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Ética y eutanasia

Por Francisco Capella

Cortesía de La Ilustración Liberal.

La eutanasia, entendida como la ayuda a morir o la asistencia al suicidio de quien no puede hacerlo por sí mismo, es éticamente legítima. La eutanasia pasiva consiste en dejar morir a la persona, suspender un tratamiento médico, no mantenerla artificialmente con vida. La eutanasia activa consiste en hacer algo para que la persona muera, como la administración de un veneno o droga letal.

Cada ser humano autónomo es propietario pleno de sí mismo, de su mente y su cuerpo. Este derecho de propiedad o legitimación del control significa que el propietario puede hacer lo que desee con su propiedad siempre que no agreda la propiedad ajena, de modo que la libertad de cada uno acaba donde empieza la de los demás. Dentro del ámbito de la propiedad, la única voluntad éticamente relevante es la del propietario o dueño. La destrucción de una propiedad no es delito si no va en contra de la voluntad del propietario.

El derecho negativo de una persona a algo significa que ninguna otra persona está legitimada para impedir u obligar a dicho individuo respecto a esa cosa. Una persona tiene derecho negativo a algo si puede hacerlo o dejar de hacerlo, intentar obtenerlo o renunciar a ello, sin que los demás usen la fuerza en su contra, sin que ningún otro le obligue o se lo impida recurriendo a la violencia física o a amenazas. El derecho negativo prohíbe la interferencia violenta, pero no supone ningún deber activo: delimita las áreas dentro de las cuales nadie puede interferir en las acciones de otra persona. Un derecho no es un deber u obligación. Cada persona tiene derecho inalienable a su vida porque ésta no puede traspasarse a ningún otro, pero puede disponer de ella y extinguirla según su voluntad. La vida no es un deber.

Es natural que los seres vivos desarrollados deseen vivir. Un organismo motivado para mantenerse vivo tiene más probabilidades de supervivencia que un organismo al cual la vida le resulte indiferente. Lo normal en un ser vivo es que desee seguir viviendo, pero en determinadas circunstancias la vida puede ser tan penosa que el individuo prefiera acabar con ella a continuar sufriendo. La persona que sistemáticamente desea suicidarse es quien mejor sabe si puede soportar y resolver los problemas que le angustian. Es absurdo y arbitrario afirmar que una persona desea morir porque no ha recibido la asistencia, cuidados o cariños adecuados. Otras personas pueden intentar persuadirle, pero no tienen derecho a usar la violencia para impedir que se quite la vida, aunque consideren horrible el deseo de morir.

La libertad propia implica la tolerancia, la aceptación de la libertad de los demás incluso cuando no nos gusta lo que hacen. Obligar a vivir en sufrimiento es peor que permitir morir en paz. Prohibir la eutanasia es legislar en contra del más débil, del más incapaz, del que quiere morir pero no puede suicidarse, y provoca la continuación del sufrimiento. La penalización de la eutanasia castiga severamente a quien hace un gran bien según la valoración subjetiva relevante de la persona que recibe el alivio de la muerte. Los que están en contra de la legalización de la eutanasia tal vez cambiarían de opinión si se vieran en una situación desesperada y necesitaran a alguien que les ayudara a morir. Participar en una eutanasia puede ser un acto de piedad.

La muerte de una persona puede causar dolor a aquellos con quienes tiene relaciones afectivas, pero ese daño no es resultado de una agresión contra la propiedad privada, y por lo tanto no puede usarse la fuerza para impedirlo. Ni el sufrimiento ni el disfrute son cuantificables, medibles ni objetivables, no es posible comparar el daño que sufre la persona obligada a seguir viviendo con el daño que sienten los que sufren su pérdida. Tampoco es posible determinar si el sufrimiento es soportable o no. Nadie puede garantizar que el sufrimiento acabará y que la persona volverá a disfrutar de la vida. Algunas personas pueden desear morir aunque no sufran ninguna enfermedad, quizás porque sus creencias religiosas indican que pueden acceder a una fase superior de su existencia.

La conservación y el mantenimiento de la vida no es un axioma ético, no es un valor objetivo supremo al cual debe subordinarse cualquier otra entidad. Toda valoración es subjetiva, finita y relacional (de unas cosas con respecto a otras). La vida no es un valor absoluto que anule todos los demás: hay personas que mueren por otros. En algunos casos incluso deja de ser un valor para convertirse en una pesada carga. Que cada persona sea única e irrepetible es una consecuencia de la enorme complejidad de los seres humanos, y no implica que tenga un valor sagrado infinito.

