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Una introducción al razonamiento económico

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Traducido por Mariano Bas Uribe

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Capítulo 3. Acción y preferencia. Parte 2

El objetivo más valorado

 
Como recordaremos, el último capítulo concluyó con una pregunta. ¿Cómo sabemos que un actor siempre actúa para lograr su objetivo más valorado? Recordemos que en economía nuestro objetivo (más valorado) es deducir resultados significativos a partir del axioma de la acción. (¿Qué es el axioma de la acción? Por supuesto que lo sabemos, pero volvamos al capítulo anterior y leamos de nuevo la sección acerca del axioma). ¿Se deduce del axioma de la acción que un actor siempre actuará para lograr su objetivo más valorado?
 
Es muy fácil ver que la respuesta es sí. Supongamos que tenemos la opción entre ver un partido de baloncesto entre los Celtics y los Lakers, de un lado, o escuchar a Hillary Clinton explicarnos qué nos conviene, por otro. Podríamos preferir el partido de baloncesto. ¿Qué haríamos entonces?
 
Obviamente, veríamos el partido de baloncesto. No tiene sentido que elijamos escuchar a Hillary, dado que tenemos la alternativa disponible. (Recordemos que en economía no nos importa qué deberíamos elegir. Nuestro problema es: dada una escala de valor ¿cómo actuaríamos?)
 
  1. El principio de que siempre actuamos para lograr nuestro objetivo más valorado no es obviamente verdadero. En realidad es falso. Prefiero tener salud durante los próximos diez años a ir al cine. Pero puedo elegir ir al cine, en lugar de hacer flexiones u otras actividades que pienso me harán disfrutar de mejor salud. ¿Por qué esta objeción al principio resulta pobre?
  2. ¿No hay veces en que la gente no busca sus objetivos más valorados? Supongamos que podemos obtener un sobresaliente en el próximo examen de matemáticas copiando el examen de Norman Bobo, el estudiante de al lado. (Norman siempre saca 10 en los exámenes de matemáticas). No nos van a pillar, porque el profesor es miope. Por supuesto, resistimos la tentación, aunque queramos sacar un sobresaliente. (Si lo sacamos, recibiremos 1.000$ de nuestros padres). ¿En este caso no estamos renunciando a lograr nuestro objetivo más valorado?
 

La objeción tautológica

 
Esperemos haber percibido cuál era el error de la última objeción. Si pensamos que está mal copiar en los exámenes de matemáticas (por supuesto, los exámenes de economía son otra cosa), entonces preferimos no copiar a copiar. Si esta preferencia es superior a nuestro deseo de obtener un sobresaliente en el examen, entonces no copiando de Norman estamos alcanzando nuestra preferencia más valorada. También es cierto que podemos no obtener un sobresaliente si no copiamos, pero esto es irrelevante. Por supuesto, queremos un sobresaliente, pero queremos aún más no ser copiones. Por tanto, no copiaremos.
 
Algunos escritores que se oponen a la economía austriaca utilizan esta respuesta para que les ayude a lanzar otra objeción. “Si decimos preferir no copiar, puesto que no copiamos”, arguyen, “todo lo que estamos haciendo es definir la mayor preferencia como lo que en la realidad elegimos. No estamos diciendo nada nuevo”.
 
Podemos escribir esta objeción un poco más formalmente, así:
 
Si (1) mayor preferencia = lo que elegimos, entonces (2) siempre elegimos nuestra mayor preferencia, por lo tanto (3) siempre elegimos lo que elegimos.
 
Para probar (2) sólo tenemos que sustituir “lo que elegimos” por “nuestra mayor preferencia” como dice (1) que podemos hacer. Después llegaríamos a la identidad (3). Pero esto es trivial: no nos dice nada.
 
  1. Construir una argumentación similar a la mostrada más arriba que afirme que el axioma de la acción es trivial. (Si necesitamos ayuda, ver la discusión sobre el axioma de la acción en el capítulo anterior).
  2. Construir una argumentación similar acerca de la trivialidad de cualquiera de los principios que hayamos discutido hasta ahora.
  3. ¿Hay algún resultado hasta ahora al que hayamos llegado y que no sea vulnerable a esta objeción?
 
