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El "noble experimento" de la ley seca

Por Francisco Moreno

The Prohibition is a great social and economic experiment, noble in motive

Herbert Hoover

Al final de la Gran Guerra el panorama mundial había cambiado mucho. Norteamérica pudo desarrollar ampliamente su capacidad productiva al tiempo que las potencias europeas se fueron aniquilando entre sí. La era wilsoniana llegaba a su fin; el internacionalismo político de los americanos se desactivó. El aislacionismo y la prosperidad era lo que importaba. La única diplomacia que contaba era la del dólar.

Este desarrollo vino acompañado de una ideología propia con fuertes tintes nacionalistas y conservadores encarnados por los republicanos y que encajaban difícilmente con el programa de Wilson y del Partido Demócrata.

La expansión crediticia auspiciada por la Reserva Federal –y secundada luego por toda la banca comercial– propició un engañoso clima de euforia y ciega confianza en el sistema capitalista. Incluso la efímera recesión de 1921 (seguida de numerosas liquidaciones empresariales) no fue más que un breve tropiezo para que la economía de los Estados Unidos se reactivara después vigorosamente. Fueron los felices años veinte.

Los Estados Unidos generaron riqueza a espuertas gracias principalmente a que allí se dieron al unísono libertad en la actividad empresarial, concentración de capitales, reducción del impuesto sobre la renta (su tipo máximo pasó del 73% de la posguerra al 25%), introducción de nuevos métodos de producción, un extenso mercado interno sin barreras arancelarias y libertad de movimientos migratorios. Con una productividad espectacular, devino sin lugar a dudas la locomotora de la economía mundial.

La american way of life ejerció de imán en los movimientos migratorios de entonces. El fuerte aumento del nivel salarial en casi todos los sectores (sin haber influido decisivamente la acción sindical) y el acceso generalizado a todo tipo de bienes de consumo (impulsado por la publicidad moderna, sostenido por un crédito fácil y por las ventas a plazos) sedujo a numerosos europeos, asiáticos y americanos de otros países. Acudieron allá en tropel extranjeros en busca de un futuro mejor. Empezaron a agruparse en los suburbios de las grandes ciudades.

Estos inmigrantes, al no disponer en general de propiedades, aportaron a la comunidad lo único que poseían: su trabajo e ilusión. La economía crecía a buen ritmo. Sin embargo, muchos de esos trabajadores eran también portadores de lenguas, costumbres y religiones diferentes a las mayoritariamente establecidas. Vino la reacción blanca, nacional y puritana con el fin de preservar la "norteamericanización" de los Estados Unidos; una veces en forma de leyes oficiales (ley seca, leyes de control de la inmigración) y otras en forma de reacción popular rebosante de estulticia (linchamientos, reactivación del Ku Klux Klan).

El fiscal general del Estado de aquel momento, el cuáquero Mitchell Palmer, era partidario de limpiar la nación de "carroña extranjera" al ser portadora de costumbres e ideologías libertinas que se estaban "deslizando por los rincones sagrados de los hogares norteamericanos". El Año Nuevo de 1920 los agentes del Departamento de Justicia detuvieron y finalmente deportaron a unos seis mil extranjeros. El fundamentalismo protestante estaba actuando prevaliéndose de los resortes del poder.

Norteamérica comenzó a ser inundada por los discursos y biografías de héroes americanos; se multiplicaron los films referentes a la fundación de los Estados Unidos así como los actos patrióticos de todo tipo.

Se difundió la opinión de que el país estaba siendo corrompido por ideas y modos de vida extraños. Se identificó con los inmigrantes la ingesta inmoderada de alcohol y la insana influencia en la trasgresión de las normas morales de la comunidad. El consumo de alcohol era el origen de muchas familias rotas, del absentismo laboral y de la degradación moral. El Estado debía tomar cartas en el asunto. Una de las naciones menos totalitarias de entonces iniciaba claros pasos en contra del desarrollo espontáneo de una sociedad abierta.