La vida (y su evolución, y la muerte) es un fenómeno natural, y no un misterio trascendente ni un regalo de la divinidad. La terminación de la vida puede suceder por accidente, por enfermedad mortal, por agotamiento, o por la voluntad del mismo ser vivo. Si el hombre no decide el momento y las circunstancias de su muerte, entonces son el azar o las circunstancias incontrolables los que la determinan, y no una entidad divina imaginaria. Argumentar éticamente acerca de la vida supone estar vivo, pero no implica desear estar vivo. Una persona viva puede discutir con interés acerca de la vida porque desea obtener ayuda o permiso, para sí o para otra persona, para dejar de existir. Que no nos hayamos dado la vida a nosotros mismos no implica que no tengamos la potestad de quitárnosla. El ser humano es dueño pleno de su vida, no es un simple administrador, y no tiene que dar cuentas a nadie del uso que haga de ella.

Una persona puede contratar libremente con otra en las condiciones que ambos consideren convenientes si respetan la propiedad ajena. Nadie puede obligar a otra persona a que le ayude a morir, ni impedir una muerte deseada por la propia persona. Algunas personas pueden ayudar a otras a morir o a tomar la decisión adecuada al respecto. Nadie puede ser obligado por la fuerza a ayudar a otra persona, ni a vivir ni a morir. Ningún médico está por defecto obligado a participar en una eutanasia. Salvo que exista un compromiso contractual previo, una persona puede negarse a asistir a un paciente que desea morir, y puede negarse a actuar para mantener viva a otra persona. Mantener viva a una persona en contra de su voluntad es un delito contrario a la ética. El compromiso con un código deontológico profesional no justifica que el médico mantenga la vida de un paciente en contra de su voluntad.

En algunas ocasiones una persona no puede expresar su voluntad respecto a su deseo de seguir viviendo. A menos que exista una declaración al contrario, es razonable asumir por defecto el deseo de vivir. La eutanasia y el asesinato son esencialmente diferentes. La eutanasia no equivale a la eliminación de los ancianos inútiles o gravosos, de los disminuidos psíquicos y de los miembros indeseables de una sociedad. Legalizar la eutanasia no equivale a decidir quién puede vivir y quién no. Tener derecho a ayudar a alguien a morir según su voluntad no implica poder asesinarlo en contra de su voluntad. El miedo al peligro de los abusos, a que la legislación evolucione de tal modo que el médico pueda matar al paciente en contra de su voluntad, es equivalente a creer que legalizar las relaciones sexuales o la prostitución fuera a llevar a legalizar las violaciones. La confusión entre eutanasia y asesinato en algunos debates parece provocada a conciencia como distracción ante la falta de argumentos de los prohibicionistas.

La legalización de la eutanasia como consecuencia lógica del principio ético básico de la propiedad privada es incompatible con la regulación y la financiación estatales de la misma. Por muy rica que sea una sociedad, ninguno de sus miembros tiene derecho natural a exigir a nadie que le ayude, sea a vivir o a morir, pues ello implicaría que unos son esclavos de los deseos de otros. El Estado es la institucionalización de la coacción, y su actuación consiste en confiscar riqueza a unos para transferírsela a otros. Si la eutanasia estuviera subvencionada por el Estado, los contribuyentes contrarios a la misma estarían financiándola.

Confundir médico y verdugo es absurdo. Un verdugo es un profesional que mata a una persona en contra de la voluntad de la víctima, y en la eutanasia la víctima desea morir. La profesión médica no tiene misiones inmutables fijadas por un juramento hipocrático arcaico, sino que tiene unos conocimientos que pueden ser útiles para otras personas: la mayoría de los clientes quiere conservar la salud y seguir vivos, unos pocos quieren que les ayuden a morir de forma digna. No parece sensato temer a un médico porque haya ayudado a morir a otras personas. Los médicos siempre han tenido conocimientos que les dan poder para matar, pero que se legalice la eutanasia no implica que tengan más fácil el asesinato de sus pacientes.

Los fundamentalistas religiosos proclaman constantemente la barbarie generalizada, la ruina moral, la decadencia espiritual, la civilización en quiebra, la corrupción de los tiempos actuales. Parece que la humanidad sólo prosperará si se hace lo que ellos dicen. Las declaraciones de personas con creencias religiosas en contra de la eutanasia no son argumentaciones racionales, sino posturas frecuentemente reaccionarias y oscurantistas. Recurren a la superstición, a entidades divinas imaginarias, a dogmas de fe arbitrarios, e intentan influir sobre los demás mediante el miedo a lo desconocido.

El dolor es un mecanismo cognitivo que incrementa las posibilidades de supervivencia de los seres vivos, les señala la presencia de problemas y les permite aprender qué es lo que no deben hacer. No se trata de un mecanismo perfecto, y en algunos casos es inútil. El sufrimiento no tiene ningún sentido sobrenatural, y la veneración del martirio, del enaltecimiento, purificación y liberación por el sufrimiento, se asemeja al masoquismo. La religión puede consolar ante la realidad inexorable de la muerte, pero lo hace mediante ficciones y engaños, aunque sean bienintencionados.

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