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Guerra y pacifismo

Por Alberto Illán Oviedo

La guerra siempre ha sido un tema interesante, tanto desde un punto de vista histórico como desde un punto de vista más militar y a mí me ha llamado la atención por lo bueno y malo que de cada una de las personas puede sacar esta situación límite. Quiza la situación más extrema a la que puede enfrentarse el ser humano, individual o colectivamente. Y es por eso que no ha sido casualidad que haya caído en mis manos el libro de Donald Kagan “Sobre las causas de la guerra y la preservación de la paz”.
 
Este autor, que no debe ser confundido con Robert Kagan, una de las mentes más perseguidas por la progresía actual por su condición de ‘halcón de Bush’, es profesor de Historia y Lenguas Clásicas de la Universidad de Yale, hace un recorrido por cinco conflictos buscando las claves para entender cómo se inician las guerras y, quizá más importante, cómo se debe mantener la paz. Donald Kagan elige, muy apropiadamente desde mi punto de vista, cinco conflictos: la Guerra del Peloponeso, la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Púnica que enfrentó a Roma y al Cartago dirigido por Anibal, la Segunda Guerra Mundial y por último la Crisis de los Misiles entre EEUU y la Unión Soviética.
 
No es mi intención hacer una crítica sobre este interesante y aconsejable libro sino exponer mis reflexiones sobre este clásico y a la vez actual tema. Reflexiones a las que se unen algunas que salen de algunas conversaciones-dialogos-discusiones con un familiar muy cercano y conocedor en profundidad de este tema en muchos aspectos que mí se me escapan. Sin él no sabría diferenciar un avión de un barco y mucho menos un M1 Abrams de un M-3 Bradley (vehículo de transporte de tropas). Y, sinceramente, con esos ‘pequeños detalles’ de armas se pillan muchas tonterías periodísticas.
 
Por último, un único pero. Recomiendo a los que dominen el idioma inglés que si tienen oportunidad hagan la lectura del texto en esta lengua puesto que la traducción, desde mi punto de vista deja algo que desear. En varios sitios he comprobado que confunde el ‘ser’ con el ‘estar’ de manera un tanto llamativa. Aún así, merece la pena.
 
 
Mi posición ante la guerra
 
Primero debo aclarar cual es mi posición frente a la guerra: basicamente, ninguna. No tengo ninguna posición, ninguna opinión a priori sobre la guerra. Si lo prefieren usaré la palabra Guerra, con mayúscula. La Guerra no es nada en sí mismo, no es el Fin, no es la Enfermedad. La Guerra sólo es un síntoma. Trágica o halagüeña, vergonzosa o desvergonzada, heroica o cobarde, épica o vulgar, sangrante o limpia, genocida o sin víctimas, justa o injusta, fría o caliente, civil o transfornteriza, no deja de ser un síntoma de una enfermedad mucho mayor. Una enfermedad que nace de cada una de las personas que forman las sociedades en lid, que trasciende a los dirigentes y que se alimenta de la dejadez de todos. Individuos con capacidad de decidir y que delegan en sus políticos hasta convertirlos en dictadores. Una patología que nos vuelve ciegos ante las dificultades, buscando soluciones simples ante problemas complejos, que hace que convirtamos en un deporte noble el jugar al escondite con nuestros deberes.
 
Es esa enfermedad la que debemos rechazar, contra la que debemos manifestarnos, a la que debemos atacar pero no contra sus síntomas, por muy mortíferos que sean. Es nuestro deber de ciudadanos exigir a nuestros políticos que se comporten como estadistas no como manifestantes de dudosas filosofías bienintencionadas. Debemos estar a las duras y a las maduras en lo que se refiere a nuestros comportamientos, tanto individuales como sociales. Debemos ser coscientes de que situaciones cómodas pueden suponer, a largo plazo, consecuencias dolorosas. Debemos huir de demagogias plamplinistas, basadas en buenas intenciones y llenas de egoistas y vividores. Dwigt D. Eisenhower dijo una vez que “el pueblo que valora sus privilegios por encima de sus principios pronto pierde unos y otros”. El viejo general sabía de lo que hablaba. Al fin y al cabo, tuvo a Hitler en su contra. La Guerra puede ser tan necesaria como la Paz. Todo depende del momento.
 