Sin bien algunos estados de la federación habían ya prohibido el negocio del alcohol dentro de sus jurisdicciones, los grupos de presión prohibicionistas (como el Prohibition Party, la Unión Femenina de Abstinencia Cristiana –WCTU– o la Liga Antitaberna), movilizados desde hacía tiempo, se hicieron finalmente oír en le Congreso. Primero lograron que se aumentaran los impuestos que gravaban las bebidas alcohólicas y luego que entrara en vigor en enero de 1920 la National Prohibition Act o Volstead Act (conocida vulgarmente como ley seca) que prohibía en todo el país no el consumo, pero sí la fabricación, transporte y venta de bebidas embriagantes (todas aquellas que superaran los 0,5 grados). Se trataba de poner en marcha lo que se denominó el "noble experimento" con el fin de planificar una sociedad conforme a los criterios morales de la clase dominante de aquellos años.

Resultaba inconcebible en una tierra orgullosa de sus libertades personales negar a un adulto responsable su derecho inalienable a comprar e ingerir cualquier cosa que desease. Hubo, por tanto, que enmendar previamente la Constitución del pueblo americano. Con la mejor de las intenciones y una ingenuidad espeluznante se modificó la Constitución para desterrar el alcoholismo de la sociedad. Con aquella enmienda constitucional (la nº 18) se buscó una solución eficiente y sencilla aplicable a más de cien millones de norteamericanos que poblaban los Estados Unidos por aquel momento. Nada pudieron hacer los lobbies cerveceros, vinícolas y de los destiladores para mantener sus negocios legalmente.

Las sanciones iniciales aplicables a los infractores de la Prohibición fueron multas de hasta 1.000 dólares (cantidad muy considerable en aquella época), penas de prisión de hasta seis meses y confiscación de todo instrumento o medio de transporte utilizado para la comisión del delito relacionado con la fabricación o comercialización de bebidas etílicas. Para cumplir la mencionada Ley Nacional de la Prohibición se creó una agencia ejecutiva específica llamada Bureau of Prohibition dependiente del Departamento del Tesoro. Sus agentes federales eran conocidos con el nombre de prohi’s; con el tiempo pasaron a ser controlados por el Departamento de Justicia.

En vísperas de la entrada en vigor de la Prohibición, el 17 de enero de 1920, se difundieron por todo el país las palabras del diputado abstencionista de Minnessota Andrew Volstead:

"Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mu­jeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puer­tas del infierno." Pese a lo emocionante que pudieron parecer aquellas afirmaciones, la realidad fue que la bebida comenzó a tener un nuevo hechizo para consumidores y proveedores.

Para aquellos legisladores que ignoran que la sociedad es cualquier cosa menos algo sencillo es comprensible que lleguen a ser muy osados en sus propuestas, obviando o pareciendo desconocer hechos incontrovertibles. Así se entiende que no se tomara en consideración la ubicación geográfica de los Estados Unidos, rodeado de países con amplia tradición en la fabricación de licores (México, Canadá y países caribeños), o que no se cayera en la cuenta que sus fronteras terrestres conformaban unos doce mil kilómetros y que su litoral marítimo fuese de casi veinte mil kilómetros –todos ellos de difícil custodia– o que no previeran el poderosísimo incentivo que surgiría a favor del contrabando ilegal.

Además aquella Prohibición tuvo efectos perversos en el interior del país: se encareció el precio de la bebida, cientos de miles de personas comenzaron a fabricar artesanalmente bebidas alcohólicas, se fomentó el mercado negro, muchas veces con bebidas sustitutivas adulteradas o altamente tóxicas. Se incrementó el consumo de licores destilados en detrimento de cervezas o vinos, así como la demanda de otras drogas anteriormente poco consumidas. Se extendió la delincuencia y fue el comienzo de la puesta en pie de un colosal imperio criminal de bandas organizadas como nunca antes se había visto en la historia de los EE UU. Los términos racket y racketeer empezaron a usarse en la sociedad americana para ya no desaparecer jamás.

