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La hipocresía de Noam Chomsky

Por Keith Windschuttle
Traducido por Ángel Vaca Quintanilla

Hay una célebre definición del hipócrita, en los Evangelios: es aquella persona que se niega a aplicarse a sí mismo el rasero que aplica a los demás. Según esa definición, todos los debates en torno a la llamada Guerra contra el Terrorismo, son, prácticamente sin excepción, pura hipocresía. ¿Es que no lo entiende nadie? No. No lo entiende nadie.
Noam Chomsky: Poder y Terror, 2003.

De todos los intelectuales norteamericanos que justificaron los ataques terroristas de Al Qaida contra Nueva York y Washington, el más insigne fue Noam Chomsky. Llegó a decir que el número de víctimas había sido una minucia comparada con la lista de muertos que ese "terrorismo mucho más violento" que es la política exterior de los Estados Unidos produce en el Tercer Mundo. A pesar de que, para la mayoría de la gente, semejante afirmación constituyó una afrenta, cayó muy bien entre sus adeptos. Chomsky nunca ha sido más popular entre la izquierda académica e intelectual, como lo es hoy día.

Desde el 11 de Septiembre de 2001, se han publicado dos libros de entrevistas con él que han ido, directamente, a la lista de los más vendidos 1. Uno de ellos incluso ha dado pie a un documental titulado Power and Terror [Poder y Terror], que está vendiéndose de maravilla en el mercado de cine de autor. En marzo de 2002, el director, John Junkerman, acompañó a Chomsky a la Universidad de California, en Berkeley, donde, en cinco días, dio otros tantos discursos políticos ante audiencias de no menos de 5.000 personas.

Mientras tanto, incontables medios de comunicación progresistas de todo el mundo, han ido tras Chomsky para conseguir una entrevista con el más eminente de los intelectuales opuestos a la respuesta de Estados Unidos a los ataques terroristas. Los artículos que se han escrito sobre él suelen comenzar, sistemáticamente, recordando a los lectores el enorme prestigio del profesor. Cierto artículo titulado "Conscience of a Nation" [La conciencia de una nación], publicado en el periódico británico The Guardian, afirmaba: "Junto con la Biblia y la obra de Marx y Shakespeare, la de Chomsky es una de las más citadas entre los humanistas - y es el único de esos autores que todavía vive". El New York Times lo ha definido como "posiblemente, el intelectual vivo más importante".

Chomsky se ha aprovechado de la popularidad que comenzó a labrarse en el campo de la lingüística, para conseguir llevar la voz cantante de la izquierda estadounidense. No es un simple portavoz: su postura ha contribuido mucho a organizar las políticas izquierdistas de los últimos cuarenta años. Hoy día, cuando actores, cantantes y estudiantes protestan entonando lemas antiamericanos ante las cámaras, con mucha frecuencia están expresando sentimientos que han aprendido de la voluminosa obra de Chomsky.

Es por esto por lo que, al analizar el punto de vista de Chomsky, estamos analizando el corazón de la mentalidad de los radicales de nuestros tiempos, especialmente de los más influyentes en los círculos académicos y artísticos.

Chomsky lleva siendo una celebridad desde mediados de los 60, cuando se hizo un nombre como activista opuesto a la guerra de Vietnam. Aunque perdió parte de su popularidad a finales de los 70 y principios de los 80, por su defensa del régimen de Pol Pot en Camboya, ha aprovechado el 11 de Septiembre para recuperar su reputación; de hecho, ahora es más influyente que antes. A sus 74 años, se ha convertido en el decano de los intelectuales izquierdistas de Norteamérica y, prácticamente, del mundo.

Chomsky es, sin embargo, un académico radical fuera de lo común. Los humanistas de izquierdas se han pasado los últimos treinta años entusiasmados con elevadas teorías de la índole de las neo-marxistas y feministas, o con la filosofía postmodernista alemana y francesa. La mayor parte de estas ideas ya son bastante crípticas en su idioma original de modo que, al ser traducidas, van más allá del oscurantismo hasta adquirir cierta vitola de prestigio; han popularizado el relativismo, tanto en la epistemología como en la filosofía moral. Chomsky contrasta con estos humanistas, ya que no ha sido el motor de ninguna corriente de pensamiento, ni de ninguna teoría política. Tampoco es relativista: defiende la búsqueda de la verdad y el conocimiento de los asuntos humanos, y aboga por un conjunto universal y sencillo de principios morales. Es más: sus ensayos políticos son muy claros, y están dirigidos a un público medio, más que a uno experto. No recurre a ninguna parafernalia esotérica para respaldar sus argumentos, sino que utiliza, simplemente, lo que parecen hechos evidentes. No podemos, por tanto, explicar su popularidad basándonos en modas intelectuales más o menos recientes: hemos de echar la vista más atrás.

Chomsky es el más influyente de los intelectuales que quedan de lo que fue la Nueva Izquierda de los 60. En muchos sentidos, era la encarnación de este grupo y del odio que profesaban a "Amérika", un país que, según pensaban, había aplicado políticas, tanto en el interior como en el exterior, que le habían hecho caer en el fascismo. En su libro más célebre de los 60, American Power and the New Mandarins [El poder americano y los Nuevos Mandarines], el profesor mantenía que lo que los Estados Unidos necesitaban era "una especie de desnazificación".

