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La ética desde el cañón de un arma de fuego: lo que el portar armas enseña sobre la vida buena

Por Eric S. Raymond
Traducido por Marzo Varea

Traducido publicada el 23 de junio de 2006 con permiso de su autor. Puede consultar el original aquí.

"El portar armas es el medio esencial por el cual el individuo afirma tanto su poder social como su participación en la política como un ser moral responsable..."
(J.G.A. Pocock, historiador, describiendo las creencias de los fundadores de los Estados Unidos).

No hay nada como tener el dedo en el gatillo de un arma de fuego para revelar quién se es en realidad. Vida o muerte en la contracción de un músculo; la decisión definitiva, con el precio definitivo por la irreflexión o las malas elecciones.

Es una especie de prueba del ácido, una iniciación, el saber que hay una fuerza letal en tu mano y que todas las complejidades y ambigüedades de la elección moral se han refinado hasta quedar en una sola acción: ¿disparar o no?

En verdad, se nos llama a tomar opciones de vida o muerte más a menudo de lo que en general nos damos cuenta. Toda opción política se reduce al cabo a la opción de cuándo y cómo usar fuerza letal, porque la amenaza de fuerza letal es lo que hace de la política y la ley algo más que un juego del que cualquiera puede salirse en cualquier momento.

Pero la mayoría de nuestras opciones de vida y muerte son abstractas; sus costes son difusos y distantes. Estamos aislados de esos costes por capas de instituciones que hemos creado para especializarse en la violencia controlada (policía, cárceles, ejércitos) y para dirigir esa violencia (legislaturas, tribunales). De este modo, las lecciones que esas opciones enseñan rara vez son personales para la mayoría de nosotros.

Nada de lo que la mayoría de nosotros jamás haremos combina el peso moral de la opción de vida o muerte con la inmediatez concreta del momento como el manejo consciente de instrumentos deliberadamente diseñados para matar. Así pues, hay lecciones tan implacables como inapreciables que aprender del llevar armas; lecciones que no son meramente instructivas para el intelecto sino transformadoras del entero carácter emocional, reflexivo y moral.

La primera y más importante de estas lecciones es esta: al final, todo depende de ti.

El dedo en el gatillo no es de nadie sino tuyo. Todas las frases que hay en tu cabeza, todas las emociones de tu corazón, todas las experiencias de tu pasado; estas cosas pueden informar tu elección, pero no pueden mover tu dedo. Toda la socialización y racionalización y justificación del mundo, toda la aprobación o desaprobación de tus vecinos; ninguna de estas cosas puede tampoco apretar el gatillo. Pueden cambiar tus sentimientos sobre la elección, pero sólo tú puedes hacer la elección. Sólo tú. Sólo aquí. Sólo ahora. ¿Disparar o no?

La segunda es esta: jamás cuentes con poder deshacer tus elecciones.

Si disparas a alguien al corazón, estará muerto. No puedes volverlo a traer. No hay repeticiones. Las decisiones de verdad son así; las tomas, y vives con ellas; o mueres con ellas.

Una tercera lección es esta: al universo no le importan los motivos.

Si tu arma se dispara accidentalmente mientras está orientada en una dirección insegura, la bala matará igual que si hubieras apuntado. "No tenía intención de" puede persuadir a otros de que es menos probable que repitas un comportamiento, pero no devolverá la vida a un cadáver.

Son lecciones duras, pero necesarias. Formuladas por escrito pueden parecer triviales u obvias. Pero la madurez ética consiste, en una parte significativa, en saber estas cosas; no meramente en el nivel del intelecto sino en el nivel de la emoción, la experiencia y el reflejo. Y nada enseña estas cosas como la repetida confrontación de opciones de vida o muerte con un serio conocimiento de las consecuencias del fracaso.

Esta intuición psicológica a la vez ilumina y queda reforzada por un hecho central en la historia de los Estados Unidos que suele considerarse puramente político, e incluso (y erróneamente) de interés sólo para los estadounidenses.

Los Padres Fundadores de los Estados Unidos creían, y escribieron, que el portar armas era esencial para el carácter y la dignidad de un pueblo libre. Por esta razón escribieron una Segunda Enmienda en la Declaración de Derechos que reza: "el derecho a portar armas no será infringido".

