liberalismo.org
Portada » Artículos » Política » El odium ideologicum a Aznar

Los nuevos clérigos Fragmento
Los nuevos clérigos

Enrique de Diego
Libros Libres, Madrid, 2004

El odium ideologicum a Aznar

Por Enrique de Diego

Problema teológico fundamental es dar explicación a la existencia del mal. Las sectas gnósticas han dado una respuesta dualista: dos principios –del bien y del mal. El marxismo era un gnosticismo radical. La dialéctica –proletarios y capitalistas, opresores y oprimidos- se movía dentro de esas pautas. El revestimiento cientificista introducía un elemento apocalíptico en su tosco irracionalismo. Era abrumadoramente dogmático: la realidad debía de continuo adecuarse a la plantilla ideológica. Contenía una carga inagotable de diabolización, pues satanizaba a colectivos completos, como capitalistas y burgueses. También mencheviques y anarquistas y cuantos, declarados herejes, se opusieran al avance del bien, de la revolución. En muchos sentidos, era un movimiento conservador, que idealizaba un mundo pasado al que, mediante artera estrategia finalista, heredada de Hegel, proyectaba como ideal al futuro.
 
Sin tener en cuenta que la izquierda sigue siendo deuda del marxismo en el que se formó no se entienden sus pautas de comportamiento político. La izquierda sigue siendo gnóstica, continúa considerándose más que una parte del espectro político. Derrumbados los dogmas aprendidos en su tierna infancia, ha desarrollado, como en las sectas más refractarias, un curioso proceso, según el cual, en el principio las ideas eran el bien siendo los hombres, con las desviaciones de su conducta, quienes se desviaban mediante errores prácticos. Sólo así podían darse continuos rodeos ante los desastres y los genocidios provocados. Ese tipo de proceso llevaba a considerar a Stalin trágica desviación, manteniendo incólume el legado de Lenin que, sin embargo, fue el gran artífice del terror rojo.
 
Ahora, es la izquierda como colectivo la que encarna la verdad, lo bueno y lo bello, si bien estos han pasado a ser cambiantes, a medida que se ve precisada a evolucionar soltando lastre ideológico, sin cuestionar nunca el dogma fundamental: es al Estado, a los políticos y a los funcionarios a quienes corresponde resolver los problemas humanos y obtener la felicidad para los individuos. Ese totalitarismo light –incomprensión y constante sospecha respecto a la libertad personal- permanece íntimamente ligado al discurso y a la práctica política de la izquierda, y no es baladí que la de trayectoria más democrática –el PSOE en la mayor parte de su historia consideró a la democracia mero instrumento para llegar al partido único- ha recibido, con alborozo, continuos aportes del comunismo a la casa común, recibidos con el alborozo evangélico hacia el retorno del hijo pródigo, detentador de las esencias. El aparato ideológico del PSOE ha estado controlado habitualmente por excomunistas.
 
Entre las constantes que dan un mismo aire de familia a la vieja y a la nueva izquierda está la extraordinaria capacidad para anatemizar y diabolizar. Pues como gnósticos no se creen capaces más que del bien, en nombre de sus elevadas buenas intenciones, perciben el mal absoluto en sus adversarios. El gnosticismo siempre tuvo aversión a la libertad personal y tendió al determinismo. Dos constantes cuyas huellas son nítidamente perceptibles en el íter gauchiste. Hay sobresaliente maestría en la izquierda –donde, como hemos visto, el pensamiento es de continuo arrumbado por la consigna- para diabolizar, necesidad perentoria. Diabolizaciones colectivas –la identificación de la derecha con el fascismo, que fue una herejía de izquierdas- y personales, como el odio a Aznar, en nombre del cual la izquierda se consideró liberada para asaltar sedes del Partido Popular tras las manifestaciones del ‘No a la guerra’ –esperpéntico ver a los comunistas liderando el pacifismo- y para acosarlas durante la jornada de reflexión. Ese odio a Aznar, tan intenso y manifiesto en las predicas de los nuevos clérigos, se proyecta en el ejercicio del poder, como la búsqueda de una nueva legitimidad. Proceso bien curioso. Sin la consideración de ese transfondo marxista de la izquierda, de sus sillares totalitarios, no es posible entenderlo.
 