Antes de la ley seca, entre los inmigrantes sicilianos, napolitanos y sardos, que contaban con una amplia experiencia en el comercio informal labrada a lo largo de siglos de actividad por el Mediterráneo, se dieron con normalidad clanes familiares que se organizaban para planificar arreglos matrimoniales y comerciales sin representar ningún problema serio para la comunidad. Como en todo grupo social, hubo una minoría que era menos escrupulosa en el cumplimiento de la ley, por ello recibieron la promulgación de la ley seca como un verdadero regalo caído del cielo: se les presentó una inesperada oportunidad de ganancias fabulosas. Realmente Norteamérica era una tierra prometedora para los emprendedores deseosos de arriesgar (el hábil y sibilino Johnny Torrio o su sucesor, mucho más burdo, Al Capone, siempre pensaron de sí mismos que eran hombres de negocios).

El nivel de desacato a la ley fue tan generalizado que, una vez acostumbrados a violar la ley y el "orden público", el crimen organizado no tardó en implantarse cómodamente en todos los estados de la Unión. Hay quienes han definido el gangsterismo americano como una especie de perversión del capitalismo cuando la pura realidad es que fue una creación –si bien no deseada– de la ingeniería legislativa de los políticos conservadores de entonces.

Estos clanes no tardaron en adueñarse del mercado de las destilerías informales, de las importaciones y de controlar todos los centros nocturnos ilegales. Pronto les salió la competencia de los clanes irlandeses y polacos que eran tanto o más violentos que sus rivales italianos. La Prohibición, lejos de "norteamericanizar" a las minorías fijó dichos grupos en guetos y les incentivó a ganarse la vida con formas muy específicas de delito.

Además, en contra de los felices pronósticos de los congresistas puritanos, la Prohibición no erradicó de la sociedad americana el consumo del alcohol y, encima, produjo nefastos efectos imprevistos. El mismo esquema y similares consecuencias se dieron en los también muy protestantes países nórdicos –con la excepción de Dinamarca– que establecieron la prohibición sobre las bebidas alcohólicas en los años veinte. Tan sólo tuvieron la sensatez de derogarla en la mitad de tiempo que se mantuvo tal prohibición en los EE UU.

Otra manifestación legislativa hermana de aquel "noble experimento" por mantener la Arcadia norteamericana fueron sendas leyes de control de flujos migratorios durante la década de los veinte (la ley de cuotas de 1921 y la Johnson-Reed Act de 1924) aprobadas por la administración republicana conservadora. El presidente Coolidge lo había expresado de forma concisa con su "América debe seguir siendo americana". Así, contraviniendo la tradicional política americana de puertas abiertas, y bajo postulados racistas, limitaron la entrada de individuos pacíficos por su mero origen asiático, eslavo o europeo-meridional, todos ellos inmigrantes indeseados, favoreciendo –por el contrario– la de los europeos del norte. El poder político empezaba a moldear la sociedad a su gusto. Eso no fue más que un aperitivo de lo que vendría después con la cascada de medidas liberticidas promovidas por la administración de Hoover y Roosevelt en la década siguiente a raíz del crack del 29.

Por lo que respecta a la Prohibición, ésta proporcionó ganancias fáciles a los traficantes, a quienes no resultó difícil corromper a jueces y a los diferentes agentes federales quienes en aquel momento percibían salarios relativamente bajos y a los que hubo de subírseles el sueldo a costa de inflar el presupuesto público para hacerlos menos sobornables. La violación de la ley seca se vio favorecida además, por la propagación de la corrupción entre los miembros del Gobierno nacional, policías y cargos políticos locales, que obtenían beneficios personales con la Prohibición.

Los desconcertados puritanos vieron cómo en las húmedas ciudades (es decir, casi todas) los locales de mala reputación se pusieron rabiosamente de moda (ya puestos a transgredir, que sea un completo). También lo hicieron el preparado de cocktails que enmascaraban el alcohol así como el uso de la discreta botella de bolsillo (la petaca). Para muchos, el beber ilegalmente resultaba emocionante. Los bares clandestinos (llamados speakeasies) florecieron en cada una de las ciudades estadounidenses protegidos por la complicidad de muchos ciudadanos. Se estima que había no menos de cien mil tugurios secretos repartidos por todo el país.