De las mayores potencias de aquella década, para Chomsky, Estados Unidos era la más censurable. Los principios de Democracia Liberal sobre los que la nación se basaba eran una farsa. La Democracia norteamericana era "una dictadura de cuatro años", y el compromiso de su economía con los mercados libres no era más que una tapadera para ocultar el poder de las empresas. Su política exterior era genuinamente perversa. "Se mire como se mire", escribió en aquel entonces, "los Estados Unidos se han convertido en la potencia más agresiva del mundo, la mayor amenaza para la paz, para la autodeterminación nacional y para la cooperación entre los países".

Como pacifista militante, Chomsky participó en algunas de las manifestaciones más publicitadas, incluyendo la intentona de formar una cadena humana alrededor del Pentágono (que Norman Mailer glosó en su famoso Armies of the Night [Ejércitos de la noche]). Chomsky describió el acontecimiento diciendo: "decenas de millares de jóvenes rodeaban lo que ellos consideraban la institución más atroz del planeta -y he de decir que estoy de acuerdo con ellos-".

Este tipo de antimericanismo era bastante frecuente en la Izquierda de aquel entonces; sin embargo, había dos cosas que distinguían a Chomsky de la multitud: era un académico con una gran reputación, y sintonizaba bien con el antiautoritarismo de la Nueva Izquierda estudiantil.

En aquellos tiempos, la izquierda tradicional aún estaba en manos de una generación de viejos marxistas, que, o bien apoyaban al Partido Comunista, o bien se trataba de trotskistas que, aunque se oponían a Joseph Stalin y a sus sucesores, aún defendían el leninismo y el bolchevismo. En cualquier caso, la generación emergente de estudiantes radicales veía, en ambos grupos, un compromiso con el respaldo a la Revolución Rusa y a los regímenes represivos que ésta había extendido por la Europa del Este.

Chomsky no pertenecía a la generación de los estudiantes (en 1968 ya era un profesor titular cuarentón), pero el hecho de que no estaba afiliado a ningún partido ni estaba comprometido formalmente con ninguna política, le absolvía de la sospecha de tener vínculos con la Vieja Izquierda. En lugar de ello, su credo anarquista o, como él lo llamaba, "socialismo libertario", contribuyó en gran medida a dar forma a la filosofía de la Nueva Izquierda.

En el libro American Power and the New Mandarins, Chomsky aplaude a Mikhail Bakunin, un anarquista del siglo XIX que predijo que la versión del socialismo que defendía Karl Marx, terminaría transfiriendo el poder del Estado, no a los obreros, sino a las élites gobernantes del Partido Comunista.

Pese a su antibolchevismo, Chomsky defendía la revolución socialista, y afirmaba que sólo una "verdadera revolución social" transformaría a las masas de modo tal que tuvieran la posibilidad de hacerse con el poder y gobernar las instituciones. El modelo político real que más le gustaba, fue el del efímero enclave anarquista que se constituyó en Barcelona, entre 1936 y 1937, durante la Guerra Civil Española.

La proclama del "poder estudiantil" de los 60 era una consecuencia de esta rama del pensamiento político. A la Nueva Izquierda le sirvió para convencerse de que había inventado una forma de radicalismo más pura, sin la mancha del totalitarismo del mundo comunista.

Sin embargo, por mucho que, en principio, Chomsky desdeñara el comunismo, cuando se trató de hablar de política internacional de verdad, acabó defendiendo a una banda de revolucionarios socialistas bastante ortodoxos, entre los que se contaban los padres del comunismo cubano, Fidel Castro y el Che Guevara, además de Mao Tse-Tung y los fundadores del comunismo chino. En un foro que se celebró en Nueva York, en Diciembre de 1967, Chomsky llegó a decir que en China, "había cosas verdaderamente admirables". Creía que los chinos habían avanzado por el camino de darle el poder a la masa, tal y como él defendía según sus principios de socialismo libertario:

China es un ejemplo importante de una nueva sociedad en la han sucedido cosas muy interesantes y positivas: gran parte de la colectivización se ha llevado a cabo con la participación de las masas, y ha tenido lugar tras haberse conseguido que el campesinado entendiera los motivos de ésta, para, así, poder dar el paso.

Cuando Chomsky escribió esta defensa de lo que él llamaba la "sociedad justa" y "relativamente vivible" de Mao Tse-Tung, seguramente no sabía que, sólo cinco años antes, había terminado la gran Hambruna China, que tuvo lugar entre 1958 y 1962, y que había sido la peor de la Historia de la Humanidad. Y posiblemente no lo sabía, porque los hechos no salieron a la luz hasta dos décadas después: la misma colectivización por la que él abogaba, fue la causa principal de la hambruna, una de las catástrofes humanas más grandes que nunca han sucedido, con un total de 30 millones de muertos.

En cualquier caso, si los principios políticos de Chomsky, el anarquista, le hubieran alejado del totalitarismo tanto como proclamaba, el precedente del comunismo soviético que, como todo el mundo sabía, había falsificado las estadísticas de la producción agraria en la década de 1930 (lo que desencadenó, también, la hambruna entre la población), debería haberle motivado un poco de escepticismo acerca de la propaganda de los correligionarios chinos de la URSS.

