más rico de la sociedad al diez por ciento más pobre. Pero incluso si el robo de la propiedad de A y dárselo a B incrementara el bienestar de B “más” de lo que disminuiría el de A (si pudiera hacerse esta comparación de alguna manera), esto no implicaría estuviera justificado que el robo de la propiedad de A. La maximización del bienestar no es el objetivo de la ley, sino la justicia: dar a cada uno lo suyo.[10] Incluso si la riqueza global se incrementara debido a las leyes de propiedad intelectual, esto no implicaría que el supuestamente deseable resultado justificara la inmoral violación de ciertos derechos individuales al uso de su propiedad como les parezca.

Además de los problemas éticos, el utilitarismo no es coherente. Implica necesariamente realizar comparaciones de utilidad interpersonales ilegítimas, como cuando los “costes” de las leyes de propiedad intelectual se restan de los “beneficios” para determinar si esas leyes ofrecen un beneficio neto.[11] Pero no todos los valores tienen un precio de mercado; de hecho, ninguno lo tiene. Mises demostró que incluso para bienes que tienen un precio de mercado, el precio no sirve como medición del valor del bien.[12]

Por fin, aunque dejemos de lado los problemas relacionados con las comparaciones sobre utilidades interpersonales y la justicia de la redistribución y sigamos adelante utilizando técnicas de de medición utilitarias estándar, no está claro en absoluto que las leyes de propiedad intelectual produzcan cambio alguno (positivo o negativo) en la riqueza general.[13] Se puede debatir si los derechos de autor y las patentes son realmente necesarios para incentivar la producción de trabajos creativos e invenciones o si las ganancias incrementales en innovación superan los inmensos costes de un sistema de propiedad intelectual. Los estudios econométricos no demuestran concluyentemente ganancias netas en riqueza. Quizá hubiera incluso más innovación si no hubiera leyes de patentes, quizá hubiera más dinero disponible para Investigación y Desarrollo (I+D) si no se tuviera que gastar en patentes y reclamaciones. Es posible que las empresas tuvieran un incentivo aún mayor para innovar si no pudieran confiar en un monopolio de casi veinte años.[14]

Sin duda el sistema de patentes tiene costes. Tal y como se indicó, las patentes sólo pueden obtenerse para aplicaciones “prácticas” de ideas, no para ideas más abstractas o teóricas. Esto desvía recursos del I+D teórico.[15] No está claro que la sociedad sea mejor con relativamente más invenciones prácticas y relativamente menos investigación y desarrollo teóricos. Además, muchas invenciones se patentan por razones defensivas, lo que ocasiona gastos en abogados y tasas en las oficinas de patentes. Si no hubiera leyes de patentes, por ejemplo, las compañías no gastarían dinero en obtener o defenderse ante patentes ridículas como las que aparecen en el apéndice. Simplemente, no se ha demostrado que la propiedad intelectual lleve a ganancias netas en riqueza. ¿No tenían la carga de la prueba los partidarios del uso de la fuerza contra la propiedad de otros?

Debemos recordar que cuando alguien es partidario de ciertas leyes y derechos y se preocupan por su legitimidad, se preguntan sobre la legitimidad y ética del uso de la fuerza. Preguntarse si una ley debe dictarse o existir es preguntarse: ¿es adecuado emplear la fuerza contra ciertas personas en ciertas circunstancias? No sorprende que esta pregunta en realidad no se aborde en el análisis de la maximización de la riqueza. El análisis utilitarista es perfectamente confuso y quebradizo: hablar sobre el incremento en el tamaño de la tarta resulta metodológicamente incorrecto, no hay evidencia clara de que la tarta aumente con los derechos de propiedad intelectual. Más aún, el crecimiento de la tarta no justificaría el uso de la fuerza contra la de otra forma legítima propiedad de otros. Por estas razones, los argumentos utilitaristas a favor de la propiedad intelectual no son convincentes.