Esta objeción dice que una afirmación clave para la economía austriaca es trivial. Pueden utilizarse argumentaciones similares para afirmar que otros principios austriacos clave no nos dicen nada nuevo. Es por tanto más que trivial que refutemos esta objeción.
 

Respuesta a la objeción tautológica

 
Esencialmente cada argumentación puede ser rebatida de dos formas: podemos encontrar algo erróneo en la argumentación o afirmara que la conclusión de la misma no tiene importancia. El filósofo Morris Cohen lo resumió de una manera memorable. Respondiendo a un estudiante dijo: “En primer lugar, está usted equivocado; y, en segundo lugar, aunque usted tuviera razón, ¿qué?”.
 
Ambos tipos de réplica pueden utilizarse contra la objeción tautológica. En primer lugar, la objeción simplemente no es correcta. No definimos “la mayor preferencia” como “lo que en realidad elegimos”. En realidad, hemos afirmado algo verdadero que es importante acerca de lo que elegimos –que seleccionaremos nuestra mayor preferencia.
 
Pero si no hemos definido la preferencia más alta de esta forma ¿cómo sabemos que el principio es verdadero? Bueno, la respuesta es tan simple que es difícil explicarla en otros términos: simplemente hemos estudiado el principio y vemos que debe ser verdad. ¿Por qué elegiríamos algo distinto que nuestra mayor preferencia?
 
  1. A muchos filósofos y economistas no les gusta apelar a argumentaciones “evidentes por sí mismas”. ¿Por qué suponemos que adoptan esta actitud?
 

Más consideraciones acerca de la objeción tautológica

 
Pero supongamos que la objeción es correcta. Entonces, nuestro principio, “siempre actuamos para lograr nuestro objetivo más valorado” es trivial, una tautología. ¿Y qué? ¿Por qué esto resultaría ser un consideración contra sí mismo? (Recordemos que una tautología es una afirmación, esto es, una definición, que es verdadera simplemente por el significado de las palabras que la componen).
 
“¿Qué quieres decir con ¿y qué? ¡Una tautología es sólo jugar con palabras! Si un principio es trivial, ¿no resulta esto un punto extremadamente lesivo contra él?” Esta respuesta confunde dos sentidos del término “trivial”. La primera significa que no es importante. Si nuestro principio, u otros principios de economía austriaca, son triviales en este sentido, si es una crítica lesiva. Pero, tomado de esta manera, la objeción es fallida. Como veremos en el resto del libro, el principio no es inútil: es crucial para el desarrollo de la ciencia de la economía.
 
En el otro sentido de “trivial”, la palabra es justamente un sinónimo de “tautología”. Hemos argumentado que el principio no es una tautología, pero supongamos que lo es. Entones, sería “trivial” en este segundo sentido. Pero esto no quiere decir que lo sea en el primero.
 
Algunas tautologías son importantes, otras no. Muchos filósofos piensan que las matemáticas son tautologías. Es difícil decir, aunque tuvieran razón, que las matemáticas sean un conjunto de trivialidades. Serían mucho más sencillas si fuera verdad.
 
  1. Dar ejemplos de tautologías que sean triviales en el primer sentido del término.
  2. ¿Qué determina si una tautología es trivial en este sentido?
 

Utilidad marginal

 
Ahora veremos lo trivial que es nuestro principio. Supongamos que tenemos los siguientes objetivos, ordenados de esta forma: (1) beber un vaso de zumo de naranja; (2) comer la naranja entera; (3) aplastar una naranja contra el suelo; (4) comer la piel de una naranja y (5) recoger todas las pepitas de una naranja para añadirlas a nuestra colección de pepitas de naranja. (Recordemos que clasificamos los objetivos ordinalmente, no estamos midiéndolos de acuerdo con una escala común. Además, asumimos que hace falta una naranja completa para satisfacer cada uno de estos objetivos).
 
