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Suicidio, suicidio asistido y eutanasia involuntaria

Por Albert Esplugas Boter

El PSOE ha abierto la puerta en su 37° Congreso a la posibilidad de legalizar la eutanasia en España. La noticia ha generado un aluvión de críticas por parte del sector liberal-conservador. Se arguye que el derecho al suicidio es una entelequia, que el suicidio asistido es como un asesinato, que el derecho asistido llevará a la eutanasia involuntaria como ha sucedido en Holanda, o que suicidarse es equivalente a someterse a un contrato de esclavitud. Ninguno de estos argumentos me parece convincente.

El derecho de auto-propiedad y el derecho al suicidio

El derecho a suicidarnos es una extensión lógica de nuestro derecho de auto-propiedad o derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, que es también el punto de partida del derecho de propiedad sobre bienes o recursos externos. Nos apropiamos de los bienes de la naturaleza porque los ocupamos o usamos con nuestro cuerpo. Si nuestro cuerpo no fuera nuestro (suena incluso absurdo) difícilmente podríamos justificar que tenemos un derecho de propiedad privada sobre un recurso que hemos trabajado con nuestro cuerpo. En otras palabras, el derecho de auto-propiedad o derecho a decidir sobre nuestro cuerpo es el origen de los derechos individuales en el liberalismo. No veo cómo se justifican esos derechos sin apelar a la auto-propiedad, ni veo cómo, apelando a la auto-propiedad, puede uno argumentar que no podemos hacer con nuestro cuerpo (nuestra propiedad) lo que queramos.

Negar el derecho de auto-propiedad (negar que tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo) plantea irresolubles preguntas y absurdas conclusiones a un liberal: ¿Cómo se fundamenta el derecho de propiedad privada sin el derecho de auto-propiedad? ¿Cómo se justifica el derecho a la autodefensa sin el derecho de propiedad sobre nuestro cuerpo? ¿Tenemos derecho a drogarnos, a emborracharnos, a tomar un cigarrillo etc. o tenemos que esperar a que un tercero nos dé permiso? Más interesante aún: si nosotros no tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, ¿quién lo tiene? Porque alguien debe poder decidir sobre nuestro cuerpo si es que nosotros no podemos, aunque solo sea para decidir que nosotros no podemos decidir. En este sentido, ¿no resulta paradójico que el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo recaiga en alguien que es completamente ajeno al mismo, que ni lo siente ni lo controla?

Irreversibilidad

Los detractores del derecho al suicidio a menudo argumentan que el suicidio no debe ser permitido por sus graves consecuencias, a saber, su irreversibilidad. Si decidimos comprarnos un coche y luego no nos gusta, podemos deshacernos de él, comprar otro, etc. Si nos suicidamos ya no hay marcha atrás.

Pero lo cierto es que hay numerosas decisiones en la vida que tienen consecuencias irreversibles muy graves. No creo que ello sea un motivo para impedir por ley que la persona tome esas decisiones. ¿Puede arrepentirse en el futuro? Sí. Pero también puede no hacerlo, y de hecho la asunción detrás de la defensa de la libertad individual (al menos por parte de los liberales) es que nosotros sabemos mejor lo que nos conviene que los demás, y en particular mejor que el Estado.

El derecho al suicidio y el esclavismo voluntario

La irreversibilidad del suicidio también se utiliza para plantear una falsa analogía con el esclavismo: al suicidarnos no podemos luego dar marcha atrás; si firmásemos un contrato de esclavitud tampoco podríamos dar marcha atrás. Parece que quienes defienden el derecho al suicidio tengan que defender el derecho a firmar contratos de esclavitud o de sumisión.