Algunos problemas de los derechos naturales

Otros libertarios partidarios de la propiedad intelectual argumentan que ciertas ideas merecen protección como derechos de propiedad porque son creaciones. Rand apoyaba las patentes y derechos de autor como “la expresión legal de lo básico de todos los derechos de propiedad: el derecho del hombre al producto de su mente.”[16] Para Rand, los derechos de propiedad intelectual son de alguna forma, la remuneración del trabajo productivo. Sencillamente, es justo que un creador participe en los beneficios de que otros utilicen su creación. Por esta razón, en parte, se opone a las patentes y derechos de autor perpetuos, puesto que los herederos futuros y no nacidos del creador original no son los responsables mismos de la creación de los trabajos de sus antepasados.

Un problema con la opinión basado en la creación es que casi invariablemente sólo protege ciertos tipos de creaciones, salvo que, por supuesto, cada idea útil individual estuviera sujeta a propiedad (ver más abajo). Pero la distinción ente protegible y no protegible es necesariamente arbitraria. Por ejemplo, las verdades filosóficas, matemáticas o científicas no pueden protegerse bajo la ley actual, ya que el intercambio comercial y social se vería entorpecido en cada caso en que una nueva frase, verdad filosófica o similar fuera considerada de propiedad exclusive de su creador. Por esta razón, solamente pueden obtenerse patentes para las llamadas “aplicaciones prácticas” de ideas, pero no para ideas más abstractas o teóricas. Rand se muestra de acuerdo con este tratamiento dispar, intentando distinguir entre un descubrimiento, no patentable, y una invención, patentable. Argumenta que “un descubrimiento científico o filosófico que identifique una ley de la naturaleza, un principio o un hecho de la realidad no conocido previamente” no es una creación del descubridor.

Pero la distinción entre creación y descubrimiento no es evidente ni rigurosa.[17] Tampoco está claro por qué esa distinción, si fuera clara, sería éticamente relevante al definir los derechos de propiedad. Nadie crea materia, solamente la manipula y la moldea de acuerdo con leyes física. En este sentido, en realidad nadie crea nada. Simplemente reordena la materia en nuevas estructuras y modelos. Un ingeniero que invente un nuevo modelo de ratonera ha reordenado partes existentes para ofrecer una función que antes no se llevaba a cabo. Otros que aprendan de esta disposición pueden igualmente fabricar una ratonera mejorada. Aún así, la ratonera simplemente sigue las leyes de la naturaleza. El inventor no inventa la materia de la que está hecha la ratonera, ni los hechos y las leyes aprovechadas para hacerla funcionar.

Igualmente, el “descubrimiento” por parte de Einstein de la relación E=mc2, una vez conocido por otros, les permite manipular la materia de una forma más eficiente. Sin los esfuerzos de Einstein, o del inventor, otros hubieran seguido ignorando ciertas leyes causales, ciertas formas en que puede manipularse y utilizarse la materia. Tanto el inventor como el científico teórico realizan un esfuerzo mental creativo para producir nuevas ideas útiles. Pero uno recibe recompensa y el otro no. En un caso reciente, el inventor de una nueva forma de calcular un número que represente el camino más corto entre dos puntos (una técnica enormemente útil) no recibió la protección de patente porque se consideró que esto era “simplemente” un algoritmo matemático.[18] Pero resulta arbitrario e injusto recompensar más a los inventores prácticos y artistas, por ejemplo, a ingenieros y compositores, y dejar sin recompensa a los científicos teóricos, matemáticos y filósofos. La distinción es por sí misma vaga, arbitraria e injusta.

Más aún, adoptar un límite temporal para los derechos de propiedad intelectual, en lugar de un derecho perpetuo, también implica normas arbitrarias. Por ejemplo, las patentes duran veinte años desde que se otorgan, mientras que los derechos de autor duran, en caso de autores individuales, setenta años a partir de la muerte del autor. Nadie puede afirmar seriamente que diecinueve años para una patente sea un plazo demasiado corto y veintiuno demasiado largo, más de lo que podría afirmar que el precio actual de la gasolina o la leche pueda ser calificado objetivamente como demasiado alto o bajo.

