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El liberalismo NO promueve un comercio injusto

Por José Carlos Rodríguez

El movimiento del "comercio justo" ha tenido, y mantiene, un cierto predicamento tanto en el pensamiento de miles de jóvenes como en su vertiente más práctica, que tiene su reflejo en las tiendas que muestran productos de diversos países del mundo. Éstas se anuncian con el cartel de "comercio justo", para tranquilizar nuestras conciencias cuando compramos lo que en principio no queríamos, o podemos obtener en cualquier otro mercado a un precio mucho más barato. ¿Cuál es el sentido de este extraño fenómeno?

La idea que corre tras este movimiento es que el comercio capitalista, es decir el comercio libre, es injusto. Abandonados los agentes del mercado a sus propias fuerzas, se dice, llegamos a situaciones absolutamente injustas e insostenibles, como que un productor de patatas de un campo cercano a Lima, póngase por caso, obtiene por un kilo de su preciado producto diez céntimos de euro, mientras que el mismo cargamento se paga en un mercado de Madrid a un euro. Por tanto, el "productor" se queda sólo con el 10%, mientras que el restante 90% se lo reparten meros intermediarios; especuladores que engrosan sus carteras a costa del sufrido agricultor que saca de la tierra lo que los despreocupados consumidores occidentales nos comemos sin mayores contemplaciones.

El planteamiento no puede ser más erróneo, y basta recordar algunas obviedades para ponerlo de manifiesto. El cargamento de patatas en Lima no nos es de ninguna ayuda a los "insolidarios" consumidores europeos. Para nosotros no es un bien de consumo si no podemos acceder a él; precisamente producir significa transformar y acercar los bienes al consumo, que es el objetivo último de toda producción. Desde el punto de vista económico, las patatas en un campo de Perú y en el mercado de Madrid no son el mismo bien, precisamente porque en este último sitio están más cerca de nuestro consumo. Llamar productores sólo a agricultores e industriales y no a los comerciantes, transportistas y demás servicios que colaboran en que finalmente lleguen los bienes a nuestra disposición es un absurdo, que ha sido puesto de manifiesto desde finales del siglo XIX, por no remontarnos varios siglos atrás. El nuevo movimiento del comercio justo tiene varias décadas de atraso en el estudio de lo más sencillo de la teoría económica.

Basados en esa concepción precientífica de la economía, la solución que proponen es la de sustituir a los intermediarios del mercado por otros, que realizan el mismo servicio, pero "gratis" o con un menor coste. Si la teoría es absurda, la solución no lo es menos, porque son los que colaboran en este amaño los que pagan, con el valor de su esfuerzo y de su labor, a quienes participan en las primeras etapas del proceso productivo que acaba con las patatas en los mercados de Madrid, en el ejemplo que hemos puesto. Piénsese lo que se quiera de quienes están convencidos de la "teoría" del comercio justo y de sus capacidades, pero lo más seguro es que el valor de su trabajo estaría mejor empleado en cualquier otro uso, ya que verdaderos profesionales se dedican de lleno a competir en el mercado libre por ofrecer los mismos servicios, en la mejor calidad y al menor precio de que son capaces. El que no logra realizar el transporte, la distribución, el control de calidad, la financiación, etcétera suficientemente bien y barato es expulsado por el mercado. Por tanto, los que realizan el denominado comercio justo están realizando esos servicios de un modo más ineficiente, lo que en parte se compensa con la entrega del valor que de todos modos aportan.

De hecho, una mera aproximación a la historia económica nos enseña que el proceso de rivalidad, de competencia, de búsqueda de oportunidades de beneficio que es característico del mercado libre ha logrado reducir secularmente los costes de transporte y de distribución de bienes. Cada participante en el mercado sabe que si realiza su labor de un modo más eficaz o a un menor coste, puede obtener un mayor beneficio y desplazar al resto de los competidores, que desde luego no se quedan atrás. Echar por la borda al fenómeno que ha permitido y que fomenta la reducción de los costes en el transporte y distribución de bienes en nombre precisamente de esos costes es un disparate mayúsculo, y no es propio de quien reflexione mínimamente sobre el caso.

No obstante, las reflexiones que se pueden hacer sobre el asunto van más allá. Puesto que el denominado "comercio justo", que hemos descrito, sí que es insostenible y resulta ineficiente, el resultado es que los "justos comerciantes" se ven obligados a subir el precio por encima de lo que uno puede encontrar en cualquier otro punto del mercado, como se puede comprobar con facilidad. Eso sí, se promete a los compradores que el sobreprecio se paga en aras de una buena causa, que es que el primer productor reciba una mayor renta. Pero en realidad no tenemos ninguna constancia de ello. No sabemos si lo que estamos pagando de más va a parar al esforzado agricultor limeño o si el vendedor interpretará la justicia del comercio de un modo más particular.

Por último hay que añadir un par de apreciaciones más. El verdadero comercio justo es el comercio libre, el que se desarrolla por el acuerdo voluntario de las partes, mientras que el que sí cabe calificar de injusto es precisamente el que se lleva a cabo bajo la coacción de una de las partes o de un tercero. Si elimináramos el comercio internacional, que parece ser el objetivo no declarado de quienes participan de esta idea absurda, el labrador peruano de nuestra historia, en vez de cobrar los 10 céntimos por kilo de patatas que recibe como compensación de destinar su producto a la red mundial del comercio (el denostado capitalismo global), se tendría que conformar con los 3 ó 5 céntimos que le puede ofrecer su mercado local. Es él el primer interesado en abrazar los beneficios del libre mercado, con el que quieren acabar quienes utilizan de modo espurio el término justo, para aplicarlo a un amaño mal concebido y seguramente peor realizado.

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