Lo cierto es que Chomsky estaba al tanto de la violencia que los regímenes comunistas aplicaban sobre sus propios pueblos. En el foro de Nueva York de 1967, reconoció que tanto las masacres de terratenientes en China como las de Vietnam del Norte sucedieron en cuanto los comunistas llegaron al poder. No obstante, en esencia, el profesor pretendía dar una justificación razonable de esta violencia, especialmente de la del Frente de Liberación Nacional en su intento por hacerse con el poder en Vietnam del Sur. Chomsky dejó claro que no era un pacifista.

No me parece que sea aceptable que condenemos el periodo de terror del FLN, simplemente porque fue algo horrible. Creo que lo que tendríamos que hacer es preguntarnos por los costes comparativos, por espantoso que suene; y si queremos tomar una posición moral en este asunto (y creo que deberíamos hacerlo), tendremos que poner en una balanza cuáles fueron las consecuencias de que se usara el terror, y cuáles habrían sido de no haberse usado. Si es cierto que las consecuencias de no haber utilizado el terror hubieran sido que el campesinado vietnamita habría seguido viviendo como el de Filipinas, creo que, entonces, el terror estaría justificado.

Chomsky no fue el único que cayó en el respaldo al torbellino de violencia que caracterizó a las revueltas comunistas del sureste asiático. Casi toda la Nueva Izquierda de la década de los 60 siguió el mismo camino. Se opusieron a la postura norteamericana, y convirtieron a Ho Chi Minh y al Vietcong en héroes románticos.

Cuando los Jemeres Rojos se hicieron con el poder en Camboya, en 1975, Chomsky y la Nueva Izquierda les aplaudieron. Y en cuanto se empezó a saber de los sucesos tremendos que siguieron inmediatamente, la evacuación total de la capital, Phnom Penh y los informes de asesinatos generalizados, el profesor dio una justificación parecida a la que, en su momento, hizo en los casos de China y Vietnam: puede que haya habido casos de violencia, pero han sido comprensibles, dadas las condiciones del cambio de régimen y de revolución social.

Aunque era difícil obtener información alguna, Chomsky propuso, en un artículo que escribió en 1977, que la Camboya de la posguerra se parecía, probablemente, a la Francia liberada tras la Segunda Guerra Mundial, cuando miles de personas acusadas de colaborar con los nazis fueron masacradas en unos pocos meses. Llegó a decir que lo ocurrido era algo que cabía esperar, y que era un pequeño precio en comparación con los cambios positivos que había traído el nuevo gobierno de Pol Pot. Chomsky citó un libro que habían escrito dos estadounidenses de izquierdas, Gareth Porter y George Hilderbrand, diciendo que se trataba de "un estudio documentado con meticulosidad, acerca del impacto devastador que los Estados Unidos han tenido en Camboya, y el triunfo sobre él de los revolucionarios camboyanos, que conforma una imagen muy positiva de sus proyectos y de su política".

Sin embargo, en aquellos momentos se habían publicado otros dos libros sobre Camboya, que seguían una línea muy distinta. Los autores de uno de ellos, titulado Murder of a Gentle Land [El asesinato de un país maravilloso], dos norteamericanos llamados John Barron y Anthony Paul, acusaban al régimen de Pol Pot de asesinatos en masa que alcanzaban el rango de genocidio. El otro título, Cambodia Year Zero [Camboya, Año Cero], de François Ponchaud, se unía a la acusación.

Chomsky escribió recensiones de ambos libros, junto con numerosos artículos de prensa publicados en The Nation, en Junio de 1977. Criticó a sus autores por hacer poco más que propaganda anticomunista. Cuando se publicaron columnas en The New York Times Magazine y en The Christian Science Monitor, que calculaban una cifra de muertos entre 1 y 2 millones (sobre una población de 7,8 millones de personas), Chomsky las ridiculizó y trató de probar que sus fuentes eran poco fiables y que una célebre fotografía que mostraba el trabajo forzado en el campo al que se sometía a la población, era, en realidad, un montaje.

El profesor rechazó el libro de Barron y Paul, en parte porque había sido publicado por el Reader's Digest, y porque había sido anunciado en la portada del The Wall Street Journal (ambas eran revistas de clara orientación anticomunista), y en parte porque había omitido los informes de periodistas que habían estado en Camboya, y que no habían presenciado ninguna ejecución.

El trabajo de Ponchaud era un hueso más duro de roer. El autor lo escribió basándose en su propia experiencia, en Camboya, desde 1965 hasta la caída de Phnom Penh, e incluía multitud de entrevistas con refugiados, y de boletines de la radio camboyana. Es más: había recibido críticas bastante favorables de un escritor de izquierdas, en el The New York Review of Books, una publicación para la que Chomsky escribía con frecuencia. La estrategia del profesor se fundamentó en minar la credibilidad del texto de Ponchaud, cuestionando la fiabilidad de los testimonios de refugiados. Aún reconociendo que "Ponchaud relata las historias espeluznantes que le contaron los refugiados, sobre el salvajismo que empleaban con ellos los Jemeres Rojos", el profesor acaba afirmando que hay que actuar con cautela, por "lo extraordinariamente poco fiables que suelen ser las historias que cuentan los refugiados".

Los refugiados están asustados, indefensos y a merced de fuerzas que no controlan. Lo normal es que acaben contando a sus interlocutores lo que quieren oír. Aunque los informes deben ser tenidos en consideración, hay que actuar con prudencia y cautela. En concreto, los refugiados interrogados por occidentales o por tailandeses, se muestran especialmente interesados en denunciar atrocidades cometidas por los revolucionarios camboyanos, algo que, evidentemente, ningún periodista que se precie va a pasar por alto.