El problema con esta analogía es que en el caso del esclavismo voluntario (al que yo me opongo, por las razones explicadas aquí y aquí) estamos hablando de alienar nuestra voluntad futura: nuestra voluntad presente –en el contrato– prima sobre nuestra voluntad futura –cuando una vez firmado el contrato queramos dejar de ser esclavos–. Pero en el caso del suicidio estamos ejerciendo nuestra voluntad presente en todo momento. El conflicto que puede surgir en el contrato de esclavitud (el esclavista nos obliga a ser esclavos a pesar de nuestro cambio de opinión) no surge en el suicidio o el suicidio asistido, donde nadie nos obliga a nada en ningún momento. Esta es la diferencia fundamental: en el suicidio nadie nos obliga a hacer nada en contra de nuestro consentimiento. Dicho de otro modo, en el contrato de esclavitud alienamos el derecho de auto-propiedad, en el suicidio/suicidio asistido ejercemos ese derecho.

El esclavismo voluntario implica que en el futuro pueden someternos contra nuestra voluntad, en el suicidio siempre se cumple nuestra voluntad presente. Es la misma diferencia entre mantener relaciones sexuales con el consentimiento presente y obligarnos a mantener relaciones sexuales en el futuro porque firmamos un "contrato de esclavismo sexual". Mi postura es: tenemos derecho a mantener relaciones sexuales en el momento presente (es ilegítimo que nos sometan sexualmente en el futuro en contra de nuestra voluntad después de haber firmado un papel), tenemos derecho a suicidarnos en el momento presente (es ilegítimo que nos esclavicen –nos sometan violentamente en el futuro– en contra de nuestra voluntad en aquel momento).

Hay dos alternativas coherentes a esta postura: todo lo apuntado arriba es legítimo (incluido que te violen en el futuro y que te torturen porque en el pasado firmamos un papel), o todo lo apuntado arriba es ilegítimo (incluido practicar sexo voluntariamente en tiempo presente...). Sin necesidad de recurrir a alambicadas argumentaciones sobre esclavismo voluntario etc., ¿qué postura parece más razonable o de sentido común? Supongo que la que considera ilegítima practicar sexo en tiempo presente es descartada por todos. Cualquiera de las otras dos (la mía, o la que acepta el esclavismo voluntario) acepta el suicidio asistido como legítimo.

En otras palabras, me opongo a que una persona pueda ser sexualmente violada en el futuro porque en el pasado firmó un papel aceptándolo (como la mayoría de los críticos del derecho al suicidio), pero considero que la persona puede consentir en el momento presente a mantener relaciones sexuales (como todo el mundo admite), esto es, a hacer con su cuerpo lo que quiera voluntariamente. De forma análoga, estoy en contra del esclavismo voluntario, pero estoy a favor de que en el momento presente la persona decida suicidarse.

De la vuelta al mundo a la cama del hospital

También podemos establecer el derecho al suicidio por medio de analogías que no nos remiten la típica imagen de un individuo con una pistola volándose la cabeza, saltando de un edificio, o incluso ingiriendo un compuesto químico. Imaginemos que los médicos diagnostican a Pedro una enfermedad que requiere una complicada operación antes de que acabe el año, pero Pedro no quiere pasar por quirófano o teme que la operación pueda dejarle paralítico, y decide dar la vuelta al mundo en vez de operarse. ¿Algún liberal está dispuesto a defender que Pedro sea detenido por la policía y obligado a someterse a esa operación? ¿No es obvio que Pedro tiene derecho a negarse a someterse a esa operación?

Ahora podemos ir cambiando los detalles del ejemplo para que su decisión se asemeje cada vez más a un suicidio puro y duro. Imaginemos que Pedro realmente no quiere seguir viviendo, y ese es el motivo por el que rechaza la operación. Imaginemos que Pedro está siendo atendido en el hospital cuando le diagnostican esa enfermedad, le informan de que el tratamiento puede convertirle en paralítico y él se niega a recibir tratamiento, prefiriendo la muerte. Todos estos casos me parecen esencialmente análogos al del suicidio, solo cambia el medio y las circunstancias, pero el acto y las consecuencias son equiparables.