 
Crítica y diabolización
 
Porque no se trata de la crítica, como se entiende normalmente. No resulta difícil hacerla de Aznar ni en lo personal, ni en lo político, porque, además, es consustancial a la democracia. No es un hombre simpático. Como muchos hombres públicos, es tímido. En su caso, no ha conseguido disimularlo, porque ni tan siquiera ha llegado a intentarlo. Es de fácil caricatura. En su autorretrato hay un punto de ironía: “yo soy un carácter extrovertido... de puertas para adentro. Quiero decir, en mi casa. No siendo así, tiendo más bien a la sequedad, no a la sequedad desde el punto de vista personal, o en las relaciones políticas, sino a una cierta sequedad en la expresión. Que le vamos a hacer, soy así. Es un poco como le decía Fernando de los Ríos a Azaña: ‘pero no sea usted tan sequerón, don Manuel’. Con esa forma de ser y el ejercicio del Gobieno, se ha ido creando una imagen de mí que combina autoritarismo con prepotencia”[1].
 
No han sido ni Aznar ni su entorno monclovita una traslación del mito artúrico. Su principal error fue no proceder a la profunda reforma de la ley electoral y el modelo de partidos. Nuestro sistema de listas cerradas y fuerzas políticas jerarquizadas resulta cómodo para el líder, mas, al tiempo, le somete a tentaciones sobreañadidas. El ‘síndrome de La Moncloa’ no es un maleficio provocado por fantasmas y psicometrías existentes en las paredes del Palacio presidencial. Es el producto del servilismo y la adulación que provoca la falta de autonomía personal de los cargos políticos y la fontanería. La dependencia del jefe reduce la libertad de criterio. En el marco de una democracia, Aznar tuvo en el interior de su partido los poderes de un autócrata, rodeado de una auténtica guardia pretoriana[2]. El hecho de haber llevado a su partido de la oposición al Gobierno le rodeó de un halo heroico, adobado por el lógico agradecimiento de su hueste. Durante años, a Aznar, dentro del PP y de los límites de Moncloa, nadie le llevó la contraria, ni desarrolló la autocrítica necesaria para el contraste de las ideas. El Aznar distante no pertenece a la mitología, sino a la realidad. Le retrata la anécdota de Jesús Posada, uno de los políticos de mejor humor, quien siendo ministro, viendo pasar a Aznar, con la mirada perdida, por los pasillos del Congreso, inquiría con sorna a otro miembro del gabinete: ‘¿tú crees que nos conoce?’.
 
En sus reflexiones sobre el liderazgo parece percibirse que ha sentido como pocos la soledad del poder. Producto de una concepción en exceso personalista. “El ejercicio auténtico del liderazgo –dice- es el que combina convicciones fuertes con capacidad de decisión”. Sin embargo, el liderazgo democrático no se entiende si no es emanación de procesos colectivos, complejos y abiertos, que generan consensos. Los modelos de Aznar han sido Azaña y Churchill. Azaña es la soledad, mas Churchill tuvo a la nación detrás, sólo cuando fue inevitable, cuando el pactismo de Chamberlain se mostró como callejón sin salida, suicidio colectivo.
 
“Una vez en el Gobierno, comprobé hasta qué punto es un asunto que requiere una capacidad de resistencia muy fuerte, y que tiene que fundamentarse en convicciones morales y políticas de un calado muy profundo”[3]. Es obvio que se refiere al principal problema de nuestro tiempo: el terrorismo, cuestión en la que los gobiernos de Aznar han destacado por su firmeza y por la elaboración de toda una doctrina contraria a la cesión. Sin embargo, en la segunda legislatura se percibe una reducción del debate y la pedagogía de las ideas. “Aquí, primero se toman las decisiones y luego se explican”, me comentó uno de sus colaboradores más cercanos en plena vorágine del respaldo a George Bush en la cuestión de Iraq. Mala práctica. Toma de decisiones en exceso personalizada. No es, propiamente, error personal, sino efecto perverso del modelo, que transmite una imagen caudillista. Para Aznar, “no es muy difícil distinguir un liderazgo de verdad de un liderazgo de cartón piedra. Las sociedades modernas fomentan liderazgos artificiales. Hay gente que llega a creerse que tiene madera de líder y no es así. Eso ocurre cuando se confunde el liderazgo con la imagen. Por eso, en general, en las sociedades modernas faltan líderes con convicciones”[4]. No resulta difícil percibir en quién está pensando para su descripción: José Luis Rodríguez Zapatero. “Sí que he echado de menos a un Sagasta”[5], se duele Aznar, y hay en ello proyección del turnismo canovista. Puesto por pasiva, el proceso sucesorio representó ventajas adicionales, en términos de competencia política, para el líder del PSOE, pues durante tiempo fue señalado por Aznar como ‘interlocutor válido’ para las cuestiones de Estado. Además, la tardanza en el nombramiento de heredero restó incentivos para proceder a la confrontación con el adversario.
 
