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Dinero caliente y globalización

Por José Ignacio del Castillo

La crítica más frecuentemente utilizada por los socialistas de todo cuño, en contra del mercado y la “globalización” (cualquiera que sea el significado de esta dichosa palabra) hace referencia al hecho de que supuestamente, la libre circulación de capitales, esto es de “dinero caliente”, es causante de crisis económicas, monetarias y financieras, del paro, de brutales ajustes presupuestarios y de las devaluaciones. En este sentido han aparecido recientemente en El Mundo y en El País un par de artículos firmados por Martín Seco y Joaquín Estefanía. Sin embargo, una cosa es advertir los males y otra dar con las causas. En realidad, con sus críticas ponen de manifiesto el mal que gobiernos, pseudo-economistas como Keynes y la moneda de papel, producen.
 
Con anterioridad a 1.914, año de inicio de la I Guerra Mundial, no existía nada parecido al “dinero caliente”, entendiendo como tal un enorme número de patrimonios personales y empresariales a la búsqueda de refugio, saltando nerviosamente de un país en el que no confían en absoluto, a otro en el que confían sólo a medias y durante poco tiempo, temiendo siempre ser confiscados o quedar atrapados por una devaluación monetaria o una moratoria (suspensión de pagos). En efecto, en aquella época, todo el mundo civilizado disponía de una moneda de oro que no había sido devaluada durante más de ochenta años, los gobiernos equilibraban sus presupuestos y pagaban sus deudas y la gente hacía planes y podía invertir a largo plazo. Un periodo falsificado por los historiadores –al que denominan “capitalismo salvaje”-, y que sería argumento para otro artículo.
 
La I Guerra Mundial, desencadenada por el creciente intervencionismo gubernamental, trajo sus secuelas de socialismo e inflación.. Un país tras otro incumplió los compromisos monetarios con sus ciudadanos. Confiscaron el oro depositado en las arcas del banco central y entregaron a cambio la deuda pública generada por sus continuos déficits presupuestarios, disfrazada bajo la apariencia de los antiguos billetes que ahora eran inconvertibles. Así fueron masacrados los ahorradores de todos los países centroeuropeos, por no hablar de países como Rusia en donde dio comienzo un experimento zoológico con seres humanos. Fue entonces cuando apareció el dinero caliente en escena para no desaparecer ya, durante todo el siglo. Su enorme cantidad se correspondía con la inflación creada, su nerviosismo con el deterioro en la calidad de los instrumentos monetarios y de crédito.
 
A mediados de los años 20 se intentó volver a la situación prebélica. Sin embargo, no fue el patrón oro lo que se restableció, sino un patrón cambios-oro en un mundo ya desestabilizado con el dinero caliente antes generado: El oro había salido durante las grandes inflaciones de Centroeuropa hacia los EE.UU., sin embargo, fueron dólares – y no oro que se quedó en América y sobre el que se piramidó la inflación de crédito que traería la crisis del 29- los que volvieron a Alemania, para quedar atrapados en la moratoria del 31. Un país tras otro quebró fraudulentamente, llevándose por delante a los acreedores. Las políticas keynesianas de devaluaciones y proteccionismo empujaron a Alemania y Japón a la guerra. Bretton Woods restableció el sistema cambios-oro con el dólar como piedra angular. Se generalizaron los controles de cambio y los déficits presupuestarios. El sistema quebró, como no podía ser de otra forma, en 1.971 produciendo inflación y crisis al tiempo.
 
A partir de 1.971 el mundo vive inundado por una ola de papel moneda inconvertible de producción estatal: el sistema monetario propuesto por Marx en el quinto punto del Manifiesto Comunista. Según nos cuenta Keynes, Lenin dijo que el mejor modo de destruir el sistema capitalista era envilecer la moneda. Mediante un proceso continuo de inflación los gobiernos son capaces de confiscar, en secreto y sin que la gente se de cuenta, una parte importante de la riqueza de los ciudadanos. Mediante este método no sólo confiscan, sino que confiscan arbitrariamente, en un proceso que empobrece a muchos y enriquece a algunos. Afectando así no sólo a la seguridad, sino a la confianza en la justa distribución de la riqueza.
 
Que la gente trate de conservar su patrimonio y aumentarlo con las obscenas posibilidades de beneficio fácil que la inflación y las subsiguientes devaluaciones producen, es algo que puede considerarse normal. Si se quiere enfriar el dinero, basta crear un entorno financiero adecuado en el que aquél se encuentre cómodo y desee quedarse para financiar las inversiones que hacen posibles la mejora generalizada del nivel de vida. Este entorno significa: el restablecimiento de una moneda de oro no devaluable, la completa separación de los mercados de dinero y de capitales observando los más estrictos principios que la liquidez exige a la hora de la casación de vencimientos, el equilibrio presupuestario y el cumplimiento por los gobiernos de los principios generales del derecho, esto es, el cumplimiento de los contratos y la extinción de obligaciones mediante la entrega de valores reales. Tengan por seguro que entonces no habría crisis, ni devaluaciones, ni dinero caliente. Eso es lo que exige el capitalismo y eso sería capitalismo.
 
Finalmente una pocas palabras sobre el control del movimiento de capitales y de los controles de cambios en general. Esta es la “solución” por la que abogan los socialistas. En otras palabras, la sumisión incondicional al robo institucionalizado. Estas medidas exigen entre otras cosas la intervención de la correspondencia, la nacionalización del comercio exterior, la destrucción del mercado internacional de capitales y además exigen un poder estatal tan absoluto que tan solo la Alemania nazi y algunos países comunistas han sido capaces de asumir. A nosotros nos queda decidir que preferimos.

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