También se disparó el turismo hacia el exterior donde no imperaba el "régimen seco"; ciudades como La Habana o Hamilton, incluso villorrios como Tijuana hicieron su agosto a costa de la aciaga Volstead Act. Nuestro escritor Blasco Ibáñez así lo describiría, sorprendido, en su vuelta al mundo.

Además, los años "rugientes" de aquella década no pararon de ofrecer nuevas modas y entretenimientos a las masas urbanas como el cine, el automóvil, el turismo, la radio, los cabarets y las salas de baile donde escuchar las nuevas corrientes musicales (jazz, charlestón…). También aparecieron las primeras jóvenes emancipadas con el pelo corto, atrevidas indumentarias y con acceso al mercado laboral y a las urnas (eran las flappers). Las mujeres estaban tan ansiosas como los hombres por no regresar a las reglas y roles antiguos previos a la Gran Guerra. Parecía como si el mundo se estuviera confabulando para el relajamiento de las severas costumbres de la sociedad conservadora americana. Había que persistir en la cruzada prohibicionista.

En las presidenciales de 1928 el tema de la Prohibición, que empezaba a mostrar abiertamente su fiasco, no fue un asunto menor. El republicano Herbert Hoover –protestante y seco– era partidario de mantener el "noble experimento" frente a su contrincante, el candidato demócrata Alfred E. Smith –católico y húmedo– que propugnaba su revocación. Hoover finalmente ganó las elecciones presidenciales. Entre otros muchos grupos organizados "el gran ingeniero" recibió el apoyo del Ku Klux Klan, que estaba a favor de la Prohibición nacional del alcohol y que era furibundamente anti-católico y anti-negro. La mayoría de los votantes americanos pensó que Hoover sería el candidato ideal para mantener la prosperidad heredada de Coolidge y la moral abstemia de los puritanos fijada por decreto. Ambas se desvanecerían durante su mandato.

En 1929 el Congreso, al constatar el incumplimiento masivo de la Volstead Act, acordó endurecer aún más las sanciones con la Jones Five-and-Ten Law, incrementando las penas a cinco años de prisión y multas de hasta 10.000 dólares para los infractores primerizos de la Ley seca. De poco sirvió.

Según un estudio de la Universidad de Columbia, en vísperas de la Volstead Act (1919) el consumo per cápita de bebidas alcohólicas en los EE UU era de 6 litros al año. En 1921 bajó a medio litro aproximadamente, pero a lo largo de los años siguientes esa media fue progresivamente aumentando hasta alcanzar los 5 litros a inicios de los años treinta. Esto es, casi a los mismos niveles previos a la Prohibición.

Entre tanto, el balance de los catorce años que duró el "noble experimento" en suelo norteamericano fue desolador: 30.000 personas murieron intoxicadas por ingerir alcohol metílico; 100.000 personas sufrieron lesiones permanentes como ceguera o parálisis. Por otro lado, el desacato a la ley fue inimaginable: unas 270.000 personas fueron condenadas por delitos federales relacionados con el alcohol, de las cuales un cuarto fueron sentenciadas a prisión y el resto fueron multadas. Los homicidios aumentaron en un 49% y los robos en un 83% con referencia a la década anterior; más de un 30% de los agentes encargados de hacer cumplir la ley fueron condenados o separados de su servicio por diversos delitos (extorsión, robo, falsificación de datos, tráfico o perjurio). La población reclusa en las cárceles federales se triplicó debido fundamentalmente a delitos ligados a infracciones de la National Prohibition Act.

La Ley seca también cambió los hábitos de beber entre los americanos. Antes el americano medio que bebía lo hacía fuera del hogar; los únicos que lo hacían en casa eran ciertos extranjeros según su costumbre de acompañar la comida con vino o cerveza (y que tan mal visto era por los puritanos abstemios). En la época previa a 1920 el americano que lo hacía en casa era por motivos médicos. Después de la Prohibición se estableció la costumbre de almacenar bebidas alcohólicas dentro de los hogares, lo que luego propició el aumento de su consumo. Se mire por donde se mire, dicho experimento social no valió en absoluto la pena.