Por tanto, uno de los problemas de la perspectiva del derecho natural para justificar la propiedad intelectual es que implica necesariamente distinciones arbitrarias en relación con qué clases de creaciones merecen protección y en lo que se refiere a la duración de esa protección.

Por supuesto, una forma de evitar esta dificultad es afirmar que todo es protegible por Propiedad Intelectual, con plazos perpetuos (infinitos). Por ejemplo, Spooner[19] es partidario de derechos perpetuos para patentes y derechos de autor. Schulman propone un concepto mucho más amplio de creaciones o ideas protegibles mediante propiedad intelectual. Propone derechos de propiedad a los que llama “derechos sobre logos” (logorights) sobre los logos que se creen. Los logos serían la “identidad material” o modelos de identidad de cosas creadas. El propietario de un logos sería propietario de los órdenes o modelos de información impuesto u observados en aspectos materiales.

El proponente más radical acerca de la propiedad intelectual es Andrew Joseph Galambos, cuyas ideas, hasta donde puedo entender, bordean el absurdo.[20] Galambos creía que el hombre tenía derechos de propiedad sobre su propia vida (propiedad primordial) y en “todas las derivaciones no procreativas de su vida.”[21] Puesto que el “primer derivado” de la vida de un hombre son sus pensamientos e ideas, los pensamientos e ideas resultan ser “propiedad primaria”. Puesto que la acción se basa en la propiedad primaria (ideas), también se tiene propiedad sobre las acciones; a ésta se llama “libertad”. Los derivados secundarios como terrenos, televisores y otros bienes tangibles se producen mediante ideas y acciones. Por tanto los derechos de propiedad sobre cosas tangibles se relegan a un estatus secundario más bajo en comparación con el estatus “primario” de los derechos de propiedad sobre ideas. (Incluso Rand elevó una vez a las patente por encima de los simples derechos sobre bienes tangibles, en su extravagante noción de que “las patentes son el corazón y centro de los derechos de propiedad.”[22] ¿Podemos de verdad creer que no se respetaban los derechos de propiedad antes de 1800, cuando se sistematizaron los derechos de patente?)

Aparentemente, Galambos llevó sus ideas a extremos ridículos, afirmando un derecho de propiedad sobre sus propias ideas y reclamando a sus estudiantes que no repitieran lo que decía,[23] echando un níquel en una caja común cada vez que utilizaba la palabra “libertad”, como un royalty para los descendientes de Thomas Paine, supuesto “inventor” de la palabra “libertad” (liberty) y cambiando su nombre original de Joseph Andrew Galambos (Jr., supuestamente) a Andrew Joseph Galambos, para evitar infringir los derechos al nombre de de su padre, de igual nombre.[24]

Al ampliar el ámbito de la propiedad intelectual y extender su duración para evitar esas distinciones arbitrarias, como hace Rand, el absurdo y la injusticia que causa la propiedad intelectual resultan aún más pronunciados (como demuestra Galambos). Y extendiendo el plazo de patentes y derechos de propiedad hasta el infinito, las próximas generaciones se verían ahogadas por las crecientes restricciones a su uso de la propiedad. Nadie podría fabricar (ni siquiera usar) una bombilla sin obtener permiso de los herederos de Edison. Nadie podría construir una casa sin permiso de los herederos del primer homínido que salió de las cavernas y construyó una choza. Nadie podría utilizar las diversas técnicas, productos y tratamientos para salvar vidas sin obtener permiso de varios afortunados y ricos descendientes. Nadie podría hervir agua para purificarla o usar encurtidos para conservar alimentos, salvo que obtuvieran licencias para los generadores de estas técnicas (o sus descendientes remotos).