El suicidio asistido y la relevancia del consentimiento

El derecho al suicidio asistido se sigue del derecho al suicidio. La persona que nos asiste a morir es el medio de nuestra voluntad, como podría serlo una pastilla o una pistola. Si tenemos derecho a decidir sobre nuestro cuerpo también tenemos derecho a decidir cómo queremos quitarnos la vida, a través de qué medios, y terceras personas igualmente tienen derecho a decidir si van a ayudarnos o no.

La diferencia entre quitarle la vida a una persona sin su consentimiento (asesinato) y quitarle la vida con su consentimiento (suicidio asistido) es la misma que hay entre quitarle 50 euros sin su consentimiento (robo) y tomarlos con su consentimiento (donación). El consentimiento con respecto a la propiedad de uno mismo es la clave, lo que distingue la agresión de la no-agresión. En el caso del suicidio asistido, el aspecto fundamental es que yo consienta en un determinado medio para terminar con mi vida, da igual que ese medio sea una pistola, un compuesto químico o un compuesto químico que me introduce en la boca un tercero.

Es imposible hablar de agresiones a la propiedad (también contra nuestro cuerpo, que es la más valiosa de nuestras propiedades) sin referirnos al consentimiento de la persona sobre el uso de esa propiedad. La intervención voluntaria de un tercero en el suicidio asistido no tiene nada de particular: dos personas adultas deciden voluntariamente sobre algo que es propiedad de uno de ellos.

Diferencias formales, medios y robots

Me parece meramente formal la diferencia entre tomarse un compuesto químico que han dejado preparado para nosotros, y tomarse un compuesto químico con la ayuda de un tercero, que se limita a obedecer nuestra voluntad. La acción es la misma, el resultado es el mismo, el consentimiento es el mismo. El hecho de que sea otra persona la que nos ayude no cambia ninguna de las tres cosas. Los que se oponen al derecho asistido por la presencia de esta tercera persona, ¿qué argumentarán en un hipotético futuro en el que existan robots que ejecuten nuestras órdenes mentales y sean éstos los que nos ayuden a morir? ¿También alegarán que se ha cometido un asesinato, por parte de una máquina, de una mera herramienta que obedece nuestras órdenes?


Holanda y la pendiente resbaladiza

Pasemos ahora de la teoría a la práctica. En Holanda el suicidio asistido es legal, y parece ser que un porcentaje minoritario pero importante de enfermos mueren a manos de los médicos sin que haya mediado su consentimiento expreso (Elentir expone datos y enlaza con informes en su blog) A esta práctica se la denomina eutanasia involuntaria, y muchos liberales que están a favor del suicidio asistido (voluntario) están en contra de este tipo de eutanasia.

Algunos utilizan el ejemplo de Holanda para argumentar en contra de la eutanasia en general, incluido el suicidio asistido con consentimiento expreso del paciente. Pero el ejemplo de Holanda no es en realidad un argumento para prohibir cualquier tipo de eutanasia, voluntaria o no; es en todo caso un argumento para permitir el suicidio asistido y prohibir/perseguir/penalizar duramente la eutanasia involuntaria. Sobre todo si tenemos en cuenta que la práctica donde media el consentimiento expreso del paciente es mucho más frecuente que la eutanasia involuntaria. No hay una razón a priori por la que no se puede legislar más restrictivamente y criminalizar con más rigor la eutanasia involuntaria.

Los críticos esgrimen el clásico argumento de la slippery slope o pendiente resbaladiza: si cedemos un poco, aunque ese poco no sea en sí mismo grave, se sucederá una cadena de acontecimientos que finalmente tendrá consecuencias graves. Si permitimos el suicidio asistido voluntario, que no es injusto en sí mismo, acabaremos como Holanda, con la eutanasia involuntaria practicándose con frecuencia.