Los movimientos a favor de la derogación de la Prohibición se cargaron cada vez más de razones. Entre los "revocacionistas" destacaron la Association Against the Prohibition Amendment (Pierre e Irenee du Pont, William Staton) y la Women's Organization for National Prohibition Reformencabezada por Pauline Sabin, partidaria esta última de un Gobierno limitado y defensora de las bondades del mercado libre. Antiguos partidarios de la Prohibición pasaron a sus filas a finales de la década (fue memorable el cambio de parecer y apoyos del magnate John D. Rockefeller).

Nada de esto hizo verdadera mella entre los legisladores prohibicionistas hasta que por fin muchos se dieron cuenta de que les afectaba directamente a sus finanzas públicas. La ley seca había privado al fisco norteamericano de unos 500 millones de dólares anuales (alrededor de un 5% de sus ingresos). Eso fue demasiado. Además, se dio la circunstancia de que el ciclo expansivo fue interrumpido bruscamente por el hundimiento de la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929 y se necesitaba poner en marcha la máquina recaudatoria para nuevos proyectos que iban a ser diseñados por otros políticos deseosos también de experimentar con la sociedad.

Así, Así, en febrero de 1933, elel entonces recién elegido presidente F. D. Roosevelt legalizó primero la venta de cervezas de 3,2 grados como máximo (al día siguiente la bolsa subió un 15%). , se legalizó la venta de cervezas de 3,2 grados como máximo (la bolsa subió un 15% al día siguiente). Por fin, el 5 de diciembre de 1933, el Senado derogó la Prohibición (fue, por cierto, la mejor iniciativa legislativa de todas las nefastas leyes intervencionistas aprobadas durante su largo mandato presidencial). Hubo de aprobarse la Enmienda constitucional nº 21 que revocaba por vez primera en la historia de los EE UU otra enmienda constitucional anterior. El Bureau of Prohibitionfue transformado en la Alcohol Tax Unit que pasó a depender de la Hacienda americana (la IRS). El "noble experimento" llegaba a su término y la sociedad americana comenzaba de nuevo el necesario aprendizaje de convivir cotidianamente con el alcohol legalizado interrumpido por la –siempre peligrosa– intervención moralista del Estado.

Tras la derogación de la ley seca, la venta clandestina de alcohol dejó súbitamente de ser rentable; sin embargo, muchas consecuencias de aquella Prohibición perduraron como el costoso y creciente presupuesto estatal (siempre insuficiente) para financiar luchas contra otros delitos sin víctimas, la subsistencia de la prohibición de licores en algunos estados (Kansas no la levantaría hasta 1987), la destrucción de una floreciente industria del vino que no se recuperó del todo o el severo problema del alcoholismo posterior en la sociedad americana (organizaciones como Alcohólicos Anónimos vieron la luz en 1938). Asimismo, la mafia y la estructura del hampa creada al calor de la Volstead Act no desaparecieron tampoco sino que se reconvirtieron en otros negocios que quedaban desterrados del tráfico legal como la prostitución (hasta que su actividad fue legalizada) o el juego, en forma de tragamonedas o casinos clandestinos, hasta que se autorizaron en el estado de Nevada.

Posteriormente el mundo del crimen ya organizado se orientó básicamente hacia el tráfico de estupefacientes, a escala ya internacional.

El pistoletazo del control federal en los EE UU sobre las drogas lo había dado la Harrison Narcotics Act (1914). Hasta entonces el Congreso fue renuente a aprobar la prohibición de sustancias estupefacientes debido a que las competencias y atribuciones del Gobierno federal eran entonces reducidas. Los prohibicionistas no hubiesen logrado sus objetivos si no hubiesen jugado a fondo la baza racial: numerosas cartas y testimonios (amplificadas por leyendas urbanas) llegaron a los congresistas contra el consumo de la cocaína precisamente por parte de la minoría negra al incitarla a cometer supuestamente muchos delitos contra familias blancas. Al mismo tiempo se denunciaron que las salas de opio "amarillo" eran visitadas por un número creciente de mujeres blancas. Por vez primera en la historia norteamericana se empezarían a encarcelar médicos por recetar dichas sustancias.