En 1980, Chomsky llevó sus críticas al libro After the Cataclysm [Tras el Cataclismo], que escribió junto con un antiguo colaborador, Edward S. Herman. En lo que se refería a Vietnam, Laos y Camboya, la inmensa mayoría del contenido del libro, era una defensa palmaria de la postura del profesor acerca del régimen de Pol Pot. En aquellas fechas, Chomsky ya sabía que había sucedido algo espantoso en el sureste asiático. Escribió: "Los informes de atrocidades en Camboya son sólidos y, con frecuencia, escalofriantes", y "Pocos dudan que la después de la guerra hubo un estallido de violencia, matanzas y represión". Sin embargo, se burlaba de los rumores de que la cifra de víctimas podría haber superado el millón, y criticó al senador George McGovern, cuando pidió que el Ejército los Estados Unidos interviniera en la zona para detener lo que denominó "un caso clarísimo de genocidio".

Chomsky alababa a escritores que hacían apología del régimen de Pol Pot. Citaba sus análisis, con aprobación, que sugerían que el éxodo de la población de Phnom Penh quizás se debió a la pérdida de la cosecha de arroz de 1976. El profesor escribió que, si esto era cierto, "la evacuación de Phnom Penh, tan denunciada en su momento por la indudable brutalidad con la que se llevó a cabo, tal vez salvó muchas vidas". Incluso negó las acusaciones de genocidio:

Las muertes en Camboya no fueron el resultado de matanzas y hambrunas sistemáticas, organizadas por el Estado, sino más bien la consecuencia, en gran medida, de ajustes de cuentas entre campesinos, de la actuación unidades militares indisciplinadas, fuera del control del gobierno, del hambre y las enfermedades que provocó, directamente, la guerra lanzada por los Estados Unidos, y de otros factores.

After the Cataclysm contenía, además, una extensa crítica a los testimonios de refugiados. Chomsky desvelaba que su fuente original, en 1977, fue Ben Kiernan un australiano, estudiante en los tiempos de los Jemeres Rojos, defensor del régimen de Pol Pot, que escribía en una revista de orientación maoísta, llamada Melbourne Journal of Politics. Lo que Chomsky se guardó de contar a sus lectores fue que, antes de 1980, el año en que se publicó After the Cataclysm, el propio Kiernan se había retractado de sus opiniones.

Durante gran parte de 1978 y 1979, Kiernan entrevistó a 500 refugiados camboyanos, internados en campamentos en Tailandia. Le convencieron de que lo que le contaban era cierto. Incluso obtuvo muchísimas pruebas que inculpaban al nuevo régimen de Vietnam. Todo esto le condujo, en 1979, a escribir su mea culpa, en el Bulletin of Concerned Asian Scholars. Aquella era una revista de izquierdas que Chomsky citaba con frecuencia, así que, seguramente, el profesor supo del artículo en el que Kiernan decía cosas como: "No hay duda de que las pruebas denuncian, claramente, el uso sistemático de la violencia contra la población, por parte de esta sección chovinista del movimiento revolucionario que dirigía Pol Pot". A pesar de esto, en After the Cataclysm no hay mención de la rectificación de Kiernan.

Un tiempo después, Kiernan escribió un libro titulado The Pol Pot regime: Race, Power and Genocide under the Khmer Rouge 1975-79 [El régimen de Pol Pot: Raza, poder y genocidio en la época de los Jemeres Rojos, 1975-79]. El texto está considerado hoy día como el análisis indiscutible de uno de los episodios más desdichados de la Historia. En la evacuación de Phnom Penh, en 1975, murieron decenas de miles de personas. Casi toda la clase media fue aniquilada deliberadamente, incluyendo a funcionarios, profesores, intelectuales y artistas. De un total de 70.000 monjes budistas, no menos de 68.000 fueron asesinados. La mitad de la población urbana de origen chino, fue exterminada.

Kiernan da una cifra de muertos, entre abril de 1975 y enero de 1979, cuando la invasión vietnamita derribó el régimen, de 1,67 millones de personas, de una población de 7,89 millones. Es decir: el 21% de todos los habitantes del país. Proporcionalmente, es la mayor matanza en tiempos modernos que un gobierno ha desatado contra su propia población. Quizás, en toda la Historia.

El defensor más contumaz y prestigioso que tenía el régimen camboyano en Occidente era Chomsky. Incluso ya en 1988, cuando él y Herman se vieron obligados a reconocer, en su libro Manufacturing Consent [Fabricando el consenso], que Pol Pot había cometido genocidio contra su propio pueblo, seguían insistiendo en que habían acertado cuando rechazaron los relatos de los periodistas y escritores que investigaron los sucesos. Afirmaron que las pruebas que salieron a la luz tras la invasión vietnamita de 1979, no justificaban, retrospectivamente, los informes que ya habían criticado en el 77.

Seguían clamando, impertérritos, que los Estados Unidos eran quienes tenían que cargar con casi toda la responsabilidad. En pocas palabras: Chomsky se negaba a reconocer que se había equivocado con respecto a Camboya.