Hay en Aznar una preocupación, acentuada con el tiempo, por su propia proyección histórica, que obligaba a su partido a asumir decisiones que no habían sido debatidas ni explicadas. Ello no empece para el acierto de fondo de muchas de ellas, incluso de las fundamentales, bien orientadas respecto a la causa de la libertad. Su visión de la lucha internacional contra el terrorismo es sumamente correcta, como lo es la necesidad de un reforzamiento del vínculo trasatlántico, sin quedar atrapados en gaullismos trasnochados. Como se ha dicho con anterioridad, Aznar se sentía a gusto en el modelo de políticos profesionales en que había sido formado, lo que vaciaba de contenido la retórica regeneracionista, dando alas a la acusación de inmovilismo de sus adversarios. No percibió que los nacionalismos ofrecen un dinamismo, alocado, disolvente y reaccionario, ante el que es preciso ofrecer una profundización dinámica en la sociedad abierta. En ese sentido, su liberalismo siempre fue parcial. Mantuvo la permanencia del proyecto nacional, con una España fuerte, prestigiada en el concierto internacional, y la vigencia de la Constitución de 1978, algo que no le perdonará nunca la coalición de PSOE y partidos nacionalistas. El Gobierno actual de fuerzas antisistema y de la no España.
 
 
La ruptura de la tradición estatista
 
Nada que objetar a la definición intelectual que da de sí mismo: “siempre he sido un liberal, y sigo siéndolo. Un liberal conservador, pero sustancialmente un liberal”[6]. No es cuestión de perderse en esencialismos, ni en reivindicar ortodoxias, ni en cuestionar, como híbrido, el liberalconservadurismo. No puede, por menos, que reconocérsele a Aznar haber sido el presidente que ha roto la tradición española por excelencia: el intervencionismo. Uno de los precursores de la planificación es un hispano de los tiempos medios: Alfonso X el Sabio. Cánovas y Sagasta eran intervencionistas. Cánovas se pavoneaba de no haberse contado nunca entre los partidarios de “la moda del librecambio”. Canalejas era intervencionista. Miguel de Unamuno entendía que liberalismo y estatalización de la enseñanza eran sinónimos. Joaquín Costa veía en el Estado la solución al atraso patrio. El franquismo fue estatista –salvo el Plan de Estabilización de 1959, de Alberto Ullastres- y tanto la UCD como el felipismo fueron continuistas del esquema económico mental del franquismo. Partidarios del paternalismo de Estado. Desde los doceañistas y Jovellanos, no hay hasta Joaquín Garrigues Walker un político en España que propugne menos Estado y más sociedad. Y hasta Aznar no hay nadie que lo lleve a la práctica. “No creo que el mundo definido por el liberalismo sea un mundo perfecto, pero no sé si será posible uno mejor. Ninguno de los que se han ensayado y de los que hemos podido conocer lo ha conseguido. En cualquier caso, las sociedades libres, tal como las concibe el liberalismo, me parecen las mejores sociedades. Siempre preferiré vivir en una sociedad liberal, y en un mundo regido por la libertad, que no en otro regido por principios que coarten arbitrariamente la libertad”[7].
 
Sin embargo, reconocido el mérito, ciertamente histórico, Aznar es también hay un político que hace reformas dentro del sistema, reduciendo el liberalismo a límites inapropiados. No ha conseguido desembarazarse del consenso socialdemócrata en puntos básicos. “El Estado moderno tiene que asegurar un determinado grado de bienestar y de oportunidades para todos: entre otros deberes, tiene que garantizar el acceso a la Sanidad, el pago de las pensiones, una educación de calidad. Pero no tiene que entrometerse en la libertad de la gente, porque no puede sustituir la responsabilidad individual de cada uno sobre sus propios actos”[8]. La reflexión es contradictoria. El Estado no hace otra cosa que entrometerse obligando a los ciudadanos a contratar su salud o su jubilación con un sistema estatal ineficiente o a ser penalizado por una doble imposición si, libremente, opta por la enseñanza privada para educar a sus hijos. Ni la sanidad, ni la enseñanza son excepciones a las normas generales válidas de la acción humana para el resto de sectores económicos. Si la liberalización del tráfico aéreo o las telecomunicaciones ha ofrecido beneficios palpables para los consumidores, mucho mayores serían si se permitiera a los ciudadanos ejercer su libertad y asumir su responsabilidad en aspectos mucho más decisivos de su vida. En ese sentido, Aznar, en su vis más conservadora, no hace otra cosa que legitimar el intervencionismo de la izquierda y el mantenimiento del humus estatista imprescindible para el sostenimiento de los nuevos clérigos. Ya hemos visto, como en materia de cultura, el PP tuvo mucho cuidado de mantener el flujo de maná a costa del contribuyente.
 