Pero este tipo de argumento es difícil de compatibilizar con los principios liberales. Se está prohibiendo el ejercicio de un derecho apelando a la posibilidad de que algunas personas abusen de ese derecho. Pero, ¿qué culpa tiene el individuo que está ejerciendo adecuadamente su derecho de que otros vayan a abusar de éste? El liberalismo defiende derechos individuales, y en este sentido proscribe acciones que son agresivas/injustas en sí mismas, a nivel individual, no en el agregado. Los castigos colectivos, en los que por culpa de algunos se castiga o se penaliza a todos, no casan bien con el liberalismo.

El propósito de la ley es que se ajuste a los principios de justicia. Si el suicidio asistido se legaliza y en la práctica acaba deslizándose por la pendiente, unos ejercen sus derechos y los derechos de otros son violados, pero la ley no suscribe la violación de ningún derecho. La ley aceptando el derecho asistido y proscribe la eutanasia involuntaria, aunque en la práctica la prohibición de la eutanasia involuntaria no sea efectiva. En tal caso, estamos ante un problema de medios: hace falta encontrar los medios para aplicar la ley (justa) lo más eficientemente posible.

El argumento a favor de la prohibición del suicidio asistido también vale para justificar, por ejemplo, la criminalización de la prostitución, una actividad que los liberales consideran legítima. Se podría argüir que, si bien la prostitución no es intrínsecamente injusta y muchas personas se prostituyen de forma voluntaria, hay casos de trata de blancas, secuestros, violaciones etc. que justifican la prohibición de la actividad in toto. ¿Cuántos liberales están dispuestos a suscribir este argumento aplicado a la prostitución? Podría valer incluso para criminalizar el consumo de alcohol: muchas personas beben moderadamente y no causan ningún mal, pero unas pocas beben en exceso y provocan desórdenes y accidentes. ¿Debe prohibirse el consumo de alcohol a toda la población?

Eutanasia involuntaria

Quienes equiparan eutanasia involuntaria con asesinato lo hacen en base a una asunción que normalmente no explicitan. Es verdad que el paciente no ha expresado su consentimiento, pero ni en un sentido ni en otro. En este tipo de casos el paciente suele estar incapacitado para expresarse. Luego solo podemos asumir, intentar adivinar, cuál hubiera sido su elección. Los detractores de la eutanasia involuntaria asumen sin más que si no existe un consentimiento expreso formalizado el individuo hubiera elegido vivir. ¿Pero es razonable hacer esta asunción en todos y cada uno de los casos en los que no existe consentimiento expreso?

No lo tengo claro. En múltiples casos en los que una persona sufre incapacidad son sus más allegados quienes deciden por él, en el entendido de que ellos son quienes más interés tienen en el bienestar del afectado y tratarán de emular la decisión que aquél hubiera tomado. Es cierto, no obstante, que en este caso hablamos literalmente de una decisión de vida o muerte, y el riesgo de que esta decisión no sea tomada en interés del paciente quizás es mayor. Además, la preferencia por vivir es intensa en casi todas las personas, sea cual sea su condición.

Por este motivo creo que es válido asumir en general que el paciente quiere vivir si no se ha pronunciado, pero también pienso que hay que dejar la puerta abierta a la posibilidad de que esa asunción quede invalidada en casos particulares si se aportan pruebas o indicios suficientes que sugieren que la persona hubiera preferido morir. Es decir, la carga de la prueba recae en quienes piensan que el paciente hubiera elegido morir, pero no debe estar vedada esa posibilidad.

Al fin y al cabo, si una desgracia ocurriera a una persona que queremos profundamente y que conocemos como la palma de nuestra mano, una desgracia que incapacitara a esta persona para tomar decisiones, la sumiera en una enfermedad terminal y la hiciera padecer grave sufrimiento, ¿qué nos preguntaríamos? ¿Qué es lo que asume la ley o qué es lo que esa persona hubiera querido?

Nota: Recomiendo el capítulo "Suicidio y Eutanasia" de Intelib, de Francisco Capella, que trata este tema con más de detalle. No necesariamente suscribo al 100% todo lo que dice, pero en esencia estoy de acuerdo.

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