Esos derechos ideales sin límites serían una seria amenaza a los derechos de propiedad tangibles y amenazarían con aplastarlos. Todo uso de propiedad tangible sería entonces imposible, puesto que cualquier uso concebible, cualquier acción, acabaría por infringir uno de los millones de derechos de propiedad intelectual acumulados en el pasado y la raza humana moriría de hambre. Pero, como apuntó Rand, los hombres no son fantasmas: tenemos un aspecto espiritual, pero también físico.[25] Cualquier sistema que eleve los derechos sobre las ideas a un extremo tal que quede por encima de los derechos sobre cosas tangibles resulta claramente un sistema ético inapropiado para seres human que viven y respiran. Nadie puede realmente actuar de acuerdo con una visión de la propiedad intelectual tan falta de restricciones. El resto de los partidarios de la propiedad intelectual detallan su apoyo limitando el ámbito o los plazos de esos derechos, adoptando por tanto las distinciones éticamente arbitrarias que apuntamos más arriba.

Un problema más profundo sobre la posición respecto de los derechos de propiedad reside en su excesivo énfasis en la “creación”, en lugar de en la escasez, como origen de los derechos de propiedad, como se discute a continuación.



[1] Para teorías convencionales sobre propiedad intelectual, ver “Bibliography of General Theories of Intellectual Property,” Encyclopedia of Law and Economics, http://encyclo.findlaw.com/biblio/1600.htm; y Edmund Kitch, “The Nature and Function of the Patent System,” Journal of Law and Economics 20 (1977), p. 265.

[2] Ver Andrew J. Galambos, The Theory of Volition, vol. 1, ed. Peter N. Sisco(San Diego: Universal Scientific Publications, 1999); J. Neil Schulman, “Informational Property: Logorights,” Journal of Social and Biological Structures (1990); and Rand, “Patents and Copyrights.” Otros objetivistas (randianos) que apoyan la propiedad intellectual son George Reisman, Capitalism: A Treatise on Economics (Ottowa, Ill.: Jameson Books, 1996), pp. 388–89; David Kelley, “Response to Kinsella,” IOS Journal 5, nº 2 (Junio 1995), p. 13, en respuesta a N. Stephan Kinsella, “Letter on Intellectual Property Rights,” IOS Journal 5, nº 2 (Junio 1995), pp. 12–13; Murray I. Franck, “Ayn Rand, Intellectual Property Rights, and Human Liberty,” 2 cintas de audio, lecciones del Institute for Objectivist Studies; Laissez-Faire Books (1991); Murray I. Franck, “Intellectual Property Rights: Are Intangibles True Property,” IOS Journal 5, nº 1 (Abril 1995); and Murray I. Franck, “Intellectual and Personality Property,” IOS Journal 5, nº 3 (Septiembre 1995), p. 7, en respuesta a Kinsella, “Letter on Intellectual Property Rights.” Es difícil encontrar discusiones publicadas sobra las ideas de Galambos, aparentemente porque sus propias teorías restringen extravagantemente la capacidad de sus partidarios para divulgarlas. Ver, por ejemplo, Jerome Tuccille, It Usually Begins with Ayn Rand (San Francisco: Cobden Press, 1971), pp. 69–71. Referencias sueltas y discusiones acerca de las teorías de Galambos, pueden sin embargo encontrarse en David Friedman, “In Defense of Private Orderings: Comments on Julie Cohen’s ‘Copyright and the Jurisprudence of Self-Help’,” Berkeley Technology Law Journal 13, nº 3 (Otoño 1998), nº 52; y en Stephen Foerster, “The Basics of Economic Government,” http://www.economic.net/articles/ar0001.html.

[3] 32Lysander Spooner, “The Law of Intellectual Property: or An Essay on the Right of Authors and Inventors to a Perpetual Property in Their Ideas”, en The Collected Works of Lysander Spooner, vol. 3, ed. Charles Shively (1855; reprint, Weston, Mass.: M&S Press, 1971); Herbert Spencer, The Principles of Ethics, vol. 2 (1893; reprint, Indianapolis, Ind.: Liberty Press, 1978), part IV, chap. 13, p. 121. Ver también Wendy McElroy, “Intellectual Property: Copyright and Patent,” http://www.zetetics.com/mac/intpro1.htm y http://www.zetetics.com/mac/intpro2.htm y Palmer, “Are Patents and Copyrights Morally Justified?” pp. 818 y 825.