Seguimos. Supongamos que sólo tenemos una naranja. ¿Qué haremos con ella? La respuesta será evidente para cualquiera, excepto para un hermenéutico. Utilizaremos la naranja para zumo, puesto que ése es nuestro uso mejor valorado.
¿Qué pasa si tenemos dos naranjas? Es igualmente obvio que las utilizaremos para los dos usos mejor valorados. Cuantas más naranjas tengamos, más abajo podremos ir en nuestra escala de preferencias.
 
Veamos el mismo fenómeno desde otro ángulo. Supongamos que tenemos cinco naranjas, que pretendemos utilizar para los cinco objetivos especificados más arriba. Todas las naranjas son iguales en calidad y sirven por igual a nuestros objetivos. En este momento ocurre un desastre. Johnny Orangseed roba una de nuestras naranjas, dejándonos con cuatro. ¿Qué haremos, en lo que se refiere al uso de las naranjas?
 
  1. Demostrar que la explicación que acabamos de dar acerca de lo que haríamos si perdiéramos la manzana sigue el principio de que siempre seleccionamos nuestra preferencia más valorada.
  2. El análisis que acabamos de ver no funciona. Se asume erróneamente que tenemos una lista de preferencias en la cabeza antes de elegir. Pero en realidad nuestras preferencias sólo existen en el momento de elegir. ¿es correcta esta objeción?
 
La respuesta vuelve a ser evidente. Nuestra colección de pepitas tendrá que arreglárselas sin el añadido que esperábamos aportar. Puesto que éste era nuestro uso menos valorado, será el que abandonemos primero. Advirtamos que esto es cierto independientemente de qué naranja robe Johnny. Supongamos, por ejemplo, que roba la que pensábamos utilizar para aplastarla en el suelo. En este caso tomaremos la naranja destinada a la colección de pepitas para aplastarla. Independientemente de qué naranja robe, dejaremos de lado nuestro uso menos valorado. La unidad de este bien (en este caso, naranjas) que se dedica al uso menos valorado se llama unidad marginal. Como veremos en el próximo capítulo, este concepto juega un papel crucial en la explicación de los precios.
 

La objeción de la indiferencia

 
Podríamos objetar a nuestro análisis de esta manera: Hemos asumido que podemos ordenar cinco maneras de utilizar una naranja de la primera a la quinta. ¿Qué pasa si no podemos hacerlo? Supongamos, por ejemplo, que no podemos decidirnos entre comer una naranja y aplastarla contra el suelo. Las dos alternativas nos son indiferentes. ¿Entonces qué haremos con la segunda naranja, si disponemos de dos? La escala de preferencias no nos dirá lo que elegiremos.
 
Examinemos la situación más a fondo. Hemos tenido una naranja que habremos utilizado para hacer zumo (éste es nuestro uso más valorado). Ahora adquirimos una segunda naranja, pero no nos aclaramos acerca de si la utilizaremos para la segunda o tercera opción.
 
¿Iríamos simplemente a la cuarta opción o, abrumados por la indecisión, nos desharíamos de la nueva naranja? Seguro que no. O bien nos comeremos la naranja o bien la aplastaremos en lugar de comernos la piel (alternativa cuarta). Respecto de deshacernos de la naranja, no llevaríamos a cabo ninguna de nuestras preferencias. Por tanto sería una acción especialmente tonta.
 
Los comentarios que habemos de hacer descansan en un brillante análisis del problema del “asno de Buridán”, realizado por Murray Rothbard. Buridán, un gran lógico escolástico, imaginó un burro perfectamente racional. El burro nunca actúa, salvo que tenga una razón suficiente para hacerlo. Éste puede elegir entre comer dos balas de heno idénticas en todos los aspectos. Buridán imaginó que el burro, no pudiendo elegir entre las dos balas, no haría nada y moriría de hambre.
 