Chomsky ha venido manteniendo esta línea de comportamiento todos estos años. Tras el 11 de Septiembre, aseguró que, por muy espantosos que hubieran sido los atentados, lo que hacen los Estados Unidos es peor y, para respaldar sus argumentos, utilizó datos tan tendenciosos y moralmente ambiguos como los que empleó para defender a Pol Pot. El 12 de Septiembre de 2001, escribió:

Los ataques terroristas han sido enormes atrocidades, pero se quedan pequeños al lado de, por ejemplo, el bombardeo de Sudán por parte de Clinton, sin ninguna excusa creíble, que destruyó la mitad de sus reservas de medicinas y mató a un número indeterminado de personas.

El incidente de Sudán fue causado por un ataque norteamericano con proyectiles, contra la fábrica de medicamentos Al-Shifa, en Khartoum. La CIA sospechaba que, allí, unos científicos iraquíes estaban fabricando gas nervioso VX, que el régimen de Sadam Hussein podría usar en armas químicas. El ejército estadounidense disparó un misil durante la noche, para asegurarse de que no hubiera trabajadores en la fábrica que pudieran salir mal parados y, así, reducir en todo lo posible la pérdida de vidas inocentes. La fábrica estaba ubicada en un polígono industrial y, por lo que se sabe, en el ataque sólo murió el conserje.

El paralelismo de Chomsky, tan odioso, se ganó muchas críticas, pero, aún así, se las arregló para detallarlo aún más: le aseguró a un periodista de salon.com que contaba con unos datos muy creíbles que afirmaban que en el ataque a la fábrica sudanesa, no hubo un "número indeterminado de muertos", sino que se produjeron más víctimas que en los atentados contra Nueva York y Washington. Dijo: "en un solo bombardeo, según las estimaciones de la Embajada de Alemania en Sudán, y según los datos de Human Rights Watch, murieron, probablemente, decenas de miles de personas". Una afirmación que pronto estuvo bajo sospecha: una de las dos fuentes, Human Rights Watch, escribió una nota en salon.com, una semana después, en la que negaba haber calculado una cifra semejante. En palabras del director de la organización: "Lo cierto es que Human Rights Watch no ha hecho ninguna investigación para determinar la cifra de víctimas que ha producido el bombardeo norteamericano contra Sudán, y no podríamos afirmar nada semejante, sin antes haber conducido un estudio minucioso sobre el terreno".

La segunda fuente tampoco había llevado a cabo investigación alguna: Werner Daum, que fue embajador alemán en Sudán entre 1996 y 2000 y había escrito un artículo sobre este asunto en el número de verano de 2001 de la publicación Harvard International Review. A pesar del cargo del autor, el texto tenía de todo, menos diplomacia: se trataba de una invectiva antiamericana en la que criticaba el historial de violaciones de los Derechos Humanos que habían cometido los Estados Unidos, y culpaba a este país de la guerra entre Irán e Irak, durante la década de los 80, de los ataques químicos contra la población kurda y de la muerte de 600.000 niños iraquíes a causa de las sanciones contra el régimen de Sadam Hussein, tras la guerra de 1991. De cualquier modo, los comentarios de Daum a propósito del ataque contra la fábrica sudanesa no eran tan rotundos como afirmaba Chomsky:

Es difícil saber cuántos habitantes de esta pobre nación africana, han muerto a causa de la destrucción de la fábrica de Al-Shifa, pero es posible que se cuenten por decenas de miles. La fábrica producía algunos de los medicamentos considerados esenciales por la Organización Mundial de la Salud, en cantidades que oscilaban entre el 20 y el 60% del mercado sudanés, en general, y el 100% en el caso de las medicinas líquidas intravenosas de aquel país. Tuvieron que pasar más de tres meses para que los medicamentos pudieran ser sustituidos por importaciones.

Es difícil dar crédito a la "posible cifra" de Daum. Asegura que pasaron tres meses entre la destrucción de la fábrica y la sustitución de su producción por medicamentos importados, lo que parece demasiado tiempo, pero de todos modos, aunque fuera cierto, la afirmación de que, en ese intervalo tan breve pudieron morir "decenas de miles de personas" parece bastante peregrina.
Si hubiera sucedido así, se habría producido una crisis sanitaria que habría dado la vuelta al mundo; algo comparable a una pandemia mucho peor que el brote del Síndrome Agudo de Insuficiencia Respiratoria. Sin embargo, salvo el embajador alemán, parece que nadie se enteró de nada semejante.

Cualquiera puede consultar los informes de las operaciones en Sudán de varias organizaciones humanitarias occidentales, como Oxfam, Médicos sin Fronteras y Norwegian People's Aid, que llevan décadas trabajando en aquella región, y comprobará que en ellos no se mencionan grandes aumentos de las cifras de muertos. Al contrario: el mayor problema sanitario ha sido, entonces y ahora, responsabilidad del gobierno islamo-marxista de Khartoum, que se ha dedicado a avivar la guerra civil, bombardeando los hospitales civiles de sus enemigos cristianos del sur del país.

La idea de que decenas de miles de sudaneses pudieran morir en tres meses por falta de medicamentos resulta poco convincente. Pero el que algo así pasara inadvertido para las organizaciones de ayuda humanitaria es, simplemente, increíble.

Por todo esto, la justificación que hizo Chomsky de los atentados del 11 de Septiembre es, hasta la última coma, tan mendaz como los argumentos que empleaba para defender a Pol Pot y malinterpretar el genocidio camboyano.

