Explotación infantil, boicots y el camino a la pobrezaPor Radley Balko
Dos periodistas cuentan esta anécdota desde Tailanda:
Cómo el comercio libre elimina la explotación En realidad, todos los países prósperos del planeta pasaron por un periodo en el que dependieron del trabajo en condiciones miserables. Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Suecia y muchos otros recorrieron el camino a la modernidad a lomos del trabajo infantil. La decisión era sencilla: o trabajo o hambre. No era una elección maravillosa, pero al menos tenían elección. Los activistas anti-globalización están haciendo todo lo que está en su mano para asegurarse de que esa decisión no pueda ser tomada por aquellos que viven las economías más pobres. Los críticos argumentan que, al contrario que a principios del siglo veinte, actualmente las compañías son suficientemente prósperas como para pagar jornales de subsistencia mínima, establecer condiciones de trabajo saludables y proteger el medio ambiente en el tercer mundo. Pueden estar en lo cierto. Pero entonces, ¿qué ventaja tendría para ellos invertir en los países en desarrollo? El trabajo barato es lo único que el tercer mundo tiene para atraer la muy necesaria inversión de los países occidentales. Si se elimina, no habrá ninguna empresa que incurra en los costes de construcción de fábricas, transporte, seguridad y todos los demás gastos que implica mantener la producción en el extranjero. Uno de los principales críticos del libre comercio llega a admitirlo. En la introducción a su libro The Race to the Bottom, el icono de la anti-globalización Alan Tonelson escribe lo siguiente, en referencia a la Organización Mundial de Comercio: La mayoría de los miembros del tercer mundo en la organización – o al menos sus gobiernos – se oponen a incluir cualquier derecho laboral o protección medioambiental en los acuerdos comerciales. Veían los bajos salarios y un control bajo de la contaminación como los mayores activos que podían ofrecer para atraer a los inversores internacionales para crear fábricas y empleos y traer el capital que necesitan desesperadamente para otros propósitos relacionados con el desarrollo. Efectivamente, observan, la mayoría de los países ricos ignoraron el medio ambiente y limitaron el poder de los trabajadores (por decirlo suavemente) al comienzo de sus historias económicas. ¿Por qué los países en desarrollo hoy deberían ser más estrictos?Tonelson, por supuesto, estaba en el camino de hacer otro argumento. Pero, inadvertidamente, reveló una inconsistencia que siempre pone en duda la legitimidad de la lógica anti-globalización: los boicots, el "comercio justo", las regulaciones y la presión pública no castigan a las corporaciones que se benefician del trabajo en el Tercer Mundo. Tan sólo hacen daño a los trabajadores de los países pobres y, en menor grado, a los consumidores occidentales. La mejor manera de reducir los apuros de esos trabajadores es más comercio libre, no menos. Si los trabajadores ganan 75 céntimos en la Fábrica A – la única en la ciudad – lo mejor que puede pasarles es que abra otra fábrica. Si la Fábrica B paga menos de 75 céntimos, no atraerá a los trabajadores. Si ofrece exactamente 75 céntimos, atraerá a los pocos trabajadores que no haya conseguido trabajo en la Fábrica A. Si ofrece, en cambio, más de 75 céntimas, posiblemente conseguirá a los mejores trabajadores de la Fábrica A. La Fábrica A debe decidir si aumenta sus salarios o busca nuevos trabajadores, lo que significa que habrá más empleo. La alternativa: obligar a la Fábrica A a pagar salarios artificialmente altos. Esto elimina la ventaja que llevó a la Fábrica A a invertir en un país en vías de desarrollo. La Fábrica A empaqueta sus bártulos y vuelve a los Estados Unidos. La Fábrica B nunca llega existir, porque la compañía que iba a construirla no ve ninguna ventaje (léase trabajo barato) en invertir en un país en desarrollo. Los sueldos en la Fábrica A pasan de 75 céntimos al día a nada. En lugar de tener dos fábricas pagando al doble de trabajadores sueldos más altos, permitiéndoles avanzar lentamente en el camino que les aleja de la pobreza, una comunidad es privada de sus fábricas, sus empleos y su esperanza. Algunos ejemplos del éxito de la "explotación" La historia reciente tiene muchos ejemplos de historias sobre como el trabajo en términos de explotación ha ayudado a economías pobres a saltar a la prosperidad. Y dada la interconectividad y la tecnología disponibles en la economía mundial actual – y las grandes cantidades de riqueza occidental