 
Tras la guerra...
 
El primer conflicto analizado es quizá el que me ha dado la clave para entender las causas de las guerras. Donald Kagan empieza con las guerras del Peloponeso y con su fuente principal, Tucídides. Este importante historiador ‘simplifica’ su análisis dando tres causas básicas: temor, interés y honor. Quizá desde un punto más ‘liberal’ esto individualiza la cuestión. Ya que cualquier persona puede actuar por estos tres mótivos, ¿por qué entonces no lo puede hacer una sociedad? Es importante este aspecto, sobre todo porque hay una tendencia histórica de eliminar las decisiones personales a la hora de analizar un periodo histórico. Es decir, en la generación de una guerra y desde mi punto de vista, tan importantes son las decisiones personales como las ‘colectivas’, entendiendo por tales las que una mayoría de individuos toman como propia. ¿Hubieran muerto seis millones de judios de no haber un antisemitismo galopante en el pueblo alemán, durante la primera mitad del siglo XX?.
 
Ya que el temor y el interés son facilmente identificables, tanto individual como colectivamente, intentaré aclarar lo qué se entiende por honor patrio, colectivo. ¿Cuántas guerras han empezado por mantener o imponer una religión, una ideología o un determinado estatus?.
 
La Historia es un proceso, es un conjunto de actos, de decisiones, de situaciones cambiantes y que pueden ser achacables a los actos de todo tipo de individuos desde el primer dirigente de un país al más desprestigiado paria de una sociedad. Todo ello influye en las decisiones tomadas sin saber en muchos casos cuáles son las consecuencias y cuáles las causas. Discernir eso es tarea de historiadores pero es tarea de los estadistas, de los políticos el tener los suficientes conocimientos de su historia, reciente y pasada, para poder juzgar de la manera más acertada los hechos que en su rededor trascurren.
 
Es en este caos donde se origina el conflicto que puede terminar en enfrentamiento armado. A una guerra no se llega porque sí, porque alguien ha decidido que es hora de matar o es hora de conquistar. Sin embargo, esta es la idea, simple en su planteamiento, que parece estar implantada en la mayoría de la sociedad. Quien no ha oído a algún conocido suyo que la guerra de Irak está propiciada por el petróleo de la zona. Si esto fuera así, que la guerra de Irak es consecuencia única de este hecho no se explicaría porque los Estados Unidos no intervienen de la misma manera en otras zonas del mundo con reservas petroleras, como las descubiertas en África o las de las repúblicas ex-soviéticas del Cáucaso o en la casi despoblada y muy rica Arabia Saudí.
 
Como ya veremos la simplificación es una especie de quinta columna de la Guerra. Los intereses económicos no pueden por sí solos explicar una guerra, pues cualquier estudiante de primero de economía, no cegado por ideologías, sabe que no hay peor situación para la economía que la incertidumbre y una guerra es de por sí un cúmulo de incertidumbre, se puede saber cuándo empieza pero no cuándo y cómo termina. No hay cosa más tímida que un millón de dólares. Los intereses de empresas armamentísticas tampoco. Primero porque la alta tecnología sólo es vendible a Estados que tienen capacidad para adquirirla y pagar y segundo la industria armamentística de ‘segunda’ es más un negocio oportunista, con poco poder fáctico para organizar una guerra, a lo más, aprovecharse de una situación de inestabilidad. Y es que ya tiene bastante con las que hay.
 