[4] Palmer, “Are Patents and Copyrights Morally Justified?” p. 819.

[5] Richard A. Posner, Economic Analysis of Law, 4ª ed. (Boston: Little Brown, 1992), § 3.3, pp. 38–45.

[6] 35David D. Friedman, “Standards As Intellectual Property: An Economic Approach,” University of Dayton Law Review 19, nº 3 (Primavera 1994), pp. 1109–29 y David D. Friedman, Law’s Order: What Economics Has toDo with Law and Why it Matters (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 2000), chap. 11. También Ejan Mackaay es partidario de la propiedad intelctual desde bases utilitaristas, en “Economic Incentives in Markets for Information and Innovation,” in “Symposium: Intellectual Property,” Harvard Journal of Law & Public Policy 13, nº 3, p. 867. Se incluye a John Stuart Mill y Jeremy Bentham entre los anteriores utilitaristas partidarios de la propiedad intelectual. Ver Arnold Plant, “The Economic Theory Concerning Patents for Inventions,” en Selected Economic Essays and Addresses (London: Routledge & Kegan Paul, 1974), p. 44; Roger E. Meiners y Robert J. Staaf, “Patents, Copyrights, and Trademarks: Property or Monopoly?” en “Symposium: Intellectual Property,” Harvard Journal of Law & Public Policy 13, nº 3, p. 911.

[7] Ver Palmer, “Are Patents and Copyrights Morally Justified?” pp. 820–21 y Julio H. Cole, “Patents and Copyrights: Do the Benefits Exceed the Costs?” http://www.economia.ufm.edu.gt/Catedraticos/jhcole/Cole%20_MPS_.pdf

[8] Ver Murray N. Rothbard, Man, Economy, and State (Los Angeles: Nash Publishing, 1962), pp. 652–60; Murray N. Rothbard, The Ethics of Liberty, pp. 123–24; Wendy M Elroy, “Contra Copyright,” The Voluntaryist (Junio 1985); McElroy, “Intellectual Property: Copyright and Patent”; Tom G. Palmer, “Intellectual Property: A Non-Posnerian Law and Economics Approach,” Hamline Law Review 12 (1989), p. 261; Palmer, “Are Patents and Copyrights Morally Justified?”; sobre Lepage, ver Mackaay, “Economic Incentives,” p. 869; Boudewijn Bouckaert, “What is Property?” in “Symposium:

Intellectual Property,” Harvard Journal of Law & Public Policy 13, nº 3, p. 775; N. Stephan Kinsella, “Is Intellectual Property Legitimate?” Pennsylvania Bar Association Intellectual Property Law Newsletter 1, nº 2 (Inverno 1998), p. 3; Kinsella, “Letter on Intellectual Property Rights,” e “In Defense of Napster and Against the Second Homesteading Rule”.

F.A. Hayek también parece oponerse a las patentes. Ver The Collected Works of F.A. Hayek, vol. 1, The Fatal Conceit: The Errors of Socialism, ed. W.W. Bartley (Chicago: University of Chicago Press, 1989), p. 6 y Meiners and Staaf, “Patents, Copyrights, and Trademarks,” p. 911. Cole pone en cuestión la justificación utilitaria de patentes y derechos de autor, en “Patents and Copyrights: Do the Benefits Exceed the Costs?” Ver también Fritz Machlup, U.S. Senate Subcommittee On Patents, Trademarks & Copyrights, An Economic Review of the Patent System, 85 Cong., 2º Sesión, 1958, Estudio Nº 15; Fritz Machlup y Edith Penrose, “The Patent Controversy in the Nineteenth Century,” Journal of Economic History 10 (1950), p. 1; Roderick T. Long, “The Libertarian Case Against Intellectual Property Rights,” Formulations 3, nº 1 (Otoño 1995); Stephen Breyer, “The Uneasy Case for Copyright: A Study of Copyright in Books, Photocopies, and Computer Programs,” Harvard Law Review 84 (1970), p. 281; Wendy J. Gordon, “An Inquiry into the M erits of Copyright: The Challenges of Consistency, Consent, and Encouragement Theory,” Stanford Law Review 41 (1989), p. 1343 y Jesse Walker, “Copy Catfight: How Intellectual Property Laws Stifle Popular Culture,” Reason (Marzo 2000).