  1. Buscar la sección acerca de Buridán en la obra de Rothbard “Historia del pensamiento económico 1. El pensamiento económico hasta Adam Smith” (Madrid: Unión Editorial, 1999) y hacer un breve informe acerca de su trabajo.
  2. ¿Cómo podría replicar a Rothbard un partidario de la argumentación de Buridán?
 
Rothbard advirtió que el análisis de Buridán de la situación era incompleto. Las alternativas del burro no eran sólo (1) comer la bala de heno A y (2) comer la bala B. Incluyen también (3) no comer ninguna bala y morir de hambre. Dado que cabe suponer que el burro ordenará (3) por debajo de (1) y (2), no elegirá, como hizo Buridán, (3). Si lo hiciera, incurriría en una violación de nuestro principio fundamental: un actor prefiere un objetivo mejor clasificado que uno inferior.
 

Más acerca de la indiferencia

 
Una persona que elija, por tanto, enfrentado a dos alternativas que le parezcan “lo mismo” debe tomar una decisión entre ellas de la forma que sea. Puede, por ejemplo, lanzar una moneda al aire para determinar si se va a comer la naranja o la va a aplastar. Y, una vez que haya elegido, esta elección resultará en una preferencia de la misma forma que si fuera un acto fundado en sus deseos más ardientes. No podemos demostrar la indiferencia en la acción: dadas dos alternativas, debemos tomar una u otra.
 
Y por supuesto es la acción lo que debemos analizar en economía. La indiferencia, por tanto, no juega ningún papel en nuestra disciplina. Pero, objetaremos, ¿qué pasa si, como en nuestro ejemplo, no tenemos una preferencia marcada para cada alternativa? (Antes de continuar, intentemos ver si podemos contestar a esta objeción).
 
La clave del problema otra vez nos lleva a un punto del capítulo anterior. Recordemos que la escala de preferencia es una escala ordinal: clasifica las alternativas como primera, segunda, tercera, etc. No consideramos que las alternativas contengan más o menos de una unidad común. Más en general, todo lo que nos concierne es el hecho de la preferencia: la fuerza de la preferencia no es importante para nuestros propósitos. Por tanto, una preferencia establecida lanzando una moneda al aire es también una preferencia. El estado psicológico en el cual decidimos es irrelevante para los economistas.
 
Dado que en economía austriaca no utilizamos el concepto de indiferencia, tenemos un premio adicional. La corriente principal de la economía neoclásica confía en gran medida en curvas de indiferencia, cajas de Edgeworth y otras construcciones matemáticas complicadas de las cuales no tenemos que preocuparnos. La economía austriaca es en este aspecto mucho más sencilla de aprender que el sistema rival.
 
  1. ¡Podemos demostrar también la indiferencia en la acción! Lanzar una moneda al aire para decidir entre dos alternativas es justamente una demostración de la indiferencia en la acción. Evaluar esta objeción.
 

Puntos extra – Más acerca del asno de Buridán

 
Hemos visto que el asno de Buridán no es racional: si lo fuera, habría elegido no morirse de hambre (suponiendo que prefiera comer a morirse de hambre). Pero, podría objetar Buridán, ¿qué haría su desgraciado burro? Debe tener una razón suficiente para elegir esta bala antes que aquélla: y dado que las dos son por hipótesis idénticas en todas sus cualidades relevantes, no puede hacerlo. Quizá en este caso es posible que no haya alternativa racional disponible y la paradoja prueba que en la situación descrita no puede haber un agente perfectamente racional.
 
Sugerimos que el ejemplo no muestra tan drásticamente una consecuencia. En su lugar, lo que pone en cuestión es la suposición de que un agente perfectamente racional debe tener una razón suficiente para elegir entre dos alternativas, sea cual sea la descripción de dichas alternativas. El burro no tiene que ser capaz de aportar una razón para elegir una bala frente a la otra para ser racional. En este caso, de hecho, sería irracional perder el tiempo en un fútil intento por serlo. (No nos preocupemos si encontramos difícil esta sección: no es esencial y sólo se incluye aquí porque el asunto es interesante).
 

