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Por tu gran culpa

Por Ayn Rand
Traducido por John Leo Keenan

La muerte de Marilyn Monroe conmocionó a la gente, con un impacto diferente a lo que sería su reacción ante la muerte de cualquier otra estrella del cine o figura pública. En todo el mundo la gente sintió una extraña convicción de estar personalmente involucrada, y de protesta, como la exclamación universal de un "Oh, ¡no!"

Sintieron que su muerte tenía algún significado especial, casi como una advertencia que ellos no podían descifrar, y sintieron una aprehensión inexpresable, la sensación de que algo terriblemente malo estaba involucrado.

Tenían razón de sentir eso.

Marilyn Monroe, en la pantalla, fue un reflejo del júbilo –puro, inocente, como el de una niña– de vivir la vida. Ella proyectaba la imagen de una persona nacida y criada en alguna Utopía radiante, no afectada por el sufrimiento, incapaz de concebir la fealdad o la maldad, encarando la vida con la confianza, la benevolencia y la exultante ostentación de un niño o de un gatito que está feliz de exhibir su atractivo como el mejor regalo que puede ofrecer al mundo y que espera ser admirado por ello, no lastimado.

En la vida real, el suicidio de Marilyn Monroe –o peor, un suicidio que pudo haber sido un accidente, sugiriendo que para ella la diferencia no importaba– fue una declaración de que vivimos en un mundo que hizo imposible para su tipo de espíritu y para las cosas que ella representaba poder sobrevivir.

Si alguna vez hubo una victima de la sociedad, Marilyn Monroe fue esa victima, de una sociedad que profesa dedicación al alivio de los que sufren pero que mata a los que están llenos de entusiasmo.

Ninguno de los que reciben las solicitudes tiernas de los humanitarios, los delincuentes juveniles, pudo haber tenido una niñez tan sórdida y horripilante como la tuvo Marilyn Monroe.

Sobrevivirla y preservar la clase de espíritu que ella proyectó en la pantalla, el sentido radiantemente benevolente de la vida, que no puede ser fingido, fue un logro psicológico casi inconcebible, que requirió un heroísmo del orden más elevado. Cualesquiera cicatrices que su pasado hubiese dejado, fueron insignificantes en comparación.

Ella preservó su visión de la vida a través de una pugna de pesadilla, luchando para abrirse camino hasta la cima. Lo que la rompió fue el descubrimiento, en la cumbre, de un mal tan sórdido como el que había dejado atrás; peor, quizás, por incomprensible. Ella había esperado alcanzar la luz del sol; encontró, en su lugar, una ilimitada ciénaga de malicia.

Era una malicia de un tipo muy especial. Si quieres presenciar su lucha dubitativa por comprenderla, lee el magnifico artículo en un reciente número de la revista Life. No es en realidad un artículo, es una transcripción literal de sus propias palabras y el documento más trágicamente revelador publicado en muchos años. Es un grito de ayuda que llegó muy tarde para ser respondido.

"Cuando eres famosa, es como que te chocas con la naturaleza humana de una manera más o menos cruda", ella dijo. "Provoca envidia, la fama hace eso. La gente con la que te encuentras opinan que, bueno, ¿quién es ella? ¿Quién se cree que es ella, Marilyn Monroe? Sienten que la fama les da a ellos algún tipo de privilegio de acercarse a ti y de decirte cualquier cosa, tú sabes, de cualquier tipo de naturaleza y que no lastimará tus sentimientos, como si le estuviera pasando a tu ropa...Yo no comprendo porqué las personas no son un poco más generosas entre si. No me gusta decir esto pero temo que hay mucha envidia en este negocio."

"Envidia" era el único nombre que ella podía encontrar para la cosa monstruosa que confrontaba, pero era mucho peor que la envidia: era el profundo odio a la vida, al éxito y a todos los valores humanos, sentido por un cierto tipo de mediocridad, el tipo que siente placer al escuchar de la mala fortuna de un extraño. Era odio al bien por ser el bien, odio a la habilidad, a la belleza, a la honestidad, a la determinación, a los logros y, por encima de todo, al júbilo de las personas.

Lea el artículo de Life para ver como operaba y qué le hizo a ella.

Una niña entusiasta, que fue reprendida por su entusiasmo: "A veces las familias de acogida se preocupaban porque yo acostumbraba a reír tan fuerte y con tanta alegría; yo supongo que pensaban que era algo histérica."

Una estrella espectacularmente exitosa, cuyos patronos seguían repitiendo: "Recuerda que no eres una estrella," en un esfuerzo determinado, aparentemente, de no dejarla descubrir su propia importancia.

Una actriz brillantemente talentosa, que escuchó de las supuestas autoridades, de Hollywood, de la prensa, que ella no podía actuar.

Una actriz, dedicada a su arte con seriedad apasionada: "Cuando yo tenía 5 años, creo que fue entonces cuando yo empecé a querer ser una actriz, adoraba jugar, no me gustaba el mundo a mi alrededor porque era bastante deprimente pero me encantaba jugar al ‘hogar’ y era como que podías fijarte tus propias fronteras”, que pasó por un infierno para fijar sus propias fronteras, para ofrecer a la gente el universo iluminado por el sol de su propia visión. "Es casi tener ciertos tipos de secretos por un momento, cuando estás actuando”, pero quien fuera ridiculizada por su deseo de interpretar papeles serios.

Una mujer, la única, que fue capaz de proyectar la inocente sexualidad radiante de un ser de algún planeta no corrompido por la culpa, que se encontró a si misma considerada y promocionada como un vulgar símbolo de obscenidad y quien todavía tuvo el coraje de declarar: "Todos nacemos criaturas sexuales, gracias a Dios, pero es una pena que tanta gente desprecie y aplaste este regalo natural."

Una niña feliz, que estaba ofreciendo su logro al mundo con el orgullo de una grandeza autentica y del gatito que deposita un trofeo de caza a tus pies; que se encontró a si misma respondida por esfuerzos concertados de negar, de degradar, de ridiculizar, de insultar, de destruir sus logros; que fue incapaz de concebir que era castigada por lo mejor de ella, no por lo peor; que sólo podía presentir, con terror impotente, que estaba confrontando algún indecible tipo de mal.

¿Cuanto tiempo cree que un ser humano puede soportarlo?

Tal odio a los valores siempre ha existido en alguna gente, en cualquier era o cultura. Pero hace cien años, se hubiera esperado de ellos que lo escondan. Hoy está en todo nuestro alrededor; es el estilo y la moda de nuestro siglo.

¿Donde encontraría alivio de tal odio un espíritu hundiéndose?

El mal de una atmósfera cultural está hecho por todos aquellos que lo comparten. Cualquiera que haya una vez sentido resentimiento contra el bien por ser el bien y haya dado voz a éste, es el asesino de Marilyn Monroe.

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