"Los intelectuales tienen la responsabilidad de decir la verdad y desvelar las mentiras". Esto lo escribió el profesor en un célebre artículo que se publicó en The New York Review of Books, en Febrero de 1967. La frase no es sólo una cita lapidaria y contundente, sino que deja bien claro quiénes son sus enemigos. Chomsky se ha pasado casi toda su vida de adulto criticando a otros intelectuales a los que acusa de no cumplir con este deber.

El argumento principal de American Power and the New Mandarins [El Poder Americano y los Nuevos Mandarines] es que las Ciencias Sociales y las Humanidades han caído en manos de una nueva generación de intelectuales que, en lugar de actuar como librepensadores socráticos, dedicados a desafiar los fundamentos de la opinión establecida, han traicionado su credo al convertirse en siervos del poder industrial y militar. Los intereses de esta nueva clase de mandarines, según Chomsky, son los que han convertido a los Estados Unidos en una potencia imperial. Su ideología demuestra...

..."la mentalidad de servidumbre civil colonial, su fe en las bondades de la madre patria y lo correcto de su visión del orden mundial, convencidos de que entienden los verdaderos problemas de los más desfavorecidos, cuyo bienestar administran."

Las disciplinas que más y peor habían cambiado eran, según el profesor, la psicología, la sociología, el análisis de sistemas y la ciencia política. Acusó a algunos célebres académicos, como Samuel Huntington, de Harvard, de estar entre los peores especimenes. Según proclamaba, la Guerra de Vietnam había sido planeada y ejecutada por esos nuevos mandarines.

Lo cierto es que las denuncias del surgimiento de un nuevo tipo de autoridad con educación académica no eran originales ni radicales. En Europa, durante cierto periodo, fueron frecuentes. Gran parte de esas advertencias ya aparecieron en los años 40, en un libro, The Road to Serfdom [Camino de servidumbre], escrito por un intelectual que se ubicaba en el extremo opuesto del espectro ideológico: Friedrich von Hayek. En él, se consideraba a los ingenieros sociales del Estado del Bienestar, como la mayor amenaza a la libertad de Occidente. En realidad, Chomsky no hacía sino dar una versión izquierdista de la misma idea. Escribió:

La intelligentsia del Estado del Bienestar tiene una ideología que muestra ciertas tendencias peligrosas; afirman que poseen las técnicas y el entendimiento necesarios para administrar esta "sociedad postindustrial" nuestra, y para organizar una sociedad internacional dominada por la superpotencia americana.

Sin embargo, Chomsky, al hacer estas críticas, estaba actuando como un ingeniero social, en una escala incluso mayor. Ya lo decía cuando apoyaba la colectivización de las agriculturas china y vietnamita, en 1967, con todo el terror y el genocidio que ello significó: lo que defendía era la reorganización calculada de las sociedades tradicionales. En su defensa del cambio revolucionario en Asia, el profesor pretendía tener parte en la modificación del orden internacional.

Por esto, aparte de estar, ideológicamente, mucho más a la izquierda que los intelectuales a los que criticaba, y aparte de preferir el derramamiento de sangre a la utilización de métodos más burocráticos, el mismísimo Chomsky estaba actuando como el ejemplo perfecto de ese Nuevo Mandarín al que tanto atacaba.

De hecho, era uno de los especimenes de su ralea con más éxito. A estas alturas, ya se cuenta con suficientes informes y análisis de la Guerra de Vietnam como para concluir que los Estados Unidos no fueron derrotados militarmente sino que abandonaron Vietnam del Sur a su suerte por miedo a los costes que la intervención bélica tendría en la vida política doméstica. La influencia que intelectuales radicales como Chomsky tuvieron a la hora de convencer a los estudiantes de la generación de los 60, para que se opusieran a la guerra, fue crucial para que esos posibles costes políticos se dispararan.

Sin embargo, los resultados que ayudaron a producir fueron mucho peores que cualquier solución burocrática a la que pudiera haberse llegado según las políticas de los 60. Desde la perspectiva aventajada que tenemos hoy en día, podemos ver las consecuencias a largo plazo de la elección entre el terror revolucionario de Vietnam (que Chomsky defendió en 1967), y la continuación de la agricultura privada, como en Filipinas. Está claro que ésta sale ganando: en 2001, la renta per cápita filipina era de 4.000 dólares, mientras que, en Vietnam, tras 25 años de revolución, la cifra era poco más de la mitad: 2.100 dólares. Incluso las personas que jugaron un papel determinante en la transformación de aquel país asiático, hoy se muestran decepcionadas por los resultados. Por ejemplo, un antiguo general del Vietcong llamado Pham Xuan An dijo, en 1999: "todas esas historias de la 'liberación' de hace veinticinco años, toda la planificación, todos los muertos... nos han llevado a esto: un país roto, depauperado, gobernado por una banda de teóricos crueles, paternalistas y semieducados".

Esos "teóricos semieducados" eran los mismos mandarines que Chomsky y sus acólitos querían, tan fervientemente, que triunfaran, y por cuyo acceso al poder tanto lucharon.

Chomsky no sólo se ha llevado mal con sociólogos y burócratas: el otro grupo de representantes de la intelligentsia que ha merecido siempre su hostilidad, es el de los trabajadores de los medios de comunicación.