Ya se esté de acuerdo o no con ella, la Segunda Enmienda suele interpretarse en estos últimos tiempos como un axioma de carácter político; una expresión de pensamiento político republicano, una prescripción para un equilibrio de poderes en el que el pueblo armado es al menos igual en poderío a las fuerzas organizadas del gobierno.

Es todas estas cosas. Pero es algo más, porque los Fundadores consideraban inseparables el carácter político y el carácter ético individual. Tenían una clara idea de las virtudes individuales necesarias colectivamente para un pueblo libre. No consideraban el hábito de llevar armas meramente una virtud política, sino un promotor directo de la virtud personal.

Los Fundadores habían sido revolucionarios armados con éxito. Cada uno de ellos había confrontado repetidas opciones de vida o muerte, con serio conocimiento de las consecuencias del fracaso. Quisieron que el pueblo de su nación recién nacida cultivase siempre esa clase de madurez ética, el vivo sentido de la responsabilidad moral individual que ellos habían aprendido personalmente del uso de fuerza letal en defensa de su libertad.

En consecuencia, se prohibieron las armas de fuego solamente a aquellos a quienes se pretendía mantener impotentes e infantilizados. Las prohibiciones de armas en los Estados Unidos tienen sus orígenes en la legislación racista diseñada para desarmar a los esclavos y libertos negros. La fraseología de esa legislación recompensa el estudio; se diseñó no sólo para denegar a los negros el poder político de las armas, sino para impedirles aspirar a la dignidad de hombres libres.

La dignidad de hombres libres (y, como adecuadamente añadiríamos hoy, mujeres libres). Es una frase que merece meditación. Ahora que el siglo XX se acerca a su fin suena arcaica. Nuestro discurso casi ha perdido el concepto de que la salud de la res publica se funda en la virtud privada. Demasiados de nosotros contemplan a un presidente que predica "valores familiares" y "responsabilidad" a la nación mientras comete adulterio y perjurio, y no ven una contradicción.

Pero la pregunta formulada por Thomas Jefferson en su discurso inaugural de 1801 aún tiene aguijón. Si no se puede confiar a un hombre el gobierno de sí mismo, ¿cómo puede confiársele el gobierno de otros? Y aquí es donde la historia y la política cierran el círculo volviendo a la ética y la psicología: porque "la dignidad de un hombre (o mujer) libre" consiste en ser competente para gobernarse a sí mismo, y en saber, hasta el centro de sí mismo, que se es competente para ello.

Y es aquí donde la ética y la psicología nos traen de vuelta al portar armas. Pues la causalidad fluye aquí en ambos sentidos; la dignidad de un hombre libre es lo que le hace éticamente competente para portar armas, y el acto de portar armas promueve (enseñando sus duras y sutiles lecciones) las cualidades interiores que componen la dignidad de un hombre libre.

No siempre es así, por supuesto. Hay un 3% o así de psicóticos, drogadictos y desviados criminales que son incapaces de alcanzar la dignidad de hombres libres. Las armas en manos de estos tales no promueven la virtud, sino que son meros instrumentos de tragedia y destrucción. Pero también lo son los automóviles. Y los cuchillos de cocina. Y los ladrillos. Los éticamente incompetentes encuentran fácilmente (y efectivamente) otros medios para destruir y aterrorizar cuando se les deniegan armas. Y, cuando las armas civiles están prohibidas, encuentran más fácilmente víctimas indefensas.

Pero para el otro 97% el portar armas funciona no solamente como una afirmación de poder, sino como una disciplina intensa y redentora. Cuando la muerte súbita pende a centímetros de tu mano derecha, te vuelves mucho más cuidadoso, más atento, y mucho más pacífico en tu corazón; porque sabes que, si eres impulsivo o descuidado en tus acciones o sucumbes al mal genio, morirá gente.

Demasiados de nosotros hemos llegado a creernos incapaces de esta disciplina. Caemos presa de la morbosa creencia de que, en el fondo, todos somos psicópatas o incompetentes. Se nos ha enseñado a imaginarnos a nosotros mismos con armas solamente como malvados, destinados a sucumbir a lo peor de nuestra propia naturaleza y a matar a alguien amado en un momento de descuido o de ira. O a acabar nuestros días acorralados en un centro comercial, escuchando los megáfonos de la policía mientras un tirador SWAT afina la puntería...