 
El mal con ausencia de todo bien
 
La cuestión es que la izquierda no ha criticado a Aznar, lo ha odiado. El odio es un sentimiento irracional. Esa parte de crítica común, no ha sido más que la excusa o el revestimiento de la diabolización: la consideración de Aznar como el mal con ausencia de todo bien. Es ese odio el que merece un detenido análisis. ¿Por qué la izquierda ha odiado tanto a Aznar, hasta identificarle como un ‘asesino’, con las ‘manos manchadas de sangre’, ‘culpable’ de la masacre de Atocha? ¿Por qué la izquierda, instalada ya en el poder, alimenta de continuo ese odio?
 
La izquierda -al margen de la engañifa del talante, para el que precisaba el contraste de la caricatura grotesca de Aznar- está preparada para odiar. El marxismo, en el que se ha formado, era una ideología con insondables reservas de odio. Lo que la izquierda precisa es canalizar sus torrenteras de resentimiento y en Aznar ha encontrado un objetivo claro. Una primera respuesta se mueve en el rencor, el nivel más bajo de ese sentimiento insano. Rencor hacia quien ha vencido a la izquierda en dos contiendas electorales y la ha mantenido durante un interregno de ocho años alejada del poder, en la intemperie de la oposición. Ese rencor es muy acusado en Felipe González, quien siempre subestimó a Aznar –le parecía ridículo imaginar su imagen junto a Helmut Kohl. La izquierda nunca le ha perdonado su denuncia de la corrupción y del terrorismo de Estado. Ese rencor se prolonga en el revanchismo, seña de identidad definitoria del retorno socialista al poder. Va más allá de la disputa democrática y hunde sus raíces en la trastienda antidemocrática de la izquierda, de su visión patrimonialista del poder, de la convicción, tan infundada como profunda, de que la derecha está ilegitimada para gobernar en democracia, pues ello representa un riesgo de retorno al franquismo. Es ese retorno instintivo al guerracivilismo. El mismo gesto de Zapatero de homenaje a su abuelo fusilado, que sería considerado obsceno si se recordaran las sacas de Paracuellos, las chekas o los ‘paseos’. La mitología victimista –y la mala conciencia de tantos franquistas reconvertidos en líderes morales de la izquierda- permitió a ésta considerarse legitimada para intentar derribar -desde la calle y la algarada- al gobierno durante la campaña del ‘No a la guerra’ y con el golpismo residual del 13 de marzo. ¡El odio a Aznar sería el de los vencidos hacia los vencedores de la guerra civil!
 
En cuanto a las críticas expuestas a su personalismo, no se puede dejar de considerar que Aznar resistió a las tentaciones mefistofélicas del poder cumpliendo su compromiso de abandonarlo, en pleno apogeo, tras dos legislaturas. Hecho tan inusual, y meritorio, que durante tiempo fue tenido por artimaña y puesto bajo sospecha, por si se volvería atrás. Ese gesto, lejos de haber reducido el odio, lo ha retroalimentado. Una muestra más de su irracionalidad. En la consigna de los SMS del 13 de marzo no se hablaba de Rajoy, sino de “Aznar de rositas”. Que Aznar fue derrotado el 14 de marzo, a pesar del hecho notorio de no presentarse, ha sido obsesivo en la izquierda. La izquierda no le perdona ni le perdonará que se hurtara a la derrota, si bien Aznar no era un candidato invicto, pues antes de acceder a La Moncloa fue vencido en dos citas electorales.
 