De nuevo la preferencia demostrada

 
Dado que a preferencia demostrada es tan importante para la economía austriaca, volvamos a ella una vez más. Desde el punto de vista de alguien que observa a otro actuar, toda acción demuestra una preferencia. Si vemos a alguien tirar este libro con disgusto, sabemos que hacer eso es una alternativa preferida.
 
Desde el punto de vista “exterior” de otro actor, el concepto de indiferencia no aparece. Todo lo que se ve son acciones particulares, nunca un estado de indiferencia.
 

La base de la utilidad marginal

 
Si fuéramos a adquirir más y más unidades de un bien, podríamos utilizarlas para usos menos y menos valorados. Otra manera de decir esto es que la utilidad de la última unidad del bien decrece cuantas más unidades del bien tengamos en un momento preciso. Este principio es la famosa ley de la utilidad marginal decreciente.
 
Desafortunadamente, algunos economistas comprenden mal la razón por la que se establece el principio de la utilidad marginal decreciente. Opinan que descansa en una ley psicológica, llamada de la satisfacción de deseos. Imaginamos que tenemos un súbito anhelo de un helado. De acuerdo con él, marchamos en dirección a nuestra heladería favorita y procedemos a engullir un helado detrás de otro. En algún momento descubriremos que el placer de más helados va desapareciendo. Si seguimos tomando helado, antes o después llegaremos a un punto en el que no querremos más. (La gente que trabaja en heladerías y que pueden tomar tanto helado como quieran, generalmente acaban hartos de helado).
 
De acuerdo con algunos economistas, el menor deseo explica la disminución de la utilidad marginal. A medida que obtenemos más de un bien, se derivará menor placer, o utilidad, del mismo. El economista decimonónico Heinrich Gossen, al que Werner Sombart calificó como un “idiota brillante” fue el primero en desarrollar esta línea de pensamiento.
 
En este momento, ya somos capaces de dar la respuesta austriaca. En praxeología, estamos tratando de deducir qué se sigue del concepto de acción. La “satisfacción de deseos”, si es cierta, es una generalización psicológica acerca de la gente. No se deduce del concepto de acción que nuestro deseo de helado, después de un plazo, disminuirá y desaparecerá.
 
Lo que se obtiene de esta “ley” es un asunto empírico: para descubrir cosas acerca de ella, tenemos que investigar las preferencias de distinta gente a través del análisis psicológico. Si lo hemos hecho, podemos descubrir que la ley de la utilidad marginal decreciente a menudo aparece como falsa. Podríamos encontrar que obtenemos “más” del segundo o el tercer helado que del primero. (En nuestro propio caso, la disminución de la satisfacción aparecería sólo después de un número mucho más grande, si es que aparece).
 
En cualquier caso, consideraciones psicológicas de este tipo no nos conciernen en economía. La disminución de la utilidad marginal se desprende del principio praxeológico de que la gente satisface sus finalidad más valorada en primer lugar. Esto no depende de los resultados de ninguna investigación empírica.
 
  1. Buscar el tratamiento de Gossen en la “Historia del análisis económico” de Joseph Schumpeter (Barcelona: Editorial Ariel, 1996) y hacer un breve informe acerca del mismo.
  2. ¿Qué dirían los economistas de la “escuela de Chicago” acerca de la base de esta ley de disminución de la utilidad marginal?
 

Respuesta a una objeción

 
Esperemos haber advertido que un comentario previo acerca de la satisfacción de deseos hace aparecer un problema. Dijimos que puede ser que nos dé más placer el segundo helado que el primero. ¿No contradice esto la ley de la utilidad marginal decreciente, que nos dice que la utilidad de la última unidad del bien siempre decrece?
 
No, no lo hace. Me temo que tengo que repetirme una vez más. Lo que hemos estado considerando son los usos que propone un determinado actor, en un determinado momento, suponiendo diferentes unidades de un bien. Estos usos se clasifican ordinalmente. (¿No estamos hartos de decir esto? Nos sorprendería saber cuánta gente no lo entiende). Las estimaciones psicológicas de placer –cuanto “gustito” obtenemos de una acción en particular de consumo- no nos conciernen en absoluto.
 
