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¿Quién dice que el dinero no puede comprar la felicidad?

Por Johan Norberg
Traducido por Gabriela Calderón

Este artículo fue publicado originalmente en el Los Angeles Times el 16 de octubre del 2005. Publicado por cortesía del Cato Institute.

Hay una teoría flotando por ahí —popularizada más recientemente en un libro por el economista inglés Richard Layard— que asegura que el dinero no compra la felicidad. Ganar más dinero, dice Layard, no nos hará más felices porque muchos de nosotros estamos interesados en la riqueza relativa en vez de en la riqueza absoluta. Si ganamos más dinero, pero nuestros vecinos lo hacen también, entonces no vamos a ser más felices de lo que éramos antes. Nos acostumbramos rápidamente a nuestro nuevo nivel de riqueza y comenzamos a aspirar todavía más. Es una “corredora hedonística”.

Layard observa estas cuestiones no al nivel del individuo sino en una escala macro, como un economista determinando prioridades para las políticas gubernamentales. Sus estudios indican que hay un salto dramático en el bienestar reportado de una nación cuando va de un ingreso nacional promedio de alrededor de 5.000 a 15.000 dólares por año. Pero luego de ese punto, la satisfacción se estanca. De esto, Layard concluye que nosotros no deberíamos concentrarnos en el crecimiento económico tanto como lo hacemos, sino que deberíamos aumentar los impuestos, desalentar el trabajo duro, desacelerar la movilidad y darnos a nosotros mismos más tiempo para hacer las cosas que en realidad aumentan nuestra felicidad: pasar tiempo con la familia y amigos y leer los libros de Layard.

¿Pero es esa la conclusión correcta? Yo no estoy tan seguro.

Imagínese por un momento que usted es feliz porque tiene muchas cenas y fiestas agradables que le esperan en los próximos meses. Seguro que, cuando hayan pasado, Layard podría aparecer, preguntarle un montón de preguntas y determinar que usted no está más feliz de lo que estaba antes, concluyendo que usted debería dejar de dedicarle tiempo y energía a las fiestas porque aparentemente no aumentan su felicidad.

Es una conclusión rara. Después de todo, ¿hubiera sido usted así de feliz si no hubiera tenido todas esas fiestas esperándole? ¿No es posible que lo mismo suceda con la riqueza?

El hecho de que los crecientes ingresos no aumenten mucho la felicidad no significa que la perspectiva de ingresos crecientes no tenga propósito alguno. Puede ser que el potencial del crecimiento económico en el futuro sea lo que hace posible que sigamos creyendo en un futuro mejor y que continuemos experimentando esos altos niveles de felicidad.

De acuerdo a las encuestas que conocemos, ese potencial está correlacionado fuertemente con la felicidad. Si quiere conocer a un europeo feliz, trate de conocer a alguien que piensa que su situación personal será mejor dentro de cinco años. Y vemos lo mismo cuando comparamos a los estadounidenses con los europeos. De acuerdo a una encuesta Harris, 65% de los estadounidenses —pero solo 44% de los europeos de la Unión Europea— piensan que su situación mejorará dentro de los próximos cinco años. Y también vemos que 58% de los estadounidenses están muy satisfechos con sus vidas, comparado con solo un 31% de los europeos.

También sabemos que la falta de esperanzas y oportunidades está correlacionada fuertemente con la infelicidad. En los países pobres y mal gobernados, sociedades enteras sufren de desesperación. Las personas tienen pocas oportunidades y no tienen esperanzas de que mañana sea un mejor día. La creencia en el futuro crece cuando los países pobres comienzan a experimentar el crecimiento, cuando los mercados se abren y los ingresos finalmente comienzan a aumentar.

Aquello puede explicar por qué la felicidad alcanzó altos niveles en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial. Con las economías creciendo rápido, las personas comenzaron a pensar que sus hijos disfrutarían de una vida mejor que la de ellos. Los críticos que piensan que a partir de la estabilidad de la felicidad pueden concluir que el crecimiento cero es preferible pasan por alto que la pérdida de ingreso socava la felicidad.

Los impuestos crecientes que desalientan el trabajo (mientras reducen el crecimiento económico), como Layard lo ha propuesto, sería una manera de eliminar aquel progreso.

La verdad es que la felicidad no ha parado de aumentar. De acuerdo a la Base de Datos Mundial de Felicidad, dirigida por un investigador holandés Ruut Veenhoven, la satisfacción ha aumentado desde 1975 en muchos de los países occidentales que han sido observados. Hay retornos menguantes, pero aún a nuestro nivel de calidad de vida, las personas si se vuelven más felices cuando las sociedades se hacen más ricas.

Otra razón por la cual estas sociedades son tan felices es porque las sociedades más ricas permiten a los individuos más libertad para escoger su propio estilo de vida. Mientras el tiempo pasa, nos volvemos cada vez mejores en escoger como trabajar y vivir de la manera en que nos gusta hacerlo. Para algunos, eso puede significar reducir la cantidad de trabajo que hacen. Si usted cree que el trabajo y la movilidad no lo hacen más feliz, ¡simplemente sálteselo! Una encuesta reciente demostró que un 48% de los estadounidenses, en los últimos cinco años, redujeron sus horas de trabajo, rechazaron una promoción, y redujeron sus expectaciones materiales o se mudaron a un lugar más tranquilo. Eso está muy bien.

Pero si los estudios de felicidad son usados para promover una agenda anti-capitalista, solo reducirán la libertad de escoger para todos y, por lo tanto, reducirán nuestra habilidad de tomar decisiones que nos satisfagan.

A pesar de la crítica de Layard del individualismo y del materialismo, aún admite que “nosotros en Occidente somos probablemente más felices que cualquier otra sociedad anterior”. ¿No debería examinar el porqué antes de que él y sus seguidores comiencen a menospreciar esta sociedad?

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