Con el estilo que ya se ha hecho marca del Grupo Prisa, el 22 de julio de 2004, la cadena SER colgaba en su página web la siguiente falsa noticia: “Aznar pagó con dinero público a un lobby de Washington para conseguir la medalla del Congreso de EEUU”. El titular es todo un ejemplo de manipulación. Todo vale en el intento de demolición. Aznar no habría conseguido tal medalla “por ser un aliado firme e incondicional de Estados Unidos y por su apoyo a la guerra contra el terrorismo”, sino porque la había comprado, con fondos públicos. A pesar del tufo a filtración interesada en estado puro, los socialistas se hicieron de nuevas. Como en el caso del inventado kamikaze de los trenes de la muerte, estamos ante un uso alternativo de la información. ¿Existe demostración mayor de la impostura de la cadena SER, que la continuidad del contrato bajo el gobierno Zapatero, con certeza indudable, el filtrador de la noticia? Este episodio no se entiende sin la convicción de que el periodismo ha muerto o una cierta concepción de él, en el que todavía era posible la deontología. El Grupo de los nuevos clérigos por excelencia le dio un golpe de muerte entre el 11 y el 14 de marzo. El periodismo, en el que los hechos pretendían cuanto menos ser sagrados, ha caído bajo la moral relativista de la secta, esa mezcla de sublimaciones e intereses, la falta de escrúpulos y límites, en la que los periodistas son meros peones. Los libros de estilo han sido sustituidos por listados tácitos de amigos-enemigos de la empresa, en la línea de la dialéctica política establecida por el jurista Carl Smichdt, uno de los ideólogos del nazismo.
 
En materia de escándalos, los socialistas tienen amnesia galopante. Los lobbys en Estados Unidos son perfectamente legales y están regulados. Pagan IVA, al contrario que Filesa, el gran lobby generado por Ferraz. Cuenta Julio Feo que, en 1983, “para la visita a USA, habíamos contratado los servicios de la empresa de comunicación, relaciones públicas y relaciones gubernamentales, Haley, Kiss and Dowd. En Exteriores y en la embajada este comportamiento heterodoxo sentó muy mal, pero yo, que sin ninguna falsa modestia, presumo de conocer muy bien USA, sabía que era la única forma de asegurar el éxito de la visita”[9]. El asesor áulico de Felipe González no escatima elogios al trabajo del lobby. Así, “el presidente dio una cena en la embajada. En la confección de la lista de invitados colaboró Kiss con la embajada. El ‘todo Washington’ estuvo presente y fue un gran éxito”. Felipe González mantuvo entrevistas con Ronald Reagan, el vicepresidente Bush y Alexander Haig, gestiones todas ellas en la que colaboró activamente el lobby. La lección, para Julio Feo, no puede ser más clara: es conveniente contar con la colaboración de un lobby para defender los intereses de España en el escenario político norteamericano. “La cobertura en medios norteamericanos del viaje del presidente fue excepcional. El trabajo de Haley, Kiss and Dowd, magnífico. Desgraciadamente no tuvo continuidad, pues, como ya he explicado, fue imposible convencer al servicio exterior español de la necesidad del servicio de una empresa así, apoyo con el que cuentan países como Alemania o Japón sin ningún rubor”[10].
 
¿Por qué es creíble la insidia subliminal que sitúa a Aznar como el político de una república –o monarquía- bananera a la búsqueda de alimentar su ego a golpe de talonario? Unos meses antes la periodista Virginia Drake realizó una entrevista al “segundo” corresponsal de TVE en Estados Unidos. No se trata de una persona sospechosa de fervor aznarista. El título, de hecho, no era condescendiente para el PP, entonces en el poder: “los informativos de TVE están controlados desde el poder”. Lorenzo Milá, el entrevistado, fue el primer contactado por Zapatero a su llegada a La Moncloa para ofrecerle la dirección de informativos de TVE. Pues bien, en la entrevista la periodista le pregunta si “¿en Estados Unidos ven a Aznar más alto, más sonriente y más guapo de lo que resulta en España?” He aquí la respuesta: “Es impresionante. Aznar aquí es recibido con todos los honores allá donde va. Es una cosa espectacular, realmente sorprendente”. Virginia Drake insiste reticente: “¿pese a que hay un porcentaje muy alto de americanos en contra de la guerra de Iraq?”. Lorenzo Milá responde: “sí, pero aquí la gente se ha sentido muy aislada en la ONU y valora el apoyo de Aznar. Llama la atención como su relación con Bush ha cambiado la percepción que los americanos tenían de España”. O sea, que es Aznar quien hace mejorar la imagen de España en Estados Unidos. Lejos de ser un político desconocido, al que habría de promocionar un lobby, es un dirigente respetado, recibido con los brazos abiertos y en olor de multitudes, al que la medalla del Congreso le terminará llegando con un sentido claro de agradecimiento. Dos millones de dólares no parece suma suficiente para comprar las voluntades de los congresistas, ni la concesión de la medalla a un presidente del Gobierno deja de estar relacionada con “los intereses de España”, mucho más allá del bufonesco episodio interno del laureado Bono. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero, como estricto meritorio, buscó ‘robar’ una foto junto a George Bush en la reunión de la OTAN en Estambul y permanecer unos minutos –dicen que siete- junto a él, mediante el recurso de llamarle la atención –‘¿qué tal estás, George?’-, la ‘foto de las Azores’ no sólo adquiere toda su dimensión histórica, también es el recuerdo de una dignidad perdida.
 