[9] McElroy, “Intellectual Property: Copyright and Patent.” También se opuso rotundamente a la propiedad intelectual el editorialista jacksoniano del siglo diecinueve William Leggett. Ver Palmer, “Are Patents and Copyrights Morally Justified?” pp. 818, 828–29. Ludwig von Mises ne expresó opinion alguna sobre esta material, únicamente prestando interés a la implicaciones económicas de la presencia o ausencia de dichas leyes. Ver La acción humana: tratado de economía (Madrid: Unión Editorial, 1995), Parte 2, Capítulo XXIII, Sección 6.

[10] De acuerdo con Justiniano “La Justicia es el deseo constante y perpetuo de dar a cada uno lo suyo… Las máximas de la ley son: vivir honradamente, no dañar a nadie, dar a cada uno lo suyo”. Instituciones (Granada: Editorial Comares, 1998).

[11] Sobre los defectos del utilitarismo y las comparaciones sobre utilidad interpersonal, ver Murray N. Rothbard, “Praxeology, Value Judgments, and Public Policy,” en The Logic of Action One (Cheltenham, U.K.: Edward Elgar, 1997), esp. pp. 90–99; Rothbard, “Toward a Reconstruction of Utility and Welfare Ec onomics,” en The Logic of Action One; Anthony de Jasay, Against Politics: On Government, Anarchy, and Order (London: Routledge, 1997), pp. 81–82, 92, 98, 144, 149–51.

Sobre cientifismo y empirismo, ver Rothbard, “The Mantle of Science,” en The Logic of Action One; Hans-Hermann Hoppe, “In Defense of Extreme Rationalism: Thoughts on Donald McCloskey’s The Rhetoric of Economics,” Review of Austrian Economics 3 (1989), p. 179.

Sobre dualismo epistemológico, ver Ludwig von Mises, The Ultimate Foundation of Economic Science: An Essay on Method, 2ª ed. (Kansas City: Sheed Andrews and McMeel, 1962); Ludwig von Mises, Epistemological Problems of Economics, traducción de George Reisman (New York: New York University Press, 1981); Hans-Hermann Hoppe, Economic Science and the Austrian Method (Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 1995) y Hoppe, “In Defense of Extreme Rationalism.”

[12] Mises afirma: “Aunque es normal hablar del dinero como una medida de valor y precios, esta noción es completamente falaz. Si se acepta la teoría del valor subjetivo, no puede aparecer este cuestión sobre la medición.” “Sobre la medida del valor,” en La teoría del dinero y del crédito, (Madrid: Unión Editorial, 1997). También: “El dinero no es una vara de medir del valor ni de los precios. El dinero no mide el valor. Tampoco los precios se miden en dinero: son cantidades de dinero.” Ludwig von Mises, El socialismo: análisis económico y sociológico (Madrid: Unión Editorial, 2003), ver también Mises, La acción humana.

[13] Un excelente informe y crítica de la justificación coste-beneficio para patentes y derechos de autor es Cole, “Patents and Copyrights: Do the Benefits Exceed the Costs?” Argumentos útiles sobre evidencias en este aspecto, en Palmer, “Intellectual Property: A Non-Posnerian Law and Economics Approach,” pp. 300–2; Palmer, “Are Patents and Copyrights Morally Justified?” pp. 820–21, 850–51; Bouckaert, “What is Property?” pp. 812–13; Leonard Prusak, “Does the Patent System Have Measurable Economic Value?” AIPLA Quarterly Journal 10 (1982), pp. 50–59 y Leonard Prusak, “The Economic Theory Concerning Patents and Inventions,” Economica 1 (1984), pp. 30–51.