A pesar de que el profesor se ha hecho famoso por sus opiniones políticas, no ha aportado nunca, a esta disciplina, una teoría propia. Casi todos sus libros son colecciones de ensayos cortos, entrevistas, discursos y artículos de opinión publicados en periódicos, que contienen reflexiones acerca de los acontecimientos del momento. Su único intento de hacer un análisis político serio está en el trabajo que produjo, junto con Edward S. Herman, en 1988: Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media [Fabricando el consenso: La economía política de los medios de comunicación]. Sin embargo, este libro decepcionó a sus seguidores.

El estudio de los medios de masas es una disciplina enormemente amplia, que abarca desde la defensa tradicional del papel de los comunicadores como el cuarto poder de un sistema democrático, hasta los análisis culturales más arcanos, elaborados por teóricos posmodernistas radicales. Chomsky y Herman nunca dieron la impresión de haber sacado nada en claro de esta ciencia.

Al contrario: el burdo análisis que contiene su libro no habría desmerecido en algún viejo panfleto marxista de los años 30. Todo el trabajo, salvo la introducción, es, simplemente, un refrito de antiguas publicaciones de los dos autores, en los que critican la cobertura mediática que se dio a sucesos como los que acontecieron en Centroamérica (El Salvador, Guatemala y Nicaragua), y en el sureste asiático (Vietnam, Laos y Camboya), además de un capítulo dedicado a la trama para asesinar al Papa en 1981, en la que estaban implicados agentes búlgaros y el KGB.

Para explicar el papel que interpretan hoy día los medios de masas, Chomsky y Herman usan su propio "modelo de propaganda", según el cual, la función de los comunicadores es:

"... divertir, entretener, informar e inculcar, a los individuos, los valores, creencias y códigos de conducta que les integrarán en las estructuras institucionales de la sociedad. En este mundo, en el que la riqueza está concentrada y se producen grandes conflictos por los intereses de clase, llevar este objetivo a cabo requiere el uso de propaganda sistemática".

Esto es así, aseguran, tanto si hablamos de los medios de una democracia liberal, como de los de un régimen totalitario. La única diferencia que se plantea, es que en los países comunistas, y en sociedades autoritarias semejantes, todo el mundo tiene claro que los medios son un instrumento de la casta dominante. En las sociedades capitalistas, sin embargo, se oculta este hecho, dado que los medios "compiten entre sí activamente, critican y desvelan las corruptelas de empresas y gobiernos, y se pintan a sí mismos, con mucha vehemencia, como portavoces de la libertad de expresión y del interés general".

Según Chomsky y Herman, esas críticas a la autoridad siempre son muy tibias, y las invocaciones a la libertad de expresión no son más que una pantalla de humo para esconder el objetivo de inculcar a los ciudadanos los planes económicos y políticos de los grupos privilegiados dominantes.

Los medios de comunicación, aseguran los dos autores, son, todos, propiedad de grandes empresas; deben una gran proporción de sus ingresos a poderosas compañías anunciadoras; la mayor parte de las noticias son producidas por agencias de prensa multinacionales, y cualquier periódico o cadena de televisión que se pase de la raya, es inmediatamente bombardeado con críticas, cartas al director, protestas, querellas y peroratas por parte de instituciones pro-capitalistas organizadas a tal efecto.

No obstante, en el análisis hay dos omisiones flagrantes: el papel que desempeñan los periodistas, y los gustos de la audiencia. En ningún momento explican los autores cómo es que los trabajadores de los medios acaban creyéndose que, de verdad, están ejerciendo su libertad de describir el mundo tal y como lo ven. Chomsky y Herman se limitan, sin más, a afirmar que el sistema ha embaucado a los periodistas para que vean el mundo a través de un prisma pro-capitalista.

Tampoco intentan, los dos autores, analizar las causas de que millones de personas comunes y corrientes ejerzan su libertad de elección todos los días, compren periódicos y sintonicen cadenas de radio o de televisión. Chomsky y Herman no parecen capaces de explicar por qué los lectores, oyentes y televidentes se muestran tan propensos a aceptar esa visión del mundo que distribuyen los capitalistas propietarios de los medios. En resumen: no explican el por qué de los diferentes gustos de la audiencia.

Este retrato de periodistas y público engañados con tanta facilidad por la ideología de los poderosos, no es sólo una fantasía que se les ocurriera a Chomsky y a Herman: además, revela una visión arrogante, paternalista y desdeñosa hacia todo aquel que no comparta sus criterios. El desprecio implícito en este análisis quedó claro durante una entrevista que un periodista hizo a Chomsky en una conferencia, en 1989 (reproducida en su libro Understanding Power [Entender el poder], publicado en 2002):

"Entrevistador: lo único claro que se dice de los periodistas es que son personas esencialmente narcisistas y muy de izquierdas.
Chomsky: Mire usted, lo que la gente entiende por ser "muy de izquierdas" es, en realidad, ser un progre cualquiera, y los progres son unos estatistas que, con frecuencia, se consagran al poder privado".


En pocas palabras: Chomsky está convencido de que sólo él, y aquellos que comparten su extremismo, tienen la legitimidad necesaria para alzarse por encima de las alucinaciones que mantienen a todos los ciudadanos esclavizados por el sistema. Sólo él puede ver la realidad tal y como es.