No, el rencor no explica la persecución a Aznar después de abandonar el poder. La paranoia antiAznar pertenece al mundo del odium ideologicum, responde a estrictos resortes de secta. Rompiendo con la tradición intervencionista, poniendo en práctica las fórmulas liberales en el terreno económico, Aznar ha demostrado la superioridad intelectual y ética del liberalismo sobre el socialismo. Ha puesto en evidencia la mentira profunda en que se sustenta el socialismo. Eso es imperdonable.
 
 
Los años dorados
 
En los ochos años de gobierno aznarista se redujo la deuda del Estado en 18 puntos: del 68,1% del PIB en 1996 l 50,1% en 2004. Eso ha representado un ahorro anual en intereses de 1.700 millones de euros. En 1996, la renta española se situaba en el 78% de la media europea. El mismo porcentaje que en 1976. Los gobiernos de Felipe González representaron un completo estancamiento. En 2003, fue del 86%. La diferencia se redujo un punto cada año. Entre 1997 y 2000, la tasa de crecimiento se situó en el 4,2%, un punto por encima de la media de los países occidentales. Los socialistas dijeron que se debía a la coyuntura internacional. Entre 2000 y 2004 fue del 2,5%, mientras Francia y Alemania se estancaban o entraban en recesión. En 1996, el socialismo dejó el país con un paro del 23%, afectando a 3,7 millones de personas. Ese año trabajaban 12,3 millones de personas. Las mismas que en 1976. En veinte años, con catorce de socialismo gobernante, no se había creado un solo puesto de trabajo más, Los cotizantes a la Seguridad Social en 2004 eran 16,6 millones, 4,3 millones de puestos de trabajo más. Durante años, España ha creado el 50% de los empleos generados en toda Europa. La mitad de los nuevos empleos fueron ocupados por mujeres. En 1996, la Seguridad Social tenía un déficit del 0,7% del PIB –quinientos mil millones de pesetas. En los primeros meses del primer gobierno Aznar, hubo que pedir préstamos a entidades bancarias para pagar las pensiones. Entre 1987 y 1996, bajo Felipe González, los trabajadores con contrato fijo se redujeron en casi medio millón. La tasa de temporalidad pasó del 33,5 en 1997 al 30,6 en 2003. Desde 1996, el número de trabajadores con contrato indefinido creció en 3,3 millones. El tejido empresarial no hizo otra cosa que ampliarse: 2,6 millones de empresas en activo. España pasó a ser un país inversor. Entre 1990 y 1995 se invirtieron en Iberoamérica 5.000 millones de dólares. Entre 1996 y 2000, 105.000 millones. En 1995, la prima de riesgo país estaba en torno a 600 puntos básicos. Hoy es cero. España es un país solvente y fiable. Intereses hipotecarios bajos hicieron que las familias españolas se capitalizaran patrimonialmente accediendo a la propiedad de su vivienda. Su suprimieron impuestos onerosos para la iniciativa individual como el IAE y el de Sucesiones en las comunidades autónomas gobernadas por el PP. “Las medidas de austeridad, de liberalizaciones y de privatizaciones nos permitieron emprender una política fiscal nueva en España. Se resume en una expresión muy sencilla: bajar los impuestos”[11].
 