[14] Ver Cole, “Patents and Copyrights: Do the Benefits Exceed the Costs?” para ejemplos de costes de leyes de patentes y derechos de autor.

[15] Plant, “The Economic Theory Concerning Patents for Inventions,” p. 43. También Rothbard, Man, Economy, and State, pp. 658–59: “No es en modo alguno evidente que las patentes inciten un incremento absoluto en la cantidad de gasto en investigación. Pero sin duda las patentes distorsionan el tipo de investigación que se lleva a cabo… Por tanto los gastos en investigación se sobreestimulan en sus etapas iniciales antes de que alguien tenga una patente y se ven inadecuadamente restringidos cuando ésta se recibe. Además, algunas invenciones se consideran patentables, mientras otras no. El sistema de patentes tiene el efecto añadido de estimular artificialmente los gatos de investigación en las áreas patentables, restringiendo también artificialmente la investigación en áreas no patentables”.

[16] Rand, “Patents and Copyrights,” p. 130.

[17] Plant tiene razón al decir que “la tarea de distinguir un descubrimiento científico de su aplicación práctica, que puede patentarse… es a menudo incomprensible para el abogado más sagaz.” “The Economic Theory Concerning Patents for Inventions,” pp. 49–50. En una nota relacionada, la Corte Suprema de EEUU ha advertido que “las especificaciones y extremos de una patente… constituyen uno de los instrumentos legales más difíciles de abordar con precisión” Topliff contra Topliff, 145 US 156, 171, 12 S.Ct. 825 (1892). Tal vez esto ocurra porque la ley de patente no tiene amarras a los límites objetivos de la propiedad real, tangible y por tanto es intrínsecamente vaga, amorfa, ambigua y subjetiva. Sólo por esta última razón, podríamos pensar que los objetivistas (ardientes autoproclamados defensores de la objetividad y opuestos al subjetivismo) deberían oponerse a las patentes y derechos de autor.

[18] In re Trovato, 33 USPQ2d 1194 (Fed Cir 1994). La ley reciente ha extendido los tipos de algoritmo informático y métodos de negocio que pueden protegerse mediante patente. Ver, por ejemplo, State Street Bank & Trust Co. contra Signature Financial Group, 149 F3d 1368 (Fed Cir 1998). De todas formas, no importa dónde se fije el límite entre “leyes de la naturaleza” e “ideas abstractas” no patentables y las “aplicaciones prácticas” patentables: la ley de patentes siempre tendrá que diferenciar entre ambas.

[19] Spooner, “The Law of Intellectual Property”; McElroy, “Intellectual Property: Copyright and Patent”; Palmer, “Are Patents and Copyrights Morally Justified?” pp. 818, 825.

[20] Ver Galambos, The Theory of Volition, volumen 1. Evan R. Soulé, Jr., “What Is Volitional Science?” http://www.tuspco.com/html/what_is_v-50_.html. Sólo he leído descripciones superficiales de las teoría de Galambos. También he conocido una vez a una galambosiano vivo y real, para mi sorpresa (había llegado a suponer que eran criaturas de ficción creadas de Tuccille [It Usually Begins with Ayn Rand, pp. 69–71]), en una conferencia del Instituto Mises hace unos años. Mi crítica a las ideas de Galambos que va a continuación sólo puede aplicarse en la medida en que describa con corrección sus opiniones.

[21] Friedman, “In Defense of Private Orderings,” n. 52; Foerster, “The Basics of Economic Government.”

[22] Rand, “Patents and Copyrights,” p. 133.

[23] Friedman, “In Defense of Private Orderings,” n. 52.

[24] Tuccille, It Usually Begins with Ayn Rand, p. 70. Por supuesto, supongo que cualquier galambosiano que no fuera el propio Galambos, si tuviera el mismo tipo de dilema, sería incapaz de cambiar su nombre para solucionar el problema, ya que esta solución era una idea “absoluta” e inalienable de Galambos.

[25] Harry Binswanger, ed., The Ayn Rand Lexicon: Objectivism from A to Z (New York: New American Library, 1986), pp. 326–27, 467.