Desde la Ilustración, muchos intelectuales prominentes se han pintado a sí mismos como una especie de figuras mesiánicas seculares, luz y guía que pugna por sobrevivir en un mundo corrompido y oscuro. Es una táctica que, con frecuencia, otorga, a quienes la practican, legiones de seguidores, formadas por estudiantes y demás post-adolescentes idealistas.

El fenómeno goza de especial éxito cuando se acompaña con una moral sencilla, que los acólitos puedan asimilar con facilidad. En sus reflexiones sobre el 11 de Septiembre, Chomsky repetía sus principios morales, tan aparentemente directos y simples. Dijo que la reacción a los ataques terroristas "tendría que guiarse por el criterio ético más elemental, esto es: si algo es bueno para nosotros, también es bueno para los demás; y si es malo para los demás, también es malo para nosotros".

Por desgracia, igual que le sucede con su proclama de la responsabilidad que tienen los intelectuales de contar siempre la verdad y revelar las mentiras, al profesor nunca se le ha dado bien atenerse a sus propias prédicas. Entre sus exigencias recientes más llamativas, se cuenta la de que los líderes políticos y militares norteamericanos sean juzgados por crímenes de guerra. Con frecuencia se expresa en estos términos, cuando denuncia el doble rasero con el que los Estados Unidos se miden a sí mismos y a sus enemigos.

Por ejemplo: Estados Unidos juzgó y ejecutó a los líderes alemanes y japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, pero no hizo lo mismo con su propio personal, por el "crimen" de lanzar la bomba atómica contra Hiroshima y Nagasaki. Chomsky afirma que el bombardeo norteamericano de presas durante la Guerra de Corea, fue "un crimen de guerra tremendo... igual que el fanatismo racista", pero, sin embargo, la operación mereció el aplauso de los norteamericanos. "Por mucho menos colgaron a los dirigentes alemanes, un par de años antes", dijo.

Según el profesor, el peor caso, hoy en día, se da con el apoyo de los Estados Unidos a Israel:

"Prácticamente todo lo que hace Israel, es decir, lo que hacen los Estados Unidos e Israel, es ilegal. Es más: son crímenes de guerra. Y muchos de ellos se pueden definir como "violaciones graves", esto es, como "crímenes de guerra serios". De aquí se deduce que habría que llevar a juicio la alianza entre estos dos países".

No obstante, la posición moral de Chomsky es completamente tendenciosa. No importa lo terribles que fueran las atrocidades de regímenes que a él le merecían simpatía, como China, Vietnam o Camboya, bajo el comunismo; el profesor nunca ha exigido públicamente que se detuviera y se juzgara a los dirigentes de esos países, por crímenes de guerra. En lugar de eso, se ha dedicado a defenderlos durante muchos años, con todos los medios a su alcance, empleando pruebas que, seguramente no lo ignoraba, eran parciales, engañosas y, en algunos casos, inventadas.

Lo cierto es que, si Pol Pot hubiera sido apresado y juzgado por un tribunal occidental, la defensa podría haber utilizado los escritos de Chomsky como parte de sus argumentos. O, si le sucediera algo similar a Osama Ben Laden, las justificaciones morales del libro más reciente del profesor (como: "prácticamente cualquier delito, uno que pase en la calle, sea el que sea, tiene algo detrás que puede justificarlo") podrían emplearse para pedir un atenuante de la condena.

Es esta moral de dos caras la que ejercitaban los progresistas de todo el mundo que protestaban por el ataque contra Irak de la coalición comandada por los Estados Unidos. La izquierda estaba dispuesta a pasar por alto hasta el más espantoso de los actos del terrorismo de estado del régimen de Sadam Hussein, pero era implacable en su oposición a la intervención de gobiernos occidentales democráticos, que iba en interés, tanto de su propia seguridad, como del pueblo iraquí. A esto se llama hipocresía con mayúsculas.

El largo historial de este activista político, ya envejecido, deja claro que ha empleado, durante toda su vida, el mismo doble rasero.

Chomsky siempre se ha declarado libertario y anarquista, pero ha defendido a algunos de los regímenes más autoritarios y genocidas de la Historia de la Humanidad. Pretende que su filosofía política se fundamenta en que se debe dar el poder a las masas obreras oprimidas, pero desprecia a la gente corriente, a la que considera ignorante y embaucada por los privilegiados y los poderosos. Dice que es responsabilidad de los intelectuales decir la verdad y revelar las mentiras, pero en el respaldo a los gobiernos que admira no ha dudado en suprimir la verdad y contar falsedades. Ha abogado por una serie de principios morales universales, pero sólo los ha aplicado a las democracias occidentales, mientras que, cuando se trataba de sus allegados políticos, ha tratado de justificar sus crímenes. Es un mandarín que denuncia a mandarines. Cuando se demuestra que ha manipulado los hechos, como en los casos de Camboya y Sudán, nunca admite su error.

A estas alturas, la hipocresía de Chomsky es la prueba más reveladora de hasta qué punto está hundido el activismo político izquierdista por el que tanto ha luchado.


1 September 11 [11 de Septiembre], por Noam Chomsky. Publicado por Seven Stories Press. 96 páginas, 8'95 dólares.
Power and Terror: Post 9/11 Talks and Interviews [Poder y Terror: Entrevistas y charlas tras el 11 de Septiembre], por Noam Chomsky, editado por John Junkerman y Takei Masakazu; Publicado por Seven Stories Press, 144 páginas, 11'95 dólares.

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