El indudable éxito económico no era fruto del azar, sino de una filosofía política alejada de los dogmas socialistas. “Nos propusimos –explica Aznar- demostrar que cuanto más austero fuera el Estado y más libre fuera la economía, menos posibilidades de corrupción habría y más progresaría España”[12]. Se privatizaron Argentaria, Enagás, Repsol, Endesa, Telefónica, Aceralia, Tabacalera, Iberia y Santa Bárbara. “Cuando llegamos al Gobierno nos decían que aquello de las privatizaciones era otra idea imposible. Llegaron a recomendarnos incluso, literalmente, que vendiéramos Iberia por una peseta; es decir que la regaláramos. Hoy es una empresa rentable. Se deduce que no habríamos hecho un buen negocio, aunque eso era lo de menos”[13]. El giro era copernicano, pues se venía abajo el dogma de la empresa pública, tanto sobre la base de criterios de justicia social, como de carácter estratégico. Hace unas décadas, la izquierda aún soñaba con nacionalizaciones, y en la campaña de las elecciones europeas de 2004, el candidato de Izquierda Unida ponía ¡al Ejécito como ejemplo de ‘empresa pública’ deficitaria! Resulta difícil imaginar mejor homenaje que ese al triunfo del liberalismo en los años dorados que van desde 1996 a 2004. Como reseña Aznar, “la superioridad de las ideas de liberalización se veía corroborada en la práctica. Era evidente para todo aquel que quisiera verlo que las políticas intervencionistas no llevaban a ninguna parte. Ni en el socialismo real que pusieron en práctica los regímenes comunistas, ni en el socialismo práctico que pusieron en marcha los gobiernos del PSOE. Aquí no había control sobre el presupuesto, ni contención de gastos, ni una idea clara capaz de deslindar qué es el Estado y qué es la sociedad. En cambio, las políticas de liberalización y de austeridad sí que habían funcionado. Se había demostrado en la práctica que las ideas liberales eran correctas”[14]. España, desde luego, iba bien.
 
Frente al éxito de la liberalización, el fracaso del estatismo. Lo vamos a escuchar de boca del exministro socialista de Economía, Carlos Solchaga. “A mediados de los años ochenta era perceptible la crisis del Estado de Bienestar en Suecia, como antes ya lo había sido en la patria de Beveridge. Los modelos más preclaros de economía socialdemócrata que, hasta unos años antes, habían sido capaces de conciliar la existencia de una economía privada dinámica y competitiva internacionalmente con una concepción del Estado en el que éste velara por el bienestar de los ciudadanos ‘desde la cuna hasta la tumba’ habían entrado en una profunda crisis. Y, entre tanto, aquí estábamos nosotros tratando de construir por primera vez en nuestra historia algo semejante a un auténtico Estado de Bienestar, incrementando el alcance de las políticas sociales distributivas y aumentando, para hacerlo, la presión fiscal de una manera muy significativa”[15]. En realidad, el Estado de Bienestar español era un ‘logro’ de la dictadura franquista. Lo que el PSOE estaba haciendo era incrementar el clientelismo, una de sus prácticas constantes. A pesar de las evidencias del fracaso, la respuesta socialista no fue racional, en relación con el método prueba-error, sino la propia de una secta cuyos dogmas estuvieran en peligro: profundizar en el error. “Una parte de la izquierda –añade Solchaga- en España y en otros países endureció sus posiciones ideológicas ante estos acontecimientos. Se negaron a aceptar las limitaciones del enfoque keynesiano del manejo de la economía nacional en una situación caracterizada por perturbaciones de la oferta y un proceso de creciente globalización económica. Igualmente se negaron a admitir, siquiera fuera conceptualmente, las fricciones que podían surgir entre el mantenimiento de un Estado de Bienestar sobredimensionado en algunos campos, y el crecimiento de la economía y la propia creación de empleo. En fin, tratando de salvaguardar el papel que el Estado tenía en su visión del mundo y a pesar del fracaso cada vez más aparente de las economías planificadas del bloque comunista, creyeron que tenían que cargar contra las supuestas ventajas del funcionamiento del mercado”. Quienes más sufrieron aquel empecinamiento traumático fueron los jóvenes, sometidos a un proceso de exclusión y de restricción de sus oportunidades. En 1996, con Pedro Solbes como último ministro de Economía del felipismo, no sólo el déficit era del 6% del PIB, incrementando la deuda a pagar por las generaciones futuras, el paro juvenil se situaba en el 42,2% y no hacía otra cosa que aumentar.
 
 
La superioridad ética del liberalismo
 
Las cifras económicas son abstracción de realidades humanas. En los ocho años de Aznar hubo más justicia, menos inseguridad económica, más capacidad para desarrollar el propio proyecto vital. El balance de la gestión liberal de Aznar es superior éticamente al de la socialista de los gobiernos de González. Aznar no sólo ha conseguido ahormar una corriente de la opinión pública refractaria a la demagogia de los nuevos clérigos –el 14 de marzo, nueve millones setecientos mil españoles resistieron al chantaje terorista y a la manipulación política- también ha demostrado el error intelectual del socialismo y su miseria moral.
 
Esa sí es la explicación última del odium ideologicum contra Aznar, el revanchismo contra su gestión y el intento de culminar su diabolización procediendo a su muerte civil. Porque una idea no es moral por proclamarse como tal sino que ha de ser contrastada con la realidad. Y si sus efectos son perversos ha de ser tenida por inmoral. Proclamar que se busca el bien de los trabajadores o de los más desfavorecidos no pasa de retórica si la buena intención no viene avalada por los hechos.
 