Pero no es así. Creer esto es ignorar las estadísticas y patrones generativos de los crímenes con armas. "Virtualmente nunca", escribe el criminólogo Don B. Kates, "son los asesinos la gente ordinaria y respetuosa de la ley contra quien se dirigen las prohibiciones de armas. Casi sin excepción, los asesinos son aberrantes extremos con historias de toda una vida de crímenes, abuso de sustancias, psicopatología, retraso mental y/o violencia irracional contra quienes les rodean, así como otras conductas peligrosas, por ejemplo accidentes con automóviles y armas de fuego".

Creer que se es incompetente para llevar armas es, por tanto, vivir en un corrosivo y casi siempre innecesario temor de sí mismo; de hecho, declararse a sí mismo un cobarde moral. Sería muy difícil imaginar un estado más lejano de "la dignidad de un hombre libre". En ser un modo de exorcizar este demonio, de reclamar para nosotros mismos la dignidad y el valor y la autoconfianza ética de un hombre (o mujer) libre, radica, en último término, la máxima importancia del llevar armas personales.

Esta es la lección ética final del llevar armas: que es posible hacer elecciones correctas, y que el juicio ordinario de hombres (y mujeres) ordinarios es suficiente para ello.

Podemos verdaderamente aceptar nuestro poder y nuestra responsabilidad de tomar decisiones de vida o muerte, más bien que temerlos. Podemos aceptar nuestra responsabilidad definitiva de nuestras propias acciones. Podemos saber (no sólo intelectualmente, sino en la fibra de nuestra experiencia) que somos aptos para escoger.

Y no sólo podemos; debemos. Los Padres Fundadores de los Estados Unidos entendían por qué. Si fracasamos en esta prueba, fracasamos no sólo en la virtud privada sino consecuentemente en nuestra capacidad para hacer elecciones públicas. Sin timón, carentes de una fe en nosotros mismos bien ganada y fundada, no podemos sino ir a la deriva; cada vez más impotentes para reunir aun la voluntad de resistir a predadores y tiranos, no digamos la capacidad de hacerlo.

Joel Barlow, un teórico político de la época de Jefferson, escribió reveladoramente: "[El desarme de los ciudadanos tiene] un doble efecto, paraliza la mano y embrutece la mente: un desuso habitual de las fuerzas físicas destruye totalmente la [fuerza] moral; y los hombres pierden a un tiempo el poder de protegerse a sí mismos y el de discernir la causa de su opresión."

Vivimos con una historia reciente de masacres por gobiernos que han empequeñecido en alcance y crueldad a cualquier cosa que Barlow o Jefferson pudieran haber imaginado. La masacre turca de los armenios, la "solución final" nazi, las purgas soviéticas, los campos de la muerte de Camboya, las masacres hutu-tutsi en Ruanda; todas y cada una de estas vastas y horribles carnicerías fueron precedidas y dependieron del desarme de las víctimas.

Es más importante que nunca, hoy después de un siglo de sangre, que retengamos el poder tanto para protegernos a nosotros mismos como para discernir la causa de tales opresiones. Esa causa nunca ha estado en las armas civiles portadas por hombres libres, sino en su opuesto y enemigo: la brutalidad organizada y sin conciencia de estados cancerosos.

Es hora de reconocer que, como individuos y como ciudadanos de nuestros vecindarios y nuestras naciones y nuestro planeta, hemos ido demasiado lejos por un camino que lleva sólo a la desintegración tanto de la sociedad como del yo; un futuro de borregos atomizados y alienados, aterrorizados del reflejo en los ojos de los demás de los fantasmas que hay en sus propias almas, presa fácil de demagogos y dictadores.

Es hora de que cada uno de nosotros redescubra la dignidad de los hombres (y mujeres) libres del único modo posible; probándola en el crisol de la decisión diaria, incluso en los asuntos definitivos de vida y muerte. Es hora de que aceptemos el llevar armas de nuevo; no meramente como una disuasión contra criminales y tiranos, sino como un don y sacramento y afirmación para con nosotros mismos.

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