Apliquemos este punto de vista al ejemplo del helado. Cada vez que afrontamos la decisión de tomar otro helado, tendremos obviamente dos alternativas posibles. (Suponemos que no hay otros usos para un helado que tomárselo). En cada momento, actuaremos para satisfacer nuestra preferencia más valorada. Cómo estemos de “satisfechos” o llenos puede sin duda afectar a la elección que hagamos: pero la satisfacción no es parte directa del análisis de la utilidad marginal en absoluto. En realidad, dado que partimos de la hipótesis de que sólo hay un uso posible del helado, el ejemplo probablemente no resulte bueno para ilustrar la utilidad marginal.
 
Un ejemplo mejor sería uno en el cual tengamos varios usos diferentes para el helado en nuestra escala de preferencias, además del de comerlo inmediatamente: por ejemplo, guardarlo, dárselo a un amigo, etc. Con cada unidad satisfaremos una preferencia inferior. Por supuesto, hay una complicación. Nuestra escala de preferencia podría ser como ésta:
  • Comer dos helados
  • Comer un helado y guardar un helado
  • Comer un helado
  • Guardar un helado
Los usos alternativos del bien no tienen que describir usos cualitativamente diferentes. Todo lo que necesitamos para una escala de preferencias es una especificación de los usos del bien. En esta escala, dos unidades de helado se tratan, para las dos primeras preferencias, como un solo uso.
 

La unidad relevante

 
Lo crucial, por tanto, son los usos que nos proponemos dar a nuestro bien. Estos usos son subjetivos: dependen de nuestras preferencias. Si no tenemos una escala como la que acabamos de ver y en su lugar consideramos que cada nueva decisión acerca de tomar un nuevo helado como una decisión diferente, siempre nos ceñiremos a una unidad de helado. (Al sugerir que el caso del helado no es bueno para ilustrar la disminución de la utilidad marginal, hemos asumido que el actor considera sólo unidades de helado con un solo uso. Este es el factor que echa abajo la escala de preferencias).
 
Es importante no caer en una falacia ahora. Aunque la utilización de un bien depende de preferencias subjetivas y esta utilización determina que consideramos cantidades relevantes del bien, de ello no se deduce que el bien por sí mismo es subjetivo.
 
Tenemos diversos usos para el helado. Pero el helado en un bien físico y real, está “ahí fuera”, en el mundo. No lo creamos a través de nuestros actos de preferencia. De forma similar, dos unidades de helado son, de acuerdo con las escalas de preferencia que hemos dado, la alternativa relevante a escoger. Pero esta escala no determina qué constituye una cantidad física de helado. Esto, de nuevo es asunto a discutir.
 
Algunos supuestos austriacos, los llamados “radicales subjetivistas”, entienden mal este asunto. Piensan que, puesto que las preferencias son subjetivas, los mismos bienes –el objeto de preferencia- son también subjetivos. Esto por supuesto no es así. Algunos poco bienes pueden ser estados mentales –por ejemplo, sensaciones particulares que pretendemos obtener, pero la mayor parte de los bienes económicos son objetos físicos –“cosas”, si queremos llamarlos así. (Ignoramos las complicaciones que surgen con el dinero y el crédito, de momento).
 
  1. Examinar la visión de Israel Kirzner acerca de la adquisición de la propiedad en “Opprtunity, Pereception, and Profit” (Chicago: University of Chicago Press, 1979), utilizando la perspectiva de la sección previa. ¿El descubrimiento de un nuevo uso para un bien crea un bien?
 

Extensión de la utilidad marginal

 
La sección que acabamos de concluir es bastante complicada. Volvamos a algo sencillo: naranjas. En el ejemplo de los distintos usos de las naranjas nos hemos limitado, claro, a un solo bien. Todos los ejemplos hasta ahora han sido del mismo tipo.
 