Las sociedades avanzan mediante ensayos, mediante propuestas de reforma, mas de manera analógica a como en el mundo de las ciencias físicas un experimento que contradice a una teoría convierte a ésta en una antigüalla, en algo inservible y superado, en política sucede lo mismo, si se trata de huir de esquemas populistas meramente emotivos. Pretender la validez de las ideas políticas al margen de sus efectos, sólo conduce en sus aspectos más extremos al totalitarismo, y en los más benignos a la aparición de nuevas formas de conservadurismo acrítico que tratan de convertir en tradiciones intocables los errores de principio, las desviaciones de cálculo. Introduce la política directamente en terrenos sustitutorios de la religión, sustrayéndola a su campo propio de administración de la cosa pública, para sumergirla en zonas pantanosas de superstición: el engaño de mantener ideas a pesar de sus malas consecuencias prácticas con la argucia de que se cometieron errores personales, de que no se pusieron en marcha con la suficiente intensidad o cualesquiera otro de los argumentos de quienes, incapaces de aprender de sus errores, tienden a convertir a sus seguidores en una especie de hooligans emocionales, adheridos a unos colores con la pasión de los seguidores de un equipo de fútbol.
 
Proclamar la beatitud de una idea al margen de sus resultados –como de continuo hacen los nuevos clérigos- es abrir las puertas al sectarismo, porque la exaltación como moral de lo que no lo es no deja de ser una forma de fundamentalismo. Actitud, por supuesto, diametralmente contraria al racionalismo crítico. Si una doctrina y sus medidas provocan paro no es de recibo que pretenda seguir manteniendo que busca el bien de los trabajadores. Un punto de referencia ético insoslayable es que no puede considerarse justa una política que produzca paro, y por ende inseguridad personal, deterioro de las expectativas de futuro y de la capacidad de cada uno de busca su propia felicidad. Si una política provoca paro ha de ser considerada injusta; si genera empleo está en condiciones de reclamar una consideración moral positiva. Una política será tanto más justa, según este parámetro fundamental, cuanto más empleo genere; y será tanto más injusta cuanto más paro provoque.
 
La constatación de la eficiencia, referida a la experiencia, a la realidad, no puede ir en contradicción a la ética, como si ésta fuera abstracta y descarnada, porque ello lleva a un planteamiento reaccionario y absurdo: la ética se impondría sobre la razón justificando resultados ineficientes. Eso sería una ética irracional, nihilista y perversa, basada en algún tipo de autoridad mantenida como tradición muerta o adhesión a siglas.
 
La izquierda odia a Aznar porque en el ejercicio del poder demostró superioridad ética y eficiencia superiores al socialismo. Fue condescendiente con los nuevos clérigos, mas puso en evidencia la telaraña de dogmas con los que, para defender sus intereses, atenazan a la sociedad civil. Ese odio entraña un reconocimiento. Ese rechinar de dientes del aparato de propaganda de la secta manifiesta un complejo de inferioridad. Ese intento de desprestigiar su figura no hace otra cosa que agrandarla. Manifiesta miedo atávico a una profundización en el liberalismo, intento de demoler el consenso liberal establecido en las amplias clases medias, para evitar el debate y poner diques a la necesaria segunda liberalización, que desembride las mentes de los últimos dictados de la estéril superstición estatista.


[1] José María Aznar, Ocho años de gobierno, una visión personal de España, Editorial Planeta, Barcelona, 2004, p. 46
[2] Ver Enrique de Diego, Pretorianos, Ediciones Martínez Roca, 3ª edición, Madrid, 2004
[3] José María Aznar, Ocho años de gobierno, p. 43
[4] Op. cit., p. 45
[5] Ibídem, p. 97
[6] José María Aznar, Ocho años de gobierno, p. 11
[7] José María Aznar, Ocho años de gobierno, p. 11
[8] Ibídem, p. 124
[9] Julio Feo, Aquellos años, Ediciones B, Barcelona, 1993, p. 295
[10] Ibídem, p. 302
[11] José María Aznar, Ocho años de gobierno, p. 111
[12] Ibídem, p. 105
[13] Ibídem, p. 110
[14] José María Aznar, Ocho años de gobierno, p. 113
[15] Carlos Solchaga, El final de la edad dorada, Editorial Taurus

Usuario Contrasea  
Web alojada en Ferca

Mapa del sitio Mapa del sitio
Texto normal Texto grande