La Guerra por tanto podría ser explicada como la consecuencia, lógica o ilógica, de una serie de actos individuales y colectivos que de manera inexorable, por el principio de causalidad, terminan en el conflicto armado. Desde los acuerdos de Versalles, que ponen fin a la Primera Guerra Mundial al 1 de septiembre de 1939, fecha en la que los alemanes y soviéticos inician la invasión de Polonia pasan muchas cosas:
  • Que los alemanes se niegan a reconocerse como pueblo vencido.
  • Que se genera un clima social de victimismo.
  • Que la economía mundial sufre un tremendo revés con la Gran Depresión.
  • Que franceses e ingleses no cumplen con sus acuerdos militares ni civiles para mantener a raya a Alemania.
  • Que Estados Unidos se aísla al otro lado del Atlántico y el gran garante (nunca llego a integrarse en la misma) de la Sociedad de Naciones termina por desentenederse de lo que no parece su problema.
  • Que los alemanes victimistas y pobres desdeñan una joven e inexperta democracia y se agarran y dan el poder a los movimientos radicales, comunismo y nazismo.
  • Que las sociedades inglesa y francesa, en manos de políticos populistas y con escasa visión acometen políticas pacifistas y de desarme volviendo los ojos ante los problemas de radicalización y rearme de Alemania tras la subida al poder de Hitler.
  • Que es esa visión casi idílica de que la negociación y el diálogo es superior a cualquier acto de fuerza o violencia, la que permite a Hitler invadir poco a poco las zonas germanoparlantes de Europa, terminando en los vergonzosos acuerdos de Munich.
El proceso que genera la Segunda Guerra Mundial empieza en 1918 y culmina en 1939. No sólo es necesario un agresor para inciar un conflicto, también es necesario que los que deben preservar la paz no cumplan sus responsabilidades.
 
En todo este proceso siempre es posible evitar una guerra recurriendo al diálogo y la negociación, pero hasta un punto a partir del cual cuanto más tarde se actúe más fuerte será en conflicto. La Segunda Guerra Mundial es una dolorosa lección. Si americanos, ingleses y franceses hubieran cumplido sus deberes, incluso si tras la ocupación del Ruhr se hubiera realizado una pequeña acción bélica impidiendo el rearme de Alemania, destruyendo lo que tenía y obligandole a la vuelta a la democracia, 60 millones de muertos se hubieran evitado. Pero no había armas suficientes por la política de desarme (que Alemania firmaba pero no cumplía) y lo que es peor, no había voluntad.
 
 
...llega la paz
 
No hay movimiento más destructor que el pacifismo. Algún historiador debería hacer una especie de compendio, de resumen de los millones de víctimas que se pueden achacar a este bienintencionado y ciego sistema de no-resolver los problemas. Miren, yo creo que el pacifismo es simple e ingenuo Es simple porque representa una única forma de afrontar un complejo problema como es el proceso de decisones que nos llevan a una guerra. Es ingenuo porque es casi infantil pensar que la no violencia ante el agresor es la manera de hacerle entrar en razón. Esto sólo funciona cuando los dos contendientes tienen el diálogo como virtud. Fue el propio Hitler el que dijo una vez al embajador británico que “con los dictadores, nada tiene más éxito que el éxito y nada fracasa tanto como el fracaso”. Si el pacifismo es percibido por el oponente como una manera de debilidad, la paz y la negociación no serán nada más que momentos en los que se pueden armar o curar heridas, para dar un nuevo zarpazo cuando estén recuperados. Y en España, la tregua de ETA es un ejemplo perfecto, en el mundo la mal acabada guerra de Bush, padre en Irak.
 