Pero un actor normalmente no tiene que decidir entre usos alternativos de un bien. Lo normal es que tenga diversos bienes a su disposición que pueden ser destinados a varios usos. Si tenemos, digamos, la posibilidad de comprar una naranja, una manzana y unos puños americanos, ¿qué haríamos?
 
La respuesta es inmediata. Pondríamos los usos alternativos de de los diferentes bienes en una sola escala de preferencia. Frente a la decisión de adquirir varias unidades de distintos bienes, en cada caso actuaríamos para satisfacer nuestra preferencia mejor valorada.
 
Para cada bien, será de aplicación la ley de la utilidad marginaldecreciente. Cuantas más unidades de un bien se adquieran en un plazo determinado, se destinarán a usos asignados como menos valorados.
 

Dos tipos de intercambio

 
El ejemplo que hemos venido utilizando hasta aquí sólo afecta a una persona. Esto es, hemos hablado de una escala de preferencias individual. Esta parte de economía se llama “economía de Crusoe”, por el personaje Robinson Crusoe de la novela de Daniel Defoe. (Por favor, no la llamemos “economía de Caruso”).
 
La mayor parte de la economía, sin embargo, consiste en estudiar acciones que implican relaciones entre dos o más personas. Aquí hay una distinción crucial. Una manera en la que podemos tratar con alguien es por la fuerza o la amenaza. Alguien quiere nuestro enorme oso de peluche y nos lo quita. O nos amenaza con machacarnos si no se lo damos. De la misma forma, podemos utilizar el fraude para obtener lo que queremos. Podríamos decir que le daremos un oso de verdad si nos da su oso de peluche, cuando no tenemos intención real de hacerlo.
 
Como veremos luego, algunas partes de economía se ocupan de la fuerza y el fraude (el capítulo acerca del sistema monetario lo mostrará con claridad). Pero el cuerpo principal de economía trata acerca de la acción voluntaria y sin coacciones: la acción que no conlleva fuerza, amenaza de fuerza o fraude.
 
  1. Para ver la complejidad de la coerción, leer el artículo de Robert Nozick “La coacción”. Está disponible en sus “Puzzles socráticos” (Madrid: Ed. Cátedra, 1999).
 

El beneficio mutuo del comercio

 
Si una acción entre dos o más personas es voluntaria, se deduce de inmediato un hecho fundamental. Dado que cada actor escoge su alternativa más valorada, no participará voluntariamente en una acción, salvo que prefiera hacer eso a no hacer nada.
 
El párrafo anterior era muy de libro de texto. Probemos de nuevo. Supongamos que tenemos una naranja y un tercero tiene una manzana. Proponemos hacer un intercambio de nuestras posesiones: le daremos nuestra naranja si él nos da su manzana.
 
Si proponemos esto es que preferimos intercambiar nuestra naranja por la manzana que quedarnos con la naranja. Si él acepta, es que preferirá intercambiar su manzana por nuestra naranja en lugar de quedarse con la manzana.
 
Para la mayor parte de los casos, podemos asumir que ni nosotros ni él otorgamos ningún valor especial a la acción de intercambio por sí misma. Lo que cada uno quiere del intercambio son los bienes que va a recibir. De esta forma podemos simplificar las preferencias en este caso. Preferimos tener una manzana a una naranja y el otro prefiere tener una naranja a una manzana. En cualquier intercambio voluntario, las partes ordenan los bienes intercambiados en un orden diferente según su escala de preferencias. Supongamos que las escalas de preferencia de ambas partes son como ésta:
 
1 naranja
1 manzana
 
Obviamente, no se realizará ningún intercambio. Supongamos que nuestra escala es como la siguiente:
 
1 manzana
1 naranja
 
Entonces, si la otra parte tiene la preferencia contraria, nosotros tenemos naranjas y ellos manzanas, un se puede llevar a cabo un intercambio mutuamente beneficioso. No se realizará comercio voluntario salvo que todas las partes del mismo esperen un beneficio. Y para beneficiarse de un intercambio, las partes deben ordenar sus preferencias de forma diferente. Como veremos en el próximo capítulo, este hecho es un factor crucial para explicar los precios.