que pueden emplear para ayudarse – podrían dar el salto en una fracción del tiempo que le costó a Occidente. Kristoff y WuDunn indican, por ejemplo, que le llevó 58 años a Gran Bretaña duplicar su renta per capita tras su revolución industrial. China – hogar de millones de trabajadores explotados – duplica su renta per capita cada diez años. En la provincia sureña de Dongguan, salpicada de fábricas, los salarios se han multiplicado por cinco en tan solo los dos últimos años. "Ha aparecido un mercado privado de vivienda", escriben Kristof y WuDunn, "y se abren salas de videojuegos y escuelas de informática para satisfacer a trabajadores con ingresos crecientes… empieza a asomarse la clase media." Los dos autores indican que, si las provincias chinas fuesen países separados, las 20 economías que más rápidamente han crecido de 1978 a 1995 serían todas chinas. El economista sueco Johan Norberg escribe en su libro In Defense of Global Capitalism que si a Suecia le costó 80 años llegar a la modernidad, a Taiwan y Hong Kong sólo les llevó 25. Predice que todo el sureste asiático será suficientemente próspero para prohibir el trabajo infantil en 2010. Y es justo eso. Un país debe poder permitirse prohibir el trabajo infantil para que el trabajo infantil desaparezca. En otro caso, sin trabajo, los niños mendigarán, morirán de hambre, de malaria o de diarrea. China, Taiwan, Hong Kong – todos aceptaron el trabajo en durísimas condiciones como escalón a la prosperidad. Buenas intenciones y el camino a la pobreza Comparemos estos países con aquellos que tradicionalmente han "prescindido" de estas condiciones de trabajo: los resultados son contundentes. India, por ejemplo, se ha resistido durante largo tiempo a ser "explotada" por la inversión extranjera. Fue, por ejemplo, una de las últimas grandes naciones del mundo en las que se introdujo la Coca-Cola. En consecuencia, la India vivió en una pobreza abyecta durante décadas. India solo abrió sus mercados a Occidente en la última parte del siglo pasado y, como escribe Norberg, su economía mostró inmediatamente signos de vida. El porcentaje de niños que trabajan ha caído del 35% al 12%. El economista y columnista sindicado Thomas Sowell describe como los sentimientos en contra de ese tipo de empleos impidieron en los años 50 en África del Oeste: Hace medio siglo, la opinión pública en Gran Bretaña llevó a sus empresas instaladas en el África Colonial a pagar salarios más altos que los que las condiciones económicas locales hubiesen ganado. ¿Cuál fue el resultado? Muchas más solicitudes que empleos.Hoy, por supuesto, el África occidental y subsahariano está entre las regiones más necesitadas de la tierra. La renta per capita es actualmente menor que la que fue en los 60. Pero incluso en esa desolación parpadean tenues destellos de esperanza. Norberg escribe que unos pocos países - Botswana, Ghana y, más notablemente, Uganda – han liberalizado sus políticas comerciales en los últimos años y ya han empezado a ver reducciones de dos dígitos en sus índices de pobreza. Uno se pregunta que hubiera sucedido si la bienintencionada opinión pública británica de los años 50 se hubiera aguantado la incomodidad a corto plazo del principio de la industrialización africana a cambio de los beneficios a largo plazo de unas economías modernas. El África de hoy podría haber sido muy, muy diferente. El debate continúa... Al final, es perfectamente natural y aceptable para los cómodos consumidores occidentales el sentirse perturbados por las condiciones de trabajo en el extranjero. Presiones modestas sobre las compañías pueden llegar a reducir esa pesada carga que tienen las economías subdesarrolladas sobre sus hombros. Pero boicotear las fábricas del Tercer Mundo – o apoyar leyes en casa que fuercen la implantación de "salarios de subsistencia" fuera – les roba a esas naciones sus ventajas competitivas sobre los mercados occidentales. Los gobiernos de los países subdesarrollados dan la bienvenida a las explotadoras fábricas. La mayoría de los trabajadores del tercer mundo también. La historia ha mostrado que son importantes para la maduración de las economías en desarrollo. Los consumidores occidentales conseguirán bienes más baratos. Los únicos perdedores parecen ser los activistas anti-globalización y los sindicatos incapaces de competir con fuerzas de trabajo más baratas. Puestos unos frente a otros, los ganadores del debate parecen claros. 1 The Race to the Top: The Real Story of Globalization, de Tomas Larsson. |
| © 2001-2008 liberalismo.org | XHTML 1.0 con CSS2 |