Desde mi punto de vista, el pacifismo es la consecuencia lógica de la falsa visión de que el estado natural del hombre es la Paz. Y eso no es así. Si tal cosa fuera cierta, no necesitaríamos ni leyes, ni reglas pues de manera natural encontraríamos el equilibrio entre nuestras acciones. ¿Eso implica que es estado natural del hombre es la Guerra? No, no creo que el hombre tenga un estado natural, pero si he de decantarme por uno diría que su estado natural es el del Conflicto. Hay conflictos entre personas y sociedades a todos los niveles. Por ello se han definido las leyes, normas y reglamentos por los que nos regimos; por ello se han definido derechos fundamentales y se ha estructurado las Constituciones que dan cuerpo a los Estados donde vivimos; por ello existen legisladores, abogados y jueces. Sin todo ello entraríamos en un estado caótico. Las relaciones entre sociedades, nacionales e internacionales, se rigen por acuerdos y equilibrios, por la confianza y el miedo, por el interés y el altruísmo y por supuesto por el honor. Pero todo esto puede entrar en conflicto.
 
El ciudadano antes de manifestarse a favor de la Paz y contra la Guerra debería pensar seriamente en que punto estamos, incluso si sus reivindicaciones y peticiones son realmente las que favorecen a los agresores y perjudican a las víctimas. Las recientes y multitudinarias manifestaciones contra la guerra en Irak me parecen un buen ejemplo. En primer lugar reprocho a los participantes que acudan a manifestarse contra este conflicto pero no hayan hecho lo mismo en el ataque terrorista del 11-S o anteriormente contra los regímenes como el iraquí, que mataba cada día más personas de las que pueden morir ahora, o contra el sirio, o contra el iraní, o contra el norcoreano o contra el chino, el vietnamita o cualquier dictadura. En segundo lugar, su manifestación sólo da alas a los asesinos que se apoyan en ellos para dar una dimensión moral a su regimen. En tercer lugar ponen al mismo nivel a las decisiones del presidente de un estado democrático con los delitos de un asesino sangriento, cayendo en una especie de amoralidad, cuando no inmoralidad, pública alimentada de resentimiento e ignorancia.
 
 
Conclusión
 
En definitiva, la Paz no es un estado que se mantiene porque sí, sino que hay que articular los medios y las voluntades necesarias. Y esos medios y esas voluntades pueden pasar por acciones violentas en las que soldados de nuestros países pueden morir. Los ciudadanos de las sociedades tienen que estar preparados para soportar esas muertes y los políticos tener la suficiente visión para que los posibles beneficios a corto plazo no se comviertan en perjuicios a medio o largo plazo. No puedo dejar de nombrar a Sir Wiston Churchill que durante toda la decada de los años 30 estuvo avisando del peligro del nazismo. Fue esa quizá su mejor época, cuando contra viento y marea gritaba que Hitler podía ser mucho peor el el Káiser, que el pacifismo podía ser una política muy peligrosa. Le llamaron de todo y lo más suave fue belicista. Luego les prometió sangre, sudor y lágrimas. ¿60 millones de muertos pueden ser contabilizados en el debe del pacifismo? ¿Cuántos muertos hemos tenido en España para que se haya empezado a tomar más en serio el problema del terrorismo de ETA?.
 
Si llegado a este punto, alguien entiende que yo estoy a favor de la Guerra, es que no he sabido explicarme o que no ha querido entenderme. Si es lo primero pido perdón por no saber expresarme mejor. Pero a los partidarios del pacifismo a ultranza les quiero dejar con las palabras que el filósofo y literato checo Karel Capek manifestó después del cobarde tratado de Münich:
 
“Los tratados se hacen para que los respeten las naciones débiles.
Los esfuerzos de los hombres de Estado han conseguido el total mantenimiento de la inseguridad colectiva.
En el interés de la paz, deben tomarse enérgicas medidas contra las víctimas de agresiones.
Modo de localizar un conflicto, dejando la víctima a su destino.
Modo de liquidar un conflicto, amputando además las piernas.
Ningún sacrificio hecho por los otros es demasiado para la causa de la paz.
Los checos no han sido vendidos, simplemente regalados.”
 
El terrorismo ha surgido como un nuevo sistema guerra que puede golpear en todo el planeta con efectos catastróficos. ¿Vamos a firmar otro Münich?

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