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Amor, justicia y libertad

Por Juan Ramón Rallo Julián

“Dios es amor”. Esta sencilla frase, centro de la fe cristiana, transforma por completo la vida del creyente. El hombre es fruto del amor; su rasgo distintivo es haber sido amado incluso antes de existir o, precisamente, existir cuando es amado y porque es amado.

Inevitablemente, la dicción de la primera carta de Juan debe ponerse en relación con las otras dos caracterizaciones de Dios que nos ofrece el Evangelio. Dios es palabra: “Al principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba frente a Dios y la Palabra era Dios” (Juan 1,1). Dios es la Verdad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14, 6).

Amor, Palabra y Verdad se compenetran en la figura de Dios. Jesucristo traza claramente la unidad entre la Palabra y la Verdad ante Pilatos: “Todo aquel que está de parte de la verdad, escucha mi voz” (Juan 18, 37). Joseph Ratzinger en “Fe, Verdad y Tolerancia” enlaza Verdad y Amor: “La verdad y el amor son idénticos. Esta proposición –comprendida en su profundidad– es la suprema garantía de la tolerancia; de una relación con la verdad, cuya única arma es ella misma y que, por serlo, es el amor”.

Para entender la relación entre la Palabra y el Amor debemos recordar el significado último de los Diez Mandamientos como Palabra revelada dada por Dios a los hombres: “La palabra Decálogo significa literalmente diez palabras. Estas diez palabras Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Las escribió con su Dedo a diferencia de los otros preceptos escritos por Moisés. Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente (…) Pertenecen a la revelación que Dios hace de sí mismo y de su gloria” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2056-2059).

Teniendo presente que el Decálogo es Palabra y al ser Palabra es Dios, el propio Jesucristo resume la íntima relación de la Palabra con el Amor: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Pero hay otro semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la Ley y los Profetas”. (Mateo 22, 37-40). Y es que “La primera de las diez palabras” recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo”. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2061).

Por consiguiente, Dios es la Palabra del Amor y ese Amor es verdadero: “El Dios de nuestra fe se ha revelado como Él que es; se ha dado a conocer como ‘rico en amor y fidelidad’. Su Ser mismo es Verdad y Amor”. (Catecismo de la Iglesia Católica, n.231)

No debemos sorprendernos, por tanto, de que Benedicto XVI haya dedicado su primera Encíclica al amor. San Pablo ya lo expresó con total sinceridad: “[Si] tuviera tanta fe como para trasladar los montes, pero me faltara el amor, nada soy” (1 Corintios, 13, 2). En realidad, quien no ama no conoce a Dios (I Juan 4, 8) y quien no conoce a Dios no puede tener fe; porque si Dios también es Camino, queda claro que no hay otro camino hacia la fe que el amor. Es más, la fe no es otra cosa que una experiencia en el amor: tengo fe cuando amo y me sé amado por Dios.

Pero el amor, aunque sea mandado, no viene impuesto: “Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos”. (Deus Caritas Est) Nadie nos obliga a amar a Dios: “Sólo el diálogo y la persuasión pueden invitar al acto de fe, que deberá ser libre, para ser un acto verdaderamente humano”(Política sin Dios, George Weigel), aun cuando rechazar el amor de Dios y del prójimo suponga una condenación en vida: “Si nos preguntamos qué significa realmente estar condenado, es precisamente esto, no poder hallar gusto en nada, no querer nada ni a nadie, ni tampoco ser querido” (Dios y el Mundo, Joseph Ratzinger).

El ser humano es libre para condenarse en vida, para ir en contra de su propia naturaleza. El amor impuesto no es amor: es una farsa que se niega a sí misma. Sólo cuando nos parecemos a Dios, cuando amamos como Dios, el hombre se encuentra consigo mismo y descubre a Dios. Y Dios no ama a través de la espada, sino de la palabra: “Cristo no vence al que no se quiere dejar vencer. Él vence sólo por convicción. Él es la PALABRA de Dios (Verdad, Valores, Poder, Joseph Ratzinger). Por ello, el mandamiento del amor –la palabra de Dios- destierra el uso de la fuerza de las relaciones humanas; regresando a la anterior cita de Ratzinger, el amor no tiene otras armas que el propio amor.

Por eso el amor no es igual a justicia, a pesar de que ambas estén estrechamente interrelacionadas. La distinción entre caridad –ejercicio del amor– y justicia es, a mi parecer, uno de los puntos fundamentales de la Encíclica; distinción que en nuestra época se ha plasmado en la necesaria separación entre la Iglesia y el Estado.

Benedicto XVI define justicia como “dar a cada uno lo que le corresponde”, esto es, sigue fiel a la clásica definición liberal de justicia acuñada por Ulpiano: suum cuique. El quebrantamiento de la justicia concede un derecho de reparación, un derecho a restituir el orden jurídico; derecho que, en su caso, podrá implicar el uso de la fuerza.

Como ya hemos indicado, rechazar a Dios supone agredir el amor cristiano, pero a diferencia de la justicia, no conlleva la posibilidad de utilizar la fuerza para restituir el amor. La Iglesia “[no] quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento” (Deus Caritas Est).

No sólo eso, si la justicia significa dar a cada uno lo suyo, el amor va más allá y consiste en dar a cada cual incluso lo que no le corresponde: “El amor implica siempre, por un lado, autorrenuncia, darse a sí mismo al otro, y por otro, ayudarle”. (Dios y el Mundo). O como ha expresado con particular hermosura Jutta Burggraf: “Todo el que ama sale de sí mismo, va hacia el encuentro con otro; hasta cierto punto, "vive" en el otro y hace que éste, a través del amor que le da, exista de una manera nueva y diferente, como hijo o hija, novia o novio, amigo o amiga”.