Semejantes prejuicios se hicieron luego valer al aprobarse la Uniform State Narcotic Act (1932) y la prohibición de la marihuana en 1937. Al igual que sucedía con la coetánea lucha contra el alcohol, no dejaron de atraer crecientes recursos materiales y humanos para desactivar la actividad comercial de traficantes, redes y contrabandistas de dichas sustancias. Con el correr de los años, la policía se "militarizaría" contra la población civil y aparecerían numerosos abusos constitucionales contra la privacidad de las personas.

Tras el destape social y hippy de los años sesenta y la epidemia de la adición a la heroína entre los ex combatientes de Vietnam vino la contundente reacción encabezada por la administración Nixon que declaró una guerra sin cuartel contra las nuevas y viejas drogas: se aprobó la Drug Abuse Prevention and Control Act de 1970 que prohibió toda una serie de drogas casi con las mismas razones enarboladas durante la Prohibición. Se consiguió crear un clima generalizado de persecución contra dichas sustancias que influyó en todos los demás países para que endurecieran las penas contra el comercio y consumo de las mismas y para que se creasen brigadas específicas contra los estupefacientes. Finalmente se redactó la Convención Internacional de la ONU de 1971 sobre Sustancias Psicotrópicas. La unanimidad de los gobernantes de aquellos tiempos en la prohibición de los estupefacientes fue abrumadora (no importando la ideología política o religiosa) y subsiste hasta hoy mismo.

Pero pese a todo ello, pese a la creación en los Estados Unidos de la Drug Enforcement Administration (DEA) en 1973, pese a la ratificación del tratado de extradición entre los EE UU y Colombia de 1981, pese a la aprobación de otras leyes más duras durante el mandato de Reagan para proscribir cualquier comercio voluntario de drogas (Comprehensive Crime Act de 1984 y la Anti-Drug Abuse Act de 1986, modificada en 1988), pese a aprobarse millonarios gastos en su lucha, pese a permitir la ley nuevas confiscaciones y "arrestos express", pese a las campañas de comunicación del movimiento de "Just Say No" encabezado por Nancy Reagan, pese a la Convención de Naciones Unidas contra las Sustancias narcóticas y psicotrópicas de 1988, pese a aumentar Bush (padre) un 50% los gastos militares de lucha contra la droga, pese a la creación del Office of National Drug Control Policy (1989) y pese a los paquetes de ayuda mil millonaria prestada por Clinton a Colombia y por Bush (hijo) a los gobiernos y ejércitos colombianos y mexicanos; pese a todo esto, el consumo de las drogas no ha hecho más que crecer y las cuentas de resultados de los grandes traficantes no han hecho desafortunadamente más que engordar año tras año.

Hay demasiados intereses creados entre los capos de la droga y enormes estructuras oficiales gestionadas por las autoridades sufragadas con los impuestos del contribuyente. Esto ha forjado una curiosa alianza contra natura entre los mismos para mantener el status quo de la prohibición. Mientras, la estructura policial, federal, judicial y penitenciaria americana ha quedado fuertemente condicionada –y perturbada– al ser inundada de numerosos casos de delincuentes de bajo nivel debido al mercadeo con drogas prohibidas.

Si bien no ambas prohibiciones no son situaciones completamente análogas, algunos empiezan a ver que la prohibición de las drogas aporta más perjuicios que ganancias para el conjunto de la sociedad. Espero que llegue un día –no muy lejano– en que reflexionaremos sosegadamente sobre la conveniencia de legalizar (y regular) ciertas actividades voluntarias que no agraden a terceros –tipificadas hoy como delitos– y en que nos preguntaremos si no será mejor que la sociedad aprenda también a convivir cotidianamente con las drogas, consumidas e intercambiadas entre los humanos desde tiempos ancestrales.

Los crímenes con víctimas han de perseguirse siempre, pero las normas morales (y religiosas) deben inculcarse privadamente en el hogar o en las iglesias; no deben imponerse –ni tan siquiera recurriendo al bienintencionado principio de prevención– mediante el brazo coactivo del Estado. Para no continuar repitiendo errores contamos con las abrumadoras lecciones del fracaso del noble experimento social que supuso la Prohibición de la producción y comercialización del alcohol en tierras norteamericanas.

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