No cabe, pues, un amor injusto; el individuo sólo puede recibir aquello que no le corresponde de aquel a quien sí le corresponde. No puede forzar ni el amor ni la caridad; más bien debe practicar el amor y la caridad a través de sus acciones voluntarias sin esperar una correspondencia debida y entonces, en el ejercicio voluntario del amor, recibirá amor. “Dad y se os dará: recibiréis una medida bien llena, apretada y rebosante; porque con la medida que midáis seréis medidos.” (Lucas 6, 37-38). El que roba para dar ni es justo ni caritativo; la caridad no puede pasar por la violencia.

La cuestión a dilucidar es si, en todo caso, cabe una justicia sin amor. La respuesta preeliminar parece ser afirmativa. La justicia es, como vemos, un prius al ejercicio de la caridad, pero la justicia no necesita del amor para prevalecer.

Sin embargo, hay que dar un paso más: el suum cuique presupone una estructura de derechos que fije aquello que le corresponde a cada uno. Es aquí donde el amor cristiano sirve de sustrato a la justicia: “[La Iglesia] desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto en práctica” (Deus Caritas Est).

El ser humano es fruto del amor y, por tanto, el amor está en su naturaleza; y esta naturaleza es la que debe inspirar a la justicia: “La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza del ser humano” (Deus Caritas Est). Una naturaleza que de la que se “derivan unos derechos, y unos deberes naturales”(Libertatis Conscientia).

Hemos dicho al comienzo que la unión entre el Amor y la Palabra que es Dios se plasma a través del Decálogo y, más en concreto, a través del mandamiento del amor. Y si bien el amor al prójimo no puede imponerse, sí deben garantizarse las acciones voluntarias de todos los seres humanos, esto es, la justicia pasa por la composición de un conjunto universal y simétrico de derechos que permitan la acción voluntaria del individuo, para amar o rechazar a Dios y, así, al prójimo.

La justicia no nace del Estado, no es una invención suya; la justicia se adecua a la naturaleza del individuo, a la potencialidad del amor. Como nos recuerda Benedicto XVI citando a San Agustín: “Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones”(Deus Caritas Est). El Estado también ha de subordinarse a la justicia y al derecho y, en la medida en que no pueda hacerlo, debe desaparecer.

¿Cuál es por tanto el nexo de unión entre la caridad y la justicia? Claramente, estas dos manifestaciones del ser humano sólo pueden engarzarse a través de la libertad. La libertad es el presupuesto tanto de la justicia como del amor: “El amor evangélico y la vocación de hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados, tienen como consecuencia la exigencia directa e imperativa de respetar a cada ser humano en sus derechos a la vida y a la dignidad” (Libertatis Conscientia).

Sin libertad no hay derecho, sino mandatos coactivos: “Hay un derecho aparente que constituye un derecho acorde con la esclavitud y que, por tanto, no es un derecho, sino una forma reglamentada de injusticia”. (Fe, verdad y tolerancia).

Sin libertad tampoco hay amor, sólo apariencia y engaño: “Dios quiere ser adorado por hombres libres” (Libertatis Conscientia). Si el amor no surge voluntariamente de nuestro interior, sino que nos viene impuesto por la fuerza, en realidad nunca hemos amado ni nos hemos acercado a Dios. Sin libertad, ninguna adoración resulta posible.

Así, cuando el ser humano pretende destruir al prójimo, es decir, cuando pretende coaccionarlo y esclavizarlo, el individuo se acerca al diablo o, dicho de otra forma, se aleja de Dios. “Cada vez que lo hicisteis con uno de mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. (Mateo 25, 40). Cada vez que atacamos al prójimo restringiendo su libertad, atacamos a Dios, esto es, atacamos a la Verdad, a la Palabra y, sobre todo, al Amor.

Sólo la libertad, como derecho esencial y natural del ser humano, permite el desarrollo de la justicia y el florecimiento del amor. Pero a su vez esta libertad encuentra su raigambre más profunda en el amor. “El Decálogo es el fundamento de todo el derecho de la libertad y la fuerza genuinamente liberadora de la historia humana” (Fe, verdad y tolerancia). La Palabra, el mandamiento del amor, es el fundamento del auténtico derecho.

Por ello, “la Verdad os hará libres” (Juan 8, 32). Esto es, no hay libertad sin Verdad, porque la mentira, las falsas normas y la justicia ficticia, sólo son los instrumentos por los cuales los poderosos controlan y esclavizan al ser humano: “Las verdades a medias están ordenadas hacia la mentira, y ahí es donde fracasa todo el conjunto: la mentira acerca de la libertad elimina también los elementos de verdad. La libertad sin verdad no es libertad.” (Fe, verdad y tolerancia).

Pero también, dado que “la verdad y el amor son idénticos”, el amor al prójimo implica necesariamente el respeto a su libertad. Debemos amarlo “como” a nosotros mismos. “¿Qué libertad es aquella entre cuyos derechos se cuenta el de suprimir desde el principio mismo la libertad del otro?” (Fe, verdad y tolerancia), se preguntaba Ratzinger, concluyendo que la libertad “para la destrucción del otro no es libertad, sino su parodia diabólica”.

Palabra, Verdad y Amor giran en torno a la libertad. No por casualidad, en su “Introducción al Cristianismo” Ratzinger propone, muy acertadamente, renombrar al cristianismo como “filosofía de la libertad”.

El amor de Dios hacia el hombre alcanza así su plenitud. El hombre es libre para amar o incluso rechazar a su creador. Y, en tanto el propio Dios le ha otorgado esa libertad, ningún otro hombre tiene derecho a arrebatársela. El amor es la inspiración de la justicia mediante el valor de la libertad; pero el amor sin justicia, sin respetar la libertad, se desvanece en la más absoluta de las mentiras.

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